La ladilla y la centolla

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Dos amigos separados por la fuerza se reencuentran, ya crecidos, merced a su atracción amorosa por las putas, en la calle Trinas, en Burgos, entre El Baúl de la Piquer y El Patillas, dos bares de copas y músicas.

Hoy mismo, se han relacionado con una de la calle La Calera. Esta tiene un porte entre rumana y burgalesa de pueblo. Saben que es camarera en un bar de la calle San Pedro y San Felices y se adivina en sus ojos meridianos "Los días de sus polvos", que guiaron su juventud hasta su mayoría de edad, aquí en Burgos, en el bosque más espeso de Fuentes Blancas, donde la senda de los elefantes, el jardín del puto amor, sigue rodando y reverdeciendo hasta el tiempo de los últimos condones, germen de historias que dan mucho de sí, como esa que cantaban los dos amigos en los Huertos de don Ponce, huertos para jubilados, que cantaban al hacer surcos o plantar, copla como: "En los Huertos de don Ponce se celebra una función: es la del viejo mete y saca del romancero tradicional del joder o mamarla con fruición".

-Tengo oro, tengo plata, le dice uno de ellos a la trabajadora del sexo; prosiguiendo: Clavo punto de alfiler, que en el Baúl me han dicho que buen coño tie usté.

Respondiendo ella:

-Sí que le tengo, y si te le tengo que dar, no será por menos de sesenta euros la media hora.

El otro amigo un poquito distraído, y yo con él, quedamos asombrados y con la boca abierta, cuando le oímos decir al ligón, para concluir el trato:

-Yo te doy un Euro, que la hija de una charcutera por un euro me lo da, y si me empeño mucho, por na.

-Pues por un euro, le contesta la amorosa mujer, no te dejo dar más que una chupá. Que cualquier príncipe o machote me la da por mucho más; pero, ahora, como estoy en gracia contigo, y si te quieres correr, ven para que veas cómo tengo la pocha, cual una rosa terminada de nacer.

Se fueron los dos a un rincón, no recuerdo de qué bar, con sabor bien antiguo, y allí, como si untase el pan, le pasó la lengua una vez dos veces, no más, como el mar, un río, suave y blandamente, diciéndole él, al terminar la lamida:

-Tienes la pocha bien resalá, gastada por el uso y por el roce continuo, pero no muy bien cuidada, pues me pica la lengua, como si una avispa tuviera en la boca.

A esto respondió ella:

-Lamiente, que lames, ten la lengua bien guardada y límpiatela con alcohol de quemar; que, por un euro, te he regalado una ladilla, aunque sé que tú hubieras preferido una centolla.

Nosotros dos le reímos la gracia. El, no.

Daniel de Cullá

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