La instrucción de las vírgenes

Escrito por Leandro de Sevilla el . Publicado en Infieles

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Este tratado fue el regalo del obispo visigodo Leandro de Sevilla (537¿-600) a su hermana Florentina, por su decisión de hacerse religiosa. En él enumera las virtudes que han de cultivar las vírgenes, es decir, las monjas. Llama la atención el énfasis que pone el Santo en la necesidad de retirarse de la vida mundana, y de desconectarse de las necesidades corporales: evitar toda amistad con quienes no sean monjas; vigilar los actos que puedan despertar la concupiscencia, incluido el aseo personal, el vestido y la ingesta de alimentos como la carne. Escrito originalmente en latín, aquí tenéis algunos fragmentos traducidos al español.

Deben evitarse las mujeres seglares.

1. Te ruego, hermana, que no admitas en tu amistad a mujeres que no tienen tu misma profesión, pues ellas te van a aconsejar lo que es objeto de su amor, y al oído te susurrarán los vanos deseos en que viven inmersas. ¡Ay de mí, hermana! Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Con el virtuoso, virtuoso serás, y con el perverso, te pervertirás.

2. ¿Qué pueden hacer en común una casada y una virgen? Aquella no sigue tus pasos, ya que se entrega al amor de su esposo; rechaza tu profesión, y, aunque simule tenerla en estima, miente para engañarte. ¿Qué puede tener en común contigo la que no lleva sobre su cuello el yugo de Cristo? Cuando los hábitos son distintos, lo son también los sentimientos.

3. Como instrumento de Satanás, te elogiará en su canto lo que pueda hacerte excitantes los atractivos del siglo y te encamine por los senderos del diablo. Huye de los cantos de sirenas, hermana mía, no sea que, por escuchar complacida e interesada los goces mundanos, te desvíes del camino recto y tropieces a la diestra con un escollo, o seas engullida a la siniestra por el abismo de Caribdis.

4. Huye de los cantos de sirenas y protege tus oídos contra la lengua de las que sugieren la iniquidad. Defiende tu corazón con el escudo de la fe, si ves a alguna desacorde con tu género de vida, y arma tu frente con la insignia de la cruz contra la que se burle, hostil, de tu profesión.

La virgen debe huir del trato con varones.

1. Ya puedes comprender, hermana, cómo habrás de evitar el trato de varones, si con tanta solicitud debes apartarte de las mujeres del siglo. Todo varón, por virtuoso que sea, tendrá vedada cualquier familiaridad contigo, no sea que por el continuado trato del hombre se desacredite o se arrumbe la virtud de uno y otra. Se aparta, pues, del amor a Dios la que proporciona a otros ocasión de perpetrar una mala acción; y se aparta del amor al prójimo la que, aun cuando no obre mal, fomenta no obstante la propagación de falsos rumores.

2. Efectivamente, cuando hombre y mujer se encuentran juntos en un lugar, se sienten excitados por el instinto con el que nacieron, y la llama natural de la concupiscencia prende si se ceba en algo presto a la combustión. ¿Quién guardará fuego en su seno y no se quemará?. Fuego y estopa, elementos contrarios entre sí, cuando se juntan producen llamas. Los sexos masculino y femenino son distintos, pero si se juntan tienden hacia donde les llama la ley natural.

La virgen debe evitar el trato con jóvenes.

1. Y si con tanta atención se ha de evitar el trato de varones virtuosos, para que no reciban agravio las buenas costumbres de ambos, ¿cómo no habrán de huirse los jóvenes que recorren el tenebroso camino de la vida mundana? A éstos el diablo los presenta y sitúa ante los ojos de la virgen, para que sueñe durante la noche con la figura de los que contempló a lo largo del día.

2. Y, aunque la reflexión se oponga a esto y rechace de la mente tales imaginaciones, sin embargo la reciente visión y consideración de aquellos cuerpos sigue sugiriendo a su memoria las imágenes que en el instante de verlos captó; de manera que, si bien tal representación no aporta mucho deleite a su espíritu, se le reproducirá durante el sueño lo que contemplaron sus ojos.

