Cañete

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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El tren Madrid-Cuenca nos dejó en Carboneras, y fuimos en autocar para Cañete. Vimos por entre vías a muchos críos coger carbón para sus casas.

La entrada al pueblo es muy vistosa y pintoresca, pues el autocar pasa por entre árboles frutales como si saltara una palabra entre versos. Me pareció Cañete un pueblo de romance por su castillo andalusí, junto al río mayor del Molinillo. En la lozanía se divisaba la mies. En la plaza del pueblo, nos esperaban muchos curiosos y una pareja de guardias civiles que parecían un dos ochos verdes por lo redondos. El cartero del pueblo hizo gavilla aparte de la correspondencia; el cobrador y el conductor se bajaron para tomar un refresco en la cantina.

A lo lejos se escuchaban canciones como aquellas que se enredaban a los tallos del trigo cuando las segadoras cogían el mango de las hoces. Los chicos corrían tras de las chicas, brincando en saltos y levantando, a su paso, alguna prenda del traje de las abuelas.

Yo, enseguida, me hice amigo del grupo de críos que revoloteaba, marchando con ellos a la puerta de las Eras, con arco de herradura, también andalusí.

Al momento, y como tenían costumbre, me "casaron" con una chica, Maricruz, que en vez de disgustarme, me encantó. Ellos jugaban al trompo, a las canicas, a hacer grupos para enfrentarse con los de otro pueblo para tirarse piedras en las eras. También, jugaban a los papas y mamás, a los médicos y sus enfermos.

Un crio, un poco gorrinito, al pasar, se colocó frente a una abuela, sacándose de la bragueta el gurriato, como dijo él, exclamando:

-Mira, abuela Ana, este gurriato.

La vieja, que tenía cachaba, intentó darle un cachavazo, pero no pudo. Todos nos fuimos corriendo y riendo a más no poder. Nosotros íbamos cantando:

¿Qué trae gorrinito en la mano mal peladito?

-Un gurriato para que lo pele la vieja en agua hirviendo.

Las eras quedan a las afueras del pueblo. Cogidos de la mano

Maricruz y yo, ella me iba diciendo que su padre era carpintero; que el pícaro del sueño es el gurriato que no deja dormir; que a ella le gustaría vérmelo bien peladito; que ella sabe cómo se hace el Amor, pues ha visto a sus padres desnudos vestirse y calzarse de mil maneras; que ella luce una enagua blanca; que sus sandalias hechas con juncos las ha hecho ella.

De repente, ella me dijo:

-Chico, yo te quiero follar como mi mamá a mi papá.

-Y yo también, le contesté.

Me llevó a una caseta casi en ruinas, donde encontramos una imagen chiquita de la virgen de la Zarza, que ella se guardó. Me dijo que, en su huerto, canta una tortolilla que por el pico, a veces, echa sangre, y que yo pusiera mi gurriato en su nido.

Ella encogía al gurriato, ella le estiraba, y al pobre se le caía sobre la tortolilla una baba blanca.

Unos peditos que dio ella, al salir de su nido el gurriato, le dieron a mi nariz un exquisito olor, diciéndole:

-¡Qué bien hueles, Maricruz¡

-Daniel de Cullá

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