Hola, Frankenstein

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Siempre me gustó Franquenstein, aunque sea bastante chorra y grotesco. Es una estrella para mí. Sabía leer, hablar y tocar la flauta sin aprender, como saben los príncipes y señoritos importantes.

Cuando tenía nueve años, con los ahorros de mi comunión, me compré uno de trapo. Era feo de cojones; pero formó parte de mi diario vivir y rutina.

A veces, se me parecía a la picha de mi padre, desde la vez que le vi ante el espejo poniéndose un condón; igual que le pasó, sin duda, a Mary viéndole el pene a Lord Byron, cuando en una reunión compitieron por ver quien la tenía más fea y larga entre Percy, Lord Byron y Polidori. Desde entonces, me encantó su recreación.

La Shelley, al crearle, me parecía un agricultor haciendo surcos, o la abuela haciendo quesos con leche de oveja.

Ante el Sacamantecas o la Serrana Salteadora, Franquenstein me parecía una hermanita de la caridad. No obstante, cuando iba con amigos a los pinares piñoneros a coger piñones y piñas para quemar en la estufa de hierro que caldeaba el comedor de la casa, veía a Franquenstein asomarse entre árboles envuelto en polvos místicos, como dicen que están los santos cuando ven a dios y levitan, en intervención espiritual que clarifica sus pasiones.

Yo necesitaba verle. Quizás él nos salvaría del Sacamantecas y la Serrana Salteadora, que nos gobiernan. Le veía venir a mí, enseñándome los dientes como en un anuncio de dentífrico.

Un día que me adelanté a los amigos, (mis amigos y yo, todos, salíamos siempre reprobados de los exámenes del colegio), llegué antes al pinarejo, y le vi, ¡si¡, le vi a él, a Frankenstein, echado de costado sobre el suelo, al lado de pinos rodenos, intentando clavar en la tierra una cosa gruesa, dorada y larga, un miembro musculoso y hueco como prolongación de la nariz en el culo, como intentando hacer sexo con la tierra.

Se lo dije a los amigos, y me contestaron:

-Si serás bobo. Si es el alguacil del pueblo "El Visillo", que vino de Sierra Morena, y que viene aquí a sacarle brillo a su trompetilla con la arena del pinar, pues dice que es muy buena.

-Tiene que ser él, repliqué. Yo vi almicantáradas, círculos paralelos a su horizonte que se supone trazados en la esfera celeste, por encima y debajo de él.

-Déjate de fantasías, me dijeron. ¡Vaya sandez¡ Es como el cuento de las apariciones de vírgenes a pastorcillos y bobos de baba.

-Además, les contesté con rabia, le vi soplante cual tirapedos como dando aire a las alas de los martinetes, esas aves zancudas ictiófagas, que se mantienen con peces y son migratorias.

-Bueno, lo que queráis, les contesté.

Callamos para recoger piñatas.

Para que lo sepáis, Frankenstein está compuesto de cuajo, sangre, latidos del corazón, y barro cocido, pero algo pinta en él no muy bien. Un día le vi, a escondidas, con semillas de flores en su mano derecha, algunas vivas, otras caducas, con las que se limpiaba el culo. También, cierto día que visité con el colegio el Teatro Museo Dalí, en Figueres, Gerona, le vi sentado en los morros rojos de la sala de Mae West, platicando con el mismo Dalí y García Lorca, en medio de los dos. Yo era un espíritu. Hablaban del amor divino por el Ano. Está claro.

Dalí abrazaba a Lorca atrapándole en sus brazos como hacemos con una avispa que atrapamos entre el cristal y la cortina. Su pincel caído le chupaba un gato. Lorca besaba un capullo que Dalí le había dado, que rompía entre sus labios.

Moderadamente frío, respecto a la temperatura ambiente, Frankenstein se echa sobre su creador azotándole para adularle, lisonjearle, decirle cosas agradables, y si joderle, mejor, como un novio reciente, acabado de fabricar.

Mary Shelley le hizo chapuceramente, como la misma Creación fue creada, cual guisote de cocina mal pergeñado. Y él lo sabía, sobre todo, cuando crotoraba la cigüeña, cantaba, y él tostaba el pan majándolo cuando estaba tostado o duro.

Andaba mucho y con fatiga, irritado por no poder lograr lo que desea: tirarse a la Bartola. El desea ir a todas las bodas y beneficiarse a las novias.

-Si me niegas la noche de tu boda, decía a las novias, te meteré una estaca por el culo como los dominicos inquisitoriales hacían con las brujas, o Drácula a sus no amadas.

Ahora mismito, estoy en un prado. Veo a los Asnos de Paracelso, Alberto Magno y Cornelio Agrippa jugar con Frankenstein y rumiando la dulce hierba, así como chupando algún guijarro. Estos guijarros llevan escritos unos poemas de Mary Shelly, estos:

"Poemas Frankensteínicos"
Sobre los desperdicios zumosos
De un coño ardiente
Una criatura rumia la franquicia
De un suculento agujero
De hombres y mujeres perfectos, racionales
Pendientes de un solo hilo espermático.
"Pueda yo, estéril
Salir de este parto estéril", clama.
Y grita:
Un nombre, reclamo
Un nombre. Yo
Creado cual monstruo entre nubarrones.
Sin nombre. Yo
Como un chota en una catedral
Pienso yo
Diciéndole a mi amada muerta
A lo bajinis, de vagina, muy bajo:
-Mucho os quiero, Elisa. Yo.
Meándome en lo meado
De otros.

(The Great Blafigria)

-Daniel de Cullá

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