¡Eh!, Bola

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Se desprendían burbujas gaseosas a través de la lluvia recién caída. Eforo, a quien llamaban "Bola" ha pasado tres días mortales con el muerto, lo mismo en sentido material que espiritual. Efluvios mortales han andado mil leguas y, para más "inri", estigma, nota infamante, ese Ebola traído de Bokasa en Liberia, estado de Africa, con costa sobre el golfo de Guinea, fundada por los Estados Unidos para dar salida a los esclavos manumitidos de sus territorios, está al alcance de los mortales, entrando en la relación entre el número de defunciones y el de habitantes contagiados.

Eforo dice que de la Sidaidad, el hecho de morir de sida, se ha pasado a la Eboraidad, a lomos de alguna libélula o caballito del diablo. Que hombres, animales y plantas se aburren de que no haya al año una peste, y se lucen las mortecinas de Invierno, y todas las pestes vienen, como dice la abuela, del morterete, o culo, en la porción de proyectiles que se disparan de un golpe, como dicen que hace la Yihad, cuyas armas se nutren de ventosidades, y le pasó al misionero que, entre dos piedras feroces, salió como un muerto viviente dando voces, cual morterete pequeño que se usa en las festividades para salvas, quien en su bonete redondo puso como blasón un trofozoito de la Plasmodium Malariae, por haber comido esa porción culinaria de hígado de puerco y otras cosas.

El Padre Falciparum, maduro y esquizonte, llevaba un anillo binocular y marginal frecuente, domando sus pasiones y refrenando los malos instintos sometiendo su culo a la aspereza de un miembro epistolar, resistente marcado a la cloroquina, al estilo de Roger de Mortimer, ministro de Eduardo II, favorito de la reina Isabel II, quien transitando el muslo y contramuslo de Eduardo III y Ricardo de York, transmitió a la casa real y al mundo el jamón de York.

También, estuvieron con el muerto Telémaco y Fenelón, quien dijo " ¡Ya escampa!", y salieron afuera y se pusieron a jugar sobre el entrepaño de un típtico gótico-mudéjar, de madera esculpida, pintada y dorada, justo al lado de la Real Academia de la Historia, con la cara posterior y anterior de un fémur, cabeza, cuello y trocánter mayor, con un pedazo de zalea en que se envuelve el zoquete que forma la cabeza de la lanada o escobillón y hablando con un macero del Ayuntamiento de Madrid, que había estudiado medicina, pero que no terminó la carrera por culpa de no conseguir beca, que sabía mucho, y que dijo acalorado que esto del Ebola no es más que Paludismo y que el misionero permisivo, más grave que el resto de los plasmodios, tenía sus capilares viscerales, cerebro, hígado, bazo, más tocado por esa fiebre cotidiana que les caracteriza y esas invasiones hemáticas del parásito eclesiástico. Su frotis sangíneo y gota gruesa lo llevaba como anillo al dedo formado de media luna en sangre periférica, Anillo binuclear y marginal en estos esquizontes.

Todos se quedaron con la boca abierta, abobados como Absalón al morir a manos de su padre el rey David. Antes de volver al mortuorio, los tres abrieron su boca hacia el cielo para que de la lluvia cayera en sus lenguas alguna gota pequeña.

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