Sexo en el convento

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“¿Por que ese horror al sexo en la religión? Muchas veces me hice esa pregunta. Por razones de todo tipo, sin duda, teológicas, históricas, morales y también sociales”
Luis Buñuel

Todas las veces que veo a una monjita caminando por las calles, pienso cómo pueden soportar el celibato. No pueden casarse, no pueden tener relaciones sexuales como cualquier otro mortal. Son castas por obligación.

Pero será que los votos de castidad son siempre respetados? Será que entre el celibato impuesto y los sentimientos naturales no permean, en las celdas de los conventos, los deseos y tentaciones que hacen parte de la vida de cualquier ser humano?

La historia de la exigencia del celibato es oscura. Pasaron casi cinco siglos hasta que la iglesia latina exigiese, definitivamente, el celibato. Hasta el siglo IV, no había ninguna ley al respecto en ninguna parte de la cristiandad. La verdad, la imposición del celibato surgió en el año 306, con abrangencia restricta a España, en el Concilio de Elvira. El matrimonio fue prohibido para todos los religiosos y religiosas. Poco después, en 314, el sínodo de Ancira permitió el matrimonio de los diáconos (clérigo que está debajo de cura), legítimo hasta hoy.

Con el papado de Gregório VII, en la mitad del siglo XI, las embestidas de la Iglesia a favor del celibato se radicalizaron. Gregório, moralista, repudiaba los que los representantes del clero se involucraran afectivamente. La mayoría de los papas siguientes reafirmaron el celibato y, entre 1537 y 1563, durante el Concílio de Trento, el celibato se volvió obligatorio en todo el mundo.

La esperanza estaba en el Concílio Ecuménico del Vaticano II. Sensibilizados por la Teología de la Libertación y por la ola de renovación que barrió la Iglesia en los años 60, muchos creían en la revocación del celibato, como Máximo IV, patriarca de las iglesias de Oriente. En una carta al papa Pablo VI, Máximo hablaba de las pérdidas inminentes; muchos religiosos y religiosas abandonaban el sacerdocio después del cierre del Concílio, en 1965, desolados frente la postura radical de Pablo VI. Tan radical como Juan Pablo II.

El celibato no es una norma, es solamente una ley disciplinaria. Así, como la costumbre eclesiástica, puede cambiar en cualquier momento. Se trata de un asunto que podría cambiar las reglas, bastaría que hubiese una convocatoria del papa, de un concilio para decidir el tema entre cardenales y obispos de todo el mundo. Entonces qué falta para que eso se de? Esta es la cuestión! Si no es princípio divino, sino el deseo de los miembros de la Iglesia, el cambio no ocurre porque el papa actual, Juan Pablo II, no cede en sus ideas y tampoco promueve cambios a esa postura absolutamente retrógrada. Según él, “la libre escogencia del celibato, la renúncia a los bienes materiales y la obediencia, dan respuesta a muchos que se preguntan sobre los valores autenticos de sus vidas”.

Las monjas y el machismo

Según María José Rosado, del Grupo Católicas por el Derecho a Decidir, “actualmente, entre muchas otras cosas, podríamos hablar de la exclusión de las mujeres de la posibilidad de se ordenaren, lo que las pone en una posición secundária con relación a los hombres, en la inglesia. Aunque sean responsables por el dinamismo de la religión, por su participación masiva en las comunidades e parroquias, ellas no participan de las instancias que deciden los rumbos de la Iglesia. Esta exclusión es irritante, porque ellas dedican toda su vida a la religión, pero no tienen el mismo lugar que los religiosos en el interior de la Iglesia”.

