Fantasías sexuales

Escrito por Quo el . Publicado en Estudios y manuales

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El poder de la fantasía

La mente puede ser un gran estimulante.

La fantasía es uno de los más poderosos inductores del deseo. Cualquier tipo de imagen mental que tenga un significado erótico para la persona se considera una fantasía sexual. Así, un fetichista puede excitarse simplemente con pensar en un zapato de tacón de aguja o en un uniforme de cuero negro. La razón del poder que tienen esas imágenes reside en que gracias a nuestra mente podemos controlarlas a nuestro antojo, satisfaciendo (aunque sea a nivel parcial) sueños y deseos de los que no siempre podemos disfrutar en el mundo real. Según las investigaciones realizadas por Jeffrey Symons y Burton Ellis, en las fantasías masculinas cobran más relevancia los detalles relacionados con la anatomía de la persona deseada y la visualización clara y concreta de los momentos más crudos del acto sexual. Por el contrario, parece ser que las fantasías femeninas conceden más importancia al contexto emocional y a las situaciones previas al coito. En lo que sí coinciden ambos sexos es en que la ausencia de este tipo de ensoñaciones puede ser un síntoma de problemas relacionados con la falta de deseo.

Cumplir o no cumplir

La sexualidad masculina bajo presión.

Todas las sociedades humanas, sin excepción, son coitocéntricas. Todavía, en el siglo XXI, la sexualidad se sigue entendiendo y explicando en función del coito. Pero esa realidad, que parece muy práctica y natural, lleva aparejada una grave desventaja, especialmente para el varón, ya que su papel está mediatizado por la expectativa del “rendimiento” sexual óptimo, o lo que es lo mismo: de ser capaz de provocar el orgasmo a su pareja. Los investigadores William Masters y Virginia Johnston, dos pioneros de las terapias sexuales, ya dejaron bien claro en un estudio realizado en 1970 que la ansiedad creada por el miedo a no “cumplir” durante el coito era el origen de muchos de los problemas sexuales que afectaban a algunos varones. Esa autoexigencia desmedida hace que muchos hombres se conviertan en jueces de su propio funcionamiento sexual. De esa manera, el componente lúdico del erotismo, el deseo de disfrutar dando y recibiendo placer, puede quedar relegado a un segundo plano, lo que convierte al coito en un mero trámite en el que el hombre se limita a examinar su propio vigor sexual.

Autosatisfacción

¿La masturbación fue la clave de la liberación sexual?

En 1999, The London Times eligió El informe Hite (1975) como uno de los cien libros clave del siglo XX. En esta obra, Shere Hite sostuvo como resultado de sus investigaciones que para que la mujer alcanzara el orgasmo era más importante la estimulación del clítoris que la penetración. Afirmar que el placer femenino no procedía de la mera penetración puso en tela de juicio la concepción rigurosamente reproductora de la sexualidad, basada en estereotipos que tachaban de “inmaduras” a las mujeres que necesitaban una estimulación prolongada del clítoris para tener orgasmos. Muchos se llevaron las manos a la cabeza al pensar: “¡Cómo es posible que el pene no sea indispensable para que la mujer alcance el cenit del placer”. Así, la estimulación oral o manual del clítoris se convirtió en el aspecto central de la sexualidad femenina a partir de la segunda mitad del siglo XX. Prácticamente todas las mujeres (el 96%, según algunos estudios) se masturban estimulándose el clítoris, y solo un 2% lo hace sin esa autoestimulación, limitándose a introducirse dedos o algún objeto en la vagina.

Memorias no ejemplares

Vidas repletas de sexo y rock and roll.

