Playa de Lancress Bay

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Estoy en Guernsey, una de las Islas del Canal. Aprovecho el sol que ha salido, cosa rara, puesto que dura poco, y sale poca, muy pocas veces. La Isla, durante todo el año está casi siempre cubierta de niebla, y con lluvias.

Muy cerca de la orilla al mar, veo una preciosidad sentada y cubierta por la arena desde o hasta la cintura. Me acerco a ella y me siento a su lado. Adivino sus emociones y sentimientos, que son muy parecidos a los míos, al mirarnos. Advierto que cuenta con la dificultad de disponer de su medio cuerpo y de sus piernas.

-Estoy paralítica de la cintura para bajo, pero puedo amar, me dice al adivinar mi propósito de saber algo sobre el mal y las emociones de una joven con lesión medular.

Es tan guapa que me he quedado prendado de ella, tanto, que siento una erección y deseo eyacular. Ella ya sabe que el amor dura lo que dura dura, y el tiempo que fuere conservado. Escondo mi pene en la arena, y ella ríe con una risa divina al ver correrme; lo que le hace sentir una emoción motora de la cintura abajo.

-Esto te curaría la tetraplejia, ¿a que sí?, le dije sonriendo.

Ella asiente con la cabeza. Sus ojos son de cielo azul y su sexo se ve, pero no se toca, y yo la comprendo tan cerca. Es atractiva a más no poder. Me da un beso y le digo que seremos amigos por siempre, y que con este beso que yo le doy le ofrezco garantía de amor eterno.

Cuando yo llegué, ella escuchaba música en un radio casete. En ese instante, sonaba la canción "In the Year Twenty Five Twenty Five, (2525), de Zager and Evans.

-Ponla un poco más alto, le rogué, diciéndole que nuestro amor llegaría a ese año, o más, quedando en vernos al día siguiente.

Al día siguiente, y otros muchos más días, fui a encontrarme con ella, pero no la vi. La arena está plagada de mis pasos, al estilo de reyes y virreyes jodedores que pisaron las Américas.

Yo la veía sin estar. Veía y quería ver a esta mi reina y augusta emperatriz de la tetraplejia. Con esta esperanza de volver a verla, me consolaba a mí mismo. Aunque, un día, cansado de esperar, comencé a perseguir a otras jovencitas, sobre todo a una rubia que siempre vestía de negro, y me recordaba a la grajilla que cogí un día que, con unos amigos, fui a un pinar de Pinarnegrillo, pueblo de la provincia de Segovia, y la tuve en casa hasta que murió en mis manos. Le hice una misa de difuntos como es debido, enterrándola en un tiesto de flores con siemprevivas.

Cada tarde de paseo a la playa nos veíamos. Muchos días ella afloraba en mis pasos y me hacía fluir los sentimientos más profundos de la tan a veces hijo puta vida erótica.

Un día, que estábamos los dos sobre un acantilado, en una tronera del refugio antiaéreo que recorría toda la isla, construido por los alemanes nazis, ella me enseñaba su Chumino, que a mí me pareció el Criticón de Baltasar Gracián, pues adivinaba, entre sus labios, grandes y pequeños labios, el debate entre el Arte y la Ciencia, lo que me hizo soltar una carcajada, recordando aquel importante aforismo de los reyes que dice: "Quien quiere reinar, jode".

Ella era Dido, y yo Eneas, mientras Ovidio, montado en un saltamontes recogía nuestra eyaculación en unas páginas de la séptima Heroida, al igual que Teresa lo hiciera con las páginas de su Séptima Morada, estando con Juan de la Cruz.

-Daniel de Cullá

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