Principios del cristianismo y sus herejías

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CRISTIANISMO PRIMITIVO.

Las primeras ecclesaie, o comunidades cristianas, funcionaban como lo que se entiende por células comunistas y se encontraban diseminadas por todas las partes del Imperio Romano a las que había llegado la palabra de los apóstoles. Cada una de ellas estaba presidida por un presbítero, que era un sacerdote, libremente elegido por los fieles que componían la comunidad, el cual estaba asistido por diáconos, subdiáconos, acólitos y exorcistas a quienes se encargaba el cuidado de los obsesos y de los epilépticos. Ninguna de estas funciones constituía una carrera: en aquellas comunidades primitivas, todos los fieles intervenían voluntariamente y sin recibir remuneración alguna. Junto a los diáconos estaban las diaconisas, que generalmente eran viudas y se encargaban de los pobres y de los enfermos.

Al principio, las ecclesiae no tuvieron entre ellas relaciones jerárquicas. El presbítero respondía de su propia conducta solamente ante Dios y los fieles que lo habían elegido. Esto garantizaba una perfecta democracia, pero no constituía una organización. La necesidad de una organización verdadera empezó a sentirse con la difusión capilar y masiva del cristianismo en las provincias del Imperio. Al multiplicarse las ecclesiae, los varios presbíteros en cada ciudad acabaron por elegir un epíscopo, un obispo encargado de coordinar sus acciones. En el siglo IV empezaron a aparecer los primeros arzobispos, los metropolitas y los primados, que eran los supervisores de los obispos de una provincia, hasta que en cinco ciudades, Roma, Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y Alejandría, fue instalado un patriarca. El de Roma fue llamado Papa. Pero el título era usado también por otros muchos obispos. El Papa de Roma era sólo el obispo de Roma, elegido, como los demás, por el clero y el pu eblo de la ciudad.

A petición de un arzobispo, todos los obispos de una provincia se reunían en un concilio que, por ello, se llamó provincial. Cuando acudían a él todos los obispos de Oriente o todos los de Occidente, tomaba el nombre de plenario. Si reunía tanto a unos como a otros, se llamaba general o ecuménico. Y sus decisiones, en este caso, eran obligatorias para todos los cristianos. De esta unidad procedió para la Iglesia el nombre de católica, que significa universal. Desde el principio se estableció que los presbíteros debían haber cumplido los treinta años y los obispos los cincuenta.

Los cristianos de los comienzos cumplían sus ritos en casas solitarias o en subterráneos. La santa misa, que hoy se celebra regularmente por las mañanas, entonces era oficiada por la noche. La función religiosa se iniciaba con la lectura de los textos sagrados. Seguían la predicación, la homilía del presbítero, el canto de los salmos y la oración de los fieles. Como sello de la ceremonia, se intercambiaba el beso de paz. Esta costumbre se convirtió pronto en causa de ingratos desviacionismos, a fuerza de ser demasiado grata. Para salir al paso del peligro, se recomendó a los fieles que al besarse tuvieran la boca cerrada. Y como regularmente se eludía la recomendación, el beso de paz fue suprimido.

La comunión era administrada con pan y vino. El uso de la hostia consagrada fue introducido más tarde. El cáliz con el vino era común y servía para todos. Sólo los bautizados podían recibir la comunión. El bautismo, que en griego quiere decir «inmersión», fue tomado por los cristianos de los hebreos que, a su vez, lo habían recibido de los egipcios. En los tiempos apostólicos eran los adultos quienes se bautizaban. Jesucristo, que nunca bautizó a nadie, fue bautizado por Juan Bautista a la edad de treinta años. En el siglo II se empezó a administrar este sacramento a los niños, ocho días después del nacimiento. El que moría antes era condenado al limbo, una especie de infierno mitigado. En el siglo III se impuso de nuevo la costumbre de la inmersión en el baño sagrado antes de morir. Temíase, de hecho, que el bautismo lavara los pecados sólo una vez. El emperador Juliano, en su Sátira de los Césares, puso en boca de Constanzo, hijo de Constantino, estas palabras: Quien se sienta culpable de es tupro, de asesinato, de robo, de sacrilegio y de todos los delitos más abominables, cuando sea lavado por mí con esta agua, quedará puro y limpio.

