Milagro de Santa Pe

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Siempre con una virgen de Fátima pequeña en su mano, un rosario de ébano traído de Tierra Santa en su muñeca y una oración permanente a san Antonio, a san Amaro y a la virgen del Henar en sus labios, la santa paseaba Burgos desde el paseo del Espolón hasta la ermita de san Amaro, en el Barrio de las Huelgas, en Burgos, no sin antes, casi a mitad de camino, entrar a confesarse en la Iglesia del Carmen.

Si la preguntabas, pero Pe, ¿qué es lo que le dices al señor cura, si tú no necesitas confesar? ella respondía:

-Le digo: Vengo a confesarme, padre, de los pecados que no tengo. Hágame usted la bondad de interceder por mis padres y mis dos hermanas fallecidas; las mejores de mis hermanas. También, por mi hermano, que dejó los hábitos, pero es muy bueno, aunque algo pícaro.

Hacía un silencio, y seguía:

-Ay, sí, sí, también, que se cumpla lo que me predijo una Adivina, echadora de cartas: que tendría un novio que me querría más que a la vida, y no como el primero que tuve, que trabajaba en la Nuclear, a quien le gustaban el yoga y los porros más que a los chotos la leche. Y, cuando le preguntaba por ver si me daba palabra de casamiento, él me daba largas y me decía que nunca vendría conmigo a la iglesia.

-¿Y se te cumplió la adivinanza?

-Pues no. Dejé el amor a los hombres y seguí el amor a Jesús, a mis santos predilectos y a la virgen del Henar, quien se me ha aparecido un montón de veces, no tras un encinar como a los pastorcillos o a las caras bobas, y hablo con ella. Siempre se me ha aparecido vestida de enfermera del Hospital Gómez Ulla con un niño Jesús vestido de doctor "Garbancito". También, en la Residencia de Mayores de Villaviciosa de Odón, en Madrid.

-¿Y qué nos puedes decir, santa Pe bonita, de aquel confesor, pecador y embustero, con el que confesaste en Jesús de Medinaceli, en Madrid?

-Ay, no, no. Estaba confesando con el confesor, cuando él me dijo:

-Fíjate, niña bonita, fíjate en el confesor

-Le miré y me di cuenta que me enseñaba una pilila por encima de su sotana, a la que adoraba pues le decía:

-Levanta, levántate pija mía, que soy yo.

-Yo caí al suelo desmayada, y sobre un banco de la iglesia me colocaron unas beatas que olían a demonio.

Sonreíamos sin aspavientos.

Cuando llegábamos a la ermita de san Amaro, ella le rezaba y rezaba, y se dolía de ser fruta vedada para cualquier Adán, por no haber pecado nunca de Lujuria, sintiéndose obligada a padecer por siempre en la vida porque el rey del Cielo y tierra lo quería.

Como así fue.

Ella, sentados en un banco de piedra colocado en lo que fue cementerio de peregrinos y leprosos, alrededor de la ermita, nos contaba que siempre, el día 8 de Mayo, que celebraba la iglesia de España la conversión de los godos al catolicismo, vivía un milagro "por amar a Dios como debo, a la Virgen y a todos los santos". Que este milagro era, aunque le daba reparo decirlo, que, cuando iba a hacer de vientre, este día, cagaba trufas, iguales a las criadillas de tierra u hongos. Que un día le llevó un cucurucho de ellas, parecido a los cucuruchos que nos venden las castañeras por un Euro, cuatro o cinco, al doctor "Garbancito", quien se maravilló y puso muy contento, cogiendo una, dividiéndola en dos trozos, que comimos ambos con gusto y fruición; regalándole el doctor a mi asistente social que me acompañaba, Betty de Ecuador, un par de ellas envueltas en papel de color de caramelo, que el doctor coleccionaba; quedándose el doctor con tres, diciendo:

-Pe, cuando me coma estas tres trufas pensaré en ese lunar que tienes junto a la boca.

Respondiéndole yo:

-Doctor, no me lo besará nadie que a usted le choca.

El frío de la estación invernal y eterna de Burgos, nos obligaba a regresar a casa, sin pararnos, si quiera, a tomar un chocolate en Ibáñez, cafetería chocolatería.

-Daniel de Cullá

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