3. Y de tal forma atraviesan el pecho de la virgen los dardos del demonio y clavan en su corazón un amor funesto, que con afán desea ver de nuevo al siguiente día el objeto de sus sueños; y la huella de Satanás se le va introduciendo hasta lo más profundo del corazón por las ventanas de los ojos, como dice el profeta: La muerte penetró por nuestras ventanas. Pues no se desliza el diablo al interior del alma, sino a través de los sentidos corporales.

4. Si contemplas algún hermoso ser que mueve tu concupiscencia, si tus oídos se deleitan con una torpe canción, si tu olfato se impregna de un olor fragante, si estimula tu gusto un sabor placentero, si acaricia tu piel una figura suave y delicada, en tales casos el deleite sensual excita el apetito de la carne.

5. Ambos sexos son, en efecto, obra de Dios. Los varones, por tanto, han de ser amados como obra de Dios que son, incluso aun cuando estén ausentes, pero por sus buenas acciones y por Dios, que los creó, no por la hermosura de su cuerpo ni la elegancia de su aspecto, ya que su cuerpo se ha formado de tierra cenagosa y con ella se manchará de nuevo cuando regrese a su seno.

6. ¿Quieres tener de esto un testimonio fidedigno? ¿Quieres comprobar en qué consiste esa carne tan hermosa ? Desciende a la realidad. Si examinas, a los tres días de enterrada, a la que resplandecía de hermosura en el mundo, verás cuán horrible yace en su sepultura. ¿Acaso no se estremecen al verla convertida en tierra . y manantial de gusanos aquellos ojos que ansiaban contemplarla en vida?

7. Y el olfato, que se recreaba con el aroma que exhalaba viva, huye ahora de su fetidez. Guárdate, pues, de inferir graves ofensas a Dios bajo pretexto de amar su obra. Todo lo que Dios ha creado es bueno, pero Él ha de ser amado sobre todas las cosas. Recuerda al emblema de la virginidad, prez de vuestra profesión, modelo y guía de las vírgenes, María.

8. Por esta razón se cree que mereció su porción de eternidad: por haber declinado el trato con varón, porque el ángel la encontró sola, y ella se asustó en su presencia del sexo viril que él representaba y del que ella huía. Pero, ¿por qué tal cosa? Considera adónde llega por evitar el trato" de varones: a ser la madre de Cristo.

9. También tú, si de tus ojos apartas las imágenes varoniles que subyugan el corazón, si te recluyes en tu celda en la sola compañía de pensamientos virtuosos, si te apartas del ruido y tumulto del siglo, comprobarás que en el silencio y la esperanza estribará tu fortaleza; tú también, insisto, lograrás aprisionar a Cristo en tu corazón, Él descansará en tu morada y gozará de tus brazos.

10. Y entonces podrás decir con el profeta. Venga la paz y descanse en su aposento. En efecto, nuestra paz es Cristo y su aposento el corazón puro.

La virgen ha de ser pudorosa

1. Presta suma atención y pon todo tu interés, hermana, en adornar todas tus acciones con la virtud del pudor. Cuanto de bueno lleve a cabo la virgen, debe practicarlo con pudor y recato dignos de encomio: el pudor es como la madre que nutre todas las demás virtudes de la virgen. El pudor hace que la virgen no sea irritable, sino paciente; que no sea insolente en su manera de hablar, sino suave.

2. El pudor impide que la virgen caiga en soberbias arrogancias. El pudor refrena a la virgen y la lleva a practicar la virtud de la humildad. El pudor estimula a la virgen a mantener equilibrada templanza. El pudor tratan de conservarlo las que son virtuosas; en efecto, la virgen que se aparta de todo vicio., protegida por el dique del pudor, se anima a la consecución y práctica de las virtudes.

3. En fin, que hasta el propio movimiento corporal de la virgen gana en honestidad con el pudor, y no va mostrando el rostro con descaro por doquier, ni alza los ojos sin recato, ni cae en conversaciones deshonestas, ni se mancha con turbias miradas. En cualquier situación, las ligaduras de la modestia le sirven de freno y la cubren con su velo; la libertad y la autoridad, que con frecuencia cuadran bien al varón, se reputan en una virgen como vicio, si no las modera el pudor.

