Las feromonas

el . Publicado en Sexo interesante

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El sexo podría ser también cuestión de narices. Por ahí van las investigaciones. Se sabe que los mamíferos se atraen sexualmente cuando desprenden unas sustancias muy volátiles denominadas feromonas. Estas sustancias son captadas por un órgano de la nariz denominado órgano vomeronasal, con unas terminaciones nerviosas especialmente sensibles. Cuando apresan las feromonas emitidas por el sexo contrario, se desencadena un mecanismo, que se traduce en un desaforado apetito sexual del receptor hacia el emisor.

En un reciente estudio realizado por los profesores Jahnke, de la Universidad Humbolt de Berlín, y Merker, de la Universidad Libre también de Berlín, dieron con él. En realidad, estudios anteriores ya lo habían descrito como dos minúsculas fosas en la parte anterior del tabique nasal. Los profesores berlineses lo que hicieron fue estudiar esos misteriosos canales, aparentemente sin función alguna, y encontraron que uno de sus rincones era riquísimo en terminaciones nerviosas, hasta el punto de que no tenía parangón con cualquier otro órgano del cuerpo. Podría ser el órgano sexual misterioso.

Los dos profesores concluían su artículo diciendo que, por el momento, se desconocían las posibles conexiones con las partes del cerebro que regulan el sexo ni el papel que desempeña en la reacción ante las feromonas, "por lo que es imprescindible seguir investigando", pero, en cualquier caso, subrayaban que "desde el punto de vista clínico y médico legal, la conservación o extirpación de este presunto órgano del sexto sentido puede tener grandes implicaciones en las operaciones de cirugía endonasal funcional". Dicho de otro modo, al arreglar unas narices se podría amputar ese "órgano del sexto sentido", dejando al paciente con la capacidad de respuesta sexual disminuida. Si es que las feromonas funcionaban. Y parece que sí funcionan.

El profesor Karl Grammer, del instituto Ludwig Bollzman de Etología de Viena, aseguraba que "si exponemos a un hombre al olor de las copulinas, éste pierde completamente la capacidad de juzgar la belleza de una mujer". Esas copu linas son un tipo de feromonas y en el caso de la mujer se producen en la vagina y son emitidas en forma de efluvios que el hombre capta y ante los que reacciona. En dicho instituto se desarrolló un experimento con 66 hombres. Se les hizo aspirar efluvios vaginales. El resultado fue que siempre se les incrementó la producción de testosterona, hormona sexual masculina. Y el aumento de testosterona aumentaba de forma sorprendente cuando el efluvio correspondía a una mujer en período de ovulación, esto es, cuando la posibilidad de quedarse embarazada era máxima.

Y también comprobaron otro fenómeno curioso: en ese momento, el apetito sexual de los hombres era mucho menos selectivo y veía tan atractiva sexualmente a una mujer fea como a otra guapa. En definitiva, las feromonas funcionan y de una manera totalmente inconsciente. Con ellas aparece ese tipo de atracción que seguramente corresponde a lo que con el lenguaje de la calle se dice que ha habido química. Y realmente así ha sido: la química de las feromonas.

Lo interesante es que las feromonas las producen tanto las mujeres como los hombres. Los efluvios masculinos también producen una atracción no explicada e inconsciente en las mujeres, siempre y cuando, lógicamente, haya emisión de feromonas. ¿Y si no hay esa emisión? Entonces podrá haber unión, sexo y lo que se quiera, pero no habrá química. En definitiva, tendrá ese hombre muchos más problemas para un encuentro feliz que otro cargado de feromonas. Y aquí la estética no funciona. Con estas premisas, una empresa americana lo tuvo clarísimo: si el cuerpo es avaro en fabricar feromonas, por qué no fabricarlas para que cualquiera se las ponga. De esta manera, un hombre, da igual que sea más feo que Picio, pasa inconscientemente de ser un Quasimodo a un magnífico Don Juan.

El producto se comercializará al módico precio de 20.000 pesetas. Una cantidad que, de no funcionar, es como para cogerse una depresión de las de verdad. E interviú consideró que de lo que se trataba era de comprobar si realmente era interesante invertir esa cantidad en el hipotético atractivo ante el que ninguna mujer se podría resistir.

El experimento

Para realizar el experimento se buscó a dos jóvenes con las características físicas y químicas más similares posibles. O sea, dos gemelos. Fueron Carlos y Luis Miguel Alemán. Dos atractivos modelos que ya de entrada confesaban que, normalmente, no solían tener problemas para ligar. Ambos estaban en Ibiza, esa isla que ha hecho del sexo su reclamo. De los dos gemelos elegidos por esta revista, Carlos fue el que decidió ponerse el mejunje, después de asegurarse de que aquello ni era una droga ni un fármaco ni nada por el estilo. No se fiaba un pelo. Pero al final, accedió. Siguió fielmente las instrucciones: había que mezclar el carísimo frasquito de 5 mililitros en 50 mililitros de agua de colonia. Y luego, rociarse.

El siguiente paso consistió en acudir a una de las discotecas de moda ibicencas, cuya entrada ya cuesta un presupuesto. Aun así, estaba hasta los topes. Y, luego, a ligar. La teoría era evidente: Carlos lo iba a tener mucho más fácil que su hermano, que no se había puesto las feromonas. Saltaron a la pista y no tardaron en enrollarse. Carlos y Luis Miguel. Con o sin feromonas. No valía así. Había que intentarlo de nuevo. Se deshicieron de los primeros contactos -a lo mejor sólo eran unos pendones- y volvieron a empezar. Sin problemas. Ligaron los dos.

Lo simpático del asunto es que en esta ocasión lo hicieron con dos gemelas de Bilbao, Arantxa e Itziar. "La verdad -comentaba Luis Miguel, el que no llevaba las feromonas- es que es la primera vez que nos encontramos en una discoteca con dos gemelas". Las dos parejas de gemelos estaban encantados. Se atrajeron a la primera. Hubo química, sí, pero de la normal. ¿Qué efecto habían hecho las feromonas? Decía Carlos que no había notado nada diferente: había ligado como siempre y, desde luego, de entrada, ninguna chica se le lanzó al cuello exigiéndole inmediatamente que le arrancara la ropa allí mismo. Todo fue exactamente como siempre. Y para Luis Miguel, tres cuartos de lo mismo. Eso sí, para ambos, el experimento había servido para conocer a las bilbaínas. Que, por cierto, le dijeron a Carlos que por qué llevaba esa peste de colonia. Algo se había notado, desde luego. El experimento no quedó ahí.

Los dos redactores de la revista también se rociaron. ¿Consiguieron algo en especial? Realmente, una chica sí se acercó más de lo que debiera a ellos. Era la camarera, empeñada en cobrar las carísimas consumiciones del atorrante lugar donde se habían metido a compartir ruidos y noche con miles de turistas, ansiosos de ligar como desaforados, sin importarles demasiado si el contrario iba o no puesto de feromonas.

Antonio Pardo

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