Los relatos eróticos nos ayudan a excitarnos y a enriquecer nuestras fantasías. Pero personajes como Henry Miller, Anaïs Nin y el marqués de Sade fueron más lejos que otros autores del género, trascendiendo la ficción para relatarnos sus propias experiencias sexuales o sus fantasías más íntimas y prohibidas (algunas de ellas realmente tortuosas, como las de Sade). La razón de que estas confesiones tan descarnadas nos exciten es que despiertan el voyeur que todos llevamos dentro, el deseo de convertirnos en espectadores de un Gran Hermano erótico. Mirar mientras otros hacen el amor es una fantasía compartida por el 70% de la población, tanto masculina como femenina, Pero además, las investigaciones de Sheree Conrad y Michael Milburn en 2001 han demostrado que las nuevas tencologías nos han ayudado a ser más desinhibidos a la hora de compartir nuestras propias fantasías. Si hasta hace poco ese deseo se reprimía por vergüenza, el anonimato que proporciona internet ha hecho que la gente aprenda a deleitarse compartiendo sus experiencias y sus sueños eróticos con completos desconocidos.

La muerte de la pasión

¿Realidad o mito?

Un 51% de las parejas españolas afirma mantener relaciones sexuales dos veces por semana; un 20%, una vez, y el 12% asegura que lo hace a diario. Son datos extraídos de un estudio realizado en 2004 por la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS). De su análisis se desprende que las personas con pareja estable disfrutan de una vida sexual más activa que quienes carecen de ella. Pero mantener relaciones no implica disfrutar con ellas. Porque un 53% de las mujeres y el 20% de los varones declararon que no obtenían placer de sus encuentros íntimos. ¿Las causas? Son muy variadas, pero hay una que se repite en la mayoría de los casos: la pérdida de deseo hacia la pareja, el hecho de que el/la compañero/a ya no les excita como antes. Una investigación realizada por la Universidad Nacional de México revela que la pasión erótica de una pareja se apaga a los cuatro años de relación. Pero no todos los especialistas están de acuerdo. La antropóloga Helen Fi­sher asegura que la pasión generada por la química del enamoramiento solo dura 18 meses, pero ese deseo puede volver a reactivarse y a desaparecer varias veces a lo largo de una relación duradera.

La moda del ‘downsex’

Cada vez hay más gente que decide no tener relaciones.

Muchos están casados, otros viven temporalmente sin pareja y también hay quien ya ha pasado por la experiencia de una o varias rupturas amorosas. Todos ellos han decidido plantearse una abstinencia sexual, que para la mayoría es temporal. Parece un fenómeno en alza que está cobrando popularidad, sobre todo desde que personajes conocidos (la actriz Jessica Simpson, el cantante Lenny Kravitz) han hecho pública su opción. La abstinencia es una decisión que cualquiera puede ejercer en cualquier momento, y el fenómeno no es nuevo; pero sí lo es que cobre tanta popularidad en un momento en que la ciencia se esfuerza por mostrarnos las ventajas de mantenerse activo sexualmente (Decálogo de Salud Sexual, del X Congreso Español de Sexología, León 2008). Parece que un 14% de los jóvenes americanos renuncia a disfrutar del sexo. Para muchos es un arma de protesta contra la sociedad actual, “hipersexualizada hasta la náusea”, como afirma Lenny Kravitz. El lema del downsex es: “Cualquiera puede tener sexo, pero es mejor tenerlo solo cuando realmente quieras”.

¿Te diviertes con patitos?

Pues los juguetes eróticos van mucho más allá.

Una encuesta realizada por la FESS revela que el 45% de los españoles solamente dedicamos un intervalo de entre cinco y quince minutos a los juegos eróticos previos al coito, y que solo un 14% emplea media hora o más a relajarse y deleitarse con los momentos preliminares a la penetración. La buena noticia es que las cosas están cambiando, aunque aún sea muy lentamente. Las tiendas eróticas y los juguetes sexuales son un negocio en alza. Un 21 por ciento de las mujeres ya utiliza algún tipo de complemento (vibradores, esposas, etcétera) para disfrutar de sus relaciones íntimas, y un 18 por ciento de los varones ya está experimentando también en esos nuevos y sugerentes terrenos. Además, las actuales terapias sexuales cada vez recomiendan más el uso de este tipo de juguetes y fetiches para ayudar a los sujetos con algún tipo de disfunción a disfrutar de sus relaciones. Y es que ver a tu pareja con una combinación de fantasía y unos ligueros negros o un traje de bombero puede ser un estímulo irresistible para dejarse arrastrar al desenfreno.

Fuente: Quo

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