Los vicios de los papas

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“Vaticanerías”: anécdotas y leyendas de los pontífices

Pío XII era un tremendo hipocondriaco y tenía un canario que cada mañana, al abrirle la jaula, volaba hacia su dedo.

Juan Pablo II hace novillos de vez en cuando. El pasado cuatro de abril, a las siete de la mañana el Papa salía del Vaticano en un automóvil sin escolta en dirección desconocida. Era una de sus escapadas secretas a las montañas de los Abruzzos, donde respira aire puro y disfruta del paisaje. Algun día, los “novillos” de Juan Pablo II figurarán en un libro como el de “Vaticanerías”, la simpática recopilación de anécdotas humanas de los últimos Papas a cargo de Nino Lo Bello, un periodista americano, recientemente fallecido.

El libro se publicó en inglés hace dos años, pero Roma lo ha descubierto tan sólo ahora, en la edición italiana. Cuenta Lo Bello en su libro que el Papa Pío IX, cuyo pontificado duró de 1846 a 1878, era un apasionado del billar. Hizo instalar dos, uno en el Vaticano y otro en Castelgandolfo, y dedicaba sus ratos libres a la carambola. Jugaba casi siempre con cardenales o miembros de la Guardia de Palacio, y les derrotaba en buena lid porque era un billarista experto. Un siglo más tarde, cuando un Papa deportista venido de Polonia indicó que se construyese una pequeña piscina en Castelgandolfo, hubo quienes lo criticaron como un gasto innecesario. “Será menos de lo que cuesta un cónclave”, respondió.

La anécdota no figura en el libro del periodista americano pero sí en otro firmado por “Anonymous” (así, en inglés), publicado el año pasado en italiano con el título “Hasta en el Vaticano…”. El Estado más pequeño del mundo es un lugar fascinante, donde chascarrillos, anécdotas y leyendas circulan a la orden del día. A veces es difícil separar la verdad de la fantasía, pero ese intento no es de buen gusto en Italia. “Se non e vero… e ben trovato!”, es el mejor elogio de un relato cautivador.

Niño Lo Bello nos cuenta que Pío XII era un gran experto en vinos y un tremendo hipocondriaco, afligido de varios males físicos y algunos otros más bien imaginarios. Cada persona mayor tiene sus manías, y entre las de Eugenio Pacelli figuraba el odio a las moscas, que perseguía sin piedad en su despacho. Más conocido era el hecho de que tenía un canario. Cada mañana, al abrirle la jaula, el pajarillo volaba a la mano del Pontífice, y así se le ve en algunas fotografías.

La gran debilidad de Juan XXIII, un pontífice enormemente desenfadado, era el tabaco. Algunos días fumaba más de un paquete, pero ese vicio no es incompatible con la santidad, y el “papa bueno” será beatificado este otoño. En realidad Angelo Roncalli era capaz de disfrutar con casi todo: confundiendo a sus interlocutores mediante expresiones del Véneto o contemplando Roma con prismáticos desde la torre más alta en el Vaticano. A veces hablaba por lo bajo sin darse cuenta de que los micrófonos seguían funcionando, y esos comentarios “robados” eran de una frescura mil veces más evangélica que sus discursos. Por hablar, hablaba también mucho en sueños y, según cuenta Lo Bello, una vez debía de estar soñando con algún problema serio porque le oyeron decir: “No lo sé. Tendré que preguntárselo al Papa”.

Deprisa, deprisa

La pasión de Pablo VI era la velocidad en carretera y, con frecuencia, pedía al conductor de su automóvil que acelerase o hacía cálculos con un cronómetro. Giovanni Battista Montini fue el único Papa que ha perdido un pleito: un abogado californiano le hizo responsable del incumplimiento de contrato de un monasterio suizo que no le entregó el perro San Bernardo que había comprado y pagado. William Sheffield logró su gran éxito ante el tribunal del condado de Alameda pero nunca llegó a cobrar los 428 dólares de indemnización.

