El mundo está loco

La vida en una prisión de máxima seguridad de Miami

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Imagine un presidio donde los reclusos conviven 24 por celda y se pelean constantemente de acuerdo con un código de gladiadores extremadamente violento. Así es la vida dentro de la supercárcel de Miami.

Para un inglés de anteojos, pacífico, hay pocos lugares menos adecuados que un camarote en un sexto piso del principal presidio de Miami.

El lugar es de esos de ver para creer. Hasta 24 hombres por celda, viviendo detrás de barrotes de metal, en camarotes de acero, compartiendo una sola ducha y dos inodoros.

Poco del brillante sol de Miami se filtra a través de las rejillas de las ventanas. Las salidas al patio tienen lugar dos veces a la semana y duran una hora.

El resto del tiempo, los reclusos están encerrados de la mañana a la noche, comiendo, durmiendo y volviéndose ligeramente locos.

Pero lo que es más chocante es el comportamiento de los presos mismos.

Por razones que no quedan del todo claras -quizás debido al hacinamiento en que viven, tal vez a causa de la insuficiente vigilancia por parte de los gendarmes, sea por la falta de canales para gastar su energía, o por su involucramiento con bandas en el exterior o debido a una traidición carcelaria estancada en el tiempo- los reclusos han creado un brutal código pugilístico digno de gladiadores.

Pelean por respeto, por comida y tentempiés o, simplemente, para pasar el tiempo.

Quinto y sexto pisos

Con cerca de siete mil reclusos, el sistema carcelario de Miami es uno de los más grandes en Estados Unidos, el llamado "megapresidio.

Muchos de estos presos están en prisión preventiva, esperan fianza o fecha de juicio, normalmente por delitos menores.

En Estados Unidos las cárceles son distintas de las prisiones en el sentido de que su objetivo es retener gente antes de su juicio y, por lo tanto, no está sentenciada.

La mayor parte de esta población penal residen en una de las dos mayores instalaciones del sistema carcelario de Miami. grandes y modernos edificios donde las celdas están bien supervisadas y son seguras.

Sin embargo, unos cientos de "duros" que están acusados de delitos particularmente graves o tienen antecedentes de violencia tras las rejas, son enviados al quinto y sexto pisos de la cárcel principal, un lugar con su mitología y leyenda propias.

Los presos de todo el edificio hablan con un tono reverencial sobre la cárcel principal, porque es aquí donde se aplica más rigurosamente el código carcelario.

La idea de pasar un tiempo en la cárcel de Miami surgió de un documental que había hecho en el presidio de San Quintín, en California, en 2007.

Me había impresionado el extraño mundo autosuficiente de la prisión, con sus propias reglas y sus inesperadas intimidades.

Llegué a Miami con la idea de que las cárceles -con sus poblaciones más pasajeras y, por lo tanto, más caóticas, con sus nuevos arrestos y nuevos acusados-eran muy diferentes, menos codificadas y menos domesticadas.

Los reclusos tendían a no permanecer mucho tiempo como para sentirse cómodos o establecer lazos con los gendarmes o entre ellos mismos.

También, al tiempo que las prisiones separan a sus presos de manera que los casos más graves vayan a instalaciones de altísima seguridad, las cárceles albergan el espectro completo de los acusados.

Igual, no podía creer lo que encontré.

El código en la práctica

A los pocos días de llegar a la cárcel, me enteré de que había habido una pelea en el sexto piso: un hombre había sido golpeado espantosamente por varios de sus compañeros de celda.

Cuando visité la celda, algunos de sus compañeros dijeron que la víctima había estado testificando en los casos de otra gente.

"Irse de lengua trae malas consecuencias", dijo uno.

Busqué a la víctima, quien había llegado de vuelta de la clínica con los ojos cerrados por los golpes, como si se hubiera trenzado a diez rounds con Vitali Klitschko (boxeador ucraniano, campeón de los pesos pesados, versión WBC).

Me dijo que sus compañeros de celda le habían pegado por turnos, uno detrás de otro, seis o siete en fila, una práctica llamada "alinearse".

Con mucha cautela, le insinué la posibilidad de que hubiera despertado la ira de sus colegas por cooperar con la justicia en su caso, tal vez contra sus propios coacusados.

Contestó que la idea era absurda, que había sido arrestado por conducir con una licencia suspendida.

Uno o dos días más tarde, me encontré con un recluso llamado Robert Tosta, un hombre fuerte y con un historial de asaltos y robos. Tenía un ojo en tinta y explicaba que era el resultado de una pelea con otro hombre en su celda.

Tosta había notado que algunas de sus pertenencias personales habían desaparecido y, aunque no sabía quién era el responsable, sí sabía que las reglas de la cárcel establecían que tenía que pedirle a su compañero de camarote que "se abrochara", es decir, que se pusiera los zapatos para una pelea.