Continuando, María José afirma que “una de las formas más claras de discriminación de las mujeres en la Iglesia – y, sin decir, en la sociedad – está en el hecho de que no tenemos reconocida nuestra capacidad ética de tomar decisiones sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. En los últimos 10 años, la elaboración de los conceptos de derechos sexuales y de derechos reproductivos en el campo de los derechos humanos, estableció muy claramente que el reconocimiento de la dignidad de las mujeres como seres humanos de pleno derecho, exige el respeto por las decisiones y elecciones que hacen con relación a la própia vida, incluso en lo que tiene que ver con la capacidad de generar nuevos seres humanos. Ahora, si hay un campo en el que ni mismo la Teología de la Libertación tocó de manera consistente, fue en las cuestinoes relacionadas a la moral sexual católica y a las concepciones relativas a la procreación humana”.

Finalizando, María también afirma que “el celibato, como cualquier unión sexual, sólo puede ser respetado si es libre. No hay ningun problema en que una persona, por alguna razón, religiosa o no, decida quedar célibe y no tener sexo. El problema del celibato católico es que está vinculado al sacerdócio, como condición para su ejercício”.

Ya en el año 423, San Agustín previno a su hermana, monja, que: “El amor que sienteis unas por las otras no debe ser carnal, sino espiritual, pues esos actos que son practicados por mujeres inmodestas, mismo con otras mujeres, en vergonsozos juegos, no deben ser practicados ni por mujeres casadas o rapárigas a punto de casarse, mucho menos por viúdas o castas vírgenes dedicadas por un voto sagrado como siervas de Cristo”.

Hay aquellos que dicen que el convento es un mundo exclusivamente feminino y aun con todas esas barreras impuestas por la Iglesia, las relaciones lésbicas hacen parte de la vida de la clausura. Es creciente el número de religiosas lesbianas que abandonan al hábito e rompen con el silencio, en procura de la liberación sexual y consecuente posobilidad de vivir con una compañera.

La homosexualidad, sin embargo, es considerada un pecado aun más grave que el rompimiento de la castidad por los sectores tradicionales de la Iglesia. Así, quedan en el aire las siguientes preguntas: ¿será que podemos quebrar las reglas de la institución para la realización de tales deseos?, ¿será que la vocación religiosa y la castidad andan juntas? Después de 1800 años de celibato, la existencia de lesbianas dentro de los conventos ya es parte de un imaginario colectivo. Cercadas de mistérios son, frecuentemente, personajes de películas porno y cuentos eróticos. La santidad y la perversidad puenden andar lado a lado. La imaginación se calienta frente al hábito que esconde el cuerpo. Ropas de monjas estilizadas hacen suceso en sex shops e son frecuentemente usadas como “dress code” en fiestas temáticas sadomasoquistas.

Incluso cuando se trata de la homosexualidad dentro de los conventos la sociedad es machista. Toda la discusión contemporánea está focada en la vida de los padres, pero parece que los velos negros de la fe prefieren encubrir los deseos manifiestos de la carne feminina en dirección a otras mujeres. Hablar de homosexualidad dentro de los conventos catóicos siempre asombró a los jefes eclesiásticos que intentaron de todo para reprimir ese fenómeno. Para alejar la tentación, los Concílios de París (1212) y Rouen (1214) prohibieron a las monjas de durmieren juntas y ordenaron que hubiese una luz prendida en los dormitorios durante toda la noche. A partir del siglo 13, eran frecuentes que las reglas monástias estipularen que las hermanas no podían visitar las celdas las unas de las otras y no debían trancar sus puertas, con el fin de permitir que la abadeza tuviera el control total del establecimiento. Y, aun por motivos implícitos o razones ocultas, otra imposición era evitar relaciones especiales de amistad dentro del convento.

Para saber más

De todas formas, siempe creí que en los conventos sería imposible encontra monjas lesbianas. Hoy en día sé que existen. Debido al V SENALE (Seminario Nacional de Lesbianas), hubo la participación de una monja que pidió permiso del convento, alegando enfermedad en la família, para poder pasar algunos días entre sus “iguales”. No tardó más que un solo dia para que ella revelase su condición de monja y solicitara nuestra comprensión, me pude dar cuenta que estaba absolutamente desinformada de todo y cualquier tema relacionado a asuntos que involucran la homosexualidad. Me acuerdo, como si fuera hoy, que conversamos mucho a respecto de los problemas enfrentados por las lesbianas en una sociedad en donde aun son visibles los vestigios del patriarcado, andocentrismo, machismo, falocentrismo, sexismo y misoginia.

