El ateismo trágico

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Es un asunto muy serio la ceguera de Dios, el no ver que está por todas partes: en el misterio magnífico del ser humano, del amor, de la vida, del cosmos, de la bondad, de la ciencia, del arte, de la belleza. Hay ateos que sostienen su incredulidad en Dios con una vida noble y trágica. Y eso no se puede despreciar. Toda tragedia humana merece algo más que respeto: diálogo, comprensión y, si se acepta, ayuda. Pero cuando el ateo se presenta soberbio, agresivo, haciendo gala de su ceguera y pretendiendo contagiar a otros de su deficiencia, entonces sí merece reproche. El primer reproche a este tipo de ateísmo se encuentra en la Biblia, donde se lee: “Dice el impío en la soberbia de su alma: no habrá venganza, ni siquiera hay Dios”(Salmos, 9b(10)4).

Pero también desde personas que no creen en Dios se rechaza el ateísmo cuando pretende ampararse en razones científicas, refutadas por los mismos científicos. Así, por ejemplo, por Max Planck, Premio Nobel de Física en 1918, dice: “En todas partes, y por lejos que dirijamos nuestra mirada, no solamente no encontramos ninguna contradicción entre religión y ciencia, sino, precisamente, en puntos decisivos, encontramos un pleno acuerdo. Religión y ciencia no se excluyen –como algunos han creído o aún lo temen hoy- sino que se complementan y se condicionan mutuamente.” Claude Levi-Strauss, en su libro “De cerca y de lejos”, a los ochenta años y sin dejar de ser incrédulo, anota: “Un ateísmo que intente justificarse en bases científicas no se puede sostener, porque implicaría que la ciencia es capaz de responder a todas las preguntas. Evidentemente eso no es así, ni lo será jamás” y confiesa en otra parte: “Ocurre que me entiendo mejor con creyentes que con racionalistas de cualquier pelaje. Los primeros tienen, por lo menos, sentido del misterio. Un misterio que, a mis ojos, el pensamiento se encuentra constitucionalmente impotente para resolver.”

Einstein fue un genio que mantuvo siempre la creencia en Dios sin adscribirse a ninguna religión determinada, pero vio con gran claridad y profundidad que la base para la labor científica estaba en saber que la realidad se puede conocer, que el mundo responde no al azar sino a leyes inteligentes, que “lo que en el mundo hay de eternamente incomprensible es el hecho de que sea comprensible.” Para Einstein, “Dios no juega a los dados;” y a los ateos positivistas, a los fanáticos de la Ciencia, los descalifica diciendo: “la palabra religiosa es la que mejor expresa esta confianza en la naturaleza racional de la realidad y su peculiar accesibilidad para la mente humana. Cuando no existe esta confianza, la ciencia se convierte en algo carente de inspiración” (…) Y aquí está el punto débil de los positivistas y de los ateos profesionales, que se sienten felices porque creen que no sólo se han apropiado del mundo de lo divino, sino también del de lo milagroso. Curiosamente tenemos que resignarnos a reconocer el milagro, sin poseer ningún modo legítimo de ir más lejos.”

Otro aspecto es las consecuencias sociales y morales de un ateísmo generalizado. El escritor francés André Malraux, no creyente, hace un diagnóstico de las consecuencias sociales y morales del ateísmo generalizado que son muy semejantes a lo que dice el inglés y católico Chesterton. “Cuando se deja de creer en Dios ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que entonces se puede creer en cualquier cosa.” Malraux es más duro y concreto: “cuando los dioses mueren y los sistemas de valor se derrumban, el hombre no encuentra más que una cosa: su cuerpo… la droga, el sexo y la violencia son los sustitutivos naturales de la desaparición de Dios.” Otro Premio Nobel de Física, Werner Heisenberg, hablando del cristianismo dice: “Si llega un día en el que la fuerza magnética que ha orientado esta brújula se apaga completamente, temo que se producirán acontecimientos terribles, mucho más terribles que los campos de concentración y que la bomba atómica.” Es patente que está ocurriendo, sin bombas ni “lagers”, en lo que promueve la Cultura de la Muerte.

El ateo que sin ser antirreligioso mantiene una honradez intelectual vive una vida trágica. El biólogo francés Jean Rostand es un buen ejemplo de este tipo: “-¿la cuestion de la fe? Me la planteo todos los días, sin cesar. He dicho no. He dicho no a Dios, expresándome un poco brutalmente, pero la cuestión se me plantea a cada instante. Yo me digo: ¿es esto posible? A propósito del azar, por ejemplo, me repito: no puede ser el azar lo que combina los átomos. Pero entonces ¡qué? Y aparecen una cadena de preguntas, todas siempre las mismas. Las vuelvo a considerar; estoy siempre disparatando. Estoy obseso, digámoslo claramente, obseso, si no por Dios, por el no-Dios ¡Ah!¡Sí!”

Ser ateo coherente en su vida con lo que piensa es muy difícil porque entonces todo aparece sin un último sentido. Los seres humanos, entonces, se presentan, como decía Jean Paul Sartre, como “una pasión inútil” y la entera historia humana, como se describe en el “Macbeth” de Shakespeare: “Life is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”.

Fuente: Luis Fernando Cuervo

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