A la puerta de una casa de citas

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Antes de decidirnos a pulsar el timbre de un piso noveno derecha, nos llamó la atención que una extranjera le decía a su novio o marido, o lo que sea: "kal ho na ho", que yo entendí como "calzonazos", como le dije a mi amigo quien, al instante, empezó a despotricar contra la gente de fuera que ha inundado nuestras ciudades.

-Es de asco, afirmó mi amigo, que vayas por la calle, entres en los comercios o tiendas, y tan sólo escuches voces extrañas. No es que yo no quiera que nos venga gente extranjera, pero toda esa serie de malhechores que nos han llegado, que se dedican a atracar o robar, como nos informa la tele, infunde miedo.

--Es verdad que gente semejante nos tenga que preocupar, pero son casos aislados, le contesté yo, siguiendo: -La tal o cual morita, las guapas y estupendas rumanas, las dominicanas que conocemos, son buena gente, y todas han llegado escapando de lo espantoso de sus naciones, llegando acá para buscar su porvenir.

Hice una pausa, y seguí:

-Nada más tienes que ver lo que les cuesta buscar trabajo. Si les cuesta a nuestros hijos, que más a ellas. A veces, desean casarse para conseguir la nacionalidad, como ya te paso a ti, ¿recuerdas?, con la madre de una morita, que te propuso matrimonio con su madre por el precio de dos mil euros, que se truncó porque tú lo aceptabas con la condición de que en el lote entrarían la madre y la hija.

-Sí, sí, exclamó sonriendo. En ese momento, me sentí moro. Y con gusto y con esmero me hubiese dedicado a las dos, si ellas me hubieran satisfecho de placer, pues la hija está para lamer, que ya nos proporcionó la ocasión si no hubiera tenido la regla; aunque a ella no le hubiera importado, como bien sabes.

-Ya; me acuerdo de ese lance. Y todo fue por tu culpa, por tus ascos, pues no sabes la dicha que produce hacerlo con la regla; que parece el amor en sangre sepultado, y vas creyendo, mientras estás haciendo, que jamás escaparás del peligro de la sangre.

-Como bien sabes, yo nunca bajo ni bajaré a esa sima, aunque tú me digas que cuando le lames y mordisqueas, oyes sus lamentos y te excitas, al verla como muerta.

-Sí que es excitante, majo. En la O de sus lamentos, feliz y muy alegre se encuentra el más Burro.

En esta charleta, no nos dimos cuenta de que un grupo de vecinos y vecinas del edificio, reunidos en comunidad en medio del portal, hablaban del peligro que suponía para la Comunidad el tener en el edificio una casa de citas. Que se aprobaba en junta extraordinaria el rogarles a las chicas, por las buenas, que se marcharan, porque, por las malas, las denunciarían.

A nosotros nos dio pena, mucha pena, pues las vimos marchar en fuga. Eran cinco, y una de ellas decía:

-Qué hijos de puta. Que gavilla de hipócritas. Que hijas de mala madre. No saben que a sus maridos, Asnos de Baco, les hemos dejado caer, más de una vez, en nuestra sima.

El presidente de la Comunidad se vino a nosotros, preguntándonos:

-Y vosotros, ¿qué hacéis aquí, como pasmarotes, en la puerta?

Los dos le respondimos al unisoso, sí unisoso, el presidente:

-Esperando a un amigo del quinto.

-Daniel de Cullá

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