Alcibiades

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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-Hubiera o hubiese sido atado Alcibíades, si no hubiera sido tan bello, decía Sócrates rabioso, arrancándole de la Voluptuosidad, como le representa el pintor Regnault en su hermoso cuadro.

Estaba muy claro que, en el Banquete de Platón , banquete de rompe y rasga, los comensales, alabando a Eros, cual a perro con cencerro, se habían beneficiado del bello Alcibíades, menos Sócrates, que le rehusó, porque le quería para él solo y, veladamente, estaba loquito de Afrodita, pues se le había escuchado decir " que si Afrodita es hermosa y bella, lo es porque tiene dos tetas", dado que, según comentaron los presentes Agatón, Fedro, Pausanias, Eriximaco, Aristófanes, y el mismo Alcibíades, a Sócrates sólo le gustaba contemplar las tetas de Afrodita, y dormirse chupando cualquiera de ellas como un roro, que por eso le envidiaban.

Los comensales, en ronca, cual grito que da el gamo cuando está en celo llamando a la hembra, con jactancia, llamaron la atención de Alcibíades, pidiéndoles les contara el sueño que había tenido la noche pasada.

Alcibíades había traído un perro al que llamaba Eupolis, recordatorio de su enemigo principal, al que sujetó junto a la pata de su silla.

Los otros comensales jugaban con una rana saltarina, sacada como dijo Platón de Las Ranas de Aristófanes, de Esquilo, donde se ilustra la bipolaridad de Alcibíades.

-Alcibíades está justo a tiempo cuando es requerido, exclamó él mismo.

Alcibíades era adorado y temido. Tenía un miembro salvaje en el que había escrito dibujado "Peloponeso", que, un día, mostró a los comensales de hoy, cuando interrumpió el banquete borracho, como figuró en su cuadro Pietro Testa.

Alcibíades dijo:

-Mi sueño de ayer en la noche fue que me aparecí a mí mismo metido en un ascensor abierto de puertas, subiendo y bajando del décimo piso al piso bajo, desnudo y haciendo de vientre, cagando dentro, hacia el encuentro de una cagada fuerte con otra débil o de débil con fuerte, cargando la entonación prosódica en una de ellas sin saber distinguir cual sea la fuerte o la débil.

En cada piso, siempre me estaba contemplando un matrimonio mayor, el mismo. Los dos vestidos de negro y exclamando:

-Óigame, aindamáis, Agnusdéi.

-Yo me temía lo peor, que, al despertar, tuviera el pijama y la cama manchados en rehílo y ahúcho, pero la mierda fue inexistente, a pesar de que yo marcaba la tilde de mis ganas con ahínco.

El sueño quedó desecho y se atildó a la realidad.

Sócrates le cortó, preguntándole:

-Alcibíades, amor, has dicho ahínco?

--Si, amado Sócrates.

-Pues por el culo te la hinco, exclamó Sócrates riente

Los comensales se meaban de risas. La rana dejó de saltar, el perro se relamía su cipote.

Alcibíades, imperturbable, exclamó:

-Todos estamos en ajo ¿A cómo son las patatas?

-Daniel de Cullá

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