Club Retama

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Estamos sentados a la orilla del río Arlanzón, aquí bajo el puente de Capiscol, en Burgos, lugar insignia de un republicano ateo amigo nuestro que, en pasadas elecciones municipales, quería hacer puerto y río navegable, en su programa electoral.

Mi amigo dice:

-Te voy a contar e introducir en el estudio de la historia de la vida, su lenguaje y su escritora. Ya sabes que la mili la pasé en el Ferrol y, desde el momento que cogí el tren que me llevaba de Madrid a la Coruña, y me metí en el compartimento de un vagón de madera en clase tercera, ocupado tan sólo por una madre y una hija, la madre comenzó conmigo a representar un papel de madre casadera, intentado, desde ya y en todo momento, hacerme pareja de su hija.

La mujer era la típica gallegaza. Su cara de hogaza, su cuerpo voluminoso, unas piernas extremadas, pero dignas de soportar ese cuerpazo. Su culo era un búcaro cristalino, con un bajo relieve de órgano sexual en la entrepierna, que a mí me pareció el de la mula Francis.

En seguida, buscando los ámbitos de mi sociabilidad, se puso a describirme y profundizar en el campo de la historia de su familia. Me dijo que ella estaba liada con un señor mayor, propietario de un edificio de cinco plantas en la Coruña capital. Que su hija, ésta, era fruto de un matrimonio anterior. Que el marido murió en alta mar.

La chica tenía cara de asustadiza. Era regordeta. Me pareció un torrezno de esos que hace mi madre después de la matanza del cerdo o de la cerda. Sonreía con humildad y poco hablaba. Todo lo decía su madre.

Así me la presentó: que había tenido varios pretendientes, en especial un alférez de la Coruña, de quien todavía recibía abundante correspondencia, pero que esperaba un ángel caído del cielo, y que ese ángel era yo; afirmando que, desde el momento que me vio, supo que yo era ese ángel, pues se le aparecí guapo, humilde y sincero. Un chico tipo propio y digno para su hija.

-Bueno, un payaso, le corté yo.

El me dijo:

-Espera y calla, que sigo:

Ella afirmaba y confirmaba que su hija era muy amorosa. Que era virgen. Que era única y que, después de su muerte, heredaría unas tierras que ella poseía a las afueras de la Coruña, más el edificio de cinco plantas, del que era dueña junto con su amante. Que su hija era digna de prometerse conmigo, y que si yo cumplía con la palabra de aceptarla a ella en matrimonio, ella intentaría hablar con el teniente Agueda para que yo obtuviera un ascenso, en cuanto llegase al destacamento.

Yo iba destinado, como tú bien sabes, a un destacamento militar en el Ferrol. Ella, la madre, al saber por mí que mis padres eran terratenientes, seguía y seguía prometiendo lindezas de su hija. Dijo que si yo firmaba mi compromiso ahora y aquí, en el tren, ya mismo su hija amada sería mi esposa y cumpliría con la firmeza del compromiso haciendo sexo. ¡Que podía follarla¡

Yo era bastante lelo.

-Como bien sé, le corté, riendo.

-Calla y espera, porfa, me gritó.

Acabado de salir de un pueblo de la Ribera del Duero, y no habiendo visto más mundo que el campo de viñas, cereales y remolachas, las únicas hembras con las que había convivido eran las ovejas y las vacas. Ay, las ubres de las vacas, amigo. Ay, su ordeño; ¡qué gozada¡ Lo que te has perdido tú, señorito de capital.

Ellas, madre e hija, para mi admiración y sorpresa, tenían unos pechazos parecidos. Pensé ¡qué buena leche me dará dios¡ Yo soy creyente, lo sabes, por la tiranía tradicional de mis padres y el palo de la caña de la doctrina.

La hija no decía nada, tan sólo asentía sonriendo a lo bobo.

Ahora, en este instante sí que repitió lo que me dijo su madre acerca de este compromiso verbal y viajero de enlace matrimonial, aquí y ahora:

Yo, Segismunda, te hago a ti, Macario, entrega de mi cuerpo y de mi alma por la alegría de hacerte esposo mío.

-Ahora te toca a ti, me dijo.

Yo le expuse que mejor sería cuando llegásemos a la Coruña, y lo hiciéramos sobre papel escrito. Además, que tenía que pensármelo un poco, y hablar con mis `padres.

Ella de mala gana, aceptó, diciéndome:

-Mira, yerno mío. Ya ves con la pena que dejas a mi hija. Espero que una vez llegados a la Coruña, la aceptes y la hagas tuya. Ya sabes que madre no hay más que una, y si te la regalo es porque es un regalo del cielo, para que la ames y la respetes como hago yo.

Hizo un silencio, y siguió:

-Podría casarla con el más rico de Galicia, pero al verte a ti, y porque me has caído como un ángel bendito, no quiero trocarla con ningún otro. Te la regalo; daros un beso, ordenó.

Inocente, la bese. Ella, lela como ninguna, aunque yo no sabía cómo sabían estas lelas, me besó dos veces, intentando alcanzar mis labios. Se quitó una de las cintas que colgaba de su sujetador y me la ofreció.

Llegados a la estación, bajamos del tren y nos fuimos para su casa, pues ella me animó, muy mucho y con zalamería, a pasar la noche con ellas, hasta que, a la mañana siguiente, marchase al Ferrol. Antes de llegar, se me olvidaba, en una de sus pláticas la madre me había dicho que era psicóloga y directora de un Círculo Social.

Al llegar a la puerta de su piso, muy cerca del centro de la Ciudad, leí un letrerito puesto en ella debajo de la mirilla que decía "Club Retama". En este instante, tuve un presentimiento. Justo, al abrirla, salieron dos damas que me parecieron de esa Corte del Culo sobre la que yo había leído en alguna revista porno que llevan los mozos del pueblo cuando van a mamarse y mamársela en las bodegas. Además, de cómo iban vestidas.

Sin saludar, ningunearon a la madre e hija. A mi me dijeron ¡hola¡

En esta tesitura, me inventé un amigo imaginario, que me estaría esperando, y me fui a un hostal. Allí, pregunté al hostelero que si conocía el Club Retama Círculo Social.

El mesonero me dijo que había hecho muy bien en no hacer el gusto de esa madre que es un putón verbenero, que lo que quiere, a toda costa, es casar su hija, quitársela de en medio porque es un poco lerda, y que ya la ha introducido por esos caminos del culo sin provecho.

Que sin duda me había prometido el oro y el moro, y no tiene más que esa retama que esconde abiertamente entre las piernas. Yo asentí, sonreí, diciéndole: ¡menos mal¡ También, le dije que, a lo mejor, me iría pronto en la mañana, y que, quizás, no podría despedirme de él.

El me contestó:

- No te preocupes, hijo. De una buena te has librado. Aquí tienes tu casa, para cuando quieras. Yo me acosté pensando en la retama, planta leguminosa, y en la gayomba, variante de esta planta; soñando que picaba una retaguardia persiguiendo de cerca una tropa en retirada por un retamar, sitio poblado de retamas.

-Daniel de Cullá

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