Historia infame

El epicentro de la División Azul

Escrito por Álvaro Van den Brule el . Publicado en Historia infame

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Un sangriento catálogo de aberraciones. Los españoles que visitaron el epicentro de la locura: la División Azul.

Cada vez que se encuentre del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar.
–Mark Twain

La conspiración contra Polonia tras el tratado Molotov–Ribbentrop (un tratado de no agresión que acabó como el rosario de la aurora), terminó con los dos socios firmantes, Alemania y la Unión Soviética, a la greña. Incluso más que eso todavía, por primera vez en la historia conocida –la que nos cuentan los libros a su manera y los vencedores a la suya–, el Apocalipsis se pudo apreciar en todo su dramático esplendor, con el agravante de que estaba ampliamente pronosticada su puesta en escena.

La Primera Guerra Mundial, cerrada en falso, había dado lugar a la mayor carnicería conocida hasta el momento. Agravios insuficientemente negociados y rencores de efecto retardado habían estallado en la cara de los durmientes y egocéntricos europeos.

En una esquina milenaria y plena de historia, al sur del continente, dos hermanos se habían liado a estacazos sin considerar que en la tramoya donde se manejaban los intereses, había una distante y cruel dirección ajena a la sangre que se estaba derramando, que no era otra que la propia. Pero las historias de malos y buenos solo funcionan para los que están a pie de obra, normalmente ajenos a los designios de los poderosos que desde sus cómodas butacas asisten a las hecatombes que provocan, envueltos entre las volutas de elaborados puros cubanos.

Así las cosas, nuestro dictador local, de hábil cintura y manifiesta maña para negociar, acabaría con las veleidades del Gran Dictador teutón de visita a Hendaya, que puestos a pedir, ambicionaba la preciada roca de Gibraltar que como un sable se adentraba en el estrecho. Estrecho, sea dicho de paso, clave para controlar todas las acciones de los aliados en el Mare Nostrum.

Pero había que testimoniar algún compromiso con las aventuras del majadero alemán y para ello contribuir de paso a acabar con los malvados comunistas allende las estepas. Éste era un buen argumento para no entrar en una lotería incierta, con un ejército destartalado y con la nación en convalecencia severa y llena de descosidos; el margen de maniobra era muy reducido. Franco, como gallego molecular que era, acabó mareando al señor del bigote más inquietante de la historia, hasta que este arrojó la toalla dando el caso por perdido.

Pocos días después de la Operación Barbarroja –la atroz agresión por parte de los nazis a la Unión Soviética–, el germanófilo ministro de exteriores Serrano Suñer proclamaría ante un nutrido auditorio en Madrid desencajado por la euforia inicial de las victoriosas tropas alemanas y por el feedback del baño de multitudes: “¡El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa!”.

Pero para no desagraviar demasiado al desnortado germano, se sacó un as de la manga. Un contingente de voluntarios con una fuerte composición de universitarios y falangistas sería reciclado en la llamada División 250 de la Werhmacht, lo que permitiría a España saldar sus deudas con Hitler al tiempo que poder seguir manteniendo su condición de no beligerante. La euforia de las “hazañas” de la Legión Cóndor había que mantenerlas en el congelador a una temperatura prudente. Además, había que dejar una tarjeta de visita en aquel frente glacial que ajustara cuentas a los descarriados bolcheviques por las intervenciones de antaño en el territorio nacional con las secuelas por todos conocidas.

Un reclutamiento exitoso

En términos generales, el reclutamiento fue un éxito absoluto, aunque en Cataluña y País Vasco fuera un fracaso estrepitoso. Así lo asevera el hispanista Stanley Payne en su libro sobre las relaciones ambiguas entre Franco y Hitler.

Un número aproximado de 18.500 hombres de un primer contingente fueron llegando con cuentagotas al campo de entrenamiento de Grafenwöhr. Tras el juramento de rigor, que fue emitido en directo por la radio alemana, y tras una misa interminable, quedó oficialmente constituida la 250º División de Infantería de la Wehrmacht. Las tres semanas siguientes se llevaría a cabo una instrucción intensiva con el objetivo de que los soldados estuvieran familiarizados con el material y los objetivos de su competencia.

Aunque inicialmente, el 19 de agosto, los convoyes que los llevarían hacia Moscú habían sido implementados a tal efecto, tras un largo viaje de más de 1.600 km (de los cuales se harían a pie cerca de novecientos), una imprevista contraofensiva rusa en el frente de Leningrado había alterado sustancialmente la Operación Tifón cuyo objetivo suponía el asalto final contra la más que simbólica capital soviética, por lo que todo el convoy tuvo que dar media vuelta suponiendo un varapalo anímico para la tropa, que perdía una oportunidad de oro para participar en la que podría haber sido una de las más culminantes y decisivas operaciones militares de la historia.

El 12 de octubre del año 1941, en los alrededores de la estratégica ciudad de Novgorod, a unos doscientos kilómetros al sureste de Leningrado (San Petersburgo) en el plácido rio Voljov que hace de vaso comunicante entre los dos grandes lagos Ilmen y Ladoga, una lluvia de fuego de una de las primeras baterías experimentales de Katyushas u “órganos de Stalin”, unida a una advertencia adelantada de lo que sería el más terrible enemigo de los invasores –el silencioso y cruel invierno ruso–, causa innumerables muertos por fuego directo y, de paso, por congelación. Mal pronóstico.

La batalla de Krasny Bor

Tras salir relativamente indemnes, y con una cifra de bajas aceptable en función de los salvajes cuerpo a cuerpo desarrollados en aquel sector y en pos del objetivo último asignado, Leningrado, la División Azul se dirigió hacia el que posiblemente fuera el enfrentamiento más famoso que tuvo que afrontar, la cruenta Batalla de Krasny Bor, la más sangrienta vivida por la división española.