Del vestido de las vírgenes

1. He aquí, hermana, lo que hemos vertido en estas páginas de nuestro libro. A todo ello le debes buscar acomodo en el interior de tu espíritu, mi queridísima Florentina, y adornarlo con las flores de las más variadas virtudes. Para tu alma aspira a un tipo de vestido que agrade al Hijo único del Padre celestial, y, desdeñando el esplendor del cuerpo, engalana tu espíritu exclusivamente con costumbres piadosas, con objeto de producir desagrado a las miradas de los hombres carnales justamente en aquello con lo que los carnales se procuran mutuo placer; a la vez, con sumo interés, debes tender hacia lo que te confiere hermosura ante los ojos de Dios.

2. Porque estarás realmente embellecida cuando prefieras el hábito interior al exterior; irás elegantemente ataviada cuando corras no tras el esplendor del vestido, sino tras la pureza del espíritu. Pues el ponerse vestidos magníficos, en los que ni por delante ni por detrás se muestra alojo curioso arruga alguna, de modo que no se formen bolsas, vestidos seleccionados con primor, diseñados escrupulosamente y adquiridos a elevado precio, es preocupación carnal, es concupiscencia de los ojos.

3. Tú, por tu parte, usa vestidos que te muestren inocente ante Dios, no que te avaloren y te den distinción ante los hombres, para que por tu sencillez en el vestir se advierta la integridad de tu alma virtuosa. Te ha de producir terror el profeta cuando increpa y acusa con esta terrible expresión a las vírgenes incautas y arrogantes en el andar:

4. Por haberse enorgullecido las hijas de Sión y haber caminado con el cuello estirado, haciendo guiños con los ojos y batiendo palmas, caminando a pasos desiguales, el Señor hará caer el cabello a las hijas de Sión hasta dejar sus cabezas sin un pelo. y en vez de perfume, prosigue, habrá fetidez,. en vez de ceñidor, un cordel, y en vez de cabello ensortijado, calvicie.

5. Ante semejantes palabras del oráculo, ponte vestidos que cubran el cuerpo, que velen tu pudor virginal, que te defiendan de los rigores del frío, no que exciten el cebo y estímulo de la concupiscencia carnal. Has de aventajar a tus hermanas en virtudes del alma, no precisamente en el vestir.

Cómo debe usar el baño la virgen

1. No te has de bañar por gusto o por dar hermosura a tu cuerpo, sino tan sólo como remedio para la salud. Es decir, que usarás el baño cuando la enfermedad lo exija, no cuando el placer lo apetezca. Si lo tomas cuando no sea preciso, faltarás, pues está escrito: No pongáis vuestra solicitud en la concupiscencia de la carne.

2. La solicitud carnal que proviene de la concupiscencia se conceptúa como vicio; no, en cambio, los cuidados necesarios para restablecer la salud. Por tal motivo, que no te arrastre a bañarte con frecuencia el placer corporal, sino sólo las exigencias de la enfermedad. y estarás libre de culpa si únicamente obras por imperativo de la necesidad.

Es pecado que una virgen ría con descaro

1. Muéstrate gozosa en Dios, pero con serena y moderada alegría de espíritu, tal como aconseja el Apóstol: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: alegraos. y en otro pasaje dice: El gozo es fruto del espirtitu. Este gozo no te perturba el espíritu con el denigrante espectáculo de la risa, sino que levanta en tu alma deseos de aquel reposo celestial, en el que podrás escuchar: Entra en el gozo de tu Señor.

2. En la risa se demuestra de ordinario lo que es el corazón de la virgen, pues nunca reirá con descaro si tiene el corazón casto. El rostro es el espejo del corazón: no ríe a tontas ya locas sino la que es libertina. De lo que abunda en el corazón, dice el Señor, habla la boca. Luego la risa que se adueña del rostro de una virgen procede de la vanidad de que está repleta su alma.

