A matar blancos

Escrito por Michael Moore el . Publicado en Varios insolentes

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Estúpidos hombres blancos, (en inglés, "Stupid White Men") es un libro del escritor y cineasta estadounidense Michael Moore, publicado en 2001. Es una crítica en tono satírico de la sociedad de los Estados Unidos, las políticas gubernamentales del país y al gobierno de George W. Bush, centrándose principalmente en temas como el racismo, la xenofobia y las acusaciones sobre incompetencia del presidente Bush.

No sé por qué será, pero cada vez que veo a un hombre blanco caminando hacia mí me pongo tenso. Se me acelera el corazón y enseguida busco algún lugar por donde escapar o algún medio para defenderme. Siempre acabo recriminándome el hecho de hallarme en esa parte de la ciudad a aquella hora. ¿Es que no había advertido las amenazadoras pandillas de blancos que acechaban en las esquinas, bebiendo su café de Starbuck's ataviados con prendas turquesa y malva adquiridas en Gap o J. Crew? ¡Qué idiota! El blanco sigue aproximándose y.. ufff, se aleja sin hacerme daño.

Los blancos me dan un miedo terrible. Puede que resulte difícil de entender visto que soy blanco, pero justamente por eso lo que me digo. Por ejemplo, muchas veces yo mismo me doy miedo. Debe creer en mi palabra: si se ve repentinamente rodeado de blancos, mucho ojo. Podría ocurrir cualquier cosa.

Como blancos se nos ha arrullado con la cantaleta de que estar entre nuestros semejantes es lo más seguro. Desde la cuna se nos ha enseñado que la gente a quien hay que temer es de otro color. Que ellos te harán pupa.

Sin embargo, volviendo la vista atrás, descubro una pauta inconfundible. Todos aquellos que me han perjudicado en la vida eran blancos: el jefe que me despidió, el maestro que me suspendió, el director que me castigó, el chico que me apedreó la cabeza, el otro chico que me disparó con una pistola de aire comprimido, el ejecutivo que no renovó TV Nation , un tipo que me estuvo acosando durante tres años, el contable que dobló mi contribución a Hacienda, el borracho que me atropelló, el ladrón que me robó el radiocasete, el contratista que me cobró de más, la novia que me abandonó, la siguiente novia, que me abandonó aún más deprisa, el piloto del avión que embistió un camión en la pista de aterrizaje (quizás hacía días que no comía), el otro piloto que decidió volar a través de un tornado, el compañero que me afanó unos cheques y se los hizo pagaderos por valor de 16.000 dólares... Todas estas personas eran blancas ¿Coincidencias? Qué va.

Nunca he sido atacado ni desahuciado por un negro, jamás un casero negro me ha estafado el depósito de alquiler (de hecho, nunca he tenido un casero negro), nunca he asistido a una reunión en Hollywood donde el ejecutivo al cargo fuera negro, nunca vi un agente negro en la agencia que me representaba, jamás un negro le ha negado a mi hijo el acceso a la universidad de su elección, tampoco fue un negro quien me vomitó encima en un concierto de Mótley Crüe, nunca me ha detenido un policía negro, jamás me ha intentado engañar un vendedor de coches negro (ni he visto jamás un vendedor de coches negro), ningún negro me ha negado un crédito, ni ha tratado de hundir mi película, ni jamás he oído a un negro decir: «Vamos a cargarnos diez mil puestos de trabajo. ¡Que tenga un buen día! »

No creo ser el único blanco que puede hacer tales afirmaciones. Cada palabra venenosa, cada acto de crueldad, todo el dolor y el sufrimiento que he experimentado en la vida tenía facciones caucásicas.

¿Por qué motivo debería temer a los negros?

Echo una ojeada al mundo en que vivimos y, chicos, detesto ser chismoso, pero no son los afroamericanos los que han convertido este planeta en el lugar lastimoso y fétido que hoy habitamos. Hace poco, un titular de la primera página de la sección científica del New York Times preguntaba: «¿Quién construyó bomba H?» El artículo profundizaba en el debate acerca de la del artefacto, que se disputaban dos hombres. Con franqueza me daba exactamente igual, porque ya conocía la respuesta que me interesaba: FUE UN BLANCO. Ningún negro construyo jamás ni utilizó una bomba diseñada para liquidar a miles de personas, sea en Oklahoma City o en Hiroshima.

