El infierno chino

Escrito por Javier Telletxea Gago el . Publicado en Infieles

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18 niveles de escarmiento para los pecadores

Debido a su histórica afición de mezclar y re-interpretar las corrientes religiosas de dentro y fuera de sus dominios, China es un país que cuenta con una gran variedad de perspectivas sobre lo que quiera que ocurra en el “más allá”.

Sin embargo, aunque en el imaginario popular circulan versiones muy diferentes de lo que les pasa a los “chicos buenos” en función de que crean en el budismo, el taoísmo, el cristianismo, el islam, o un popurrí de varias de ellas, todo el mundo ha oído hablar del destino ultraterreno que espera en China a quienes se han dedicado a joder al personal.

Me refiero al célebre “Infierno de 18 plantas” (十八层地狱), el lugar con el que habrían delirado maestros del gustirrinín como el Marques de Sade si hubiese nacido en la Dinastía Han, que es cuando parece que los chinos comenzaron a escribir sobre ello. Bueno, en realidad la India tiene gran parte de culpa en el asunto, porque fue su literatura budista la que inspiró la versión china del averno, aunque el taoísmo y el budismo local tampoco se cortaron a la hora de añadir barbaridades de su propia cosecha.

La descripción de este fascinante lugar varía según fuentes de diferentes épocas, y aunque algunas obras hablan de más de 100 plantas o cámaras de tortura dominadas por toda una jerarquía de deidades, hoy me voy a limitar a presentar la figura de Yan, o Yanluo Wang (Yama en el hinduismo), señor del inframundo, y a repasar la variedad de castigos ofrecidos en las 18 zonas que dan nombre a sus dominios.

Antes de pasar a la acción, conste que, en su barbuda y solemne figura de juez, Yan también contaba con la capacidad de enviar a las almas al paraíso, o compensarlas con reencarnaciones privilegiadas. Pero no nos engañemos, pues todos sabemos que el personaje molará eternamente por su capacidad de castigar a los facinerosos y hacerlos renacer en forma de parásitos intestinales (aunque sea en nuestra imaginación).

Por otra parte, tampoco se trata de plantas de un edificio, como dan a entender diversas series y películas inspiradas en el reino de Yan (probablemente debido a las acepciones del ideograma 层), sino que hablaríamos de una variedad de “cámaras” o “niveles” de escarmiento que los condenados visitaban en función de las faltas cometidas.

En cuanto a las torturas aplicadas en cada cámara, su nivel de crueldad y el tiempo durante el cual son aplicadas aumenta según el número asignado a cada uno de ellas, de modo que la decimoctava equivaldría a la más espeluznante e inacabable barrabasada imaginable, o casi.

Y como sé que muchos os lo preguntaréis, os aclaro ya que no, la tortura no acababa una vez terminado el “fatality” de cada cámara, sino que el condenado volvía a su estado original, cual personaje de videojuego, para volver a pasar por la faena tantas veces como el bueno de Yan hubiese decidido.

Nivel 1: La cámara rasga-lenguas

Para aquellos que hallan gozo y satisfacción en eso de poner a los demás a caldo y fastidiar el ambiente con rumores y mentiras, el más blando de los niveles del infierno reservaba una buena sesión de tira-tira y arrancamiento de la sin-hueso. Pues con estas finuras arrancaba la visita al infierno chino, ¿a que acojona?

Nivel 2: La cámara de las tijeras

La herramienta que da nombre al nombre de este nivel no apunta a nada bueno, y me temo que no eran usadas para confeccionar manualidades precisamente. En realidad se trataba de un castigo impuesto a quienes se habían dedicado a “cortar” matrimonios, pero no consistía en seccionar esa otra sin-hueso que muchos imagináis, sino los dedos (¿?). Y una vez bien podaditos todos, regeneración milagrosa y vuelta a empezar.

Nivel 3: La cámara de los árboles de hierro

Nada, poca cosa. Quienes gustasen de sembrar la discordia en el seno de otros linajes familiares, serían enganchados y colgados cabeza abajo de las ramas de este alegre bosque. Ahora bien, en este caso, no sé si la ordalía tenía función de re-play o si se les dejaba a los condenados colgados de los ganchos hasta que quedasen bien purgaditos.

Nivel 4: La cámara de los espejos

Este es un castigo que quizás suene un tanto flojo entre las generaciones que hemos crecido con las películas de Freddy Krueger, Jason Voorhees, y algún que otro icono ya casi entrañable de las películas de terror. Sin embargo, en la antigüedad muchos se debían cagar del susto ante la idea de ser condenados a contemplar la imagen del mal que habita en su interior.

Desgraciadamente, se trata de la tortura aplicada a quienes escapaban de sus castigos kármicos en vida, igual que unos cuantos dictadores bien conocidos, quienes seguro que hasta se descojonarían comprobando lo mucho que el mal se parece a alguno de sus amiguetes de corruptela.

Nivel 5: La cámara de vapor

Una vez más, reprimenda dedicada a los hipócritas e instigadores, así, en general, por lo que es posible que entre los invitados a esta sauna hubiese unos cuantos sin dedos, sin lengua, o con algún piercing engangrenado.

Nivel 6: El bosque de las columnas del cobre

Los aficionados a la piromanía, esos que tantas alegrías causan a los ecologistas, entre otros, recibirían su merecido al ser encadenados a una de las columnas ardientes de este nuevo bosque, tan jovial o más que el de los ganchitos.

