Carabanchel

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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-Fue la historia que un muchacho le hacía una mamada a un señor en el Parque del Retiro de Adalí, Madrid; llegaron unos policías grises y, abrazándoles, le apresaron junto al señor; esto era cuando había en España represión y usura, como ahora.

Esto decía un caballero, que estaba reunido con otros caballeros en un bar de la calle Pío Baroja, cercana a la estación de metro Sainz de Baranda, ese señor que fue, entre muchas cosas, regidor de Madrid en la tenebrosa asonada del trienio liberal.

-Los apresamientos estaban a la orden del día, respondió otro que llevaba una chapita en la solapa con el dibujo de una yegua montada por un moro agazapado.

Otro dijo:

-El Talego, la cárcel de Carabanchel, abanico o prisión provincial franquista, construida por unos mil presos políticos sometidos a trabajos forzados, aunque hoy lo poco que queda de ella sean ruinas, escombros y chatarra en las mentes del poder, y la represión quiera borrarla del mapa, siempre quedará en la memoria de los ajusticiados en ella. Carabanchel siempre será igual a Talego, como el Congreso es Aduana, albergue de ladrones, establecimiento de peristas.

Pausa y sigue:

-Aquí, en este Abanico o cárcel modelo, se elevó hasta el cielo y bendecido por la iglesia el garrote vil. Los que entraron y salieron por su puerta, gran número de presos políticos y presos sociales, principalmente homosexuales, siempre la recordarán, al igual que los comunes.

-Háblanos más, háblanos de tu estancia en ella, pidió otro a quien recriminaron mucho por una leve culpa o ninguna, como fue robar un cortaúñas en el Corte Inglés, como a ese otro que agavilló, hurtando en cuadrilla y lo agostaba, consumíendo en baretos y putas; y otros, insolentes y fulleros, no son castigados por culpas muy graves.

-Allí, siguió el de antes, había chicos y grandes. Los más que entraban éramos estudiantes que fuimos alcanzados por una pelota de goma, un bote de humo o un porrazo. Su afán, el de la represión, es siempre hacer pagar a los demás su propio daño, quebrar la soga por lo más delgado y pagar justos por pecadores.

Pausa y sigue:

-Nada más entrar al Talego, había que olvidar el alarse uno, irse, fugarse, como cosa fuera de razón. La libertad debía concertarse con los de fuera. La estancia en el Abanico podría convertirse en burlas y disfraces. En daños. Las palabras no pueden decirse con obras y ser uno como la voz de Jacob y las manos de Esaú.

Sigue:

-El preso y su libertad es todo uno. La libertad no es libre. Puesto a recaudo, lo primero que hacen es limpiar, asearte con una ducha de agua fría, no sin antes dejar las cosas que llevas en los bolsillos al carcelero de puerta que te las devolverá una vez que salgas, diciéndote: "aquí tanto valen los pies como la cabeza, al igual que de una porra de policía se saca una gorra de terciopelo".

Pausa y sigue:

-Me llevaron a una celda estrecha con una sola cama. Unos presos al servicio de los carceleros me entregaron un colchón y me ordenaron ir a por manta y sábanas. Cuando volví, el colchón había desaparecido, teniendo que pagarles por conseguir otro, sin duda el mismo. Uno de estos jóvenes, igualmente preso, pero boquera, chivato, quizás con un poco de alma, me dijo al oído: "aquí se hacen putadas, como en la mili; mañana te llevarán a la celda que te corresponda hasta que llegue la sentencia, para mandarte, quizás, a otra cárcel".

-Estos boqueras, chivatos, entonces están al servicio de los carceleros, ¿no?, le cortó preguntando otro.

-Sí. En cada cárcel su uso. A la mañana siguiente, acaso por haber sufrido con humildad el robo del colchón y haber pagado demás la compra del otro, me admitieron en el gremio. Gremio que más tarde vi que era de presos altaneros, unos seis, ladrones de importancia unos; de puñal, navaja y cuchillo, "alfileres" como ellos decían, otros. Entre ellos había un alcahuete, dueño de esta grupal mancebía. Para ser admitido tenía que tener paciencia, esperar y aceptar el amarre, ser violado por detrás, "amarre" que ellos lo dividían en sencillo, dado por uno; doble, por dos, claro, y matemático, a suertes.