Otras prácticas

En algunas celdas, los reclusos alardeaban de tener una política de "pelea obligatoria" para los recién llegados, lo que quería decir que cualquier nuevo recluso que llegara a la celda tenía que pelear por un camarote, a menos que conociera a otros presos en la celda, en cuyo caso se le eximía del trámite.

Y sin embargo, por extraño que parezca, la pelea dista mucho de ser el único comportamiento agresivo que florece en los pisos quinto y sexto de la Cárcel Principal.

Al principio de nuestra visita, los gendarmes que nos acompañaban nos decían por lo bajo que algunos reclusos estaban siendo "irrespetuosos" durante las entrevistas. Estaba confundido. ¿Es porque gritaban? ¿Porque hacían muecas?

No, estaban "pistoleando" - es decir, masturbándose- en presencia de nuestras directora y asistente de produción.

Recordé que algunos de los hombres tras los barrotes estaban envueltos en sábanas mientras estaban de pie o tendidos en sus camas, tapados.

Supuse que estaban así porque tenían vergüenza de la cámara, pero, se me explicó, era la mejor manera de esconderse.

Sin duda, la práctica era extraña e inconfortable para todos los miembros de nuestro equipo. Y, sin embargo, incluso esto lo vi como sintomático de las extrañas condiciones de las celdas en la Cárcel Principal.

Privados de todo estímulo sensorial exterior, estaba demasiado alertas a cualquier aparición de mujeres jóvenes desde fuera.

Sin privacidad, compartiendo una sola ducha, muchos de los hombres habían perdido el sentido normal de las barreras sociales.

Estaban, todo el tiempo, unos en el camino de los otros, usando los inodoros, hablando con seres queridos por teléfono y, presumiblemente, dando rienda suelta a otras funciones físicas.

Cuando nosotros estábamos cerca de ellos, las mismas reglas se aplicaban a nosotros. Muchos de ellos, viviendo como animales, habían perdido la influencia de las normas sociales.

Desde el principio, quise entrar a las celdas. Las autoridades carcelarias no son muy dadas a dar su autorización , pero nos las arreglamos para conseguir un permiso especial; y así fue que pude hacer varias incursiones en los cuarteles de los reclusos.

A nadie puede extrañar, luego de que se me dijera que era "poco aconsejable" entrar a las celdas por razones de seguridad, que estuviera nervioso cuando lo hice, pese a que me cuidaba un par de gendarmes.

Y a pesar de todo, la primera sorpresa fue un sentimiento de que, vistos desde cerca, los hombres parecían menos amenazantes, parecían perplejos, sin saber cómo actuar.

Hubo un extraño momento cuando un recluso, un joven llamado Shug, se bajó los pantalones.

Cuando le pregunté qué estaba haciendo, lo pensó dos veces y decidió tomar parte en la conversación.

Otro interno, Rodney Pearson, conocido como Hot Rod, me dijo que llevaba siete años esperando juicio. Los fiscales querían condenarlo a muerte.

Le pregunté si, por alguna veleidad del destino, me arrestaban y venía a parar a esa cárcel, yo, un inglés de anteojos, con educación universitaria, que no tenía la menor inclinación a pelear, ¿tendría que atravesar por la experiencia de la pelea obligatoria?

La respuesta fue un enfático "sí".

"Distanciamiento"

Tan horrible como pueda parecer, lo cierto es que los reclusos con las más graves acusaciones son los que eligen extender su estancia lo más que se pueda.

Enfrentar acusaciones de asesinato y fiscales interesados en aplicar penas de presidio perpetuo o muerte, calculan que sus opciones de un mejor resultado en un juicio mejoran mientras más esperan, mientras mueren o desaparecen testigos, o los recuerdos se desvanecen.

Se trata de una estrategia legal conocida como "distanciamiento".

Algunos reclusos han estado presos por cinco años o más , todavía inocentes, técnicamente hablando, tolerando las condiciones más brutales, jugándosela a una mejor sentencia.

Los gendarmes afirman que es poco lo que pueden hacer para liquidar la violencia entre internos.

Dicen que los presos aceptan participar de los códigos de la cárcel y la política de los reclusos de no abrir la boca significa que rara vez pueden identificar a los culpables.

Es verdad que el plano de la cárcel - un anticuado diseño con un "paseo" que pasa por celdas en forma de jaula que no recuerdan otra cosa que un zoológico de varios pisos- no contribuye a que los gendarmes mantengan una vigilancia constante de sus presos.

Uno de los cabos dijo que el condado estaría feliz de hacer reformas, siempre que yo contribuyera a los US$600 millones para un nuevo edificio.

Hasta entonces, indicó, el extraño código quel quinto y sexto pisos continuaría en vigencia.

Fuente: BBC

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