Viagra no, cielo; ¡pollastril¡

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Estamos en el monte de Burgos, desde donde se divisa la ciudad, cerca de la casa de interpretación de las aves, donde hay pájaros y pajarracos enjaulados paticojos a los que saludamos con extraña risa. Hemos venido con dos chorbas lindas, con las que hemos hecho migas en el Baúl de la Piquer, bar musical.

-Vamos a ver si triunfamos, dice mi amigo, que es muy gracioso cuando le mete mano una de ellas y se corre. Ellas nos ponen un precio: "cincuenta euros, hasta que eyaculéis en nuestra vagina".

Lo intentamos. Vino el Amor en mala yegua, y nuestros penes se corrieron malísimos. Ellas dijeron "que lo habíamos hecho adrede, y que les pagáramos ya".

-Viagra no, ¿eh?, dijo una de ellas, llamada Catalina.

Yo le respondí:

-Viagra no, cielo, ¡pollastril¡

Una docena de risas echaron las dos chicas, cual coplas de primor, tocándose el chichi, y tapándole con el tanga, del que sobresalían algunos hilillos verdes.

Nosotros nos cubrimos rápido, porque asomaban por un lado del monte dos municipales.

-Vaya fiesta propia de eunucos, dijo la otra chica.

Calló por un instante, y siguió diciendo, dirigiéndose a mí:

-Tu miembro tan principal que parecía, y se vino abajo, cual salchichilla de viejo.

-Quizás sea porque las habéis solemnizado antes con ingenioso y barato manoseo, le respondí.

-Más que un polvo que regocija, ha sido un pequeño entremés, dijo la otra chica.

Nuestros penes parecían As de Bastos en arpón. Y ellas, ya vestidas de justas, y por guarnición de putas, meneaban sus culos como dos cazuelas cociendo cabrito; ellas que tenían culo de gallina, y nosotros una pequeña morcilla de Cardeña.

Ellas se fueron delante. Nosotros, por detrás.

Mi amigo se agachó al suelo y cogió un palo manchado, que empezó a chupar, sin darse cuenta que estaba manchado de caca de perro. Cuando, al saborearlo, se dio cuenta, sus ascos fueron para perecer de risa, lanzándole contra la casa de interpretación de las aves.

Yo iba delante, él por detrás, pegado a mí, cual lacayo montado en Burro, y al revés.

-Qué pena, iba diciendo. Vaya penes de papel los nuestro, amigo. Ahora, tendremos que comprar el bálsamo que alargue nuestro pene, y nos quite la pena de este mal día.

-Sí, le respondí. Qué pene de pena. Qué pena de penes.

-Daniel de Cullá

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