Sí, amigos. Siempre hay un blanco detrás. Echemos cuentas:

o ¿Quiénes propagaron la peste negra? Los blancos.
o ¿Quiénes inventaron el BPC, el PVC, el BPB y el resto de sustancias químicas que nos matan día a día? Fueron blancos.
o ¿Quiénes han empezado todas las guerras en que se ha in­volucrado Estados Unidos? Hombres blancos.
o ¿Quiénes son los responsables de la programación de la Fox? Blancos.
¿Quién inventó la papeleta mariposa? Una mujer blanca.
o ¿De quién fue la idea de contaminar el mundo con el motor de combustión? De un blanco.
o ¿El Holocausto? Aquel individuo nos dio auténtica mala fama. Por eso preferimos llamarlo nazi y, a sus ayudantes, alemanes.
o ¿El genocidio de los indios americanos? Fueron los blancos.
o ¿La esclavitud? Los mismos.
9 En el año 2001, las empresas estadounidenses han despedido a más de 700.000 personas ¿Quiénes dieron la orden? Ejecutivos blancos.
o ¿Quién sigue haciéndome saltar la conexión de Internet? Algún coñazo de blanco. Si un día descubro quién es, será un fiambre blanco.

Usted nómbreme un problema, una enfermedad, plaga o miseria padecida por millones, y le apuesto diez pavos a que el responsable es blanco.

Aun así, cuando pongo el noticiario de la noche, ¿qué es lo día tras otro? Hombres negros que presuntamente han matado, violado, asaltado, apuñalado, disparado, saqueado, alborotado, vendido drogas, chuleado, procreado en exceso, arrojado a sus niños por la ventana; negros sin padre, sin madre, sin dinero, sin Dios: «El sospechoso es un varón negro... el sospechoso es un varón negro... EL SOSPECHOSO ES UN VARON NEGRO ... » No importa en qué ciudad me encuentre, las noticias son siempre las mismas y el sospechoso siempre es el mismo varón negro. Esta noche estoy en Atlanta y les juro que el retrato robot del negro sospechoso que aparece en la pantalla del televisor es igualito al sospechoso que vi anoche en Denver y al que vi la noche anterior en Los Ángeles. En cada uno de esos bocetos aparece frunciendo el ceño, amenazador, siempre con la misma gorra. ¿Puede ser que todos los crímenes del país los cometa el mismo negro?

Supongo que nos hemos acostumbrado tanto a esta imagen del negro como depredador que se nos ha atrofiado el cerebro. En mi primera película, Roger & Me, una mujer blanca mata un conejito a golpes para poder venderlo como carne. Ojalá me hu­biesen dado un centavo por cada vez que alguien me ha abordado en los diez últimos años para contarme lo «horrorizado» e «impresionado» que se quedó al ver al conejito con el cráneo aplastado. Suelen decir que la escena les provocó náuseas; algu­nos tuvieron que dejar de mirar y otros abandonaron la sala. Muchos me preguntan por qué se me ocurrió incluir esa escena. La Asociación de Distribuidores Cinematográficos de Estados Unidos clasificó el documental como no apto para menores en respuesta al alboroto levantado por la masacre conejil (lo que motivó al programa documental 60 Minutes a emitir un reportaje sobre la estupidez del sistema de clasificación de películas). Y muchos profesores me escriben que se ven obligados a suprimir esas imágenes para no tener problemas a la hora de mostrarlo a sus alumnos.

El caso es que menos de dos minutos después de la escena del conejo, aparece otra en la que la policía de Flint abre fuego contra un hombre negro ataviado con una capa de Superman y armado con una pistola de plástico. Jamás, ni una sola vez, se me ha acercado alguien para decirme: «No me puedo creer la escena del tipo negro. ¡Qué bestia! Me ha dejado hecho polvo.» Al fin y al cabo sólo era un negro, no una monada de conejito. La visión un hombre negro ejecutado no escandaliza a nadie (y menos al consejo de la asociación de distribuidores, que no advirtió nada turbador en dicha escena).

¿Por qué? Porque pegarle un tiro a un hombre negro está muy lejos de resultar chocante. Es algo normal, natural. Nos hemos habituado tanto a ver negros muertos en la pequeña pantalla que lo aceptamos como rutina. Otro negro muerto. Eso es todo lo que hace esa gente: matar y morir. Anda, pásame la mantequilla.

Resulta curioso que, a pesar de que son blancos quienes cometen la mayor parte de los delitos, nuestra idea del «crimen» se casi siempre en un rostro negro. Pregunte a un blanco quién teme pueda allanar su casa o atracarlo, y si es sincero, admitirá que la persona en la que piensa no se parece a él. El criminal imaginario se asemeja a Mookie o Hakim o Kareem, y jamás al pecoso Jimmy.

