Servicio de comida a domicilio

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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(Especial conejo casero para hombres de negocio)

Mi furgoneta, o como dirían los gitanos "fragoneta" es una cascarria. Parece que está hecha en arte barroco, fundamental para una liturgia del ano, pero, aunque con ruedas cuadradas, rueda tan beatíficamente como en el Concilio de Trento los pedos de lobo.

Hoy tengo una oportunidad de visitar a doña Dulía, mujer íntegra donde las haya, que profesa un culto enfermizo y tonto del culo, pues venera las distintas variedades de vírgenes y santos, que por eso, como ella misma dice: "ama y vota a los del gobierno neo nazi medallero", no dejando de celebrar su calentamiento beatífico de entrepierna, que ella llama su "diferencial" pues la cosa infinitamente pequeña que se le entra, aumenta la variable de su vagina; y porque dios, su dios, lo quiere.

Me ha pedido un menú del día, y me ha recordado que lleve mi palo tintóreo, "tu fermento, que puesto en contacto con el mío, le hace fermentar". Y yo me río, evidentemente.

Ella, también, me ha dicho que soy el 1622 polvo. Yo soy de efusión voluntaria de semen e involuntaria en sueños. Siempre la llevo cargada. lo mío es polvareda, y temo no cumplir con los deseos de tal señora, quedando a la altura del sarro de su "Ponce", llamado así por mí, pues cuando terminé el acto sexual con ella y, atentamente, le miré, viendo en él al mismo Ponce de Minerva, caballero provenzal de noble linaje.

Es buena la tal Dulía. La echadura o porción de mis huevos que, de una vez, le metí, le hizo tanto bien que me ofreció esta relación carnal gratis, para cuando yo quisiera, "que te has portado como un rey o gobernador", me dijo. Como, también, se me ofreció a venir conmigo, para que "cuando algún barón quiera conejo casero, lo tenga, al instante, en pepitoria".

Sin lujo de detalles, pero con una ornamentación lujuriosa de mis manos, le dije que encantado. Que iríamos de ciudad en ciudad por toda la Península, en los días de fiestas patronales o de grandes acontecimientos, también, en las beatificaciones y romerías, haciendo ella sexo, con mayor o menor pompa, cuando repiquen las campanas o los fuegos artificiales estallen, involucrándome a mí, si ella quiere, a recitarles algunos de mis versos al final del acto, cuando los amantes caen derrengados y el sermón del culo se corre en su propia procesión, y yo, ya ido el prestigioso putero, en extraordinario grado de complejidad con ella, le meta mi pene erecto expectante y a punto de explotar en su alegoría y máscara de calostros, corriéndome como en un gran yogur griego, "un charco de patos", además de sermonear con los indispensables pedos, cumpliendo con lo principal de nuestro instinto, fusilando la música relajante de Karin Leitner, que, ahora, interpretaba la canción Titanic en flauta travesera.

Antes de salir de la casa de doña Dulía, natural de la noble villa navarra de Corella, nos prometimos hacer el viaje por este orden: primero, en las fiestas de Madrid, luego en Toledo, Barcelona, Málaga, Sevilla, y otras decenas de lugares, antes de acabar el año.

Yo le dije:

-Adiós, Sortija. Y ella a mí:

-Adiós, cohete.

-Daniel de Cullá

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