Apuleya

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Mi amigo es un caprichoso. Tiene unos perros encontrados en unas excavaciones habidas cerca de Carrión de los Condes, Palencia. Tiene una perrita a la que trata a mimo. Le ha puesto un collar de metal con colgantes de medallas de vírgenes y santos del cristianismo.

Es Apuleya y, ahora, gorma, vomita, y tiene lombrices como amuletos de marfil. Me ha invitado a ver cómo se las saca con un tubo de vidrio con irisaciones metálicas y la figura de un perrillo corriendo.

Es un hombre feliz, tiene varios perros con pinta de lobos y muy mal colmillo. El domingo pasado, uno de ellos me mordió en la rodilla. Cría cerdos de pata negra, y unas chotas a las que ha colgado en la nariz una sortija de oro.

También, tiene dos caballos y un poni. Se mata a trabajar; no queda harto, pero está satisfecho pues su mujer le acompaña en sus trabajos. Me ha ofrecido unas pasas gorronas de gran tamaño, desecadas al sol, y una cerveza. Todo está bueno.

Me habla de un garito que hay a pocos kilómetros de Palencia capital, San Julián del Pereiro, donde suelen ir misioneros salidos, bastardos e hijos de puta. Me dice que un tal Gomes, dominicano, es quien trae y lleva trabajadoras del sexo que son verdaderas gomias del amor.

Vamos a ir, porque, como él dice: "quien no consume, gasta y jode, es un muerto".

Nos ataviamos y adornamos nuestras personas, marchando como gondoleros venecianos; alegres, porque nuestro instrumento de luz iluminará la oscuridad del lenguaje que adolece la Vagina.

-A ver quién se lleva el mejor flujo mucoso, dice, como dijo Sade, en Gonzaga, una aldea de la Lombardía a unos príncipes con cara de historia.

-Sí, a ver, le replico yo.

Llegamos al garito, y este garito es un antro viejo, "de la época de Carlos V", nos dice el tal Gomes, celebradísimo en la leyenda y en la historia porque tenía una puta a su servicio para cada día del año, que, a veces, compartía con su confesor y el arcediano; entre ellos, un tal Telmo, dominicano.

Las chicas que nos muestran son de muchas carnes. Están hermosotas, mantecosas. Yo me he encaprichado de una, y el tal Gomes me dice en voz alta: "te ha tocado el premio gordo". No me importa, pues es muy guapa y me recuerda a Mama Cass.

El acto fue muy gratificante, muy elevado, pues me sentía en los Alpes Suizos, en el san Gotardo, y gocé como un enano en la olla o remolino de su Chichi, sintiendo hasta su trompa de Falopio alechugada y encañonada.

-Créete, le dije a mi amigo, que no se había comido una rosca, que he hecho quiebros con Amor en su garganta, pues ella comenzó a hablar como un niño al tragársela.

-Eres un marica, ¡capullo¡ me espetó con sumisión.

-Pues, te jodes, le repliqué yo. Cuando consigas de muchas gotas de cera hacer un cirio pascual, me hablas, gilipuertas, que tengo gozo y alegría, no como tú, que tienes tu gozo en el pozo.

-Daniel de Cullá

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