Ayer tuve un sueño

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Ayer tuve un sueño, que fue un hecho vivido de Verdad. Con la cabeza como un arado fui haciendo surcos de espiritualidad carnal hasta el Cielo. La pasión de Cristo, comparada con la mía, es un juguete para seminaristas trastornados y tontos del Culo, cual calabaza simple: o a cata en las de las monjitas.

A tuvolé, a todo vuelo, á toute volée, creciéndome naturalmente la pasión, sin podarla, llegué hasta las puertas del Paraíso, donde crece tan sólo la mata de café. Desde dentro se oía de un gramófono un disco rayado que sólo cantaba en gregori-ano "bravo" "aver".

El paraíso o cielo nada tiene que ver con el de los discursos episcopales. A mí, de entrada, me pareció un Castellum o Tudae ad Fines elevado sobre los cerros de Úbeda, con forma de ubre o teta. Un ujier, cual portero de estrados en Palacios, tribunales y dependencias, que llaman, desde la infancia, san Pedro, me esperaba en la puerta, que es quien da ubicuidad a las almas.

Él dijo con voz gangosa, a estilo sordomudo, recodándome que, poco antes, no habían sido admitidos ni Tycho Brahe, célebre astrónomo, ni Federico II de Dinamarca, ni Kepler.

-Es tu cielo; pase ucé, usted; cerrando, al instante, la puerta a muchas hembras de mamíferos que esperaban; cogiéndome de la mano, para presentarme al Altísimo ubiquitario.

-¡Qué gloria¡ exclamé yo.

Parecía un grande Síncopo de Usarcé, un Paraíso en forma de Ubre, sola de Dios, como la de Uclés, en Cuenca, donde batallaron "los Siete Condes" del ejército del emperador Alfonso VI, rey de Castilla y de León, vencidos por el de los almorávides africanos, perdiendo la vida el infante heredero don Sancho, niño de once años de edad, hijo del rey y de su mujer Zaida, hija de Motamid, rey musulmán de Sevilla, con la que el Cid, posteriormente, yació al mismo tiempo en todas partes.

Cuentan que el niño Sancho al expirar, gritó: "¡Alá, Alí¡" mirando todos, viendo flotar en el aire un ala de mosca.

Del Cielo: en un ubérrimo trono, muy abundante y fértil de nubes, que, en un principio, me pareció la estatua de Cibeles que adorna el Prado de Madrid, realizada por Francisco Gutiérrez, natural de san Vicente de Arévalo, en Ávila, como extendida desde arriba sobre la parte llana de las provincias de Huesca, Zaragoza y Lérida, como yo divisé, se hallaba él, el gran Dios. Su cara era de torta de aceite de Roa, en Burgos, Su cabeza la cubría un tejido de pelo de cabra y lana. Su cuerpo y pies desaparecidos entre las nubes. Estaba aflojando la mediana de un reloj solar a punto de dar las doce. Una especie de garrote sujetaba cada una de las dos cavidades que hay entre las costillas falsas y los huesos de sus caderas. Lo más llamativo fue que encontré sentados a su lado derecho e izquierdo, por este orden, a Carlos Marx y a Bakunin, el uno sentado sobre un asiento original gótico del Arzobispo de Toledo, el otro, sobre un asiento original gótico que perteneció a san Isidoro de Sevilla.

Por el suelo celestial había desparramadas obras legítimas de estos dos autores editados en el norte de Valencia y Cataluña. Los libros de santos, milagros y apariciones, se encontraban en una gran papelera sobre la que había una inscripción que decía: "Sin legitimidad".

Yo, con mi impaciencia de aprendiz de "místico para santo", la misma impaciencia que cubrió a Homero cuando cantó su famosísimo poema épico de la guerra de Troya, la "Iliada", le pregunté a san Pedro que dónde estaban los demás; él, diciéndome:

--A las almas de todo mortal Dios convida a que sepan la feliz o infeliz hora que el reloj de sol les va a dar. ¿Sabes, alma amada? Dios no quiere santos en el Cielo. Gañanes y gavilanes del Culto y Erario Público van a aparar a las calderas de Pedro Botero. Fuerte será su grito, que escucharán ellos mismos, y que apagarán mordiendo onzas de oro hirviendo, sin consumir.

Santas, beatas y tontas trabajadoras del Culo padecerán su soledad, pues nadie se acordará de ellas, doliéndoles constantemente los dos huesos que forman las caderas, moviendo mucho y aceleradamente las ijadas por efecto del cansancio eterno, que velarán angelitos y demonios buenos figurados con solo cabezas y orejas de Burro.

Los asesinos, violadores y señores de la guerra padecerán tantos tormentos, que no les salvarán ni oraciones ni misas, arrancándose sus propios corazones, tragándoles enteros, escupiendo sangre y veneno que beberán constantemente los amos de fábricas de armamento y laboratorios para terminales enfermos.

¡Sabes? Siempre, cuando el reloj de sol marca las cinco de la tarde, los toreros vienen y dicen:

-No traigo ningún consuelo, pobrecitos toros infelices. Ojalá ellos me hubieran clavado el cuerno por el Ojo del culo.

Los cantaores, bailarines y coros van al Purgatorio, como, también, los republicanos, ateos y masones. Allí subsistirán ellos, y no les faltará la luz, aunque el pezuño de césares enanos y tiranos creyentes les apriete el calcañar.

Los pobres de la tierra, los inmigrantes, los huidos de las guerras y actos de terror, meapilas y beatorros no ocuparán sitio ni en el cielo, el purgatorio o el infierno. Todos ellos nadarán en una balsa de aceite en cocimiento eterno sin dolor, metidos en ollas grandes sujetas a las nubes; siendo los delantales que cuelgan, sepulcros celestiales bajo un firmamento que aprieta cual herejía. Todos ellos, en su simplicidad y mentecatez, con imbecilidad supina, verán a dios, como ya cantara, en su día, Víctor Hugo.

-¿Y yo, dónde estaré? Le pregunto a san Pedro.

-Tú, me responde, en la Imaginería, haciendo imaginaria, como cuando lo hacías en el campamento del CIR nº 2, en Alcalá de Henares, Madrid, guardando en vela, cual soldado raso, la noche mientras dormía la compañía.

Yo no sé, pero quería salir de este cielo del Padre celestial, que no decía ni "mu", acompañado de Marx y Bakunin, que movían las hojas de sus libros con los dedos de los pies. No sentía alivio ni pena por las almas que allí quedaban. Un cínife, el muy cabrito, venido de Fuentes Blancas, un paseo jardín de Burgos, me vino al oído derecho, taponado con cerúmen, diciéndome:

-Pecador, las ocho son; ya puedes considerar que en el mundo todo acaba, como estamos estarás. Padres, hermanos, tíos, primos, hijos, parientes, todos juntos. Mi pene, como la trompeta de un militroncho anunciando Diana, me dio el aviso ventral, pues tenía que llegar limpio al retrete, despertando del todo en ventosidad rompedora.

-Daniel de Culla

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