El mundo está loco

Arsénico indio

Escrito por Katy Daigle el . Publicado en El mundo está loco

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La contaminación por arsénico en los pozos afecta a millones de personas en la India y otros países. Ante una situación que se agrava, los científicos luchan por buscar fuentes más seguras.

En su noche de bodas, Gita Paul se sentía condenada. Sus padres habían pactado su casamiento con un hombre a quien nunca había visto, un habitante de Kolsur, un pueblo pobre situado a unos kilómetros de su hogar, en el mismo paisaje de arrozales, prados para el ganado y cúmulos de casas cercano a Calcuta, en el este de la India. Los matrimonios concertados entre desconocidos son comunes en la zona. Cuando Gita vio a su marido por primera vez, se quedó horrorizada: su cuerpo se hallaba cubierto de llagas y costras. Después conoció a su familia política. Un hermano mayor había perdido un pie por putrefacción, una hermana no gozaba de buena salud y otro hermano había fallecido en la treintena. En el pueblo había muchas personas enfermas. «Jamás había visto nada igual», comenta Gita años más tarde cuando se la entrevista, sentada en los toscos escalones de la diminuta casa de ladrillo de su familia. «Creí que se trataba de una enfermedad contagiosa.»

Para cuando aparecieron costras en la piel de Gita, ella ya había oído que la enfermedad no se transmitía por el aire, sino por el agua. Habían llegado científicos con unos sencillos equipos portátiles de análisis y con la mala noticia de que el agua fresca y clara de los pozos del pueblo estaba intoxicando a la gente con arsénico. Gita decidió que su marido y ella debían mudarse. Gastaron todo el dinero que tenían en trasladarse a un pueblo agrícola cercano. Pero también allí la gente se moría, y los vecinos afirmaban igualmente que los pozos estaban contaminados.

Los científicos y la gente de los pueblos tenían razón. Sin saberlo, los habitantes de muchas localidades de la región se estaban envenenado al beber agua o al cocinar y lavar los platos con ella. En Asia, al menos 140 millones de personas consumen agua contaminada con arsénico procedente de incontables pozos tubulares, bombas accionadas manualmente que se acoplan a tuberías de plástico o de metal que penetran en la tierra. Solo en la India, se han excavado durante los últimos treinta años, muchas veces a mano, más de 18 millones de estos pequeños pozos, según cifras facilitadas por el Gobierno. Se hicieron en un intento de evitar las aguas superficiales, cargadas de patógenos o de vertidos industriales. Sin embargo, la muerte también moraba bajo el suelo.

El arsénico, de origen natural, mata las células humanas, lo que primero provoca lesiones cutáneas y luego, a medida que se va acumulando lentamente en el cuerpo, daños cerebrales, cardiopatías y cáncer. Se han encontrado aguas subterráneas con arsénico en al menos 30 países, desde Argentina a China, Camboya y Vietnam, además de en zonas de Canadá y Estados Unidos (véase el recuadro «Distribución del arsénico subterráneo»).

El uso cada vez más extendido de pozos para acceder a las aguas subterráneas —la gente necesita agua para beber, y los agricultores, para los cultivos que alimentan a una población numerosa— no ha hecho sino empeorar las cosas. Esa captación ha alterado el curso de las corrientes subterráneas, de modo que agua que antes fue limpia corre ahora a través de sedimentos ricos en arsénico, y pozos que antes eran puros y estaban ubicados en pueblos sanos son hoy fuente de catástrofes.

Hace poco, los expertos decidieron probar una nueva estrategia: trazar mapas del subsuelo con el objetivo de determinar qué lugares ofrecen mayor seguridad a la hora de excavar pozos. Hasta el momento, sin embargo, la velocidad de las reacciones químicas y los cambios en los flujos subterráneos han sobrepasado la capacidad predictiva de los mapas. «Se trata de una situación penosa. Es sencillamente desesperada», se lamenta Dipankar Chakraborti, químico analítico que ha dedicado 28 años a estudiar el problema en la Universidad de Jadavpur, en Calcuta, donde fue director de la Escuela de Estudios Ambientales. La universidad trabaja ahora en la creación de un instituto de investigación con su nombre (la Fundación de Investigaciones DC) para promover estudios sobre el arsénico. «Estamos alterando las cosas tan deprisa bajo tierra que apenas podemos seguir el paso.»

