Nada de divorcios

Escrito por Sylvester Birngruber el . Publicado en Infieles

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La indisolubilidad del matrimonio

Indescifrables e incomprensibles son los argumentos teológicos de este sacerdote austriaco cuyas obras gozaron de cierta difusión en la Europa de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. Es sólo un ejemplo del rebuscamiento propio de los discursos clericales en torno a la sexualidad y la familia, que durante varios siglos han sido blanco de una intervención sistemática por parte de la institución eclesiástica con un objetivo político muy concreto: la creación de unidades sociales fácilmente manipulables y altamente reproductivas.

Una unión sexual pasajera está en contradicción con la naturaleza del amor. En el amor el hombre ajusta todo su ser a otro; ambas personas forman una coordinación del yo y del tú que constituyen un "nosotros". Este intercambio espiritual, este mutuo completarse sólo puede conseguir su eficacia dentro de una unión duradera. Es éste un hecho que quedará confirmado por una infinidad de pruebas.

Considerado desde un punto de vista estrictamente humano, el matrimonio podría sufrir, en determinadas circunstancias, una disolución. Justamente el hecho de que lo más importante sea la comunidad espiritual podría abogar en pro de esta disolución. Porque cuando tal comunidad espiritual ya no existe, cuando el matrimonio está completamente desordenado y los antagonismos parecen insuperables, entonces -se opina- el matrimonio debería disolverse como algo carente de objeto. Desde luego, cabe alegar en contra que el hijo siempre sufre un daño a causa de esta disolución y que el abandono de una indisolubilidad de principio equivale a una propagación de la tendencia al divorcio, puesto que los matrimonios pierden entonces su consistencia ante las crisis. Pues siempre existirán crisis en el matrimonio, y sólo cuando ambas partes tienen la certeza de que no han de separarse podrán suavizar mutuamente las aristas. Sin embargo, estos motivos naturales tan importantes para la indisolubilidad del matrimonio no serian tan completos que no admitieran ninguna excepción en ningún caso.

Pero cuando consideramos el matrimonio dentro del marco de lo sobrenatural, la indisolubilidad aparece como algo absoluto. Se trata ahora del matrimonio escogido, desde el principio por Dios para proyectar su propia esencia en la criatura, se trata de un mysterium magnum, de un gran misterio (Eph., v, 32). En el lenguaje de la Escritura existe un misterio allí donde lo divino penetra en lo humano, donde el hombre llega a ser portador de lo divino. Una imagen preferida en la Escritura consiste en representar a la Iglesia como desposada de Cristo (Apoc., XIX, 7, y Eph., v, 25-33). Gracias a la vida divina que circula en nosotros, quedamos soldados en un organismo. Este "cuerpo místico" es un cuerpo materno. Recibe de su cabeza divina continuamente vida nueva para que la transmita a sus nuevos hijos. Pero la condición previa para esto, es que existan nuevas almas humanas que puedan participar en el renacimiento del seno de la Iglesia mediante el bautismo. Por consiguiente, todo hombre debe experimentar un doble nacimiento: el que le hace hombre terreno y el que lo convierte en hijo de Dios. El primero está relacionado con el segundo. y el segundo pone el primero a su servicio. He aquí la razón de que exista un matrimonio doble. Uno es "místico", es decir, existe completamente en lo divino. Es un matrimonio entre Cristo y Su Esposa, la Iglesia. De este matrimonio surge la vida divina. El otro matrimonio, visto externamente, está totalmente en el plano de lo humano. Un hombre engendra un hijo en una mujer. ¿Qué tiene esto que ver con lo divino? Y, sin embargo, este hecho penetra profundamente en lo divino, y no solamente en cuanto imagen de píos, sino porque solamente así se hace posible la fecundidad del matrimonio verdaderamente divino entre Cristo y su Iglesia. Así, pues, el matrimonio humano no es ya un ejemplo de la unión de Cristo con su Iglesia; ésta no es ya la imagen de un hecho que, en virtud de cierto parecido, se llama también matrimonio; el matrimonio humano es más bien imitación e imagen del matrimonio místico entre Cristo y la Iglesia. Como este matrimonio maravilloso existe y tiene que ser fecundo, tiene que engendrar nuevos hijos de Dios, y de ahí que en la Iglesia se dé el matrimonio entre hombre y mujer. Esta es la razón de que en la Iglesia se crece, por decirlo así, un nuevo órgano, un "desmembramiento" o "ramificación" de ella. Reducir el matrimonio a lo puramente humano es negar lo sobrenatural. Naturalmente, de aquí a la idea del Estado como único responsable no hay más que un paso. Pero solamente puede estar de acuerdo con esto el que ya no tome en serio lo sobrenatural, el que no tenga idea de la que es el cristianismo y crea que es un poder puramente terrenal, algo así como un cuerpo extraño dentro del Estado contra el que sólo cabe la actitud de defenderse.

