Moras y cristianas

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Siempre, desde chiquito, me gustó jugar con la pandilla a moras y cristianas. De la leyenda y cuento del Cid lo único que nos gustaba era el pasaje ese, cuando los Condes de Carrión, en Palencia, atan, desnudas, a las hijas del Cid en un árbol, azotándolas con sus vergas.

Jamás nos creímos los cuentos del imaginado mercenario, ni lo que nos decían acerca de él nuestros profesores nacional católicos, que estaban acojonados por no sé qué huesos habían tragado los perros rabiosos del César enano, que les habían mordido a ellos en vena, inyectándoles la rabia sacro facha.

Nada dice ni canta la leyenda tradicional acerca de los amoríos y puteríos de este personaje castellano, a quien le gustaban las moras más que a un tonto, o a un marica, el pirulí, o que a los chotos la leche. Tan sólo, algunas coplillas que cantaban los viejos ciegos por las calles y mercados medievales en las que sobresalía este prenda contando sus hazañas sexuales, alabándose de que "tenía unos huevazos tan extraordinarios", que fue el progenitor probado de todas las casas reales de Europa y del Califato, metiéndose en el dormitorio de los Reyes moros.

A estos ciegos copleros que cantaban hazañas en erótico, los esbirros y guardianes del tirano les daban unas hierbas venenosas parecidas al perejil; que, por eso, han ido, los pobres, desapareciendo, y creo que ya no queda ninguno.

También, fue muy buena una coplilla, Cíbolo y Cíbola (Macho y Hembra de Bisonte), que cantaban, y me entregó, impresa, un ciego, en el Mercado de Frutas de La Latina, en Madrid, donde cantaba a Beatriz Galindo, su fundadora, filósofa y escritora distinguida en sus escarceos amorosos con la Reina Católica, siendo esta coplilla de las primeras en Europa de tema lésbico, a quien hizo casar la reina con el secretario de su marido Fernando por el qué dirán, quien era maricón consagrado, ¡encima¡; o debajo, vaya usted a saber.

La pena de nuestro pene era que jugábamos en Vivar del Cid, pueblo natural de este hazañoso campeador, tan sólo con cristianas. Si hubiera sido hoy, qué sencillo fuera. Uno de nuestros amigos, de Gamonal, en Burgos, por ejemplo, se ha casado con una preciosa morita, diez años más joven que él; y eso que pensábamos que era bujarra.

Yo siempre pensaba en las moras, y las deseaba. Las deseo. Sentía la gravedad de mi péndulo por ellas y, como Galileo a través del telescopio, quería ver y adivinar estas preciosas moritas que, a la puerta de Atari, en Babelatari, Alcazarquivir; a la entrada del Bazar de Marruecos; a la puerta de la Mezquita mayor de Tánger; junto a las murallas de Fez, y a la puerta de su Alcázar, me recibirían con las piernas abiertas, mostrando su linda Raja.

Pero, nada. Como todos mis amigos, me tenía que conformar con "la Puri", "la Chota", "la Resu", o "la Galilea", a quien llamaban así, ¡qué curioso¡ porque su madre la trajo al mundo en un pequeño cementerio cubierto, sin atrio ni altar, fuera de la iglesia, porque era republicana.

La "Puri" a mí me sacaba de quicio, más o menos como al Cid cuando se enchochó con una tal Fátima de Valencia, de quince años, y sus soldados le llamaban el "Campeador Fatimita", o el "Jabonero de la Chirla".

Entre todos éramos ocho. Nosotros, las moras, ellas, las cristianas. La bóveda azul nos rodeaba salvajes, metidos como estábamos entre aligustres, hayas tricolores, hiedra de aguja, alcornoques, olmos de bola, acigüembres, lilos, acacias de tres espinos, cinamomos, endragoras, corriendo nosotros tras de ellas, con la intención de quitarles las ropas y dejarlas en cueros, impetuosos, con enamoramiento a la vista y galanteo.

En este combate, parecido al de Príapo con Vesta, en nosotros era el reír, yendo, como íbamos, con la picha tiesa, mientras ellas corrían de gusto llenitas de alegre pena, pues sabían de sobra que nuestro caballo les iba a montar a ellas y, en unos días pasados, tendríamos que casar con ellas, pues nuestro padres nos obligarían, diciéndonos, por supuesto:

-Si un polvo más o menos habéis echado a las cristianas, tenéis que haceros cargo de ellas, casándoos y haciéndolas feliz.

Nosotros, respondones a nuestros padres, contestando así:

-Al pasar por la palmera, padres y madres, ¡no os asustéis¡ hemos comprendido que no queremos para nada a estas cristianas, que nos vamos a meter frailes, frailes de san Joaquín; ya saben ustedes: un polvo allá y otro aquí. ¡Háganse ustedes cargo de ellas¡

-Daniel de Cullá

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