Aquí no peco

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Mi padre es un "caraculo"; que así le llama mi mamá. Es buenísima la situación de guerra y discordia que mantienen día a día. Ninguno de los dos busca sosiego o tranquilidad a su anima, pues siempre les veo turbados y encontrados a sus pasiones.

Mi padre es un putero, lo sé. Mi abuela le decía a mi madre:

-Hija, siempre buscaste un hombre que te hiciera sufrir y le han encontrado con vitola.

Nunca hay tranquilidad ni serenidad en el ambiente. Mi madre, cuando llega mi padre, lo primero que hace es llamarle putero, y decirle:

- ¿Ya estás aquí, cara cola, cara culo, putero de mierda? No sé a qué vienes, si no te tengo preparada la comida, ni planchada la ropa.

Después, se acerca él y le empieza a oler en el cuello por si huele, como ella dice, a puta; le mira el cuello de la camisa por si hay algún berrete de carmín; le mira la bragueta por si hubiera algún pelo de pubis femenino. También, le mira los bolsillos por si encuentra alguna reliquia puteril.

Él se deja hacer, aunque echando berrenchín, como ese vaho que arroja el jabalí cuando está furioso.

Mi padre lleva un tatuaje en el brazo izquierdo que dice "Gloria exercitus" con una estrella rojinegra. Más de dos veces le he dicho que por qué no se reconcilian, o se separan de una vez si están tan desavenidos.

Como el celebrante que besa la patena en la ceremonia o teatrillo de la misa, me besa la frente, y me dice:

-No hay arreglo, hijo mío. Tu madre es un tarugo, pero no es puta. Y yo creo que, en el fondo, la quiero por eso.

Y vaya que la quiere. Alguna de las pocas veces que se dan, en paz y en haz, con vista y consentimiento, un beso en la boca, mi madre se queda preñada, y exclama:

-Yo no sé cómo me he podido quedar preñada de este acémila, macho de carga.

Yo me río y, a la vez me duele, cuando veo a mi madre, que está en perfecto equilibrio de sus cuentas y, para abortar, se sube a la mesa de la cocina, salta al suelo, o se mete perejil en el chumino, o una aguija de bordar, y puede hacerse daño.

No quiero que traiga más hijos a este mundo de asco, y mucho más asco desde que el emperador Constantino en el año 313 promulgó el famoso y maldito edicto de Milán, concediendo a los cristianos el libre ejercicio de su culto y su agresión y criminal persecución a los paganos e indígenas.

Ella me dice que:

-El sucio y grosero de tu padre me amenaza con seguir yéndose de putas si no le dejo follarme de cabo a rabo.

Yo no sé si debo odiar a mi padre o no. Mi odio de haber nacido, por haberme traído al mundo, no va a ser peaje o derecho que pague mi padre por transitar o pasar de una parte a otra el culo o cuerpo de mi madre, pues los dos me importan un bledo, una mierda así de grande.

La basa o pedestal sobre que está colocado el matrimonio es la sumisión y el sadomasoquismo de la mujer por la gracia de dios, y el sadismo del hombre que canta arrimado a ella "por el pene se adora al macho cabrío".

La cama de matrimonio, el pecadero, es utensilio que sirve para quemar amores que dan mal olor. Las sábanas blancas llenas de pecas, de pecar, me dan verdadera repugnancia.

- Ay, estos padres de mis pecados, exclamo yo.

No puedo aguantar a mi padre, ¡mal pecado¡ que diga: "tendremos los hijos que nos dé dios", mientras se siga follando a mi madre sin su convencimiento. Y, tan poco, puedo aguantar el que diga: "yo, pecador de mí, me dejé arrastrar por los consejos del cura párroco, y ¡a follar¡ se ha dicho, que lo quiere dios.

Mi madre ha cogido un almirez, empezando a machacar el ajo. Mi padre, marchó diciendo en voz alta:

-Me voy de casa, que aquí no peco.

-Daniel de Cullá

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