Nuevas tecnologías

Escrito por Carlos de la Orden el . Publicado en Monólogos

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El móvil, un aparato que podemos prescindir todos de él y del que somos tan dependientes que incluso llegamos a llevarle al lavabo.

Lo peor de tener un móvil no es que estés permanentemente localizable o que tengas que ponerlo a cargar justo cuando no puedes. O que te llamen a las 5 de la mañana un Sábado y salga la voz de un tío completamente borracho preguntándote en qué bar está Pedro…, no. Lo peor de tener un móvil es que hay que ir a comprarlo antes. Tú puedes salir de compras y comprarte un televisor sin tener ni puta idea, pero ojo; comprarte un móvil requiere un Master en Harvañilería o un título de Licenciado en Tecnología por Nokia. Y no es exagerar, no. Como ejemplo lo que me ocurrió el otro día; resulta que por necesidades de trabajo tuve que ir a comprar mi primer móvil (la empresa donde trabajo es tan pobre que creen que el finiquito es de Córdoba y torero, así que por supuesto no me paga el puñetero aparato) y ahí comenzaron mis problemas:

- “Buenos días señorita, deseo comprar aquél móvil chiquitito de la esquina.”

- “Son 340 euros si lo quiere de tarjeta y 200 si firma contrato de permanencia”

Lo primero que pensé es que una de dos; o me he cagado la vitrina al tocarla con el dedo para señalar dónde estaba el aparato y quieren hacérmela pagar o el teléfono es un huevo Kinder y viene dentro con una pepita de oro como sorpresa. Y lo segundo que se me pasó por la cabeza tuve que compartirlo con la amable vendedora:

- “Vamos a ver señorita, creí que el pago con tarjeta tenía su beneficio y resulta que sale más caro. Pero si tengo que firmar algo para quedarme en la tienda hasta que cierren y el móvil sale con esa rebaja vaya preparando los papeles”

- “No, señor. El contrato de permanencia lo firma usted con la empresa de telefonía para mantener con ella un vínculo que dura dos años y un móvil de tarjeta es como tener una hucha que le permite a usted irla cargando en función de su gasto.”

Eso ya lo fui entendiendo, pero era muy caro y le pedí a la chica que me ayudara.

- “Mire, este terminal dispone de Bluetooth e infrarrojos y además es tribanda con GPRS. Sólo cuesta 120 euros.”

El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Rodríguez se lo ha robado, eso pensé. ¿Qué coño es blutú? Lo que tengo claro es que de infrarrojos nada, ese móvil es para doctores. Pero el GPS viene de puta madre para el camión, y si encima es tribanda tiene una ecualización de cojones.

- “Señorita, uno que tenga GPS ese y sea tribanda pero que no venga con Budú ni santerías de esas… ¿qué modelo sería?”

- “Este mismo (enseñando otro), viene con soporte Java y es GPRS además de disponer de tecnología Symbian”

Ahí ya me volví loco. Encontré el GPS tribanda pero resulta que venía el dichoso aparato con soporte no sé qué. Incómodo, aunque allí expuesto no estaba el maldito accesorio.

- “¿La tecnología Sylvia para qué sirve? Por el nombre es de aquí. No será un calendario menstrual ¿no?”

- “Symbian es un sistema operativo para móviles de tercera generación”

Ya mezclando conceptos, estos vendedores no tienen ni puñetera idea; ¿cómo va a tener sistema operativo si es propio de un quirófano? Y luego para confundir me mete a Star Trek de por medio. O qué se cree, ¿que no sé que la tercera generación es donde Spok llega al Enterprise? Y llega sin móvil ni leches…

- “Que no, que quiero sólo GPS sin generaciones y el tribanda”

- “Bien señor, aquí tengo uno con esas características y además viene con cámara de fotos integrada”

Eso ya me gustaba más, además de para hablar y ver dónde se localiza un punto en el mapa tengo la opción de hacer fotos allá dónde vaya.

- “¿Esas fotos dónde las tengo que llevar a revelar, señorita? ¿Y cuanto cuesta el carrete?”

- “El terminal mismo lo hace, es una cámara digital integrada”

- “Ahhh!, pues entonces si no me cuesta nada creo que me quedaré con él”

Llegué a casa emocionado con mi compra, fue como mi primera vez; conseguí lo que quise sin entender un pijo de lo que iba el tema. Al abrir la caja, rápidamente lo puse a cargar tal y como me había dicho la vendedora. Durante 12 horas me senté delante de él reflexionando los cambios importantes que se producían en el siglo que me ha tocado vivir; llegamos a Marte, teléfonos móviles con cámaras de fotos, clonación, Hotel Glam… y pude disfrutar de personajes ilustres como el Papa, Koffi Annan y Tamara (Ambar.. o como coño se llame ahora). Cuando la carga de la batería se completó, una luz iluminó mis ojos y acudí rápidamente a encender el teléfono. Lo de pulsar el on lo tenía muy claro, pero no así lo demás. Apareció un mensaje en la pantalla que me pedía el código pin, y ya el tema me empezó a mosquear (“ya estamos con clavecitas de los cojones”). Después de mucho pensar salí corriendo a por la gorra que suelo usar cuando voy a pescar, y tras el pin del símbolo de la paz venían 4 dígitos (“a mi no me pilla ni dios”). Pero no sirvió. Seguí pensando y fui a la habitación de mi hijo pequeño, aparté a Pon de su granja y cogí a Pin (“esto ya sí…”) y buscando en su ropaje de plástico encontré otros 4 números que dispuse a teclear como el código buscado. Tampoco sirvió. Ya desesperado puse el televisor, y clarifiqué todo; estaban difundiendo un mensaje de Pin Laden y bajo él venían unos números que parecían ser los definitivos… los introduje y se me bloqueó el teléfono. Me cagué en todo cuando vi que me pedía un código PUK, pero esa ya es otra historia que cuando me saque el máster en móviles os contaré.

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