Un paseo por mi rastro madrileño

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Qué de bellos, amables y gracioso recuerdos me trae al volver a patear el Rastro madrileño.

Subíamos andando desde la plaza Marqués de Vadillo, donde vivíamos, un amigo salido, también, del seminario como yo, y partíamos desde Tirso de Molina, por entre esas callejas tan oscuras donde mujeronas en las puertas nos ofrecían cantando: "Pipas, chicles, caramelos; hay plan". Siempre mi amigo elegía la misma, para echarle "el primer polvo mañanero", como él decía.

A Anagira, "La Fétida", así la llamaban, que era un alma preciosa, pechugona, con un culo que pedía ser casado, era a la que m amigo siempre elegía. Yo subí con ella una vez, mejor dos, Eso era morir de amor, como el carnero abrazando a la oveja perdida, y gritando: -¡Padre eterno¡.

A los pies del monumento a Cascorro, siempre quedábamos con dos mocitas, que decían ser estudiantes y madrileñas, pero que habían nacido la una en Albacete, la otra en Cuenca. Paseábamos con ellas los tenderetes y los puestos, y siempre nos íbamos corriendo. Ellas reían y reían como saben reñir las mozuelas; y más adivinando cómo se nos consumía el cirio de los remedios.

Siempre, nos parábamos en el puesto de altramuces. Nos encantaba escuchar al vendedor zamorano, Lupino Albo, que gritaba anunciando con picardía: "Chochos, chochos frescos de Villardeciervos de Zamora". Después, nos invitaba a ellos, y le comprábamos un vaso lleno. Las chicas se ponían sonrosadas moviendo su talle como frágiles góndolas del sexo incierto, temerosas de que el lobo, que éramos nosotros, les comiéramos el haba.

Nosotros dos mirábamos con pasión a las dos hijas de Lupino, que le acompañaban, y ue renegaban porque no querían cantar lo que su padre cantaba, y les ordenaba.

Seguíamos de puesto en puesto, abrazando a las muchachas, haciéndoles sentir nuestra devoción de amarlas, comiendo de estos chochos y pensando en sus castañas.

También, nos parábamos ante el vendedor hindú de ungüentos, que nos regalaba con pachuli que, luego, nos hacía oler como a demonios salidos haciendo sexo con devotas princesas, solteras y casadas.

Nos encantaba escuchar a los charlatanes, que en el Rastro había. Eran como curas vendiendo tanto conjunto de peines con una guirnalda, que, cuando les llevabas a casa, no peinaban y sus púas se clavaban en la sien; como, también, juego de espejos de distinto tamaños y de buen ver, que cuando les veías en casa, todos estaban rayados. También, cuchillos de Albacete que allí sobre la mesa lo cortaban todo, pero que, cuando les íbamos a usar en casa, estaban malamente aserrados.

No nos perdíamos nunca al trilero y sus secuaces. Cómo se reían de las inocentes dándoles confianza y firmeza de ganar en el juego del bote botillo, el de la bolita y los vasos; igual que hacen los políticos con el pueblo; escapando con la mesa y tapete cuando un compinche les avisaba de que venía la pasma.

Después, antes de marchar, nos tomábamos unas cañas en un bar que servía gallinejas, caracoles y alitas de pollo al ajillo fritas. Allí nos reñíamos con las chicas, preguntándoles:-¿Dónde tenéis los chochos?; respondiéndonos ellas:

-Les tenemos en nuestro dormitorio, en la residencia de monjas, en Argüelles, en una urna metida.

-¿Podemos comerciar con vuestros cuerpos? Estamos pasando hambre, y vosotras tan rebonitas.

-Dadnos un buen dinero por nuestra castidad, respondían alegres ellas dos, al unísono.

-Daniel de Culla

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