Maxilares superior e inferior

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Me fui yo, como una bestia que tiene el rabo tieso hacia adelante, y cien euros en el bolsillo, a las Palmas de Gran Canaria a putear, andar a caza de putas, y, muy cerca de la casa museo de Pérez Galdós, en la Calle Cano, me encontré en el portal de una casa una joven que me hacía señas con movimiento interior desordenado y trémulo de su órgano del sexo, para subir a un piso, para darle vida a sus carnes palpitantes y muerte eyaculante a las mías.

Subí tras de ella, besándole las bragas, a ese piso que me pareció un pajar o un criadero de putas. Entramos en una habitación muy pequeña, en la que sólo cabía la cama. Las sábanas estaban revueltas, y, en la bajera, había una mancha de un insecto aplastado, que a mí me pareció el insecto parásito del tabaco, de la caña dulce o de otros vegetales.

Quitándose la ropa, se tumbó primero ella sobre la mancha y, abriéndose de piernas, me enseñó su ninfa y, antes de subir a la grupa de esta bella, advertí unas puntas que sobresalían de los remates de los labios. A píe de amiga, como tornapunta, dejé el pene, y me puse a mirar, sobresaltado, sus extraños labios. ¡Estos labios tenían mis maxilares puestos bien prietos¡

La fosa canina y el borde inferior o alveolar con sus dientes del maxilar superior y el borde alveolar y sus dientes del maxilar inferior hechos en un laboratorio de deontología estaban ahí, en la entrepierna de esta bella puta con palmito, rostro bonito, Artemisa, a la que pagué 50 euros, como un rey de las Caries, o un Mayo, mozo que saca novia por Mayo, por entrar entre los grandes y pequeños labios de su mausoleo o sepulcro suntuoso, y meter la palma complaciente o músculo palmar de un palmo de largo con que se saca el pelo a los labios, por donde sale la vida y nos llega la muerte, llevándole a uno en muslos endentados con los de la ligazón.

¡Eran mis maxilares colocados entre la suciedad o estiércol de la Vagina¡ Bajo una aparente tranquilidad se sentía palpitar en sus labios dentados el amor, la venganza y el odio. Yo, que había enviado al Jardín Botánico Canario mis maxilares, por si les interesaba una muestra del hombre de Atapuerca, me quedé chasqueado y burlado, al ver mis maxilares en la entrepierna de Artemisa. Al instante, le pregunté, mi amor echado hacia adelante y duro:

-¿Dónde has encontrado mis maxilares, pues les he reconocido por una muesca que lleva inscrito "Prieto", quizás la firma del Laboratorio?

Ella, apacible y tranquila, me contestó:

-Un día, yendo a tirar la basura, tropecé con una bolsa de basura muy especial, como esas de laboratorio, o de hospital, que, por efecto del golpe dado, se abrió, saliendo algunas jeringuillas, algodones y apósitos junto con los dos maxilares, que me parecieron estupendos, pues, entonces, se me caía la vagina de los palos. Me hicieron una operación no muy dificultosa y, ahora, ¡mi coño palpita en tus maxilares¡ Qué bueno.

Hizo una pausa y siguió:

- Pero esto no será problema para que me hagas el amor, mordiendo yo tu cosa con tus propios dientes, ¿no?

No me lo pensé dos veces, y me lancé contra ella. Fue horrible. Ella ya jadeaba antes de penetrarla. Al penetrarle, sentí que mi pene era machacado por una máquina de guerra rastrojeando, rebuscando pallacos, trozos de minerales buenos que quedan entre las escorias, luego que se le ha incorporado el esperma de la copulación.

Terminado el acto, le di un mordisco besándole la boca, y me marché, al instante, sin dejarla decir ni "mu", a visitar el Jardín Botánico Canario "Viera y Clavijo", donde yo había enviado mis maxilares superior e inferior.

-Daniel de Cullá

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