El problema de los pozos

Las regiones afectadas más ricas, como el sudoeste de EE.UU., disponen del dinero y los medios para filtrar el agua. Sin embargo, muchas de las poblaciones más castigadas son también las más pobres del mundo. En el sur de Asia —considerada una de las zonas de mayor riesgo— hay aguas subterráneas contaminadas con arsénico a lo largo de una franja densamente poblada que abarca partes de la India, Nepal y Bangladesh. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que el arsénico entraña peligro en concentraciones superiores a los 10 microgramos por litro, en la India el máximo legal se mantiene en 50 microgramos por litro. Aun así, el análisis de numerosos pozos arroja resultados que exceden en mucho ese límite tan permisivo.

En la India, los problemas se remontan a la década de los sesenta, cuando el país empezó a explotar acuíferos como recurso alternativo con el fin de reducir las enfermedades causadas por las aguas superficiales, infestadas de bacterias y a menudo estancadas y desprotegidas ante las aguas residuales o las escorrentías agrícolas. En 1969 se puso en marcha un programa por valor de 125 millones de dólares, subvencionado por organismos internacionales como UNICEF, para excavar más de un millón de pozos simples. A este siguieron más programas del estilo, pues parecía haber pocas opciones. La India carecía prácticamente de infraestructuras para almacenar, distribuir o filtrar el agua, situación que persiste hoy en día excepto en las ciudades más grandes.

Los pozos tubulares fueron acogidos como una solución barata que salvaba vidas. De los 1250 millones de habitantes de la India, cerca del 80 por ciento de la población rural y el 50 por ciento de la urbana se abastece de acuíferos para beber, cocinar y regar huertos y campos de cultivo. Al mismo tiempo, las aguas subterráneas resolvieron otro serio problema: la hambruna, que en la década de los ochenta había amenazado a varias regiones del país. En la actualidad, un asombroso 91 por ciento del agua destinada al riego en la India se emplea para producir arroz, trigo y caña de azúcar.

Pero la bonanza agrícola trajo sus consecuencias. La mayoría de los pozos tubulares tienen una profundidad de entre 50 y 200 metros, ya que la perforación se detenía cuando se alcanzaba la primera capa de agua sin bacterias. Por desgracia, la mayor parte del arsénico de la región se encuentra precisamente a esa profundidad, algo que se ignoraba en aquel momento. El agua situada un poco más abajo sí suele ser potable. Sin embargo, se necesita tiempo y dinero para excavar pozos más profundos, y los materiales resistentes que hay que emplear no están al alcance de muchos aldeanos pobres.

También ha habido otros obstáculos. El amplio desconocimiento y la apatía institucional entorpecen los intentos de educar a la gente sobre los riesgos. Otras soluciones aparentemente sencillas, como recolectar el agua de lluvia o aplicarle al agua tratamientos in situ, pueden resultar demasiado complejas para las personas analfabetas. La purificación del agua con cubos llenos de arena se ve a menudo como una tarea ardua y que lleva mucho tiempo. Las pastillas de tratamiento repartidas por científicos y activistas son usadas de manera incorrecta por la gente de los pueblos, que no puede leer las instrucciones o comprender la química. Otras soluciones más permanentes, como las plantas de filtración a gran escala, que no dependen de lo que entiendan o no millones de personas, han terminado siendo caras y técnicamente engorrosas, al sufrir muchos de los inconvenientes derivados de una mala supervisión.

«El mejor remedio, por supuesto, pasa por evitar totalmente el agua contaminada», afirma Michael Berg, que dirige la investigación sobre contaminación hídrica en el Instituto Federal Suizo de Ciencia y Tecnología Acuáticas, conocido como Eawag. «Pero, en comparación con las aguas superficiales contaminadas con microorganismos patógenos, el agua del subsuelo es vista como un mal menor.»

Geología de un asesino

El arsénico es un elemento relativamente común. Inodoro, incoloro e insípido, fue durante mucho tiempo una de las herramientas favoritas de los asesinos. Resulta tóxico para la mayoría de las formas de vida, incluso en dosis muy bajas.

