Trampantojo

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Me dice Francisco Javier:

-Mi esposa se tiró uno, y yo le respondí con tres. Y hecho esto, me dormí. Acto seguido, soñé que cruzaba un río: los cojos y los enanos lo hacían sin género de dificultad. Yo no podía: mis manos se atascaban en las lianas de los yerbajos que flotaban y unas truchas de salud maravillosa me mordían los huevos.

Me encontraba perdido en el río Sombo, cerca de Hanoi, capital de Vietnam, "que sube hasta las estrellas en tiempo de lluvia", como dicen unos amigos míos que han estado por allí. (Este río no era otro que el río Cega, afluente del río Duero por su izquierda, en su crecida a su paso por el paraje de La Minguela, para que lo sepáis).

Había tormenta y me quedé solo. El cielo echaba rayos. Pensaba si podría masticarlo y tragarme el río yo mismo. Me hallaba en un gran delirio, un trampantojo. Como pude llegué a la orilla, y salí con una regadera de hoja de lata y dos truchas dentro saltando. Atravesé los pinares y llegué a Vallelado, pueblo de la provincia de Segovia.

Había escampado y me senté en un poyete colocado en el frontal de la puerta de entrada a la iglesia. Allí estaban el panadero, un burrero y el alguacil del pueblo. Este dijo:

-Qué suerte, ¡si se te ve sano y valiente¡

El cura salió de la iglesia, nos miró, pero no se acercó a nosotros. Llevaba de la mano a un pobre infeliz monaguillo, "para llevarle a la casa parroquial y enseñarle latinajos y su grajilla, je, je", dijo el burrero, riéndose con mala uva.

En este instante, nos vino una señora, grande sierva del Señor, viuda y beatorra, pero que "está para mojar pan", como dijo, de nuevo, el burrero. Nos admiramos y alegramos de ver tanta salud, y unas tetazas que deberían ser maravillosas.

-Tetas para dar de mamar a los burros, exclamó el panadero mirando al burrero.

Nuestros ojos se miraban picarosos unos a otros y se volvían hacia la mujer, mirándonos, a continuación, unos a otros la bragueta para ver si había rastro de erección, pues, en un principio, "el gurriato está muerto y consumido, no hay duda", como dijo el alguacil.

Al sentarse, la mujer levantó su vestido y asentó sus posaderas. Un culazo enorme se acomodó en este poyete con muchas luces, que venían de sus bragas, pues, sus muslos, se quedaron como en acción de gracias.

Yo estaba todavía mojado y no tenía rastro ni señal alguna de herida. Súbitamente, crecieron nuestros tallos, pero ninguno rompió en capullo, en todo este espacio de tiempo.

El burrero había traído consigo dos perrazos, que eran la admiración y alegría de todos los hombres y niños; pero no de las mujeres, en especial de la tetona, quien, con ya ser una mujerona, les tenía pavor. Un pavor que le habían provocado dos perrazos que, un día, visitando la granja de unos amigos en Iscar, Valladolid, se enzarzaron entre ellos, junto a ella, rodeándola y tirándola al suelo con leve daño.

-Fue increíble, dijo ella. Debido a tanta fiereza, llegué a dudar si eran perros verdaderos o perros crueles de la otra vida.

-El río sigue creciendo, nos gritó un mocoso que nos cruzó veloz, montado en bicicleta.

Mientras hablábamos, advertí que uno de los perros del burrero me lamía y mordía las uñas de los pies; el otro me mordía delicadamente los huevos que sobresalían de la culera del pantalón roto. Yo les dejé hacer, y me vine a este negocio de loco rematado en la erección y su posterior eyaculación.

Tuve que levantarme y meneármela muchas veces, ante los ojos admirativos de los demás. Tuve que detenerme. Los perros seguían, el uno mordiéndome las uñas, el otro, las pelotas, como un cirujano dedicado a quitar pelillos de la parte del cuerpo que va a operar.

Los unos y la otra estaban alborozados y alegres porque me había librado de un ahogo seguro. Entrando en mis partes, pues la erección mía era tan viva y tan fresca, ellos quisieron tomar parte y, aunque yo mismo podía habérmela hecho terminar con mis propias manos, ellos y la mujer me lo quisieron hacer como un favor, gastando en esto como dos horas que duró el sueño, cubriendo el esperma todo el pueblo, la ilusión visual, la falsa apariencia y su efecto óptico.

-Daniel de Cullá

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