Jairo, mi sabueso

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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"To ane lo memo = Todos somos iguales"
Lengua palenquese

Junto a un jago, especie de palmera muy elevada, silvestre y tropical de la especie de los bejucos, levantó Jairo, mi sabueso, su pataza trasera para orinar, pareciendo un perro, cubriendo de una capa como de yeso o mortero el caparazón de una especie de cangrejo que llevaba escrita una historia de un rey de Mallorca que fue penetrado por su primo, como el conde de Urgel por el de Antequera. Que lo mismo pasaba en Inglaterra y en Escocia, que por eso lloraba a mares la desgraciada María Estuardo junto a un Jaimiqui, árbol silvestre de Cuba, cubriéndose, desnuda, con una capa moruna con capucha, orinando en la curva que se hace a la madera que se ensambla con otra para mayor solidez, pareciendo un ja,ja,ja, que denota risa.

Un jalandrino o palomo halaba la raíz de una hierba de amarillo subido. El cielo parecía una conserva congelada y transparente preparada con el zumo de las uvas de las cepas de mi cuñado y el color de las aves. Las nubes hacían sillería, y la cara de dios se aparecía en marcos cuajados, lo que luego llegó a ser el culo de Francisco, que era el mejor bailaor popular de Andalucía, lleno de jarana, diversión y bulla, en Cuestas de Maguín, cerca de Menjíbar, en Jaén, donde yo me encontré un tenebrario bajo el puente sobre el Guadalimar, por aquellos ojos abiertos que nunca vi cerrados, por donde cuentan que pasó la virgen vestida de colorado; vestido que nunca vieron manchado los paisanos, tan sólo con gotas de sangre de su período sacrosanto.

Yo animaba a mi sabueso Jairo con palmadas y movimientos para que corriera y saltara, y del huerto de un anciano ciego, Siroco se llamaba, parecido a esos que cantaban por mercados y plazas, me trajera de su manzano unas manzanas, para al mismo perro entretener y yo comerme alguna, y al anciano hacerle el milagro de ver, como lo hice en un huerto de Hontangas, en Burgos, a otro anciano que no veía ni pajota, que vio, metiéndole yo por el culo una manzana de reineta, y él haciéndome una paja, comenzando el ciego a ver cuatro leguas arriba, por donde iba cantando: "A quien a mí me ha hecho tanto bien le regalaré una de mis morcillas mayores, y le pondré sobre ascuas el jallullo que me traiga, pan o masa, como los culos que se asan cerca de las ascuas".

Un tren de cinco calderas cruzaba la campiña de ricos olivares, parándose, casi siempre, en un apeadero llamado Calvario, con una fuente para echarle agua a la caldera de la máquina conductora, donde cuentan que viene el demonio a darle de beber agua a su caballo Matalón, con una inscripción que dice: "el que de esta agua bebiere tres veces antes de hacer el amor, (han rayado esta palabra y, por encima han escrito joder), no irá al infierno su alma, por muy puta o putero que se sea".

De una jamerdana, paraje donde se arroja la inmundicia de las reses, y donde jamerdan, lavan mal y de prisa las reses y sus tripas, en especial del cerdo, para hacer morcillas, venía mi sabueso Jairo, colgando de su boca, entre dientes, una especie de tela antigua, perseguido por una mujer que ya ha pasado la primera juventud, muy jamona, con una estaca aguzada, gritándole a mi perro, al estilo jándalo, el andaluz que no es verdaderamente andaluz, sino por haber vivido largo tiempo en Andalucía:

-Suelta ese pernil o brazuelo de mi puerco después de curado, perro cacho cerdo, que te va a servir para mortaja.

Calló al verme y decirle yo:

-Pero, señora, si no es más que una trastada de Sabueso.

Nos miramos el uno al otro, esperando una respuesta, aún no dada; y ella, como un evangelista que por el monte predicaba, exclama, poniéndome en jaque:

-O muere su sabueso o me hace de redentor, dándole vida a mi Chumino. Y usted ¿cómo se llama?

-Jansenio, señora. Y usted puta, sin duda ¿no?

-Daniel de Cullá

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