El mundo está loco

Violaciones en España

Escrito por María Corisco el . Publicado en El mundo está loco

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Una violación cada siete horas en nuestro país.

Ariadna tenía 17 años. El pasado 7 de septiembre acudió a comisaría para denunciar que había sufrido una violación; su testimonio no terminó de resultar convincente para los agentes, que volvieron a citarla horas después para tomarle nuevamente declaración. Tampoco entonces parecieron creerla. El agresor fue detenido, y puesto en libertad tras confesar que había sido una relación consentida. Tres días después, Ariadna se ahorcó.

Seguramente nunca lleguemos a conocer con certeza qué pesó más en su decisión de suicidarse: si la agresión sexual en sí o la desconfianza, ese pasar de ser víctima a sospechosa, la falta de compasión. No lo sabremos, pero Tina Alarcón, presidenta de la Asociación de Asistencia a Mujeres Violadas, se pregunta "en qué cabeza humana cabe que a Ariadna le costase cuatro horas poner la denuncia por violación. O que, pese a que nosotras pedimos intimidad absoluta, en el momento de su declaración hubiera cuatro policías, tres de ellos varones. Eso era impensable hace unos años". Una década atrás, asegura esta veterana de la lucha contra la violencia sexual, "en las comisarías se aplicaba correctamente el protocolo de actuación para tratar a las víctimas de este delito. Pero hace unos cuatro o cinco años este trato empezó a deteriorarse y muchas víctimas, especialmente latinoamericanas, comenzaron a ser cuestionadas, interrogadas, presionadas. De hecho, fuimos a la Policía a preguntar por qué estaba pasando esto y se nos dejó entrever que había habido una orden por parte de la Magistratura indicando que se filtraran muy bien estos delitos...".

Algo parece haber cambiado. Amalia Fernández Doyague, presidenta de la Asociación de Mujeres Juristas Themis, llega a hablar incluso de "un retroceso ideológico total y absoluto en la sociedad", salto hacia atrás que, añade, ha sido "muchas veces amparado por políticos de este país». Y pone como ejemplo las declaraciones del alcalde de Valladolid, ese "me da reparo entrar en un ascensor con una mujer por si se arranca el sujetador o la falda".

La violación de Ariadna es una de las más del millar que se producen cada año en nuestro país. Exactamente una cada siete horas, más de tres al día. En 2013, según la última memoria del Ministerio del Interior, se contaron 1.298 en España, 18 más que el año anterior. Esta cifra atañe únicamente a "agresiones con penetración", es decir, que no incluye un sinfín de abusos sexuales en los que la mujer no llega a ser penetrada. El número de denuncias es mucho mayor: 2.859 correspondientes a menores, y 10.621 presentadas por adultas, según la Asociación de Asistencia a Mujeres Violadas. Pero es mucho más lo que se silencia, asegura Tina Alarcón: "Aunque es un delito que no se puede callar nunca, cada vez hay más mujeres que no denuncian. Dicen: 'Para qué'".

La visión de Acracia Infante aporta un matiz diferente. La fundadora de la web mehanviolado.org -desde la que se pretende ayudar y orientar a las víctimas de violencia sexual- no ve tan clara la idea del retroceso ideológico: "La mentalidad es la misma de siempre". Pero sí apunta que ahora se está hablando mucho más de las violaciones, y eso permite que aflore "el sentir real de buena parte de la sociedad. Somos muchos quienes estamos tratando de visibilizar la 'cultura de la violación'; no es de extrañar, entonces, que salgan también voces contrarias diciendo que no es para tanto".

Cultura de la violación. Con este concepto, importado del mundo anglosajón, se define ese conjunto de creencias que justifican la violencia sexual hacia la mujer. Aunque raro es el varón -o incluso la mujer- que reconozca compartir esta cultura (de la misma manera que nadie justifica un asalto con navajas en mitad de la calle), en cuanto empezamos a escarbar aparecen las raíces profundas que todavía hoy alimentan buena parte de dichas creencias: "Se tiende a justificar, o a encontrar menos grave, una violación en la que la mujer iba vestida con ropa supuestamente provocativa, cuando existía un tonteo previo, si ella había accedido a subir a casa del agresor o en caso de que ambos "hayan tenido relaciones sexuales con anterioridad», argumenta Acracia Infante. "Que se estén justificando continuamente tantos crímenes sexuales hace que los violadores no se sientan como tales".