Las llanuras al sur del Himalaya se incluyen entre las regiones más ricas en arsénico del planeta. Después de que el choque de placas tectónicas levantara esta colosal cordillera, los minerales de pirita abundantes en arsénico que quedaron expuestos en las laderas fueron erosionados por ríos de corriente rápida, cuyas aguas transportaron los sedimentos a través de la India, Bangladesh, China, Pakistán y Nepal. Mientras se agitaba en el agua, el arsénico disuelto participaba en reacciones químicas en las que se combinaba con oxígeno y hierro u otros metales pesados. Se formaban así gránulos que caían al lecho del río y capas estriadas de suelos impregnados de arsénico a profundidades aleatorias. A lo largo de los milenios, los depósitos de lodo fueron creando los antiguos deltas de la llanura de los ríos Ganges, Meghna y Brahmaputra, hoy una zona de casi 700.000 kilómetros cuadrados densamente poblada por unos 500 millones de personas.

Siguiendo el orden natural de las cosas, la mayor parte del arsénico debería haber permanecido bajo tierra. Sin embargo, los pozos tubulares llegaron hasta él, incluso en lugares por donde ya no fluyen ríos. «No puedes limitarte a mirar el recorrido actual de los ríos», señala Chakraborti, dibujando cursos de agua con los dedos mientras bebe café de un vaso de precipitados en su despacho de la universidad, donde archivadores y visitantes encuentran cobijo bajo una bóveda verde de plantas en macetas. «Hay que tener en cuenta cómo han variado los cursos de los ríos. En cierto momento todo esto estaba inundado de agua, así que hay muchas más posibilidades de hallar arsénico.»

No todo el arsénico de la tierra se lixivia con el agua; deben darse ciertas condiciones geológicas. Los científicos que estudian el problema han esbozado dos situaciones que inducen la liberación del arsénico; conocerlas ha abierto la puerta a elaborar modelos predictivos del riesgo que cabe esperar.

La primera de ellas es la liberación alcalina del arsénico. Este proceso tiene lugar en suelos ricos en oxígeno por los que circula agua con pH alto (alcalino), como sucede en algunas regiones áridas de Argentina o en el sudoeste de Estados Unidos. El agua desencadena una reacción que disgrega los óxidos de hierro y otros metales que recubren las partículas del suelo. Se libera entonces todo el arsénico que estuviera unido a esas moléculas cargadas eléctricamente, lo que permite que se disuelva y contamine las aguas subterráneas circundantes.

La segunda situación, la liberación reductora del arsénico, se produce en suelos pobres en oxígeno pero ricos en carbonos orgánicos. Tales condiciones se dan típicamente en deltas, planicies aluviales y cuencas fluviales, donde la capa superficial es a menudo lo bastante reciente como para estar aún infestada de bacterias. Estas circunstancias coinciden en buena medida con las que se dan en algunas de las regiones más pobladas del planeta; entre ellas, el norte de la India, Bangladesh y algunos países del sudeste asiático, como Vietnam. En ese caso, las enzimas bacterianas catalizan las reacciones químicas que rompen los óxidos de hierro a los que estaba unido el arsénico. Por tanto, si uno tomara una porción de suelo de una zona con acuíferos limpios y la enterrara en Bangladesh, se liberaría arsénico.

El proceso continúa mientras exista suficiente carbono orgánico para alimentar las bacterias, y va escaseando conforme aumenta la profundidad. Los abonos, que en la India se emplean en gran cantidad, pueden alargar el proceso. Por el contrario, la salinidad podría mitigarlo; en particular, los sulfuros se unirían al arsénico y se crearían precipitados. Sin embargo, esto solo sucederá mientras la concentración de oxígeno sea baja. En el momento en que se introduzca oxígeno en el sistema, las bacterias lo usarán para disolver los sulfuros y volverá a liberarse arsénico. Así pues, si los acuíferos se agotan y se recargan con rapidez, de modo que vuelva al suelo agua recién oxigenada, puede desatarse una nueva oleada contaminante. La recarga de acuíferos también es común en la India, circunstancia que brinda unas condiciones perfectas para que la liberación de arsénico se prolongue durante largos períodos.

Cartografía del peligro

Por el momento, los pozos más contaminados se localizan mediante un proceso que requiere mucho tiempo y mano de obra: ir de pueblo en pueblo y examinar cada pozo con un equipo portátil de análisis químico. Tras mezclar el agua con varios agentes químicos, se inserta una tira reactiva en un recipiente sellado para que absorba el arsénico liberado. Al cabo de 10 minutos, el color de la tira proporciona un resultado aproximado: el blanco indica que el agua está limpia; el rojo, que está envenenada. Pero esos equipos de campo solo permiten realizar pruebas burdas, que detectan la contaminación únicamente hasta cierto grado. Más allá de eso, o para obtener más detalles, es necesario analizar el agua en un laboratorio.

