Amor de viatico

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Estaba yo visitando algunas piedras hitas y, en la aislada que se halla en las cercanías de Cardona, en Cataluña, me encontré con una joven gallega retaquita, rechoncha, pero con cara muy bonita, con dos pechitos reforzados en su blusa como dos bolas de billar.

Nos saludamos y yo le pregunté si no le importaba que siguiéramos la visita juntos. Yo lo quería, porque ella había devuelto la vida a mi pájaro difunto, que revoloteaba detrás de la bragueta, recobrando la existencia de lo que había perdido, dándole a mi pene el título de duque de Entrepierna.

Se detuvo la sangre en mí, y en ella advertí que se le subía y se le bajaba del vientre a la garganta un algo que devolvía y tragaba como la pelota al saque. Ella sonreía, siempre sonreía en ese estado de estimación que tenía, tan femenino. Tan vagina, de bajita.

Junto a una restinga o bajío de piedras cubierto de agua nos sentamos y, antes de preguntarle:- ¿Qué hace una chica como tú por estos lugares?, le pregunté si tenía novio. Ella me contestó, al instante, que sí, que más que novio. Que estaba casada con el cuarto hombre, al que había dejado en Cantalapiedra, de Salamanca, donde vivían, porque era un chinche pusilánime y miedoso, hecho de cobardía. Además de que ella era gallega y, como gallega le encantaban las piedras históricas y sacras.

Por gracia de ella, me quedé alelado, al oír que estaba casada con el cuarto, no pudiendo contenerme y preguntarle: -¿Tantos? ¿No habrás tenido amor de viático, ya sabes, amor a los enfermos de amor que están en peligro de muerte? Ella, sin rodeos, me contestó:

-Mis amores, los tres primeros, que el uno era de Soria, el otro de Asturias y el otro de Jadraque, en Guadalajara, murieron de repente porque ellos me habían envenenado la sangre con tan malos tratos que provocaron graves disturbios en mi geografía, envenenando mi castaña hasta el punto que, al abrazarles soberana entre mis muslos, ellos, a quienes les encantaba libar la flor de la castaña, lo que, por otra parte, se contaba entre sus aficiones eróticas y literarias, cayeron como moscas.

Con los ojos abiertos, y sorprendido, le dije:

-Como hacer libación para el sacrificio ¿no?

Ella me sonrío como un culo desde el lugar del horizonte por donde sale el sol, moviéndose como en la operación de levantar algo. ¡Se había levantado las faldas, y no llevaba bragas¡ Ella siguió:

-El primero, el soriano, fue un hijo de la gran puta. Me decía que trabajaba en una empresa de mudanzas, y siempre andaba de mudanzas el muy cabrón. Pero lo que él hacía era leva de mujeres del sexo, y yo no podía consentir que se levantara todos los días al pie de mi monte de Venus. Pero yo no le maté, murió por el brebaje de castaña que a él tanto le gustaba.

Yo iba a decir algo, pero ella me cortó con un ¡Chiss¡ poniendo el dedo índice entre los labios; siguiendo:

-El segundo, asturiano, al tiempo de casarnos era un romántico, imitaba a los Asnos con jactancia y al cura de su pueblo tomando por modelo. Yo creí que era un príncipe pero me salió rana. Además de que me pegaba, su emulación, de mulo, su ansia y presura de jadear en mi cogote, hizo que no tuviera compasión con este Burro, obligándole a prosternarse más allá de su devoción a mi culo. Yo creo que se atragantó con el jugo de mi vagina.

-El tercero, jadraqués, era muy soberbio y particular. Tenía un negocio de fotocopiadora y libritos, y siempre mostraba un especial contento con las jovencitas que venían a hacer fotocopias del colegio concertado más cercano. Era tanto su placer que a mí me ninguneaba, y se excitaba con santo celo al atender a las jovencitas, lo que a ellas les hacía exhalar algún suspiro y muchas risas. Para mí, mostró ser un verdadero pedófilo. Menos mal que bebió y comió de mi tubérculo, que a él le sabía a yuca, malanga, como él mismo decía.

Hizo respiro, que yo aproveché para peguntarle, en mí mismado, sobre el cuarto marido, ella contestando:

-Mi cuarto marido vive; es burgalés, persona mentirosa pero no dañina. Es flojo de vientre, y su pene es como un boniato. No me hace vibrar tanto como tú, aquí y ahora. En cada movimiento tuyo, siento el doble de oscilaciones de las moléculas de mi cuerpo vibrante. Fíjate que me agito con el movimiento trémulo de tus ojos en esta poquísima amplitud de ti a mí.

Yo me sonreí y, al sentir la vibración de su acento, llevé mis manos para coger mi Vibrión, mi pene, que se me parecía a ese animálculo infusorio, advirtiéndole que yo no me bajaría a esa corrupción de sus grandes y pequeños labios, pero sí, y si ahora ella lo quería, ahora mismo la cubriría sobre esa mambla o mámoa, introduciéndole mi Vibrión por cualquiera de sus dos entradas; a lo que ella asintió; cometiendo pleitesía los dos.

-Daniel de Culla

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