Nivel 7: La montaña de los cuchillos

Otra que gustará a algún que otro amante de los animales con algún problemilla de psicopatía. Y es que en esta montaña las cosas se pondrían realmente “cuesta arriba” para los maltratadores de seres sintientes, quienes serían forzados a escalarla y dejarse la piel en sus esquinas afiladas. Por cierto, ahora que lo pienso, Juanito Oyarzabal ya ha perdido unos cuantos apéndices en su vida de montañero, y con la mala leche que tiene, a lo mejor la montaña de los cuchillos le ofrecería un puesto ideal para atormentar a los alpinistas del más allá.

Nivel 8: El valle helado

Especialmente reservado para aquellos que maltratasen o descuidasen de sus parientes y ancianos. A este valle se entraba en pelota picada, y sin la posibilidad de acceder a refugio alguno, de modo que el condenado pudiese experimentar las penurias del abandono en sus propias carnes.

Nivel 9: El caldero de aceite hirviendo

¿Qué mejor forma de escarmentar a los abusones sexuales que preparar una buena sopa con ellos? Y a modo de condimento, nada como añadir algún que otro adultero infiel proveniente de la cámara de las tijeras, o sus deditos, que las partes huesudas son las que más sabor añaden.

Nivel 10: La cámara de los bueyes

Otra nueva cámara en la que dar su merecido a los agricultores y ganaderos que se pasaron de graciosos con el palo, y en la que serían barridos por estos sufridos cuadrúpedos en una especie de San Fermín sin fin. Suerte que a los americanos y australianos hace tiempo que no les va eso de maltratar animales, porque como corran como en la fiesta pamplonesa, se iban a poner finos los bueyes esos del infierno.

Nivel 11: La cámara de las rocas

Para aquellos culpables de infanticidio, el emperador Yan tenía reservado una tortura consistente en el aplastamiento bajo una buena roca, seguido de una sesión remojo en aguas pútridas.

Como muchos sabréis, esta es una cuestión muy controvertida en China desde la imposición de las “políticas del hijo único”, especialmente en el caso de las niñas, y no me extrañaría que más de un soltero chino entrado en años sueñe con ver en semejante situación a los culpables de que hoy haya unos cuantos millones menos de mujeres que de hombres.

Nivel 12: La cámara de moler

Bueno, con ese nombre casi queda todo dicho. Pero lo curioso es que los enviados a esta cámara eran los culpables de desperdiciar alimentos, entre los que se encontraba el grano molido en beneficio de todos esos ingratos.

Nivel 13: La piscina de sangre

Otro castigo que seguramente suena a broma para muchos amantes del horror y el gore, aunque en tiempos de la Dinastía Tang eso de bañarse en sangre debía ser una visión de infarto. No obstante, merece aclarar que se trataba de la condena impuesta a quienes “no respetaban” a sus prójimos, por lo que es muy posible que actuase como “bonus level” para una gran variedad de pecadores.

Nivel 14: La aldea de los desertores

Destino guardado para aquellos que dejaron el mundo a través del suicidio. Se supone que se trata de un lugar de lo más sombrío y descorazonador, aunque si tenemos la cuenta la cantidad de grandes personajes históricos que se despidieron de este modo, es probable que la aldea tenga su gracia. Si la eutanasia cuenta como forma de suicidio, y resulta que es así como acabo mis días (espero que dentro de mucho), no me molestaría darme una vuelta para ver una discusión de tasca entre Hitler y Kurt Cobain.

Nivel 15: La cámara de desmembramiento

Sorprendentemente, esta horrible tortura se reservaría a quienes perturbaban el descanso de los difuntos en sus tumbas, algo que debía ser considerado como uno de los pecados más graves. Solo espero que el señor de los avernos haya actualizado esta condena, porque si no me sé de unos cuantos arqueólogos y paleo-antropólogos que las van a pasar canutas en el infierno chino.

Nivel 16: La montaña de llamas

Por si la broma de la cámara de los espejos no era suficiente, el ante-penúltimo nivel del averno guarda toda una sorpresa para los que tienen las manos largas y no hacen ascos a los sobornos. Para todos ellos, entre quienes, sin duda, encontraríamos una buena colección de representantes políticos, el castigo consistía en pasar una buena temporada achicharrándose en el fuego purificador.

Nivel 17: El molino de piedra

Versión heavy de la cámara de las rocas, aunque esta vez dedicada en exclusiva a quienes abusaron del poder y oprimieron a sus súbditos. No sé por qué me da que esta cámara iba necesitar un buen equipo de mantenimiento para pasar por el molino a tantas y tantas figuras ilustres de China y de todos los rincones del mundo.

Nivel 18: La cámara de las sierras

Último y, en principio, más cruel nivel de todo el inframundo, donde muchos visitantes de las dos últimas cámaras volverían a verse el rostro, o lo que quedase de él. Y es que, por sorprendente que suene, de entre todas las fechorías contempladas, la de acabar (y volver a empezar) serrados de abajo arriba solo la sufrían los culpables de sacar provecho de las lagunas legales y quienes se enriquecían a través de prácticas ilícitas.

Eso es todo por mi parte. Espero que el artículo os haya gustado, y si entre los lectores hay algún seguidor de la sociología o la antropología materialista, le ruego que se resista a restregar el artículo a sus enemigos dialécticos, no vaya a ser que repudien la soberbia, y se nos monte un infierno terrenal en plena clase o departamento.

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