Mi mujer me ceba

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Dice mi amigo:

-Mi mujer me ceba como a un choto. ¡Me quiere tanto¡

-A lo mejor, lo que quiere, le digo, es que mueras panzón y sin dientes. ¡Pues mira que aún no te hayas arreglado la boca¡

-No importa, me responde. Tengo la lengua de una fiera y un estómago acostumbrado a sebo con garbanzos.

Calla, hace un respiro catarroso, y sigue:

-Además, que si no como, no me da de su medicina a la hora de la siesta.

Yo me asombro, pero él sigue:

-Cuando vamos a la cama, entre las sábanas metidos, y si es en invierno, con la manta eléctrica, ella me la encoge, me la estira, y a mi pobre pene se le cae algo de babilla, muy parecida a su saliva.

Hace un silencio, mientras yo me río. Sigue:

-Yo acerco a ella mi carota, y llevo mi lengua a su chumino, mientras le canto:

"Me quisiste, me olvidaste, me volviste a querer
Las ancas que deshice me las vuelvo a poner
No en mi ser, sino en la lengua, pues soy tu pellé (pellejo)."

Con mi lengua saco de su tintero pocho y arrugado ponzoña y tinta envenenada, y mis pocos dientes juegan con el cielo de su vaina a boca cerrada. Si ella me quiso mozo libre, ahora es bueno que yo la quiera aunque sea un soldado herido.

Le corto, y le digo, como advirtiéndole:

-Pero, amigo, si esta es una clara señal de que tu mujer te quiere envenenar; de que te vayas pronto al otro barrio, y ella pueda bailar con quien quiera en el Centro de Día de Juan de Padilla; nunca mejor dicho, y tú te vayas adonde se fue el padre Padilla, a hacer puñetas.

-Pues tienes razón me responde. Pero creo que será tarde. Tengo fe de que no muera yo porque le dé un lametazo a su chumino, pues al rey, la nobleza y sus barones tampoco les ha pasado, creo yo, ¿no?.

-Eso sí que es verdad, le respondo yo. El sigue:

-Lo malo de esto es que ella, cuando me está frotando y sobando mi cirio carnal cual Aladino su lámpara, el único Duende que sale por las alas de su culo es un pedo endemoniado que lleva malas porfías y peores olores. Encima, ella me dice:

-Mariquita, quiero cagar, tengo la tripa como un tambor. Los garbanzos que he comido no me han hecho la digestión.

Y marcha corriendo al servicio, dejándome destapado, con la mala intención, lo sé, de que coja un resfriado y me acatarre; o coja una bronquitis de muerte, que me lleve al otro barrio.

Hace un silencio, y sigue:

-Además, y por eso que dicen que dos que follan en el mismo colchón se hacen de la misma condición, me pongo a pedorrear, ventosear, y me parece que me voy a cagar.

Hace otro silencio, y sigue

-Ay, cagar, mear, peer es toda la ilusión de nuestra vejez activa.

-Daniel de Culla

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