La Yecla

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Cojo un autobús con un cartel que dice que me lleva a la Estación de Tren, pero, al poco de echar a rodar, advierto que me he equivocado, pues me he sentado en uno que me lleva a la Yecla, según me advierte una señora que ocupa un asiento al lado de la ventana, junto al mío, que da al pasillo. Este autobús no lleva ruedas y los viajeros no tienen cuerpo ¡tan solo cabezas romanceadas sin expresión alguna¡

En un panel, dentro del autobús, por encima del conductor, que sí tiene cuerpo, veo un panel con una carretera dibujada que indica el recorrido "Silos - Caleruega (de Burgos), y, en mitad, La Yecla profunda; estrecha garganta de materiales calizos que caracterizan las Peñas de Cervera, que pasamos, y donde me bajo ilusionado, pues a mí me hace recordar, y ver en ella reflejadas las gargantas profundas que gozamos, cuando de joven, entre habaneras y salsas, hacíamos fuego graneado mis amigos y yo con hermosas hembras de Santo Domingo y la Habana, perdidos cual machos cabrones hispanos.

Voy con unas sandalias que tienen los días contados, que se agarran a los escarpes del angosto desfiladero horadado por la acción de las aguas del arroyo El Cauce. La huella del hombre ha dejado su tarjeta colonial creando puentes. Antes no era más que una raja en el desfiladero, hoy es un parque natural. Como mi amada, que tiene, también, sus riscos, por los que me he perdido y me quiero perder.

¡Vaya coincidencia¡ Me encuentro con una pareja, que son esposos, compañeros míos funcionarios. Él me dice que viene con otros tres, pero conmigo haremos seis. Pero yo le digo que a mí me gusta ir a mi air, como el buitre leonado, que sobrevuela las cumbres, aunque vaya en parejas.

-Dejad vuestra huella imborrable sobre las cascadas y pozas, le digo yo al compañero que se ha quedado conmigo, pues su mujer va más adelante.

-No, me responde, no me gusta hacer esas pavadas de recién enamorados.

- Aquí, le digo para animarle, si pones la oreja en el desfiladero escucharás versos irregulares de villancicos de zambomba salidos de los Sabinares del Arlanza, las Peñas de Cervera, el río Mataviejas, la Meseta de Carazo, el monte Gayubar y las Mamblas.

-Calla, me responde, y marcha corriendo hacia su esposa agarrándola por detrás y caminando con ella unos metros cual perros enganchados.

Yo me quedo rezagado y me escondo debajo de una cascada. Y, como no viene nadie, ahora tengo una ilusión, que jamás pude llevar a cabo; que es echarle un mayo mío, una paja, a la cascada, superando a la flor del romero, a la flor de la aliaga, porque quiero que la mía, del verbo lamer, se lleve la palma del agua.

La cascada llega a mis oídos siempre ávida de sonidos espermáticos. Las mujeres no saben de las penas que pasamos los hombres. La cadenciosa melodía de "a las cinco te la hinco", tiene por respuesta una hostia bien dada o un canto de piedra sin verdadero apoyo carnal rítmico.

Me bajo al caudal de la poza junto a un zamorano y una asturiana que parecen abrazados como dos rorros entusiasmados. Me mojo los pies, sube el agua, y pierdo las sandalias. Ahora tendré que volver descalzo hacia la luz que se ve allá a lo alto.

Regreso por el puente que he venido. Me cruzo con matrimonios que van gritando admirados:- Mira, Felipe; -Mira Petra. Todo esto parecen cortes o gajos de una misma naranja pétrea.

Salgo y veo encinas, quejigos y rebollos y la Juniperus thurifera, que quiere decir "productora de incienso", que iluminó a fray Junípero, apóstol de Sierra Gorda y California, colonizador y educastrador, apóstol de Sierra Gorda y California, pedófilo distinguido.

Unos niños juegan junto al aparcamiento de los coches. Mozos y mozas, que no han querido bajar al desfiladero, afiligranan requiebros amorosos, encajando besos arcaicos prehistóricos, tan viejos como el mear. Los buitres leonados salvaguardan su honor sobre la cumbre, soñando el asno, la vaca o la cabra dormidos y desarmados de vida en el corral, que les sirve para pergeñar su vuelo.

-Daniel de Culla

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