Las brujas y la inquisición

Escrito por Florencia Bec el . Publicado en Infieles

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Leyendo “La mirada del Marciano” de Pablo Rafael Bonaparte, me enteré del porqué se dice que las brujas vuelan en escobas. Me sorprendió tanto, tanto que busqué en la bibliografía y accedí al texto del que se extrajo el dato: “Vacas, cerdos, guerras y brujas: los enigmas de la cultura”, de Marvin Harris (un antropólogo re groso).

La idea del post era poner el porqué nomás, pero Harris aporta muchos datos relevantes y hasta analiza las causas del fenómeno de las brujas; así que hay muchas cosas interesantes a parte del increíble dato de la escoba.

Lo que sigue es un resumen de 2 capítulos

Escobas y aquelarres

Se estima que 500.000 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII. Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos (diablos masculinos dotados de penes fríos como el hielo); copulación con súcubos (diablos femeninos).

A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas: matar la vaca del vecino; provocar granizadas; destruir cosechas; robar y comer niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el aire para asistir a un aquelarre.

… Para empezar, vamos a centrarnos en la explicación de por qué y cómo las brujas volaban hasta los aquelarres (lugar donde se reunían los brujos)

…. Pero como veremos, al menos algunas de las acusadas tenían durante la instrucción del proceso un sentido de ser brujas, y creían fervientemente que podían volar por el aire y tener relaciones sexuales con los diablos. La dificultad con las «confesiones» estriba en que se obtenían habitualmente mediante tortura. Esta se aplicaba rutinariamente hasta que la bruja confesaba haber hecho un pacto con el diablo y volado hasta un aquelarre. Continuaba hasta que la bruja revelaba el nombre de las demás personas presentes en el aquelarre. Si una bruja intentaba retractarse de una confesión, se la torturaba, incluso con más intensidad, hasta que confirmaba la confesión original. Esto dejaba a una persona acusada de brujería ante la elección de morir de una vez por todas en la hoguera o volver repetidas veces a la cámara de tortura. La mayor parte de la gente optaba por la hoguera. Como recompensa por su actitud de cooperación, las brujas arrepentidas podían esperar ser estranguladas antes de que se encendiera el fuego.

Durante toda la locura de la brujería, toda confesión arrancada bajo tortura tenía que ser confirmada antes de que se dictara sentencia. Así, los documentos de los casos de brujería siempre contienen la fórmula. «Y así ha confirmado por su propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura».

Era una práctica establecida entre los examinadores de brujería, amenazar primero con la tortura, después describir los instrumentos que se utilizarían, y finalmente mostrarlos. Las confesiones se podían obtener en cualquier momento del proceso. Los efectos de estas amenazas probablemente lograron «confesiones» durante la instrucción del proceso que hoy en día nos parecen «espontáneas». …Los examinadores nunca quedaban satisfechos hasta que las brujas confesas daban nombres de nuevos sospechosos, que posteriormente eran acusados y torturados de una manera rutinaria.

Se tardó varios siglos en invertir el Canon Episcopi (documento, en el que la Iglesia sostenía oficialmente que quienes afirmaban que el viaje era simplemente una ilusión estaban asociados con el diablo), convirtiéndose en un delito herético el negar que las brujas se transportaran tanto corporal como espiritualmente. Una vez establecida la realidad del viaje, fue posible interrogar a toda bruja confesa sobre las demás personas que asistían al aquelarre.

Para que el sistema funcionara perfectamente, se utilizaron refinamientos complementarios. Se reducían los costos del proceso mediante el sistema de obligar a la familia de la bruja a pagar la factura por los servicios prestados por torturadores y verdugos. Asimismo, la familia corría con el costo de los haces de leña y del banquete que los jueces daban después de la quema. Por lo demás, se fomentaba el entusiasmo de los funcionarios locales por la caza de brujas, autorizándoles a confiscar todos los bienes de cualquier persona condenada por brujería.

La brujería era un crimen pero no una herejía, puesto que el aquelarre era una invención de la imaginación. Pero con el paso del tiempo, los inquisidores papales se preocuparon cada vez más por la falta de jurisdicción en los casos de brujería.

Argüían que la brujería ya no era lo que solía ser en la época del Canon Episcopi. Se había desarrollado un nuevo tipo, mucho más peligroso, de bruja: una bruja que podía volar realmente hasta los aquelarres. Y estos aquelarres eran precisamente como las reuniones secretas de las otras sectas heréticas, aunque los ritos eran mucho más repugnantes. Si se podía torturar a las brujas como a los demás herejes, sus confesiones conducirían al descubrimiento de un extenso cuerpo de conspiradores secretos. Finalmente Roma accedió.

