Rita Milla - Víctima de abuso sexual por sacerdotes

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Aunque perseguida por la ’sombra del pasado’, espera que su intensa historia sirva de lección a otros

TESTIMONIO
María Luisa Arredondo,
Redactora de La Opinión
Lunes, 22 de abril de 2002

Por más de 20 años, Rita Milla ha llevado sobre sus hombros una inmensa carga de dolor. Aunque se considera una mujer fuerte, no puede evitar que su mirada clara se inunde de lágrimas al recordar la pesadilla que vivió cuando sólo era una adolescente.

“Es muy difícil olvidar todo lo que he sufrido, sobre todo ahora que han salido a la luz tantas denuncias de abuso sexual por parte de sacerdotes”, dice Milla, quien fue una de las primeras víctimas que se atrevió a denunciar públicamente ese delito a mediados de los años 80.

Milla alude a la crisis actual que sufre la Iglesia Católica de Estados Unidos por el escándalo suscitado al darse a conocer muchos casos de sacerdotes acusados de pedofilia. Desde Boston a Los Angeles, pasando por el Vaticano, la Iglesia está tratando de encontrar la forma de hacer justicia a las víctimas de algunos de sus sacerdotes o de cualquier otra persona que haya actuado en nombre de la Iglesia.

En los años 80, sin embargo, en lugar de apoyo y compasión, lo único que recibió la joven Milla, que ahora tiene 40 años, fueron ataques y humillaciones.

“Pocos me creyeron. La mayoría pensaba que todo era mentira. Ahora las cosas han cambiado, la gente está más abierta y la propia Iglesia ha tenido que admitir sus errores”, dice.

La tragedia de Rita Milla comenzó a los 16 años, cuando su mayor anhelo era hacerse monja para “estar a salvo de las tentaciones del mundo”.

Con esa idea, la joven –hija de hondureño y mexicana– se acercó a la iglesia de Santa Filomena, en Carson. Ahí, dice, desempeñaba tareas de limpieza, cantaba en el coro y enseñaba catecismo a los niños.

Nada indicaba que su integridad física y emocional estaba seriamente amenazada.

“Yo me sentía contenta de colaborar con la iglesia y, sobre todo, muy segura. Creía que estaba rodeada de personas buenas, incapaces de hacerme daño”, indica.

El confesor

Los problemas comenzaron al cabo de varios meses. Milla eligió como su confesor al sacerdote filipino Santiago Tamayo, quien visitaba con frecuencia a su familia y era asistente del párroco principal de la iglesia.

Un día, mientras ambos estaban en una habitación aledaña a la rectoría, el cura la besó de manera sorpresiva. “Yo me quedé muda por el impacto, pero él me pidió que no dijera nada, porque lo iba a perjudicar. También me dijo que se sentía muy solo y necesitaba a una mujer”, asegura.

A partir de entonces, Milla cuenta que el sacerdote no perdía oportunidad para besarla y acariciarla hasta que, en enero de 1980, la obligó a tener relaciones sexuales con él.

“Yo estaba muy confundida. No me atrevía a contradecir al padre por el respeto que me inspiraba. Por otro lado, sabía que eso estaba mal, pero no lo denunciaba porque no quería dañarlo. Llegó un momento en que sentí que la culpable de todo era yo, por ser mujer y provocar en él deseos sexuales”.

Después de varios meses, Milla afirma que el cura la presentó a otros seis sacerdotes, que también la obligaron a tener relaciones sexuales con ellos. Todos eran de Filipinas y muy amigos entre ellos.

La situación continuó así hasta marzo de 1982, cuando Milla se dio cuenta que estaba embarazada, sin saber quién era el padre de la criatura.

Al enterarse el padre Tamayo de la situación, urdió un plan para enviar a la joven a Filipinas a casa de un hermano para que tuviera allá al bebé y lo diera en adopción, sin que nadie supiera la verdad. Con engaños, el sacerdote convenció a los padres de Rita de que la dejaran ir, con el pretexto de que allá podría estudiar medicina y de que él les ayudaría a sufragar los gastos.

Una vez en ese país, Rita se enfermó de gravedad. Le subió la presión arterial y la tuvieron que hospitalizar hasta que dio a luz a una niña el 12 de octubre de 1982. A la joven no le quedó otra alternativa que pedir ayuda a su familia que, al saber la verdad, acudió ante las altas autoridades de la Iglesia.

