El amante que se miró al espejo

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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...Y VIO EL CHUMINO DE SU AMADA

Era anochecida, y el Asno, que se encontraba en el piso de abajo, debajo del dormitorio de los Amantes, en la casa de labranza del abuelo Vallelado, Rebuznaba con jactancia, salido a la calle, al pueblo vuelto como hacen el político en su mitin o el cura en su misa, mientras la Burra insumisa le andaba a la husma.

Allí, al pasar, le saludaban las mujeres, los niños, los mozos y los viejos, admirándole al elevar su Rebuzno hasta el cielo, que, para ellos y por ellos, tres veces repetía del modo más solemne. ¡Qué devoción demostró un anciano al quererle imitar bien recio¡ Un anciano que nos contó en el bar del pueblo, que a su padre le llevaron a matar "a las cunetas de bien lejos" los nacionales fratricidas y asesinos, entre los que se encontraba el cura párroco, ¡y sólo por haber imitado el Rebuzno de un Asno suyo, al que llamaba Republicano, en un Pleno del Ayuntamiento, para después gritar allí: ¡Viva la República¡

El único calor que tienen los amantes en el dormitorio, es el que les llega de la cuadra de los Burros; y el de su amor, claro, cuando se esmeran como devotos prosternados más allá del Sexo; que ejecutan con esmero y mucho placer, exhalando y jadeando su contento como Asnos.

A la mañana siguiente, el Amante, levantándose con esfuerzo, lo primero que hizo fue ir a mirarse al espejo con santo celo. Antes de seguir deciros que esto pasó en Castilla, si no miente el amigo que me lo dijo, a quien sigo y creo; advirtiéndome de que no haga mención de esto a ningún particular del pueblo.

Pero que sí puedo, y si quiero, hablar de ello en el Azoguejo de Segovia, lugar de encuentro de paletos.

Cuando se vio ante el espejo en todo su desnudo esplendor, cuál fue su sorpresa que quiso quitar, o mejor romper el espejo. ¡Su cara dibujaba el Chumino de su Amada¡ y su cuerpo estaba encerrado en un vientre de Asno artificial. Todo él rodeado de monjes que vestían con trajes de procesión.

Hoy era Sabbat, sábado. Su cara-chumino de la Amada era una mandrágora, un hombrecillo pequeño con poca barba, un grimlie, un lebracán, un caganer o trasgo feérico, un "Petit Albert" idéntico a Martín del Río, teólogo, quien colgó el mismo sambenito de herejía a brujas y hechiceros, quien le hizo una paja inquisitorial a una mandrágora, delante del tribunal que le juzgaba como hereje, ante el plausible y maligno pueblo.

Asustado, cogió una cruz que colgaba en la pared encima de la cama matrimonial y, diciendo: ¡qué linda es esta cruz¡ se volvió hacia el espejo golpeándole con fuerza marcada y con ganas, haciéndole añicos; volviéndose negra la cruz.

A los golpes, despertó la Amada, diciendo:

-¿Qué son esos golpes? ¿Qué pasa?

Respondiendo él:

-No, nada. Que mañana nos vamos para Cuéllar, y no dormiremos en la misma cama, de seguro. Sigue durmiendo.

-Daniel de Culla

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