Puesto que la crisis se halla tan extendida, los inspectores rara vez descubren el problema a tiempo; llegan a los pozos cuando la gente ya lleva años bebiendo agua contaminada. Por tanto, algunos científicos han empezado a buscar atajos: estudian la topografía del terreno en imágenes tomadas por satélites y trazan mapas de los flujos de agua para predecir el tipo de sedimentos subterráneos y mostrar dónde existe mayor probabilidad de encontrar arsénico. Aseguran que tales métodos servirán para que los Gobiernos ahorren tiempo y dinero, al reducir el número de pozos tubulares que habría que analizar. O bien podrían izar banderas rojas en áreas que antes se creían seguras.

En 2006, Berg y otros científicos del Eawag empezaron a elaborar un mapa de la distribución del arsénico en todo el mundo basándose en modelos predictivos previos, que dependían de parámetros como la composición del suelo, la pendiente del terreno y el flujo de agua. En 2008 publicaron el primer borrador de su mapa global de probabilidades de riesgo; dentro de poco, planean dar a conocer una nueva versión que incorpore los últimos estudios y nuevos detalles.

Dichos modelos podrán hacer predicciones en lugares donde no se efectúan análisis, afirma Berg, que ha dirigido el proyecto. Por ejemplo, su equipo pronosticó que extensas zonas de Sumatra, en Indonesia, corrían peligro. «Entonces viajamos hasta allí y llevamos a cabo pruebas que confirmaron nuestras estimaciones. Eso nos dio confianza de que este modelo predictivo no era tan malo.»

En 2013, la Universidad Médica de China se asoció con el Eawag para desarrollar un modelo para China. Previamente, las inspecciones efectuadas entre 2001 y 2005 en 445.000 pozos habían revelado que alrededor del 5 por ciento de ellos presentaba concentraciones superiores al límite legal de la India, de 50 microgramos por litro, y un número de pozos aún mayor excedía el nivel de seguridad, más conservador, recomendado por la OMS. Con extensas áreas del país todavía sin revisar, el equipo quería ayudar a los responsables políticos a emprender acciones. «Existe una barrera entre ciencia y sociedad. Tenemos que enseñar de algún modo a quienes han de formular las medidas pertinentes que podemos contribuir a resolver problemas reales», sostiene Luis Rodríguez Lado, químico de la Universidad de Santiago de Compostela y autor principal del artículo, publicado en agosto de 2013 en Science. El acuerdo entre el modelo sobre China y las medidas reales tomadas en pozos era del 77 por ciento. Para Rodríguez Lado, estos datos pueden ayudar a salvar vidas y a ahorrar tiempo y dinero, ya que permiten identificar los pozos que tienen que analizarse. «Eso resulta enormemente satisfactorio para cualquier científico.»

No obstante, hay límites. Puesto que los modelos se basan en las condiciones superficiales y en el conocimiento reciente de los flujos de agua, son pobres indicadores de la composición de masas de agua subterránea más antiguas y desconocidas. «Nuestras predicciones están siempre relacionadas con lo que se ve en la superficie», admite Berg. «No podemos captar la relación con depósitos más antiguos.»

Construir modelos usando información exacta y actualizada resulta crucial para evitar errores, dice Rodríguez Lado. El experto había iniciado el estudio sobre China suponiendo que el modelo se basaría en las condiciones alcalinas, con suelo rico en oxígeno y agua básica, habida cuenta de la aridez del terreno del país y de los patrones de precipitación. «La mayor parte de China se clasificaba como medio oxidante para la liberación de arsénico », explica. «Pero la información disponible no era buena.» Pronto se dio cuenta de que los acuíferos de China eran anóxicos, como en la India y Bangladesh. Cuando repitió los cálculos usando estos parámetros, la exactitud del modelo mejoró.

Los mapas predictivos tienen otras limitaciones, sobre todo en lo que atañe a la resolución. En el modelo del riesgo en China, las cuadrículas representan áreas de 25 por 25 kilómetros, demasiado grandes para predecir qué pueblos se verán afectados. «Los modelos pueden ser útiles, pero aún hay que esperar», señala Alexander van Geen, geoquímico del Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia. «Supongamos que un modelo estima que existe una probabilidad del 20 por ciento de que haya arsénico en cierta zona. Aun así, yo seguiría queriendo analizar mi pozo, ¿verdad?»