Leningrado-San Petersburgo albergaba más de tres millones de almas y era sin duda de las ciudades rusas, la más poblada al tiempo que una de las más simbólicas, básicamente por su antigüedad y por ser cuna de la dinastía matricial de los Rurik.

Los rusos comenzaban a recuperarse lentamente de las severas derrotas infligidas por los alemanes en los prolegómenos de la guerra y empezaban a pasar al contraataque y a recuperar aliento e iniciativa. Tras más de novecientos días de asedio, la antiquísima ciudad balcón del Báltico, martirizada hasta la extenuación, era finalmente socorrida por cuatro divisiones rusas. Una enorme masa de tanques, baterías artilleras e infantería profusamente armada, ya sin las carencias de antaño, venían arrollando y sin freno de mano.

Al séptimo día de combates, a la caída de la tarde y con la luz crepuscular, después de una durísima semana de asaltos y cuerpo a cuerpo, tras la encarnizada batalla, se había podido contener la ofensiva soviética. Un sol desvaído producía un efecto lunar mágico y macabro a la vez. El intento del astro por salir en un par de ocasiones para echar un vistazo a aquel escenario de desolación fue infructuoso.

La pérdida de más de tres mil hombres en el espacio de un mes en un invierno de una ferocidad irracional (solamente entre los días 10 y 12 de febrero de 1943 se volatilizarían en sucesivos asaltos cerca de cuatro batallones o lo que es lo mismo, el 25% de la unidad en ese punto), a lo que hay que sumar las numerosas bajas por enajenación provocadas por la lluvia de fuego a la que tan aficionados eran los soviéticos; sumado todo esto a las noticias que llegaban del este, no presagiaba nada bueno. La División Azul por otro lado ponía de relieve lo delicado de la posición española en relación con su pretendida no beligerancia. La cacareada neutralidad (que llegaría algo más tarde), chirriaba de forma harto sospechosa y el escenario se tornaba por momentos muy ingrato ante el ya previsible triunfo aliado.

Los últimos disparos serían los del sentido común

Las bajas de la División Azul eran ya considerables, pero nada comparables con las del ejército nazi. Solamente el 31 de diciembre de 1943 mil cuatrocientos de sus hombres habían abandonado el infierno en dirección a un mundo mejor. El ejército alemán, desbordado desde hacía ya tres semanas ante Moscú por el general Zhukov y sus reservas siberianas se había dejado en el empeño más de un cuarto de millón de muertos. Stalin, un pájaro de cuidado, estaba que no cabía en sí mismo.

El 29 de julio Franco recibiría en audiencia al embajador norteamericano Hayes, que le pidió la retirada del frente ruso y una declaración inequívoca de neutralidad. A continuación tronaron los teléfonos del ministerio de exteriores y Gómez-Jordana se dispuso a finiquitar el idilio hispano-germano.

En los últimos días del III Reich, cerca de trescientos españoles insertos en la División SS Nordland que se habían opuesto a la repatriación, armados hasta los dientes y con el apoyo de los novedosos antitanques Panzerbüchse, cayeron todos entre los escombros de Berlín, defendiendo unas convicciones discutibles, quizás, pero con un heroísmo incuestionable.

En aquel infierno blanco, con sensaciones térmicas inferiores a los -50ºC, varios millares de soldados españoles conocerían una transferencia rápida hacia la eternidad. Tras la batalla de Krasny Bor, en la que un regimiento conseguiría detener y causar bajas más que severas a toda una división rusa, las Cruces de Hierro y otras condecoraciones llovieron como reconocimientos diferidos para aquellos que, o ya bien tenían los ojos definitivamente cerrados o les faltaban profusamente extremidades para los restos.

Violaciones, canibalismo y aberraciones sin cuento

En el frente ruso se degradó la naturaleza humana hasta extremos inauditos. El horror más inimaginable emergió del animal más abisal. Atrocidades como el canibalismo en las postrimerías de la Batalla de Stalingrado, la proliferación de “ruletas rusas” con los prisioneros de ambos bandos, las violaciones sistemáticas del alma femenina y la inocencia de los niños incendiada por una forma de barbarie desconocida solo fueron algunas de las aberraciones más extremas preñadas por un odio indescriptible.

En aquellos años en que el mundo era una cloaca en medio del espacio, la humanidad, una vez más, se condenaba a un destino lúgubre y funesto.

Fuera parte de valoraciones políticas, la División Azul llevó a los frentes un poco de humanidad en oposición al sentido de superioridad y la brutalidad manifiesta de las tropas alemanas ocupantes, en particular de las SS. La División Azul –asumiendo que la guerra no fomenta precisamente la empatía con el otro–, tuvo un comportamiento ejemplar con la población civil rusa, lo que les evitó en su posterior confinamiento tras los Urales a aquellos caídos como prisioneros los tratamientos extremos a los que fueron sometidos los germanos.

Dos tercios de los ejércitos alemanes cayeron enfrentándose a los rusos. De los aproximadamente 47.000 hombres que configuraron la División Azul en las diversas rotaciones, cerca de 4.500 se desangrarían en los caminos de la “nevera roja” en pos de su ideal. Esta cifra no incluye a los desaparecidos en combate por desintegración y por ende sin identificar, casos de locura no reconocidos como tales y una inmensa pléyade de mutilados como corolario a aquel centrifugado de la cordura. A la postre, aquel Apocalipsis se llevaría por delante alrededor de sesenta millones de hombres y mujeres que pasarían a mejor vida, una cifra escalofriante donde las haya.

La División Azul estuvo ahí, en el ojo del huracán.

Álvaro Van den Brule

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