Michael Harner, profesor de la New School for Social Rescarch ha mostrado que las brujas europeas se asociaban popularmente con el empleo de ungüentos mágicos. Antes de viajar por el aire sobre sus escobas, las brujas «se untaban» con ellos. Uno de los típicos casos citados por Harner es el de una bruja en la Inglaterra del siglo XVII, quien confesó que «antes de ser transportada a las reuniones, untaron sus frentes y sus muñecas con un Aceite que les trae el Espíritu (que huele a crudo)». Otras brujas inglesas relataban que el «Aceite» tenía un color Verdoso y se aplicaba en la frente con una pluma. En los primeros relatos, se dice que la bruja aplicaba el ungüento a un bastón tras lo cual «temblaba y galopaba contra viento y marea, cuando y en la forma que le apetecía». Una fuente del siglo xv citada por Harner relata la unción tanto del palo como del cuerpo- «Untan un bastón y montan sobre él o se untan bajo los brazos y en otros lugares vellosos». Otra fuente declara: «Las brujas, varones y hembras, que han pactado con el diablo, sirviéndose de ciertos ungüentos y recitando ciertas palabras son conducidas durante la noche a tierras lejanas».

Andrés Laguna, un médico del siglo XVI que ejercía en Lorraine, describió el descubrimiento del tarro de una bruja «lleno hasta la mitad de un cierto ungüento verde con el que se untaban; cuyo olor era tan fuerte y repugnante que se mostró que estaba compuesto de hierbas frías y soporíferas en grado sumo, que son la cicuta, la hierba mora, el beleño, y la mandrágora». Laguna logró un bote lleno de este ungüento y lo utilizó para llevar a cabo un experimento con la mujer de un verdugo de Metz. Untó a esta mujer desde la cabeza hasta los pies, tras lo cual «ella se quedó dormida de repente con un sueño tan profundo, con sus ojos abiertos como un conejo (también parecía una liebre cocida) que no podía imaginar cómo despertarla». Cuando Laguna logró finalmente que se levantara, había estado durmiendo durante 36 horas. Se quejó: «¿Por qué me despiertas en este momento tan inoportuno? Estaba rodeada de todos los placeres y deleites del mundo». Entonces sonrió a su marido que estaba allí, «que apestaba a ahorcado», y le dijo: «bribón, sabes que te he puesto los cuernos, y con un amante más joven y mejor que tú».

Harner ha reunido algunos de estos experimentos con ungüentos en los que intervenían las mismas brujas. Todos los sujetos caían en un sueño profundo, y cuando se les despertaba, insistían en que habían estado lejos en un largo viaje. Por consiguiente, el secreto del ungüento era conocido por muchas personas que vivían en la época de la locura de las brujas, aun cuando los historiadores modernos han tendido generalmente a olvidar o minimizarlo.

Pero, ¿qué papel desempeñaba el bastón o la escoba que todavía podemos observar en la actualidad entre las piernas de las «brujas» en la víspera del día de Todos los Santos? Según Harner, no era un simple símbolo fálico:

El empleo del bastón o escoba era indudablemente algo más que un acto simbólico freudiano; servía para aplicar la planta que contenía atropina a las membranas vaginales sensibles, así como para proporcionar la sugestión de cabalgar sobre un corcel, una ilusión típica del viaje de las brujas al aquelarre.

Los ungüentos alucinógenos explican muchas de las características específicas de la creencia en la brujería. La tortura explica la propagación de estas creencias mucho más allá de la órbita de los usuarios reales de los ungüentos.

Dice, en “La Mirada del Marciano”

-¿Pero qué tienen que ver las brujas?

-A ellas se las hacía responsables de provocar males que producían la miseria del pueblo. En realidad se trataba de señoras de su casa que untaban sus palos de escoba con sustancias alucinógenas y se “montaban” en ellos para permitir su absorción por la mucosa vaginal. Este es el “vuelo” del que todo el mundo habla.

Sigue Harris

La gran locura de las brujas

Sugiero que la mejor manera de comprender la causa de la manía de las brujas es examinar sus resultados terrenales en lugar de sus intenciones celestiales.

El significado práctico de la manía de las brujas consistió, así, en desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en elementos indispensables. El clero y la nobleza se presentaron como los grandes protectores de la humanidad frente a un enemigo omnipresente pero difícil de detectar. Aquí había, por fin, una buena razón para pagar diezmos y someterse al recaudador de impuestos.

… la manía de la brujería dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protesta. Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno, hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada uno sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes, centró la cólera y frustración de todo el mundo en un foco puramente local.

En esta época se escribe un manual completo del cazador de brujas. “El Martillo de las Brujas” de Institor y Sprenger. Da explicaciones teológicas sobre las brujas: su existencia, características, poderes, peligros…

Para descargarlo

http://bibliotheka.org/?/ver/12591

Florencia Bec

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