Burro pandero

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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-Voy justito de tiempo, le digo a mi amigo.

El me pide que espere un poco, que me quiere contar algo que le pasó trabajando en la administración local, en la Intervención de un ayuntamiento.

Estamos sentados en una butaca corrida de la estación de autobuses. La gente, aquí sentada, es muy singular, tan singular que, el solo verles, produce risas y ganas de cagar.

-Habla, habla, le digo. Pero, rapidito, que, en unos minutos, tengo que coger el autobús para Bilbao.

-Pues que, empieza a hablar, estando en la Intervención, donde tenían que verme y ponderar, algún compañero hijo puta, y porque yo cumplía con mi trabajo a mayores, porque me excedía con extraordinario exceso en las cuentas generales, de valores, liquidaciones y presupuestos, por lo que se me odiaba, consiguió el que no fuera premiado, poniéndome el mote de "Burro Pandero", que fue regocijo hasta del Interventor, quien me llamó al orden, obligándome a no hacer nada.

Yo puse cara dubitativa, y él siguió:

-Si, a no hacer nada. Pues como él mismo dijo: "en la administración como en la política el que más pone más pierde, Que los zánganos son los que ganan, y que el que más chifla, capador". Mostrándose así la generosidad, ánimo y virtud que hay en los hijos de la carrera funcionarial.

Hizo un silencio, y siguió:

-Burro Pandero fue lo mejor de mi éxito, descubriendo que había que hacer lo que los demás, nada, y darle tiempo a aderezar la carnal trompeta, haciendo guiños a las compañeras, sobre todo cuando van marchando al servicio, momento que aprovechaba un jefe de sección para seguirlas y entrar donde ellas estaban, obligándolas a volver a su sitio de trabajo, casi sin tiempo de subirse las bragas.

-No me digas, exclamé-

-Sí, sí, siguió. Este caballero enarbolaba sus brazos como un pulpo, haciéndole gracias algunas, de dos en dos, con sus máscaras disfrazadas de graciosidad diferente. Mientras tanto, el interventor soberbio, cual bestezuela humilde, hacía ridículas intervenciones, dejándole pasar al compañero su arrogancia y picaresca con las mujeres. Este, el interventor, era en extremo gracioso, y lo era, también, porque en una ocasión, se dejó en una mesa cercana a su despacho un euro, y él, al pasar, con disimulo le cogió y se lo metió en el bolsillo de su pantalón.

-¡Qué pesetero¡ exclamé yo

-Sí, mucho, dijo él. En otra ocasión, prosiguió, había comprado una invitación como favor propio a una ONG, y, con toda su cara dura, la cargó al gasto del ayuntamiento. Además, de que por Navidad, se hinchaba de cestas y regalos, sin tener el mínimo detalle de compartir.

-Sí, sí, muy bien, le dije, cortándole. Cuéntame de cuando, al lado de una compañera, con la que trabajabas codo con codo, te sacaste la picha, y la tentaste.

-No sé lo que te habrán contado, pero no fue así. La picha se salió por sí sola, por culpa de mi bragueta rota, y su alta maravilla le hizo, sin querer, asomar el capullo, a lo cual ella, colorada como se puso, me dijo: "Ni por lo más remoto te la voy a tocar"; y, al punto, la enjaulé, diciéndole:

-Compañera mía, cuando yo cazo, ella se corre, y tú te embobas. Que mi pene crece con otra gloria mayor. -Ah, ya sé amigo "Burro Pandero", con tu novia, que se llama Gloria, ¿no?

- Pues, sí, respondió; riéndonos los dos a más no poder.

-Daniel de Cullá

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