Orante a modo de capucha

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Al mismo toque de campana con la oración gramatical de la noche del sentido, me sentía yo como un pitoniso orante a la divinidad que ellos falsamente adoraban, que no yo, pronunciando oráculos por la espalda como Tales de Mileto o los moros granadinos del siglo XV, o Tespis en las fiestas de Baco, sintiendo por la espalda una ave zancuda vestida con sotana que sobre la cima de mi chepa colocaba un pequeño resalto tieso, un cucurucú, especie de culebra, formando una verdadera pieza dramático religiosa, como un Códice de los Feudos del siglo XII.

Yo era el Orante dentro del mismo Oraculo meciendo en mis brazos a Apolo de Delfos, a Zeus de Dodona, pero no a ese dios de los curas que tiene el cerebro parecido al desierto de Libia, y son los menos indicados para hablar en público, pues sus vientres están llenos de pedriscos y vientos, mantenidos por la fe que tienen en Onán, señor de un Delfinado más turbante, cuyo testigo carnal pasa por diversas manos, terminando en la costura de puntadas mal hechas y excomulgadas del sacro ano encubierto, cual campesino que se ponía en tiempo de guerra en un paso o vado para observar los movimientos del enemigo, como el cura Merino en la Guerra de la Independencia.

La oración era un momio por el que conseguíamos con poco sacrificio y a costa propia la felicidad interior. La mística era la maña para lograr cucañas, como se lo monta y se lo hace el prostático, que se guiña a sí mismo el ojo y hace burlas al Amor, sea cucarro o fraile, o mujer morena. Por la oración y la mística, yo me sentía tarugo redondo de madera donde se encajan los rayos del sol, con un ojo solo de reloj en que se arrolla la cuerda de la oración, colocado sobre el torreón de las Siete Moradas, de Teresa, donde se asientan seis culos cuadrados iguales entre sí, y el siete se multiplica por sí mismo.

En cuclillas en mi camino de perfección, doblados el cuerpo y las piernas de manera que las nalgas descansen en los calcañares, cubierto de hermosísimo plumaje de rezos y oraciones, mi Alma amada, acabadita, perfiladita, graciosa, esperaba encontrarse con el Amado, marido de la adúltera, taimado vividor en el juego espiritual enviciado con nueces, avellanas y hostias de yuca de Colombia dadas a cada campanada en verso parecido al del cuclillo Cucufate, cerca de Barcelona, colocado sobre una aguja para hacer redes de seda, algodón, etc., que tienen pelo por la haz.

Al despertar del sueño místico y cruzar mis manos y mis pies, mi alma amada estaba echada cual ave sobre los huevos. El padre Cucarro, con inflamación del hígado y una sonrisa en los labios parecida al fleco en la parte inferior de las enaguas, metía en el bolsillo de su sotana su cuchara empleada en el fango del Amor, escapando sobre un felpudo hecho de piel de cabrito como perro corriendo, escondiéndose, después, en una vasija de calabaza hecha para regar a mano el pie de la planta del tabaco.

-Daniel de Cullá

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