¿Por qué la mente procesa así los temores, cuando todo apunta que son falsos? ¿Están los cerebros de los blancos preprogramados para ver algo y creer lo contrario por motivos de raza? Si es í1 la población blanca padece sin duda cierta discapacidad mental. Si cada vez que sale el sol, en un día claro y límpido, nuestro cerebro nos dice que hay que quedarse en casa porque se cierne una tormenta, quizá sea el momento de solicitar ayuda profesional. ¿Los blancos que ven negros homicidas a cada paso son un caso distinto del descrito arriba?

Da igual cuántas veces se diga que es el hombre blanco a quien hay que temer: es un dato que la gente no acaba de asimilar. Cada vez que enciendo la tele y aparece otra ensalada de tiros en una escuela, el responsable de la matanza es siempre un chico blanco. Cada vez que atrapan a un asesino en serie, se trata de un blanco. Cada vez que un terrorista vuela un edificio federal o un chalado envenena el agua de un vecindario o un cantante de los Beach Boys formula un hechizo que induce a media docena de quinceañera a asesinar a «todos los cerdos» de Hollywood, ya se sabe que se trata de otro blanco haciendo de las suyas.

¿Por qué no corremos como alma que lleva el diablo cuando vemos a un blanco? ¿Por qué no solemos decirles a los solicitantes de empleo caucásicos: «Vaya, lo siento, ya no hay puestos disponibles »? ¿Por qué no nos cagamos encima cuando nuestras hijas nos presentan a sus novios blancos?

¿Por qué el Congreso no se dedica a prohibir las terribles letras de Johnny Cash («Le disparé a un hombre en Reno / sólo para verlo morir») o de Bruce Springsteen («Lo maté todo a mi paso / no puedo decir que lamento lo que hice»). ¿Por qué sólo se fijan en las letras de los cantantes de rap? No entiendo por qué los medios no reproducen letras de raperos como éstas:

  • Vendí botellas de dolor, luego escogí poemas y novelas. Wu TANG CLAN
  • Pueblo, utiliza el cerebro para ganar. ICE CUBE
  • Una pobre madre soltera en el paro... dime cómo te las arreglaste. TUPAC SHAKUR

Trato de cambiar mi vida, no quiero morir pecador. MASTER P

Los afroamericanos han estado en el peldaño más bajo de la escala económica desde el día en que los encadenaron y los arrastraron hasta aquí, y nunca se han movido realmente de ese peldaño. Todos los demás grupos de inmigrantes han sido capaces de ascender desde el fondo hasta el nivel medio y alto de nuestra sociedad. Incluso los indios americanos, que están entre los más pobres, no cuentan con tantos miembros por debajo del nivel de pobreza.

Probablemente usted crea que los negros lo tienen mejor que antes. Después de todo, tras los avances de las últimas décadas en la erradicación del racismo, uno diría que el nivel de vida de los ciudadanos negros ha tenido que subir por fuerza. Un estudio publicado por el Washington Post en Julio de 2001 mostraba que del 40% al 60% de la población blanca pensaba que al ciudadano negro medio le iba tan bien o mejor que a los blancos.

Pues bien, según un estudio llevado a cabo por los economistas Richard Vedder, Lowell Gallaway y David C. Clingaman, los ingresos medios de un negro americano están un 61 % por debajo de los de un blanco. Se trata de la misma diferencia que en 1880.

En 120 años no ha cambiado absolutamente nada.

¿Más pruebas?

  • Cerca del 20 % de los jóvenes negros comprendidos entre las edades de 16 y 24 años no estudia ni trabaja, mientras que sólo el 9 % de los blancos se encuentra en las mismas condiciones. A pesar del boom económico de los noventa, este porcentaje se ha mantenido a lo largo de los diez últimos años.
  • En 1993, las familias blancas habían invertido casi tres veces más en acciones o fondos de inversión que las familias negras. Desde entonces, el valor del mercado bursátil ha aumentado en más del doble.
  • Los convalecientes negros de infarto tienen muchas menos posibilidades que los blancos de ser sometidos a una cateterización cardiaca, procedimiento común que puede salvarles la vida, sea cual sea la raza de sus médicos. Los médicos, tanto blancos como negros, mandaron aplicar este tratamiento a un 40 % más de pacientes blancos que negros.
  • Los blancos tienen 5 veces más posibilidades que los negros de recibir tratamiento de urgencia por derrame cerebral.
  • Las mujeres negras tienen cuatro veces más posibilidades de morir durante el parto que las blancas.
  • Desde 1954, la tasa de desempleo entre los negros ha sido aproximadamente el doble que entre los blancos.

