Perro

el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Perro, ninguno bueno; le hice de azucar y se le comieron las hormigas.

Gerineldo tiene unos amigos que son pareja. El se llama Ricardito y ella Carmen, y no la de Merimé. Están amancebados, haciendo vida marital sin mediar matrimonio legal. Gerineldo tuvo una novia que conoció cuando estaba tirando piedras al río Arlanzón como el que echa a volar un avión de papel a la calle. Fue una novia de broma, pasajera, que siempre decía que los perros eran malos. Gerineldo tenía un perro que en cuanto la veía echaba a correr por la calle de en medio. Por eso, lo dejaron. "Novia, ninguna buena; y una que lo era, se hizo puta", decía.

Para Ricardito su chica es como cosa de burla y follaje, no le concede la debida atención. El creció en la calle, el campo, el camino. Es como un noviciote en la cosas del amor. Novio mago, grandullón y muchachote. Núbil, en edad de casarse. Acabadito, perfiladito, gracioso. Ella, feúcha, chiquitilla, desgarbada, de poco mérito, una chufa, mujer viciada por el juego. Ella le dice "mi Cuco" y le trata cual a reloj de pared que en su parte inferior tiene una ventanilla por la cual al poner ella una mano o las dos unidas y aparejadas para cardarle, sale un muñeco en forma de cuclillo glande, y un hilillo de miel blanca salta en el obraje, no desviándose de lo recto. Ella tiene una castaña preparada en dulce a la francesa.

Tienen un perro, que convive con ellos en su piso de la Avenida del Vena, en Burgos Ellos andan arrastrados por la crisis, como cualquier hijo de vecino currante, pero no como los perros del tío Fulginos que se pasan de finos por pijo y millonario. Abundantes en trabajos de miseria, fatigas y privaciones. "La vida, la existencia, el estado vive perramente, muy mal, pésimo. Se canta de perros, se perrea, se trabaja de perros, se lleva una vida de perros", nos dice Ricardito.

El perro de ellos es un perro alcucero, y no buen conejero, Se llama Landrú. Sí, como aquel criminal que asesinó a Georgette Cuchet hasta su décima víctima, una acaudalada prostituta provinciana. Tiene landrilla, larva de un insecto que se fija debajo de la lengua y levanta granillos con su picadura. Un día fueron a visitar a los padres de ella en Ordial de la provincia de Guadalajara. Los campos tenían tizón, enfermedad de los cereales. Llegaron tarde. Todas las calles parecían habitadas por negros, pues se había ido la luz a causa de una tormenta. Soltaron al perro por el pueblo, y, pasadas cuatro horas, le echaron en falta. Al principio lo tomaron a la ligera y como si no tuviera importancia la tardanza. Buscaron y rebuscaron por lo habido y por lo haber.

Llegándola él a abrazarla por la pena, la besó, y la encontró amarga; engañosa, frustránea, que no corresponde a las esperanzas que le había hecho concebir, diciéndole:

-Milady, mai ledi, por esta vez pase. Pero si no encontramos al perro te haré uno de azúcar. Ya sabes que de nuevas no oscuredes, que hacerse han viejas y saberlas hedes, las malas nuevas siempre son ciertas.

La preocupación se les había metido bajo la piel como la nuche, cierta larva, bajo la piel de ciertos animales.

Entraron en casa de los padres y suegros, que descendían de los Arevacos Pelendones en Numancia, antigua ciudad de la celtiberia situada cerca de las fuentes del Duero, y encontraron a Landrú sobre un camastro colocado en un trozo del parapeto de un muro comprendido entre dos cañoneras parecidas a las que hay en los alcázares y atarazanas de Sevilla. Era la cama de los abuelos. Allí estaba él como un zoquete o tarugo corto y grueso que se empotra en el muro. Se le veía medio muerto, pues había recibido sin ton ni son una buena golpiza de Juan de Merlo, un individuo avaro, escaso, miserable, de Alcalá la Real, en Jaén. Tenía entre sus patas "una especie de salchicha hecha con miel o mellizo", como dijo ella.

Landrú murió porque ella le dio un carminativo, medicamento para combatir el flato.

Ricardito le hizo un perro de azúcar, y colocó en lo alto del aparador, mueble con anaqueles para colocar en él los platos, fuentes, vasos y demás enseres para el servicio de la comida. Se pusieron a cenar y, cuando terminaron, fueron a por el Landrú de azúcar, y cual fue su sorpresa que se le estaban comiendo las hormigas ya quebrantado.

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