El mundo está loco

Un parricida en televisión

Escrito por Manuel Carballal el . Publicado en El mundo está loco

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Cyril Jaquet

«El pasado está enterrado». Así de gráfico explicó Cyril Jaquet al presentador del 'reality show' de Antena 3 'La vuelta al mundo en directo', Óscar Martínez, el terrible suceso en que se vio implicado en su niñez. Sin querer revelar a la audiencia el dramático caso que aconteció, y pese a que aseguraba haberlo superado, Cyril, un joven de 29 años que trabaja de auxiliar de vuelo, decidió abandonar el programa, cogido de la mano de su pareja, cuando los concursantes ya se hallaban en Italia. En ese mismo momento, los foros de internet hervían señalándole como el autor de un parricidio que sucedió en Benijófar (Alicante) en 1994.

El verano de ese año, la localidad quedó conmocionada al conocerse que la brutal muerte de una pareja en un chalé no fue resultado de un robo efectuado en la vivienda sino que fue fruto de la ira de Cyril, el hijo de ambos, por una reciente discusión familiar.

El 1 de agosto de 1994, el día después de la última reprimenda que recibiría por parte de sus progenitores -al parecer por no cumplir los horarios de salida de casa que se le imponían-, Cyril ideó un plan para deshacerse de ellos: cuando llegó su madre, la asesinó disparando tres veces con una pistola. Tuvo que esperar cuatro horas, hasta el momento en que su padre accedió a su casa, para finalizar su maquinación. Le pegó ocho tiros. Como broche final, los remató con sendos disparos a la cabeza. Esta es la noticia de aquel crímen, firmada por Fernando Olabe, tal y como la publicó El Mundo:

La crueldad del joven parricida de Benijófar ha provocado la estupefacción de policías y vecinos Los responsables de investigar el crimen dudan de que C.J.M. matara a sus padres sólo porque le reñían y le dieron «un par de tortas» La pista principal fueron las cuatro horas transcurridas entre los dos asesinatos El padre coleccionaba armas

ALICANTE

Una sonrisa le delató. Hasta ese momento su serenidad, su aplomo y su tranquilidad le habían mantenido lejos, muy lejos de las sospechas de todos, vecinos y familiares. O de casi todos.

Algunos no dejaron de extrañarse por su sangre fría y su conducta impasible ¿Cómo es posible -se preguntaban- que un adolescente de quince años no se hubiera mostrado más afectado al ver a sus padres asesinados a balazos? ¿Qué pasó por la cabeza de C.J.M., de 15 años, la noche del 31 de julio al 1 de agosto? ¿Qué motivaciones tuvo para matar a sangre fría a sus progenitores? ¿Fue un arrebato o una decisión tomada de antemano?

Una nueva página de la España negra se ha abierto. Esta vez no ha sido ni en la profunda Andalucía ni en Extremadura. El sur de la provincia de Alicante, en el interior de la Vera Baja, donde la tierra se seca este verano por la pertinaz sequía y subsiste merced a un problemático trasvase ha sido el escenario. Tierra de agricultores, de gentes que se hacen a sí mismas.

En este contexto, Truman Capote bien pudiera haber obtenido los elementos necesarios para una continuación de su magnífico relato periodístico A sangre fría. El título le viene que ni al pelo a un muchacho que ha mostrado poseerla hasta los últimos instantes de una posible versión del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Y es que la vida y obra de C.J.M. ha desatado una continua explosión de versiones sobre su carácter, que realzan el misterio que envuelve al crimen.

Hace una semana y media, al día siguiente del hallazgo de los cadáveres de Oliver Jacquet, suizo de 45 años y de la española Isabel Merino, de 35 años, C.J.M., único hijo del matrimonio, vivía bajo la condición de «un pobre huérfano» de una macabra tragedia.

DE LA PENA AL ASOMBRO

El viernes 12, siete días después del entierro, el adolescente conquistó una plaza entre los criminales más sanguinarios de España. Su autoinculpación tornó las muestras de pena y consolación en asombro, estupefacción y más de una lanza.

Nadie se lo puede creer en Benijófar, ni en Ciudad Quesada, zona residencial donde viven los abuelos y en la que el joven era conocido. Hasta los propios miembros de la Policía Judicial expresan su incredulidad. El teniente coronel Antonio Torrado, primer jefe de la Comandancia de Alicante, mostró a EL MUNDO el asombro de alguien que no ha conocido un caso similar en sus más de 30 años de servicio.

La versión definitiva del adolescente no acaba de convencerle. Las regañinas y los posibles malos tratos que recibía, según declaró tras la detención, no son definitivas para el guardia civil: «Conductas como la de sus padres se dan todos los días ¿Quién no ha recibido alguna vez unas tortas?».

Esa supuesta actitud violenta de los padres desembocó en tragedia. A juicio del primer oficial de la Comandancia de Alicante la respuesta del muchacho no ha sido normal, aunque deja una puerta abierta para investigar esta parte de los hechos, «por otra parte muy difíciles de determinar».

LA PRINCIPAL INCOGNITA.

A pesar de que el caso ya se ha cerrado permanece la principal incógnita: ¿por qué actuó así un joven que según han declarado todos los conocidos es aparentemente normal? El relato de los hechos y la reconstrucción del crimen, basándose principalmente en el resultado de la autopsia, desvelan una crueldad inusitada.