¿Se ha indignado alguien aparte de mí y del reverendo Farrakhan? ¿A qué deben los negros este trato, cuando son tampoco culpables de los males de nuestra sociedad? ¿Por qué son ellos los castigados? Que me aspen si conozco la respuesta.

¿Y cómo han podido los blancos salirse con la suya sin acabar todos como Reginald Denny?

¡Ingenio caucásico! Lo que pasa es que antes éramos unos atontados. Como idiotas, lucíamos nuestro racismo como una medalla. Hacíamos cosas demasiado obvias, como colgar letreros en las puertas de los baños que decían SOLO PARA BLANCOS, u otros encima de algunas fuentes en los que se leía GENTE DE COLOR. Obligábamos a los negros a sentarse en la parte trasera de los autobuses. Les impedíamos asistir a nuestras escuelas o vi­vir en nuestros barrios. Desempeñaban los trabajos más cutres (los de SOLO PARA NEGROS) y les dejábamos suficientemente claro que, por no ser blancos, su salarlo sería el más bajo.

Así pues, toda esta segregación descarada nos trajo un mon­tón de problemas. Un puñado de abogados engreídos acudió a los tribunales citando -¡vaya cara!- nuestra propia Constitución. Señalaron que la Decimocuarta Enmienda no permite la discriminación por motivos de raza. Finalmente, después de una larga serie de derrotas judiciales, manifestaciones y alborotos, captamos el mensaje: si no despabilábamos, tendríamos que em­pezar a compartir la tarta. Y comprendimos una lección impor­tante: si vas a ser un racista como Dios manda, aprende a sonreír.

De modo que los blancos se pusieron las pilas, dejaron de linchar a los negros que se detenían en la acera para charlar con nuestras mujeres, aprobaron un montón de leyes a favor de los derechos civiles y dejaron de decir palabras como «negrata» en público. Llegamos incluso a la magnanimidad de anunciar: «Claro que podéis venir a vivir a nuestro barrio, y vuestros niños pueden ir a la escuela con los nuestros. ¿Y por qué no? Si nosotros ya nos íbamos.» Lucimos la mejor de nuestras sonrisas, le dimos una palmada en la espalda a la América negra y acto seguido nos exiliamos a los suburbios residenciales, donde las cosas están como solían estar en las ciudades. Cuando nos encaminamos a buscar el periódico por la mañana, miramos calle abajo y -hala- todos blancos; miramos en dirección opuesta y -alegría-no hay más que blancos,

En el terreno laboral, seguimos haciéndonos con los mejores empleos, la paga doble y el asiento delantero en el autobús la felicidad y el éxito. Mira pasillo abajo y volverás a ver a negros sentados donde siempre han estado: recogiendo nues sirviéndonos y atendiendo desde detrás del mostrador.

Con el fin de disimular esta discriminación persistente, convocamos «seminarios sobre diversidad” en nuestro lugar de trabajo y designamos expertos en «relaciones urbanas» para que nos ayuden conectar con la comunidad». Cuando anunciamos una oferta de trabajo incluimos regocijados las palabras « Contratación en igual de oportunidades». Sienta tan bien para echar unas risas, pues sabemos que un negro no va a conseguir el curro ni de coña. Sólo el 4% de la población afroamericana cuenta con una carrera universitaria (frente al 9 % de blancos y el 15 % de asiáticos americanos). Hemos amañado el sistema para que los negros estén predestinado desde la cuna, garantizando que asistan a las peores escuelas públicas, evitando que ingresen en las mejores universidades y allanando su camino para una existencia plena dedicada a hacernos café, arreglar nuestros BMW y recoger nuestra basura. Sin duda, hay algunos que logran colarse; pero también pagan peaje por el privilegio: al médico negro que conduce un BMW lo para continuamente la policía; la musa negra de Broadway no puede conseguir taxi después de una calurosa ovación; el ejecutivo negro es el primero en ser despedido por «antigüedad».

FICHAS COLECCIONABLES

FRAGMENTO DE LA 14ª ENMIENDA

Artículo primero: Toda las personas nacidas o naturalizadas en Estados Unidos y sujeta a su jurisdicción, son ciudadanos de Estado Unidos y del estado en el que residen. Ningún estado puede hacer o imponer leyes que recorten los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de Estados Unidos, ni privar a nadie de vida, libertad o propiedad in el debido proceso judicial, así como tampoco negar a ninguna persona bajo su jurisdicción la protección igualitaria de ley.