Hizo un alto, respiró y siguió:

-A mí no me llegaron a violar porque unos días antes del auto sacramental, me llegó la Boleta, el papel de libertad. Esta cárcel estaba amontonada. Dicen que sobrepasaba los siete mil. Antes de ser encerrados los presos en sus celdas, entre galerías se lanzaban insultos y, muchas veces, piropos políticos y eróticos, sobre todo cuando se dirigían a los homosexuales, a los pacifistas y a los de otras religiones.

Pausa y sigue:

-Me encantó una frase que bien recuerdo y que me hizo mucha gracia. Uno de políticos con su mano derecha haciendo apretones en sus partes y apuntado con el dedo índice de la mano izquierda a los homosexuales, les gritaba: "Aquí tenéis en mi extremidad un arponcillo para que agarre y no se desprenda". Y ellos a los políticos, a los pacifistas y otras religiones: "Mañana os van a meter por el culo el garrote vil, y su savia la vais a gozar en la garganta, mamarrachos. No os va a librar ni la presbiteriana, episcopal, vaticanal y fundamentalista polla bíblica"

Sigue:

-Las risas y chirigotadas nos hacían olvidar las penas, pero no el pene, y esto ya era algo. Los carceleros nos amedrentaban al cerrar los cerros de las celdas.

Pausa y sigue:

-Un día, temprano, nos despertaron a golpe de cerrojos. Nos hicieron salir de las celdas, y pegados contra la pared, quietos y cacheados, los carceleros hicieron un registro exhaustivo de ellas. Se oyó gritar, "Ha habido un amulabao", muerto con violencia; otro se ha degollado".

Pausa asustada. Y sigue

-A mí me habían colocado ya en otra celda, junto con otro preso, que me pareció muy majo. Estaba ahí, esperando su destino, porque era ladrón de bancos y alcatifero, ladrón de sedas.

-Qué bonito, exclamó uno.

-Además, él le había cortado de cuajo con una navaja la lengua a su novia, por haber cantado para la policía. Él me dijo:

-Para poder salir de esta pena hay que tener buen amparo.

-Yo no le entendí. Pero un día, en el patio de esta cárcel modelo, me invitó a jugar a la pelota, y me explicó que "Amparo" es el abogado defensor y el procurador.

Pausa y sigue:

-Los días pasaban tristes. Desde el ventanuco enrejado de la celda veíamos, a lo lejos, unos ladrones, que tenían que ser ladrones porque trastejaban de noche, que escalaban una casa por el tejado y quitaban las tejas. Nunca vimos ni supimos del bendito verdugo de garrote vil, aunque de sobra sabíamos que el único era el andoba ese, el general.

Sigue:

-Mi compañero de celda marchó. Creo, como me dijeron los sectarios del culo, los devotos del "As de Oros", que le mandaron a Navarra, "a una cárcel del barrio del Cucharón, lindo vino y buen salmón", y ja ja ja.

Quedé solo unos días. Creo que fueron dos o tres. Cuando al tercer día, regresamos a la celda de noche, me encontré con otro preso nuevo. Era un preso escogido, antojado, pues vino con anillos, esposas y grilletes. Como él me dijo después, "el daba garrote a los joyeros. Les dislocaba la anilla del reloj para robarlo, y les pegaba cuatro tiros". Recuerdo que le decían "el Chino". A mí me asustó un poco al principio, cuando le vi desposado, pero luego me hizo mucha gracia. Aunque tenía ese desliz, parecía buena gente. Ya en la cárcel, un día, con sorna, me dijo un carcelero que yo reconocí "estudiante para misionero: "Aquí en la cárcel, todos son buena gente. Ándate con cuidado".

-¿Y cuál fue su fin. Cuál su destino? preguntó otro.

-Su fin fue el fin. Un día cuando le llevaron a confesar a las Salesas, "el nuevo encanto urbano de Madrid", donde se encontraba la Justicia, llevándole esposado dos grises, al atravesar un balcón interior amplio para ir a la sala del juicio y verse ante el avisado o juez, pudo zafarse de ellos , tirándose del balcón para ir a estrellarse contra el suelo, matándose, claro.

Pausa y sigue:

-Aquí, en el Abanico, nadie lo creyó. "El yo soy y el suicidio, no es todo uno", decían, culpando a las arpías, los policías.

Sigue:

Al día siguiente, me llegó otro nuevo preso. Era grueso y muy rico. Arbolado o muy desarrollado. Dice que tenía hacienda y muchos coches para regalar. Que él no hacía mal, robaba coches y les desangraba para hacer nuevos coches y ponerles matrículas falsas. También, pedía coches prestados, hasta que les cansaba, y no les devolvía, o se les vendía a otro.