El asesino parecía tenerlo todo estudiado cuidadosamente. Primero esperó a Isabel Merino. Hacia el mediodía del 1 de agosto la mujer llegaba a la casa. Su actitud era la de quien llega con ganas de ponerse cómoda cuanto antes. «La mujer recibió tres impactos de bala. Da la sensación de que estaba quitándose el cinturón mientras entraba por la puerta», reveló un alto cargo de la investigación.

El lapso de tiempo transcurrido hasta el siguiente crimen fue el que puso en alerta a la Guardia Civil. Un ladrón que se ve sorprendido y mata no espera cuatro horas para salir de la vivienda. Transcurrido ese tiempo llegó Oliver Jacquet. Posiblemente no tuvo tiempo de ver el cuerpo sin vida de su mujer a los pies de la escalera. Recibió siete balazos, lo que quedaba en el cargador de la pistola semiautomática.

Para Joaquín Cases, amigo del súbdito suizo, ésa fue su gran imprudencia. El hecho de ser coleccionista de armas ponía a disposición de cualquiera todo tipo de artefactos mortales. Una Mauser-Wecker del calibre 7,65 remataría en el suelo al matrimonio suizo-español.

Uno de los aspectos que más sorprendió a la Policía en un primer momento fue el hecho de que los perros, dos pastores alemanes de imponente aspecto, no ladraran y nadie escuchara los ladridos. Asimismo ninguno de los escasos vecinos de la finca de «Los Algarrobos» escuchó disparos el lunes 1 de agosto.

De todas formas, uno de los vecinos declaró a EL MUNDO que lo normal es escuchar tiros habitualmente en esta parte del municipio de Benijófar, ya que mucha gente viene a cazar y a disparar.

Las jornadas siguientes fueron decisivas para conocer las características del presunto asesino. El adolescente se perfiló como una persona fría y serena. En ningún momento, excepto el día en que simuló haber hallado los cadáveres, dio muestra de nerviosismo o alteración.

Precisamente ese modo de obrar resultaría determinante para centrar las sospechas sobre él. Fuentes de la investigación insistieron en que hasta el día del entierro las pesquisas se basaban entre los miembros de la familia y los amigos íntimos.

C.J.M. mostró durante el sepelio de sus padres otra dosis más de frialdad. «Durante el funeral algunos testigos me dijeron que le habían visto reírse», aseguró a este periódico uno de los agentes encargados de la investigación.

No hubo necesidad de efectuar ningún interrogatorio. C.J.M. declaró a iniciativa propia ante la Brigada de la Policía Judicial. «No hizo falta. Empezó a «cantar» enseguida, con la misma serenidad con que se había comportado hasta entonces», explicó este agente.

El muchacho se había desplazado hasta el puesto de la Guardia Civil acompañado por su abuelo en la tarde del jueves 9 de agosto. En principio se trataba únicamente de dar a la Policía algunos datos adicionales.

ASESINO METICULOSO.

Los miembros de la Brigada de la Policía Judicial, sin embargo, aprovecharon la ocasión para intentar comprobar alguna de sus sospechas y lanzaron una batería de insinuaciones al adolescente: que si habían obtenido pistas sobre el asesino, que si éste era alto dado los impactos de los cuerpos,... Tras escucharles impasible, C.J.M. empezó a hablar con la misma frialdad que la del primer día.

La misma que le condujo a deshacerse de la pistola, desarmándola por completo y arrojándola junto a unas joyas de escaso valor. Después, recorrió en bicicleta los apenas nueve kilómetros que separan la finca «Los Algarrobos» del chalet de sus abuelos.

El lugar es frecuentado por cicloturistas, por lo que nadie se imaginaba que aquel chaval podía haber descargado toda la munición de un arma semiautomática en los cuerpos de sus padres.

Uno de los aspectos que podría haberse desprendido del suceso es la posible vinculación del joven con los abuelos.

Los investigadores del crimen han descartado en todo momento que éstos estuvieran implicados en un crimen que les cogió por sorpresa. De hecho el joven quinceañero, después de haber acabado con la vida de sus padres, se desplazó hacia la casa de los abuelos, ubicada en Ciudad Quesada. El pretexto que argumentó ante ellos fue el de que se iba a quedar unos días en el chalet.

Ahora, C.J.M. se enfrenta a tres años de reclusión, ya que al ser menor de edad penal no se le pueden atribuir dos delitos de parricidio, que hubieran supuesto unos 60 años de prisión. Tres años en los que pensar y en los que leer sobre el supuesto crimen del que se ha autoinculpado. Tres años para decidir si vuelve a un pueblo que se encuentra sumido a medio camino entre el asombro y la repulsa.

No se debe olvidar que se trata de un menor. Al menos así lo entiende el coronel Antonio Torrado: «Hay que tratar la información sobre el caso con mucho cuidado, porque cuando lea sus declaraciones podemos correr el riesgo de no recuperarlo».

Pero en el fondo, según Torrado, C.J.M. es un joven de 15 años «que demuestra su madurez de acuerdo con toda la meticulosidad con la que ha llevado a cabo el asunto, ya que robó joyas de escaso valor cuando podía haberse llevado otras más caras».

Y asi intentaba explicar la dirección del programa la salida de Cyril y su novia del concurso.

Manuel Carballal

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