La verdad es que los blancos merecemos un premio a la genialidad por todo ello. Repetimos la cantaleta de la inclusión, celebramos el cumpleaños del doctor King, ya no reímos con los chistes racistas; gracias al cabrón de Mark Fulhrman , hasta hemos acuñado un nuevo término, «la palabra que empieza con N», para sustituir la voz «negrata». Nunca más nos volverán a pillar pronunciando esa palabra. No, señor. Sólo resulta aceptable cuando tarareamos una canción de rap, y últimamente –anda- nos encanta el rap.

Es curioso que siempre dejamos caer la frase: «Mi amigo, que es negro...» Donamos dinero a fundaciones negras, celebramos el Mes de la Historia Negra y nos aseguramos de emplazar a nuestro único trabajador negro en el mostrador de recepción pa­ra poder decir: «Ya ven, aquí no se discrimina. Contratamos a negros. »

Sí, somos una raza astuta y taimada ¡Y lo bien que nos ha ido!

También somos muy buenos en lo de beber de la cultura negra o fusilarla directamente. La asimilamos, la pasamos por un programa de lavado y la hacemos nuestra. Benny Goodinan lo hizo, Elvis lo hizo, Lenny Bruce lo hizo. La Motown creó un sonido enteramente nuevo, que acabó trasladándose a Los Ángeles, donde se retiró para ceder el paso a las grandes estrellas blancas del pop. Eminem reconoce que le debe mucho a Dr. Dre, Tupac y Public Enerny. Los Backstreet Boys y'N Sync se lo deben todo a Smokey Robinson y a los Miracles, los Temptations y los Jackson Five.

Los negros lo inventan, nosotros nos lo apropiamos. En la co­¡a, la danza, la moda, el lenguaje... nos encanta el modo en que se expresan los negros, ya sea por la manera de echar un piropo, de juntarse con su peña o de tratar empecinadamente de «ser como Mike». Naturalmente, la palabra clave es «cómo», porque, por millones que gane Mlke, se ve obligado a parar el coche una a instancias de la policía.

En las tres ultima décadas, el deporte profesional (salvo el hockey) ha sido acaparado por afroamericanos. Hemos demostrado una gran generosidad al dejarles todo ese penoso esfuerzo a los jóvenes negros, y, la verdad sea dicha, mola más repantigarse en el sofá a mojar las patatas fritas en salsa mientras los miramos correr tras la pelota. Si necesitamos ejercicio, siempre podemos extender el brazo para llamar a los programas radiofónicos de deportes y quejarnos de las cifras astronómicas que ganan esos atletas. Ver a negros amasando tanto dinero nos hace sentir.. mal.

¿Dónde están hoy día los negros que no juegan al baloncesto ni nos sirven el café? Raramente los veo en el mundo del cine y la televisión. Cuando voy de Nueva York a Los Ángeles para reunirme con gente del negocio del espectáculo, puedo pasar días sin toparme con un afroamericano a quien no tenga que darle propina. Y eso es desde que embarco en el avión hasta que me registro en el hotel, me dirijo a la agencia artística, me reúno con los ejecutivos, asisto a un bar de copas con un productor de Santa Mónica y ceno con unos amigos en West Hollywood. ¿Cómo puede ser? Para matar el rato, ahora juego a ver cuánto tiempo pasa antes de divisar a un negro que no lleve uniforme ni esté sentado ante un mostrador de recepción (en Los Ángeles también tienen el truco del negro recepcionista). Durante mis últimos tres viajes a la ciudad, el reloj no se detuvo: la cuenta quedó en cero. Que yo pueda pasar unos días en la segunda ciudad de Estados Unidos y encontrar sólo blancos, asiáticos e hispanos, es un auténtico logro, un testimonio de nuestro férreo compromiso con una sociedad segregada. Piensen en la energía que hay que gastar para no vernos importunados por ningún negro. ¿Cómo lograron los blancos mantener fuera de mi vista al millón de ciudadanos negros de Los Ángeles? Puro ingenio.

Ya sé que es fácil tomarla con Los Ángeles. Pero la experiencia de no ver a un solo negro puede vivirse en casi cualquier parte de Estados Unidos, no sólo en el mundo del cine y la televisión. Me sorprendería que alguna mano negra hubiera llegado a tocar el manuscrito de este libro desde que salió de mi estudio (aparte de las del mensajero que lo llevó a la editorial).