Como el bautismo por inmersión podía producir reacciones desagradables en niños, viejos y enfermos, fue sustituido por la simple aspersión, una salpicadura de agua bendita. La innovación provocó bastantes murmuraciones. El obispo de Cartago, Cipriano, se escandalizó hasta el punto de declarar que los que habían sido bautizados por aspersión tenían una dote de gracia infinitamente inferior a la de los que habían sido inmersos tres veces en el baño sagrado.

La confesión, practicada por los hebreos a fuerza de salmos y de latigazos, fue acompañada por los cristianos solamente por un cierto número de oraciones. Pública durante todo el siglo IV y en épocas anteriores, fue hecha secreta en tiempos de Teodosio, cuando una mujer se acusó ante millares de fieles de haberse acostado el día anterior con el diácono que en aquel momento de su declaración estaba confesándola. En Occidente, la confesión de los propios pecados a un sacerdote fue introducida en el siglo VII. Antes era posible confesarse también entre seglares. En los conventos, las abadesas recibían la confesión de sus monjas con tanta indiscreción que los obispos se vieron obligados a retirarles esta facultad. Durante cierto tiempo se impuso la costumbre de proporcionar a los cristianos un certificado de confesión, una especie de recibo al portador que había que exhibir ante el sacerdote en el momento de la comunión.

Durante la celebración de la misa revestía gran importancia el sermón, seguido por los fieles con huracanes de aplausos o tempestades de silbidos. En la iglesia podían hablar en público todos menos las mujeres. A los catecúmenos se les prohibía asistir a la parte central de la celebración eucarística. Solo después de tres años de instrucción religiosa y tras haber ingerido una mezcla de leche y miel, que era el alimento de los recién nacidos, se convertían en miembros con plenitud de derecho de la ecclesia.

La fiesta semanal de los cristianos era e1 domingo. El miércoles y el viernes eran días de abstinencia o de ayuno. Pascua y Pentecostés fueron, durante algunos siglos, las únicas fiestas anuales. Después de Constantino se empezó a celebrar también la Epifanía.

Las costumbres cristianas en la edad apostólica eran un modelo de santidad. La Iglesia condenaba 1a magia, la astrología y las artes adivinatorias. El aborto y el infanticidio, que los romanos practicaban con pagana desenvoltura, fueron abolidos y execrados. Fue denunciada, no sabemos con qué resultado, la prostitución que hasta entonces era considerada como el único desahogo a la monogamia, duramente reprobados el adulterio y la pederastia y, en cambio, se recomendaba calurosamente la virginidad. El célibe era considerado más cristiano que el que contraía matrimonio. En los primeros siglos, los sacerdotes, como hoy 1os pastores protestantes, tenían libertad para tomar esposa. En el año 306, un canon del sínodo de Elvira prohibió a los eclesiásticos contraer matrimonio, so pena de destitución. Pero la prohibición siguió siendo prácticamente letra muerta.

Se condenaba el excesivo cuidado del propio cuerpo y se consideraba indecente la costumbre de llevar pendientes, pintarse los ojos, teñirse el cabello y llevar pelucas. Para la Iglesia, el maquillaje no era sólo un instrumento de seducción y de lujuria, sino también de reproche a Dios, como si no hubiese dotado a sus criaturas de suficientes atractivos.

Con especial severidad eran juzgados los deportes y los juegos de azar. En cambio, se admitía la gimnasia, la caza y la pesca. Se ponía dificultades a los matrimonios mixtos. El divorcio era concedido solamente a petición de la mujer si ésta era pagana. Se toleraba la esclavitud. Los romanos condenaban a ser esclava a la mujer libre que se casaba con su siervo. El cristiano Constantino modificó esta costumbre haciendo ajusticiar a la mujer y quemar al marido. La carrera eclesiástica estaba prohibida a los esclavos, pero los libertos podían llegar a ella fácilmente.

En el siglo IV los sacerdotes, siguiendo el ejemplo de algunas órdenes monásticas, adoptaron la tonsura. En los tiempos más antiguos, el vestido de los eclesiásticos no era distinto del de los seglares. Durante la misa, los sacerdotes vestían la común túnica romana. A finales del siglo III se impuso a los sacerdotes el uso de un hábito litúrgico fijo De la túnica derivó así la clámide de color blanco en general. El anillo y el báculo se convirtieron en insignias de los obispos. En el año 325, el concilio de Nicea prohibió a los párrocos tener en sus casas mujeres jóvenes. Se fundaron los primeros seminarios. La organización eclesiástica se perfeccionó. Creáronse nuevos oficios, entre los mas importantes, el de enterrador. También en el siglo IV se difundió el culto de las imágenes y el tráfico de reliquias. En Occidente, las damas de la aristocracia acogieron en sus alcobas, como directores espirituales y administradores patrimoniales, a clérigos y monjes.

