Haz cacas en el corral

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Recuerdo aquellos días, cuando joven, que me invitaban los amigos de mis padres a las fiestas patronales en sus pueblos, de Cuenca y de Segovia, donde, por encima del grito y clamor de las alegrías y jolgorios de las gentes, resonaba en las calles, las cuadras y corrales, el Rebuzno del Borrico. Más o menos como ahora.

Estas familias, por mí admiradas, eran todas protectoras del Rebuzno, y me enseñaban, como un cura pedogogo, los medios verdaderos de acertar en esta ciencia, como nos enseñara Miguel de Cervantes en su Don Quijote, que acertó en materia tan sublime, enseñándome, ellos, a lanzar sonoros Rebuznos en versos romancescos.

Por lo general, en estas fiestas cogíamos unas cogorzas como para morir y vomitar las asaduras. En las Peñas, nos desmadrábamos y nos comportábamos como cerdos, cochinos, marranos, toda vez que habíamos bebido más de la cuenta, con las chicas, que gruñían como las cerdas, y nos decían, salvando con sus manos el Chumino: "Oh, gloría mía, esto está reservado".

En todos estos pueblos, no había entrado en las casas el agua corriente. El hombre, por lo general, era confitero o labrador, y la mujer pastora. El hombre fumaba y la mujer le hacía los pitillos. También, ella cogía la plancha de hierro con hueco dentro, calentada con tizones, y planchaba la camisa de papá, tan sólo la camisa, pues los pantalones no se planchaban, "pues son de pana y cuanto más sucios, mejor".

Más de una vez, alguna de estas mujeres le había planchado a su marido la picha, por haberle calentado, él a ella, con sus pollinales centímetros de sexo, haciéndole a él cantar tales gruñidos, que se escuchaban en la Catedral de provincia y, las más de las veces, tenía que llegar el juez de paz y dilucidar el alcance de tal asinino pleito de pareja.

Un día, al final del correr de la fiesta, repleto mi buche de asado, vinos y licores de toda ralea, tuve que volver a una de las casas, como cazador corrido por conejos, zurrándome el tambor, y un ansía enorme de cagar; el culo a punto de acabar su misa mayor.

Entré en la casa y dije:

-Señora, ¿dónde puedo cagar que me estoy meando a chorros y la caca ya se mece?

Ella contestó:

- Haz cacas en el corral, mejor que en la cuadra, pues en la cuadra te puede pisotear el Burro.

Qué maravilla entrar en el corral, inclinar las rodillas, apretar las caderas intentando hacer puntería en las gallinitas que, corriendo, venían, junto con algún que otro pato y pata, a escarbar la mierda. Lo que más me estorbaba, cagando, eran las tan motejadas moscas de la mierda que, con extraordinaria habilidad, se colocaban sobre mi culo alrededor del ano.

Yo no sé si con picardía o no, la señora, que estaba en la cocina con ventana que da al corral, y me veía, ordenó a su hija, recién llegada de la fiesta:

-Hija, ve a ver si han puesto huevos las gallinas, que tengo que hacerle una tortilla francesa de dos huevos a tu padre como todas las noches de los días; no vaya a ser que les estén picoteando.

La hija, obediente, fue a ver si habían puesto huevos las gallinas; pero, volvió sin ninguno, preguntándole la madre, antes de ver que ninguno traía, algo que yo ya me presentía:

-¿Dónde están los huevos?, respondiéndole la hija:

-Las gallinas los están picoteando, que por eso el chico de vuestros amigos, de un lado a otro del corral, va saltando.

Yo no digo mentiras, pues os recuerdo, ahora, alguno de estos pueblos que mi memoria acaba de localizar; estos: De Cuenca: Carboneras, Cañete, Salvacañete, Tragacete, Priego…; de Segovia: Fuentepelayo, Pinarnegrillo, Narros, Navalmanzano, Cuéllar, Turégano, Cantalejo, Sepúlveda, Riofrío…

-Daniel de Cullá.

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