Intentos fallidos

Los Gobiernos han probado otros métodos para afrontar el problema del suministro de agua, pero no han conseguido hacerle mella. Hace unos años, el Gobierno del estado de Bengala Occidental construyó una conducción para transportar las aguas municipales de Calcuta, libres de arsénico, hasta las poblaciones rurales del este. Sin embargo, el agua circulaba unas pocas horas al día, si llegaba a hacerlo, y no llegaba a todos los pueblos. Las tuberías, de plástico negro, sufren un mantenimiento deficiente; muchas están rotas y el agua se derrama a través de ellas, formando charcos cenagosos a la vera de la carretera.

En Bengala Occidental y en la vecina Bangladesh se instalaron cientos de plantas de eliminación de arsénico, cada una con un coste medio de unos 1500 dólares. Chakraborti y otros han demostrado que los simples mecanismos cilíndricos de filtración han sido sumamente ineficaces. En un estudio realizado en 13 de esas plantas, de distintos fabricantes, se determinó que solo dos mantenían concentraciones de arsénico por debajo del estándar indio, y ninguna conseguía alcanzar de manera fiable el valor recomendado por la OMS. Para cuando se publicó el trabajo en 2005, eso apenas importaba ya: un mantenimiento deficiente y una mala supervisión hicieron que solo tres plantas de un total de 18 siguieran en funcionamiento.

Excavar pozos más profundos que rebasen las capas actualmente contaminadas no solo es una obra costosa que mina los recursos de los pueblos, sino que, como demuestra la investigación de Chakraborti, se trata de un apaño a corto plazo. Los acuíferos inferiores, a 200 metros bajo la superficie, están separados por una gruesa capa de arcilla de las aguas envenenadas situadas más arriba, pero esa separación es solo parcial. Hay grietas y agujeros; por tanto, extraer agua más profunda tal vez sirva para ganar tiempo, pero tarde o temprano las aguas envenenadas se filtrarán y contaminarán lo que se encuentra debajo.

Eso ya está ocurriendo en la India, donde el consumo de agua subterránea es tan elevado que el 60 por ciento de los acuíferos del país rozarán niveles críticos en un plazo de 20 años a menos que el bombeo se restrinja drásticamente, avisa el Banco Mundial. En el pueblo bengalí de Jaynagar, Chakraborti apreció que las concentraciones de arsénico de ocho pozos tubulares que antes eran seguros habían dado un brusco salto hasta niveles peligrosos en tan solo cinco años, de 1995 a 2000.

Además de ascender y descender, el arsénico puede también moverse horizontalmente, de un acuífero sucio a otro adyacente limpio, si cambia la presión entre ambos. Eso está poniendo actualmente en peligro a Hanoi, que se abastece de un acuífero sin arsénico que antes fluía hacia fuera de la ciudad. Su empuje alejaba el agua de un acuífero vecino que estaba contaminado. Sin embargo, debido al crecimiento de la metrópolis vietnamita, se ha extraído cada vez más agua de la capa segura, lo que ha invertido el sentido del flujo. El agua del acuífero contaminado, cercano al río Rojo, ha empezado a verterse en el de la ciudad, que antes estaba limpio (véase el recuadro «Distribución del arsénico subterráneo»). Van Geen reconoce que el fenómeno es causa de preocupación, aunque señala que hasta ahora el problema se está desarrollando a un ritmo lento. Su estudio determinó que el arsénico se mueve de 16 a 20 veces más despacio que la propia agua, presumiblemente porque aún se encuentra unido a otros elementos del suelo, y porque las reacciones químicas subterráneas solo lo liberan poco a poco.

En la India, las cosas avanzan mucho más rápido; se aceleran con el crecimiento de la población y con lo que se está haciendo para alimentarla. Casi nadie respeta una ley de 1986 que prohíbe la sobreexplotación de las aguas subterráneas. Incluso en los campos ubicados cerca de lagos o ríos, los agricultores riegan con agua del subsuelo. Aun cuando no necesitan el agua, los propietarios de tierras extraen toda la que pueden para venderla en el mercado negro. Como consecuencia, el arsénico está entrando en la cadena alimentaria: se encuentra en el arroz, en la leche de vaca y en la carne de búfalo. Chakraborti lo ha hallado incluso en refrescos embotellados y en viales de agua esterilizada de los hospitales.