Tanto es así que muchas veces la mujer tampoco llega a pensar que ese acto que se ha producido contra su deseo supone una violación. "Nosotras somos nuestras peores enemigas", denuncia Fernández Doyague, "venimos arrastrando una educación por culpa de la cual es muy frecuente que las propias madres justifiquen la agresión: 'Pero dónde andarías, con las pintas que llevas, te lo vengo diciendo...' Y, al final, comienzan a sentirse responsables de lo que les ha ocurrido".

Más allá del entorno, ella, como jurista, quiere hacer especial hincapié en esa parte de la instrucción en que "lo primero que se enjuicia es la honestidad de la mujer: cómo iba vestida, a qué hora se produjo la agresión, de dónde venía, a dónde iba, si tenía novio... Son circunstancias ajenas a los hechos que, en ningún caso, deberían aparecer en la instrucción. Pero lo hacen, y son esos mismos factores los que luego aparecen reflejados en los medios de comunicación". Y, aunque reconoce que se han conseguido avances legislativos, matiza que "no se han producido en la mentalidad de los propios legisladores".

De forma de pensar nos habla también Tina Alarcón: "Hemos hecho conquistas jurídicas, pero la opinión pública continúa con el mismo criterio de los años 70: se sospecha que la mujer provoca la situación. En Derecho Penal, esa figura de la provocación no existe. Hay que dejar claro que el delito comienza a partir del instante en que una mujer dice que no, sean las circunstancias que sean. Pero muchas adolescentes callan y no denuncian, porque entienden que han estado coqueteando más de la cuenta".

Los prejuicios son los mismos de antaño, pero en los últimos años se está produciendo un nuevo fenómeno: el de la desconfianza en la veracidad de las denuncias.

Según datos del Fiscal General del Estado, se estima que el número de denuncias falsas por violación ronda el 0,01%. "Es algo absolutamente minoritario, pero basta que suceda una vez para que aparezca en todos los medios", señala Infante. Pensemos en el último caso, el de la denuncia por violación en la Feria de Málaga el pasado verano: la supuesta víctima se desdecía hace unos días de su declaración y argumentaba que se lo había inventado para evitar que se difundiese el vídeo que le habían grabado mientras mantenía relaciones sexuales con los acusados. La joven ha sido condenada a 10 meses de cárcel y 2.160 euros de multa. Todos los medios de comunicación se han hecho eco de esta historia, pero ¿cuántos de ellos recogen alguna de las violaciones que se denuncian diariamente?

El problema de las denuncias falsas es que contribuyen a perpetuar la cultura de la violación. Tal y como escribía Concha Caballero, ex-dirigente de Izquierda Unida, "si la chica de Málaga mintió en su denuncia, merece toda nuestra reprobación y el castigo legal correspondiente. No solo ha acusado falsamente a un grupo de jóvenes, sino que su caso será utilizado para justificar los miles de crímenes que se cometen contra las mujeres". Y la cuestión se complica aún más con el megáfono de las redes sociales, que se han hecho ampliamente eco de la falsedad de esta denuncia y han sembrado dudas sobre la veracidad de otras.

Si no fuera por esta alusión al mundo de las nuevas tecnologías, posiblemente dudaríamos de que todo esto esté ocurriendo en pleno 2014. Las recomendaciones que ha hecho este mismo verano el Ministerio del Interior para prevenir las violaciones parecen como de otro siglo: comprarse un silbato, correr las cortinas de casa, no acercarse a desconocidos... Carmen Montón, secretaria de Igualdad de la nueva Ejecutiva del PSOE, afirmaba en Twitter que estos consejos son "una forma de meter miedo, culpabilizar a las mujeres y eludir responsabilidades". Y Yolanda Besteiro, presidenta de la Federación de Mujeres Progresistas, asegura que "la propia amenaza de ser violadas funciona como un mecanismo patriarcal que condiciona el comportamiento cotidiano de las mujeres".

Ante esto ¿qué se puede hacer? Las expertas apuestan por la necesidad de denunciar y apoyar a la mujer en ese difícil momento de la denuncia. Y la importancia de evitar que se acabe culpabilizando a la víctima. También están convencidas de que el cambio pasa por esta máxima. "No eduques a tus hijas para que no las violen; educa a tus hijos para que no nos violen", afirma Acracia Infante.

Fuente: El Mundo

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