La teoría de que san Pedro, al fundar en Roma la primera ecclesia, había pretendido atribuirle un primado, comenzó a desarrollarse en el siglo V. Hasta entonces, su obispo había conservado la misma categoría y los mismos atributos de las otras cuatro sedes patriarcales: Alejandría, Antioquía, Constantinopla y Jerusalén. Sólo el concilio de Calcedonia, en el año 381, lo reconoció, con no poca oposición, primus inter pares. En el siglo VI, esta supremacía, que ya ejercía de hecho en Occidente, fue consagrada con el título de pontífice, es decir, de sucesor de Pedro y vicario de Cristo y jefe ecuménico de la Iglesia.

LAS HEREJÍAS

Pero a esta organización no se llegó sin dificultades. Precisamente porque tendía a la unidad y al. mando único, la Iglesia hubo de vérselas con las tendencias centrífugas. del cristianismo fomentada por la primitiva dispersión de las ecclesiae. Para ponerse al frente de todas ellas, tuvo por fuerza que poner un poco de agua en el vino de la tolerancia que había reclamado y de la que se había aprovechado frente al estado pagano para crecer y prosperar, pero que podía minar su cohesión ahora que había vencido. Así es, en parte, el destino de todas las religiones. Piden para sí la libertad de organizarse en nombre de unos principios laicos y, después, una vez organizadas, niegan esta misma libertad a los demás, en nombre de los propios dogmas.

Estas fuerzas centrífugas fueron las herejías, que empezaron a manifestarse en el mismo momento en que los presbíteros, es decir, los simples sacerdotes, se impusieron a los obispos. Estas herejías presentaron inmediatamente dos aspectos: uno, teológico, y el otro, político, íntimamente ligados en secreto entre sí. En la práctica, era el nacionalismo lo que renacía a través de ellas. El pretexto solía ser un modo distinto de concebir a Dios y de interpretar las Sagradas Escrituras. Y quien lo proclamaba, tal vez miraba sólo esto, como ciertamente fue el caso de Arrio. Pero las fuerzas que actuaban en lo más profundo y las transformaban en verdaderas rebeliones, eran las de la revuelta contra el poder central, a favor de los autogobiernos locales. En Oriente, la Iglesia se había convertido en un instrumento del Estado, y en Occidente lo estaba sustituyendo. En uno y otro caso era, para los nacionalismos, el enemigo al que había que derrotar. Así, los donatistas luchaban para arrancar el África de Roma y los monofisitas para liberar Siria y Egipto de Constantinopla.

El desarrollo de esta lucha contra las innumerables sectas que pulularon en este primer período: los apolinaristas, los priscilianistas., los sabelianos, los macedonianos, los mesalinos etc. se escapa a la extensión de este artículo. Pero entre esos desviacionismos, como hoy se les llamaría, hubo uno que influyó profundamente en la cristiandad y hasta estuvo a punto de cambiar su curso: el de Arrio.

Arrio era un predicador de Alejandría en el siglo IV, que había rechazado la consustancialidad, es decir, la identidad de Jesucristo con Dios. El obispo de quien dependía lo excomulgó, pero Arrio siguió predicando y haciendo secuaces. El emperador Constantino, que había fundado 1a nueva capital del Imperio en Oriente y trataba de ejercer sobre la Iglesia un alto patrocinio, llamó a los dos litigantes para intentar ponerlos de acuerdo, pero el intento fracasó. El conflicto se había ensanchado y se había hecho más profundo. Por lo tanto, para poner término a una discusión que podía poner en peligro la unidad católica, no había más remedio que convocar un concilio ecuménico, que se celebró en Nicea, cerca de Nicomedia.