La lucha por la seguridad

A pesar de que los investigadores coinciden en el problema y en la causa, Van Geen admite que lo que no está claro es qué hacer al respecto. Al igual que Chakraborti y otros investigadores, cree que los modelos predictivos, aunque quizá tengan utilidad, no podrán suplir la necesidad de analizar sobre el terreno los pozos tubulares.

Van Geen aboga por emplear equipos baratos de análisis en las ubicaciones de los pozos. No son tan precisos como los ensayos de laboratorio, pero proporcionan resultados inmediatos con un coste mínimo. También ha descubierto un mercado laboral en potencia. Un estudio de 26 pueblos del estado de Bihar concluyó que dos tercios de los residentes estaban dispuestos a pagar 20 rupias (unos 30 céntimos de euro) para que alguien examinara sus pozos.

«No podemos ocuparnos de todos los pozos privados, así que nuestro enfoque consiste en promover una red de analistas y ofrecerles un incentivo económico para que realicen las pruebas », explica Van Geen. En Bangladesh, él y sus colaboradores consiguieron que se analizaran y localizaran con datos de GPS pozos suficientes para elaborar un mapa dinámico de cuáles eran seguros y cuáles no, de modo que a los habitantes de los pueblos les resultase más fácil encontrar agua limpia.

Los estudios de seguimiento han revelado que es más probable que las personas que pagan por los análisis hagan más caso a los resultados y cambien a pozos menos peligrosos aunque estén peor ubicados, explica Chander Kumar Singh, colaborador de Van Geen e hidrogeólogo de la Universidad TERI de Nueva Delhi. Ambos están estudiando la manera en que ciertos factores socioeconómicos, como los ingresos o la identidad de casta, podrían frenar a la gente a la hora de usar pozos seguros compartidos con otras castas o con personas menos adineradas. «No hemos observado demasiada preocupación en el Gobierno», dice Singh. «Quizá nuestro trabajo ayude a señalar el camino.»

De forma similar, Chakraborti ha formado a ayudantes para que viajen en bicicleta o en tren a los pueblos y recojan muestras de los pozos. Ha organizado congresos internacionales y ha enviado equipos de médicos, estudiantes y activistas a hacer chequeos médicos. Además, ha creado un fondo para financiar su investigación y costear análisis gratuitos de agua para los habitantes pobres. Y cuando las credenciales de Chakraborti no logran impresionar a los aldeanos, deja de lado su desagrado por las antiguas jerarquías de la India y juega la carta de su linaje brahmánico, de casta superior: se viste con el taparrabos blanco y el cordón sagrado que lucen los hombres santos brahmanes, e indica a las familias los pozos que en la actualidad son seguros. «Lo detesto, pero lo haré», dice en referencia al ardid. «Solo tengo que lograr hacérselo entender a la madre y entonces sabré que a la familia no le pasará nada malo.»

En el pueblo de Gita, su marido, Srivas, con un delicado estado de salud, lucha contra las cefaleas, el constante dolor y el agotamiento. Tiene el cuerpo cubierto de heridas encallecidas y le pica la piel, especialmente cuando está al sol. No se conocen curas para la intoxicación por arsénico ni fármacos para revertir el daño cromosómico producido. La terapia de quelación, que inyecta en la sangre agentes que se enlazan con los metales, se ha usado históricamente en casos extremos de envenenamiento con metales. Pero en la India es muy arriesgada y su coste resulta prohibitivo. Lo mejor que la mayoría puede conseguir es comer alimentos nutritivos y dejar de ingerir el veneno. Aun así, Srivas se cuenta a sí mismo entre los afortunados. Tiene un hijo adolescente que ayuda a traer cubos de agua salubre de un hospital cercano, y Gita aporta los ingresos de la familia gracias a su trabajo como sirvienta.

«No tengo quejas de nadie», declara un tembloroso Srivas, con un fatalismo tan común entre los pobres de la India que algunos científicos temen que esté apartando a los lugareños de la búsqueda de pozos limpios. «Aunque quisiera quejarme, no hay nadie que escuche.»

Katy Daigle escribe sobre cuestiones ambientales desde Nueva Delhi. - Investigación y Ciencia

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