Los brujos cagones y las brujas malparidas

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Me siento en un banco, justo al lado de una "tía" mayor de buen parecer (mi instinto me dice que no me acostaría con ella a no ser que me lo pidiese; estoy seguro de que si yo se lo pido me diría que "nones"). Ella tiene más o menos 60 años, y yo me paso por uno.

Ahora, estamos contemplando los tres perros que ella tiene, que no digo su raza pues se parecen a los que la gran mayoría tiene. Se sienten disminuidos pues están haciendo sus cacas, ¡los tres a la vez¡, al estilo hawaiano del Kahuna de Hawai haciendo sus canoas.

Le miro a la rubia señora y, sonriente, le digo:

-Anda, anda, qué artesanía perruna.

Ella sonríe muy pícaramente demostrando su capacidad de levantarse e ir con unas bolsas de plástico azul a recoger las cacas, que, ahora, hace. Me dice:

-Soy una mujer viajera y me gusta mucho viajar.

La miro; quiero hablar, pero, con su mirada penetrante, me corta. Ella sigue:

- Benidorm, lo odio. Es un lugar de playa que huele a pedos de brujos cagones y orín rancio de brujas malparidas. Y luego, la monserga del baile de "los pajaritos" en la que viejos y viejas se arriman la castaña y la cebolleta, que todavía, eso creo, siguen bailando los del IMSERSO y el Club de los 60.

-No me diga, le respondo.

-Sí, sí, allí, en ese baile de los pajaritos, me ocurrió una venganza por un desplante, ¿sabe usted? Un tal Antonio, que siempre me pedía baile en el Centro de Día, de Juan de Padilla, en Burgos, coincidió en nuestro viaje. Allí estaba bailando yo con un tipejo que tenía una cabeza cuadrada, que era cabezón, y, al terminar el baile y dejarle, se acercó a mí el tal Antonio a quien llamaban, por cierto "Rosino "el Cagurrio", diciéndome "me la tienes que pagar" por no haber bailado con él, porque, antes que el otro, él me lo había pedido y yo le dije que "no".

Hace una pausa, mira al cielo, y sigue:

-Esto que lo oyó el tal Rosino, que había sido sepulturero, y yo que sabía que, por bailar con él, le había hecho tilín su órgano principal, se vino al tal Antonio, que fue ordenanza de organismo oficial, y, en medio de aquella sala del bar, le peinó con una navaja de doble filo, haciéndole un pequeño corte en la calva.

La gente se arremolinó. Paró la música, y la chica del acordeón decía:

-Qué lástima de caballeros, que parecían tan majos, y no son más que brujos cagones. Menos mal que no ha sido nada. ¡Venga, volvamos a bailar¡ Pajaritos por aquí, pajaritos por allí...

Hace una pausa y sigue:

-Yo me levanté. Salí del bar y me fui por el paseo marítimo hacia el mar, a respirar. ¡Qué gusto¡ exclamé, al besarme la espuma de las olas mis pies.

Yo estaba absorto en ella. Mientras recogía las cacas, tatareaba un "hula, hula" al estilo misionero con los niños hawaianos. Con una cierta brujería enrolló los paquetitos, llevándoles y haciéndoles caer, con mucho estilo, en una papelera, no como otros y otras que les dejan colgados en las ramas de los arbustos y de los árboles.

-¿Sabe usted, le pregunté yo, que en Hawái no había Asnos hasta que llegaron los misioneros, quienes, con sus enfermedades raras dañaron e hicieron morir a muchos hawaianos?

-No lo sé, pero me lo creo, respondió ella.

-Me gustaría conocerla a usted como una novia mía, le dije con valentía. Ella me respondió:

-No quiero un tío, ni brujo cagón, ni por lo más remoto, me espetó ella, encarnada. No quiero que a la hora siguiente de escuchar la misa, te diga "devuélveme el pañuelo con el que te has limpiado tus guarrerías".

-No, no estoy tan desesperado, le dije. Es que el trato con sus perros me ha encantado.

Ella, sin hacer saco, atrayéndoles con sus milongas, ató a sus perros. Se levantó y marchó con ellos. Mi perro interior, el de los sentidos, iba tras de ella; mi perro, que es conejero y ella lleva esa prenda que tanto quería.

Al marchar, ella se dejó un librito muy curioso. Yo, que voto a partidos emergentes, también por un desplante o por ignorancia e hipocresía cristianas, como vota la mayoría, no la llamé para dárselo, y me puse a ojearlo. El título "Constitución Bayoneta al Rey", contra los Kahuna de Hawai, ya me hizo saltar del banco y mearme de risa, por la coincidencia, tanto que tuve que apretarme con las dos manos la taleguilla. Me desabroché la camisa y le guardé dentro de la faja que llevo hasta en verano. "Le leeré con detenimiento y fruición", me dije.

Marché por la calle de la "Feria", en Río Vena, muy cerca de Gamonal.

-Daniel de Cullá

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