Al terminar el evento, la monja, empezó a frecuentar algunos grupos de lesbianas y, poco a poco, dejó el convento. Hoy, libre, vive! sus historias. El celibato, descrito por ella, es algo intolerable, muy rara es la monja que se siente realmente feliz en el convento. Sea por que se sienten sexualmente reprimidas, sea porque pusieren en duda su propia fe o las cuestiones bíblicas que, para algunas, se revelan no más que hojas que no dicen nada más que incomprensibles.

La monjas lesbianas, generalmente pocas según ella, no logran vivir sus romances enclausuradas. Es comun que dejen el convento después de que descubren su orientación sexual. Sin embargo, debemos considerar que muchas de ellas, probablemente, no sean realmente lesbianas sino personas que viven un momento lésbico. De todas maneras, el hecho es que al reprimir su sexualidad se sienten profundamente infelices. Viven momentos de extremada angustia y, muchas veces, llegan a refugiarse en el ateismo por causa de su falta de felicidad.

Hay aquellos que afirman que la presencia de lesbianas en la vida religiosa puede ocurrir debido a dos motivos: unas son niñas tímidas, de casa, en las que el convento puede funcionar como un lugar de libertad, así esten ahogadas en su prisión interior; y otras porque ya tienen conciencia de su orientación sexual y, siendo religiosas, digamos que busquen unir lo útil con lo agradable. Las primeras, cuando perciben la situación, sienten gran prostración y pueden llegar a desarrollar, en caso de no lograr una relación en el convento, alguna patología o quedar con problemas de autoestima. Ya las segundas, que generalmente pasan por la selección vocacional de forma camuflada, generalmente desarrollan relaciones tumultuosas, causando transtornos en el ritmo de vida del convento.

Para los/las que desean saber más sobre estos acontecimientos poco conocidos de la Iglesia Católica, vale la pena leer el libo “Gone with the wind in the Vatican”, escrito por Monseñor Luigi Marinelli. La obra revela supuestos secretos inconfesabes de la cúpula eclesiástica: peleas por el poder, homosexualidad y quiebra del celibato. En la portada del libro está escrito: “Ya es hora de que la iglesia pida perdón a Cristo por las diversas traiciones de sus ministros, especialmente de aquellos que ocupan altos cargos en la Jerarquía del Vaticano”. Lástima que en él poco o casi nada hable respecto de las monjas. No es necesario decir que Marinelli fue demandado por difamación, cierto?

Otras lecturas recomendadas son: “Las monjas lesbianas”, de las ex monjas americanas Rosemary Curb y Nancy Manahan, que trae relatos de la vida sexual de 50 monjas; “Otros hábitos”, escrito por la exmonja franciscana Anna Franca. En el libro, Anna relata su romance con la madre superiora Heloar (nombre ficticio) en un convento en Brasil. Vale destacar aquí una pequeña parte del libro: “Amar a Heloar es amar a su belleza, física, moral, intelectual. Ella poco a poco me hizo descubrir que bajo su hábito se escondia un ser humano que nadie conocía”.

Finalmente, otro libro que merece ser leído es “Actos impuros”, de Judith C. Brown, que cuenta la vida de una monja lesbiana en la Italia del Renacimiento, la hermana Benedetta Calini – abadeza de un convento en una pequeña ciudad cerca de Florencia, al início del siglo XVII – que comenzó a tener visiones simultáneamente religiosas y eróticas sufriendo fuertes dolores físicos. Una joven monja fue escogida para cuidar de la abadeza. Las autoridades desconfiaron de la veracidad de sus contactos sobrenaturales con Cristo y llevaron a cabo una investigación que mostró el caso amoroso de las monjas.

Por Márcia Yáskara Guelpa
Fuente: Portal Gay de Bogotá

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