Cultura del silencio

“Mi mamá fue por mí a Filipinas y cuando llegamos aquí me llevó ante el obispo John Ward, que estaba en la arquidiócesis de Los Angeles, para denunciar el caso. Después de interrogarme durante horas, Ward me dijo que por favor mantuviera todo en secreto y que iban a investigar el caso”, manifiesta Rita.

Tras varios meses de espera, Ward le dijo finalmente a Milla que los sacerdotes habían aceptado su culpabilidad, pero que no podía hacer nada porque ya todos se habían ido a Filipinas.

No había posibilidad de que se hiciera justicia. Milla se sumió en la depresión.

“No tenía ya ganas de vivir, pensé en suicidarme. Lo único que me ayudó fue el apoyo de mi familia que, al verme tan mal, me llevó con una psicóloga y ésta me convenció de que consultara mi caso con un experto legal”.

Los padres de Milla pidieron ayuda a varios abogados, pero nadie se animaba a tomar el caso, hasta que se encontraron con Gloria Allred.

La demanda se interpuso el 8 de febrero de 1984 contra la arquidiócesis de Los Angeles y los siete sacerdotes involucrados en las relaciones ilícitas con Milla: Santiago Tamayo, Angel Cruces, Henry Caboang, Rubin Abaya, Sylvio Lacar, Víctor Valbin y Valentín Tugade.

Entre los cargos se incluían conspiración civil, violación al deber confidencial, influencia indebida, dolo e inmoralidad.

Aunque los sacerdotes habían aceptado inicialmente su culpabilidad, la demanda no prosperó debido a que se presentó después del plazo permitido por la ley para este tipo de acusaciones.

“Básicamente”, dice la abogada Allred, “Rita pidió ayuda legal demasiado tarde, porque esperaba que la Iglesia hiciera justicia. Esto le impidió ejercer el derecho a ir a juicio y probar que sus acusaciones eran ciertas”.

Pese a que legalmente no podía hacer ya nada, Milla decidió contar su historia públicamente. Para evitarlo, las autoridades eclesiásticas le ofrecieron una compensación de 3.5 millones de dólares. Sin embargo, la joven no aceptó y denunció el caso.

“En ese momento pensé que mi silencio no tenía precio, porque eso era lo que me estaba matando y hablé con algunos medios, como La Opinión y el show de Larry King”.

Años después, el padre Tamayo volvió de Filipinas y convocó a una conferencia en la que aceptó plenamente su responsabilidad.

Durante la conferencia, que tuvo lugar el 28 de marzo de 1991, Tamayo reveló que cuando Rita decidió acusarlo ante las autoridades de la Iglesia, éstas le aconsejaron que se fuera a Filipinas y que por ningún motivo admitiera que había actuado de manera inapropiada con la joven.

Tiempo después, Tamayo dejó el sacerdocio y luego murió. Milla no ha vuelto a saber de los demás sacerdotes que abusaron de ella.

La arquidiócesis de Los Angeles, por su parte, se ha negado a comentar el asunto, a pesar de las insistentes llamadas de La Opinión.

La sombra pesa

En los últimos años, Milla se ha dedicado a criar a su hija, trabaja en una clínica de Los Angeles y se ha casado dos veces. Además de su hija de 19 años, tiene otro hijo de 12 años, producto de su segundo matrimonio. La sombra del pasado, sin embargo, no la abandona.

“Me ha costado mucho trabajo rehacer mi vida y perdonar a los que me hirieron. Lo más difícil ha sido hablar con mi hija. Ella creció sin saber nada. Fue hace poco que decidí contarle todo y las dos hemos sufrido mucho por esto”, señala.

Una de las formas que ha encontrado para sanar sus heridas es participar en grupos de apoyo para víctimas de abuso sexual, especialmente las de origen latino, “que a veces son reacias a hablar porque les da vergüenza”.

Si bien el caso de Rita se denunció hace años y la demanda contra la Iglesia no prosperó, Allred señala que es importante recordarlo porque sirve para ilustrar el gran daño que causa encubrir los casos de abuso sexual perpetrados por sacerdotes.

“Es tiempo de que la Iglesia desarrolle políticas para ayudar, no para herir a las víctimas de estos delitos”, dice.

A juicio del abogado John West, quien trabaja con Allred, en medio de todo el escándalo es bueno que la Iglesia se comprometa a cooperar totalmente con las autoridades y reporte a la policía los nombres de los clérigos que incurran en estas conductas.

“Sólo así se evitarán más abusos”, subraya.

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