-Vaya joyita, exclamó uno.

--Antes de la clasificación del preso, y su destino, los presos comunes, la mayoría, menos los presos políticos que lo tenían prohibido, podían solicitar ir a trabajar a las salas de trabajo, pero no para paliar su pena y años, pues todavía no conocían la sentencia, sino para distraerse y sacarse unas pesetillas. Creo recordar que nos daban una peseta por día trabajado. Este dinero se lo darían al preso cuando saliese en libertad y él lo pidiera, ¡qué cucos¡

Arrogantes carceleros nos controlaban y acechaban. Ellos, con contento, sabían que se llevarían la mejor parte del botín. El trabajo en aquel tiempo consistía en ordenar un conjunto de postales con una revista para Iberia, que las distribuía en los aviones de largo recorrido; y los productos Rexona, que colocábamos en cajas para su distribución. Un boquera o chivato avispado, recatado, sospechoso, apostado en la puerta, observaba si alguien se llevaba algo.

Pausa y sigue:

-En el Talego había sala de juego y de cine. A mí lo que más me gustaba era el patio, el hablar con otros presos tanto como el jugar a la pelota. Una pelota que era verdadera piedra. Cuando terminaba una partida tenía las manos hinchadas a punto de estallarse las venas. Más tarde, un preso me enseñó lo que llevaba dentro la pelota, y justo era una piedra de pedernal enrollada con hilos fuertes y recubierta de cuero, creo que de vaca, untado con sebo.

Tan sólo un día fui a ver una película. Un coñazo típico español. Me salí pronto, pues vi cómo un baboso, viejo libidinoso hacia bajamano a un joven preso. El viejo era un carcelero que dicen hizo balcón y se exhibía en su pueblo.

-Pero tú, ¿por qué entraste en el Talego? Preguntó otro.

-Todo fue por un berrido, una delación, que no felación ja ja ja, de un hijo puta, que fue asesino militar de cruzada y regentaba una imprenta. Jóvenes estudiantes, afligidos como estábamos viendo los apaleamientos, los porrazos, la cadena alargada de presidiarios, jóvenes y libertarios, comenzamos a hilar unas hojas volantes, muy artísticas y expresivas, condenando el régimen bigornio, sacro y dorado, matón, fanfarrón, pidiendo Libertad, República y Ateísmo, y que el pueblo nunca más siguiera estafado , hurtado, condenado.

Yo había dejado el original, para volver en unos días. Fui a la imprenta para recoger las octavillas en color tricolor y me agarraron siete bocheros, ayudantes de verdugo, que me llevaron a la puerta del Sol por blasfemo, vago y maleante, cuando yo tenía un trabajo digno y era un tío bien majo, como podéis ver.

-Je,je, je, reímos todos.

Sigue:

-La Bofiada, grupo de agentes de paisano, me llevaron felices creyendo que habían pescado un buen pez. Pasé los días de rigor como un ladrón de feria en calabozo, con interrogatorios cansinos y dañinos, hasta que una mañana, regalándome una comida de dos huevos fritos con patatas y un vaso de vino, engañando mediante halagos, me anunciaron que el comisario me enviaba a Carabanchel por capricho, porque "tú eres un bomboy, tonto, simple, y que como no hay nada por qué castigar, tan sólo por el bendito recuerdo de Carrero, que le había nombrado comisario, te enviamos a Carabanchel fichado como "anarquista peligroso". A mí, que me habían aplicado la ley de vagos y maleantes, la de masón y ateo pornográfico. ¡Que medalla¡

-Más bien qué cacao, exclamó otro. Y je, je, je, todos.

--Por la noche me llevaron a Carabanchel, como era costumbre llevar a los presos. Era un día lluvioso. La "Lechera" o furgoneta policial olía a carne cocida. En el trayecto, un guardia me dijo: "En el Talego vas a hacer buenos amigos. Pues eres un buen bocado. Ja, ja, ja."

Pausa y sigue: -Cuando sentí el cierre metálico de la cárcel, sentí que me rompían o fracturaban la espalda. Y cuando me fui en bla, me dieron calle, quedando en libertad, el Juez con cerebro dijo al ilustre abogado socialista que llevó mi causa, que yo no tenía que haber sido castigado, y que mi permanencia en campañana, la cárcel de Carabanchel, nunca tenía que haber ocurrido, como la de los demás.

-Daniel de Cullá

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