El Papa Silvestre I, viejo y enfermo, no podía intervenir. Contra su acusador Atanasio, Arrio se defendió con honestidad y valor. Era un hombre sincero, pobre y melancólico, que creía en sus propias ideas. De los trescientos dieciocho obispos que se habían reunido par juzgarlos, sólo dos lo sostuvieron hasta el fin y fueron excomulgados con él. Pero, evidentemente, había otros muchos que, sin valor para decirlo, pensaban como Arrio y siguieron predicando sus tesis, aun después de la condena. Uno de ellos fue, ciertamente, Eusebio. Y ya se ha visto la importancia que éste tuvo como maestro de Ulfilas, el arriano cristianizador de los pueblos bárbaros.

Aún no habían pasa cuatro siglos desde la fundación de la primera eccIesia de Pedro, cuando ya todo e1 mundo cristiano era presa de convulsiones. En África, Donato, contemporáneo de Arrio, proclamaba que 1os sacramentos administrados por sacerdotes que se hubieran manchado con algún pecado, no eran válidos. Condenado, contó inmediatamente con una secta de fanáticos que plantearon sobre la discusión teológica una revuelta nacional y social: la de los circunceliones o pequeños ladrones vagabundos. Entre un saqueo y un robo común de pollos, predicaban la pobreza y la igualdad. Y cuando se encontraban con un carro tirado por esclavos, ponían a éstos dentro del vehículo, obligando después al amo a tirar de él. Si el amo resistía lo cegaban llenándole los ojos de arena o lo mataban, naturalmente, siempre en nombre de Jesucristo. Si, en cambio, les tocaba morir a ellos, lo hacían alegremente, seguros de volar al paraíso. Más aún, a tanto llegó su fanatismo, que empezaron a detener 1as caravanas militares suplicando a los soldados que los mataran. Morían cantando y riendo, entre las llamas de la hoguera o precipitándose en las simas.

En Oriente, Nestorio puso en duda la virginidad de María, sosteniendo que había sido la madre, no de un Dios, sino de un hombre que tenía, es verdad, algo de divino, pero mezclado con otros valores humanos. Nestorio buscaba el martirio, pero en cambio la Iglesia le dio un puesto de obispo en Constantinopla. El arzobispo de Alejandría, Cirilo, escribió sobre ello en términos indignados al Papa Celestino I. Este convocó un concilio plenario en Roma, que situó a Nestorio entre la dimisión o la deposición. Nestorio rechazó ambas soluciones, de manera que hizo falta un concilio ecuménico en Éfeso para excomulgarlo. El hereje, confinado en Antioquia, siguió agitándose y predicando. El emperador lo hizo deportar a un oasis en el desierto de Libia. Al cabo de unos años, se arrepintió y volvió a llamarlo, pero los mensajeros lo encontraron ya moribundo, vigilado por algunos fieles que, después de enterrarlo, emigraron a Siria, construyeron allí iglesias dedicadas a su mártir y tradujeron la Biblia y las ob ras de Aristóteles a la lengua local, preparando así el fundamento de la cultura musulmana que más tarde se implantaría allí influenciada por dichas obras. Perseguidos de nuevo por el emperador Zenón, refugiáronse en Persia y desde allí se esparcieron hasta la India y China, donde todavía existen sus sectas en guerra contra la Mariolatría, es decir, el culto de María.

Pero el problema de la naturaleza de Jesús seguía alimentando sectas y herejías. El monje Eutiques sostenía que solo había la divina. Flaviano, el patriarca de Constantinopla, convocó un concilio para excomulgarlo. Eutiques apeló a los obispos de Alejandría y de Roma. Hubo que convocar otro concilio en Éfeso donde, por odio a Constantinopla, el clero egipcio defendió al acusado y atacó con tanta violencia a Flaviano que este murió.. El Papa León I, el de Atila, se había manifestado ya a favor del patriarca. Indignado por lo ocurrido, fulminó al sínodo de Éfeso, llamándolo “Sínodo de los ladrones” y convocó otro en Calcedonia, que reconoció la doble naturaleza de Jesús y volvió a excomulgar a Eutiques. EL clero de Siria y Egipto rechazó el veredicto y adoptó la herejía monofisita del excomulgado. Un obispo ortodoxo enviado a Alejandría para restaurar el orden fue linchado por la muchedumbre en la catedral el día de Viernes Santo. El monofisismo se convirtió en la religión nacional de los cristianos de aquellos dos países y se propagó a Armenia. Porque, como de costumbre, servía sobre todo para cubrir un movimiento de independencia con respecto a Constantinopla.

Fuente: Mundo Laico

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