3. Escucha lo que podemos leer sobre esto: A la risa la consideré locura, y dije al gozo: ¿Por qué te engañas en vano? y en otro lugar se lee también: En la risa se mezcla la aflicción, ya la alegría sucede la congoja. y dice el Señor: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. El Apóstol, por su parte, advierte a quienes ríen atolondrados: Conviértase en llanto vuestra risa.

4. Huye, pues, de la risa, hermana, como de una locura y transforma en llanto las alegrías del siglo para que logres la justificación, llorando tu destierro en este mundo, porque los que lloran conforme al precepto de Dios son felices y hallarán consuelo. Ten presente que estás peregrinando por la vida y no tienes aquí la patria, sino en el cielo.

5. Si aquel siervo de Dios ardía en deseos tales que le llevaban a exclamar: Deseo morir para estar con Cristo, ¿con qué fuego de amor no habrá de inflamarse la virgen ? ¿Cuán copiosas lágrimas no deberá derramar por la ansiedad que siente de Cristo, su esposo, mientras no pueda llegar a abrazarle, lágrimas que brotarán incesantes hasta el momento en que se una a Aquel a quien ansía contemplar?

6. Por sentirse desterrado en esta vida se lamentaba aquel que, entristecido, clamaba : ¡Ay de mí, que he prolongado mi destierro! En efecto, el esposo celestial te acogerá con júbilo en amoroso abrazo al verte arder en deseos de Él, y, si deploras su ausencia, cuando te halles a su lado recibirás consuelo.

De la tolerancia y prohibición de carne

1. A la vista de tu debilidad, no me atrevo ni a prohibirte ni a permitirte el uso de carne. La que tiene suficiente vigor debe abstenerse de tomarla, pues es duro en extremo nutrir al enemigo contra el que se ha de luchar y alimentar la propia carne para que se torne rebelde. Y es que, si la virgen se sirve de los mismos manjares que los seglares, producirá la impresión de que en sus obras se conduce como aquellos.

2. ¿Qué otra cosa podrá hacer un cuerpo alimentado de carne, sino estallar en concupiscencia y caer en el desenfreno con la lamentable barbarie de la lujuria? Por eso dice un autor: "El fin de los placeres es la. corrupción". Y el Apóstol describe a la viuda voluptuosa en estos términos: La viuda que vive entre placeres, aunque viva, ya está muerta.

3. Si apenas podemos apartar al cuerpo debilitado por la abstinencia de la ley del pecado que anida en nuestros miembros, ¿qué le sucederá a la que cultiva la tierra de su carne de forma tal que le produce espinas y abrojos? Alimentarse de carnes es incentivo de vicios; y no sólo de carnes, sino el exceso de cualquier otro alimento;

4. porque no es la calidad del manjar lo que se reprueba como vicio, sino la cantidad. Todo lo que se toma en exceso grava el espíritu, y el estómago debilitado por el alimento abundante en demasía embota los sentimientos del alma. La virgen simplemente ha de estar sana, no robusta; su rostro debe aparecer pálido, no sonrosado. La que envía desde su corazón suspiros al Señor no puede eructar por la indigestión de alimentos.

5. Resérvese el uso de carne para quienes precisan fuerza corporal, por ejemplo para quienes extraen metales de las minas, luchan en los campos de batalla, construyen edificios elevados y, en general, para aquellos de cuyo cuerpo mana el sudor al ejercer sus oficios; a éstos les es imprescindible tomar carne para reparar sus fuerzas. La virgen que sabe sobrellevar las deficiencias de su cuerpo mejor que si poseyera una salud vigorosa, es en verdad una virgen excelente.

6. ¿Con qué objeto va a tomar carne si no es para inundar su cuerpo miserable con toda la inmundicia de los vicios? Sin embargo, si la enfermedad la obliga a ello, podrá tomarla como medicina, es decir, comiendo la cantidad precisa para su remedio, sin llegar al exceso. En efecto, los peritos en esta ciencia aplican gradualmente las medicinas, de manera que no recarguen al enfermo, sino que lo alivien. De ahí se infiere que es muy cierta sentencia de los filósofos: "Nada en exceso".

Fuente: La instrucción de las vírgenes, de Leandro de Sevilla. Fundación Universitaria (1979)

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