Desde los tiempos de San Pedro ha habido 264 papas, pero el que acumula más primicias y récords es, con gran diferencia, Juan Pablo II. No sólo es el primer papa eslavo de la historia sino también el primero que lleva reloj, que lee sin gafas, que ha sido actor y dramaturgo, que continuó esquiando después de su elección papal y que ha sobrevivido a las balas de un terrorista. Aparte del récord inaudito de 92 viajes internacionales tiene el de beatificaciones e incluso el de nombramiento de cardenales en toda la historia de la Iglesia. Y el de la persona más vista en toda la historia, apuntándose cuatro millones en un solo día durante la Jornada Mundial de la Juventud en Filipinas.

Pero Juan Pablo II es, a la vez, un hombre reservado, tan intenso en su soledad como en su trato con la gente. El libro de “Vaticanerías” cuenta que no ve la televisión sino que se informa de lo que sucede en el mundo a través de una selección de recortes de 30 diarios que le pasan cada mañana a eso de las diez. Según Nino Lo Bello, “lee con frecuencia el “International Herald Tribune” y es un fan de las columnas de Art Buchwald”. Si esta preferencia por el “Herald” no fuese muy cierta es, al menos, una fantasía perdonable ya que Niño Lo Bello fue durante muchos años corresponsal de ese diario en el Vaticano.

Al cine, con Begnini

Entre las “Vaticanerías” más curiosas de Juan Pablo II figuran su afición a leer cartas de niños -es el personaje mundial que más recibe- o el éxito de la subasta de su último automóvil, un Ford Escort de 1975 por el que consiguió más de 100.000 dólares en 1997, y cuyas llaves entregó personalmente al comprador cuando le recibió en el Vaticano. En cambio, en 1981 había rechazado una herencia de cuatro mil millones de liras porque se la había dejado en testamento una vidente de Piacenza que había acumulado su fortuna adivinando el futuro y se hacía publicidad contando falsas visiones de la Virgen María.

Es difícil señalar las “debilidades” de este Papa, y Lo Bello no menciona ninguna en su libro. Pero hay muchas que saltan a la vista, como la de aprender idiomas: habla diez y lee más de medio centenar. Ve pocas películas, pero invitó a Roberto Begnini al Vaticano para una proyección privada de “La Vida es Bella” mucho antes de que el Óscar le diera fama mundial. No escucha “rock” pero ha recibido a Bono y aprobó la celebración del primer concierto “pop” de la historia en la Plaza de San Pedro el pasado 31 de diciembre.

Gorros y sombreros

A Karol Wojtyla le gusta la buena mesa en versión popular y, sobre todo, la conversación en torno al mantel. Su desayuno favorito son los huevos con jamón y acepta de buen grado vinos de todo el mundo, incluidos los de la Ribera del Duero, que escanciaba personalmente a sus acompañantes para que nadie se sintiese cohibido. Como los movimientos le resultan más difíciles, ahora recurre a las bromas para romper las barreras: lo hizo magistralmente la pasada semana cuando invitó a 200 mendigos a almorzar en el Vaticano.

Otro de los grandes “vicios” de Karol Wojtyla, que los historiadores descubrirán en millares de fotografías, es el de aceptar cualquier sombrero que le ofrezcan, desde el tocado de plumas de un jefe indio a un casco de minero. Curiosamente, todos le sientan bien y en ningún caso pierde la dignidad.

Tampoco modera su costumbre de bendecir y de dar besos: a niños y a ancianos, a personas adultas y a todo tipo de objetos, rosarios, libros o fotografías. Al principio de su pontificado besaba el suelo cada vez que llegaba a un nuevo país. Ahora ya no puede inclinarse debido a las secuelas de la operación de cadera y a la edad, pero ha encontrado un nuevo sistema: nada más bajar del avión besa un vasija con tierra del lugar que suelen ofrecerle un par de niños. A veces, sus colaboradores le advierten que no bese allí donde no es costumbre como, por ejemplo, durante la histórica visita al Muro Occidental de Jerusalén el pasado mes de marzo, la primera de un Papa en dos mil años. Juan Pablo II se acercó hasta apoyar su mano trémula en el muro y se abstuvo de besarlo, pero no se resistió a bendecirlo. Otra primicia para un futuro libro de “Vaticanerías”. *

A Pío IX le apasionaba hacer carambolas al billar; Pío XII era un experto en vinos que odiaba a las moscas a las que perseguía sin piedad por su despacho; Juan XXIII se entusiasmaba mirando Roma a través de sus prismáticos y Juan Pablo II hace “novillos” para escaparse a la montaña.

Juan Vicente Boo

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