La interpretación del matrimonio que aquí damos no es una simple fantasía hueca, o un pensamiento de dos personas que han perdido el contacto con el suelo y vagan así ingrávidos en un espacio ajeno a la vida. Esta interpretación del matrimonio es una realidad que debe admitirse con tanto interés como cualquier otra verdad de nuestra experiencia diaria. Es una presunción materialista el tomar solamente en serio lo que puede captarse con los sentidos, prescindiendo de mundo del espíritu. El espíritu es más real que la materia, y el matrimonio está al servicio del espíritu. Tenemos que agradecer a Jesucristo el haber impedido que el matrimonio se rebajase hasta , lo demasiado humano, y aún hasta lo infrahumano, cosa mucho peor. Una y otra vez Cristo elige entre el número de los cristianos a dos, un hombre y una mujer, y los convierte en sus delegados. Los transforma en un solo órgano, para que en adelante ya no sean dos, sino una sola carne ( Mt., XIX) 5). Así el matrimonio, como todos los sacramentos de consagración, imprime una cierta señal indeleble, aunque sabemos por la teología del matrimonio que la muerte puede destruir parte del órgano y la otra parte puede entonces constituir un organismo nuevo. Pero esto lo realiza sólo la muerte. Cualquier otra separación del matrimonio cristiano es considerada por Jesucristo y sus apóstoles como adulterio ( Mt., XIX, 1-9 y I Cor., VII, 10 y ss.). San Pablo dice de los casados: "En cuanto a los casados, es un precepto, no mío, sino del Señor, que la mujer no se aparte del marido, y que, de apartarse, no vuelva a casarse, o bien reconcíliese con el marido; y que el marido no despida a su mujer" (I Cor., VII, 10 y ss.). Como quiera que la razón principal de la indisolubilidad del matrimonio es sobrenatural, nada tiene de sorprendente que el no cristiano considere esta actitud como dura e imposible de comprender. Pero el cristiano, si quiere estar de acuerdo con su nombre, debe comprenderla y considerarla como obligatoria.

La interpretación de lo sexual que aquí ofrecemos debe quedar limpia de todo tipo de difamaciones contra la Iglesia, como si ésta tuviera un concepto equivocado de lo sexua1, como si lo considerara obra del diablo y solamente admitiera su función en el matrimonio con objeto de que no desaparezca la humanidad. El desprecio del matrimonio y de lo sexual no ha aparecido dentro de la Iglesia católica, sino dentro del maniqueísmo con su desprecio del. cuerpo, y posteriormente resurgió en algunas exageraciones puritanas de la Reforma. El puritanismo es también . culpable de que una cierta infravaloración de lo sexual penetrara en la llamada moral de la sociedad, a la que se sentían ligad muchos católicos como hijos del espíritu de su época. Tales opiniones no son más que exageraciones enfermizas contra las que debemos luchar como cristianos. Del mismo modo debemos rechazar el moderno pansexualismo (lo sexual lo es todo), que satura toda la vida de contenido sexual. Con esto se consigue no una supravoloración de lo sexual, sino su desprestigio. Nadie tiene una opinión tan elevada de lo sexual como la Iglesia. No puede ser de otro modo, ya que su actitud queda determinada por el lenguaje de la Sagrada Escritura, que pone en relación lo sexual con lo divino.

La Iglesia sabe también lo que los modernos pansexualistas parecen ignorar, y es que lo sexual se ha convertido en la puerta de entrada de lo, diabólico. os ha destinado al hombre para que participe de su vida. Después de su existencia terrenal debía ser "como Dios", en el sentido de que le sería permitido participar en el cumplimiento de la vida divina. El demonio conoce esta grandeza verdaderamente enorme del misteto que late encerado en lo sexual, y sobre todo en el matrimonio cristiano. Para él, lo interesante es desde el principio la destrucción de la imagen de Dios en el hombre. Todo lo que en el hombre sea de alguna manera divino debe quedar destruído radicalmente. En lo sexual hay mucho de divino y, por tanto, mucho también de diabólico desde el pecado original. El diablo está continuamente intentando destruir lo divino en el hombre, para hacer del hombre, destinado a lo más alto, una criatura hundida en lo inhumano y lo infrahumano. No descansa hasta destruir totalmente al hombre. Y entonces se oye la risa satánica, la risa del "mono de Dio" que se burla de todo lo divino; y en esta risa está todo el sarcasmo. ¡Ahora sois como dioses, necios!

Conviene conocer lo diabólico que se oculta en lo sexual, no para huir de ello, no para negarlo en uno mismo o en los demás, sino para redimirlo. Por tanto, hemos de estar constantemente en tensión. Resulta facilísimo burlarse de la castidad, resulta facilísimo desconocer los peligros y la problemática de lo sexual. Es preciso ver en lo sexual ambas cosas, tanto lo divino como la diabólico; sólo entonces cabe la esperanza de encontrar el áureo término medio de la vida.

En esta exposición de lo sexual nos hemos colocado especialmente en el punto de vista de Dios. Esta visión nos da una perspectiva especial. Pero aun dentro de una consideración puramente humana no podemos negar su trascendencia para la familia natural. Porque es el factor más importante para la formación de la comunidad. De lo sexual en el hombre surge la célula primitiva de la comunidad, la familia. Por consiguiente, ésta sirve para ambas cosas: para la perfección del individuo y para la construcción de la comunidad humana. y debe regirse según ambas funciones, tanto la individual como la social. La insistencia unilateral en una sola función es un mal. Es una aberración moral el considerar la vida sexual como un simple "asunto particular". Una vida expansiva e ilimitada, una vida que únicamente se orienta al propio yo es ilícita. El que viva de este modo, actúa irresponsablemente contra la comunidad humana.

Fuente: Sylvester Birngruber. La moral del seglar. Rialp (1960)

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