Por una vez, estaría bien ver a un negro en un partido de los Knicks a no menos de veinte hileras de mi asiento (sin contar a Splke Lee y a los propios jugadores). Por una vez, quisiera entrar en un avión y verlo repleto de negros, en lugar de los acostumbrados blancos quejicas que se sienten con derecho a aparcar el culo en mi regazo.

No se confundan. No soy un anticaucásico militante. No es la piel blanca lo que me pone los pelos de punta. Lo que me da rabia es que mis conciudadanos blancos hayan logrado con malas artes convertir a los negros en blancos. Cuando oí hablar al magistrado Clarence Thornas por vez primera, me dije: «Para alborotar de ese modo, ¿no tienen los blancos a suficiente gente de su lado?» Actualmente, la radio y la televisión están saturadas de negros que se desviven por impulsar el ideal blanco. Me encantaría saber de dónde sacan las cadenas a tales individuos. Hablan en contra de la discriminación positiva, a pesar de que muchos de ellos pudieron asistir a la universidad gracias a ella. La emprenden contra las madres acogidas a programas de la asistencia social, a pesar de que sus propias madres vivían en esas condiciones y lucharon desde la pobreza para que su hijo creciera y acabara degradándolas de ese modo. Condenan a los homosexuales, a pesar de que el sida se ha ensañado con la comunidad gay afromacricana más que con cualquier otro grupo social. Desprecian a Jesse Jackson, a pesar de que se jugó su libertad y su vida para que ellos pudieran sentarse en cualquier restaurante y charlar de lo que se les antojara. No pretendo que la América negra se pliegue a una única tendencia política; simplemente, me repugna la mala baba que destilan estos « conservadores ».

Contemplar esta pornografía al más puro estilo Tío Tom es -de lo más triste. ¿Cuánto se les paga a estos necios? Me pregunto si, al acabar sus programas, los presentadores Bill O'Reilly, Chris Matthews o Tucker Carlson les dicen a estos renegados: «Oye, hay una casa en venta junto a la mía, ¿por qué no te trasladas?», o bien: «Oye, mi hermana está soltera como tú, ¿por qué, no quedas con ella?» No sé, quizá lo hagan. Quizás O'Reilly me invite para el Día de Acción de Gracias del año próximo.

Sigo preguntándome por cuánto tiempo vamos a tener que cargar con el legado de la esclavitud. Pues sí, ya he sacado el tema: LA ESCLAVITUD. Uno casi puede oír como chirría la América blanca cuando alguien menciona que seguimos padeciendo el impacto de un sistema esclavista sancionado en su momento por el gobierno.

Sintiéndolo mucho, debo decir que la raíz de la mayor parte de nuestros males sociales se remonta a este siniestro capítulo de nuestra historia. Los afroamericanos jamás tuvieron de entrada las mismas oportunidades que la mayoría de nosotros. Sus familias fueron destruidas deliberadamente. Se les despojó de su lengua, su cultura y su religión. Se institucionalizó su pobreza para que recogieran nuestro algodón, combatiesen en nuestras guerras y para que nuestros comercios pudieran estar abiertos toda la noche. La América que conocemos nunca habría existido si no hubiera sido por los millones de esclavos que la construyeron y que desarrollaron su boyante economía, así como tampoco exis­tiría sin los millones de descendientes suyos que hacen los mis­mos sucios trabajos para los blancos hoy día.

«Mike, ¿por qué sacas el tema de la esclavitud? Ningún negro que aún viva fue jamás un esclavo. Yo no esclavicé a nadie. ¿Por qué no dejamos de echarle las culpas de todo a una injusticia pasada y aceptamos que todos deben responsabilizarse de sus propios actos?»

Parece como si estuviéramos hablando de la antigua Roma, y la verdad es que mi abuelo nació sólo tres años después de la guerra de Secesión.

Sí, señor, mi abuelo. Mi tío abuelo nació antes de esa guerra. Y yo tengo menos de cincuenta años. Es cierto que por algún motivo la gente de mi familia se casa y tiene hijos más tarde de lo habi­tual, pero la verdad sigue siendo que sólo estoy a dos generacio­nes de los tiempos de la esclavitud. Y eso no es «hace mucho tiem­po». Desde el punto de vista de la historia milenaria del hombre, fue prácticamente ayer. Hasta que nos demos cuenta de ello y aceptemos que tenemos la responsabilidad de subsanar un acto inmoral que sigue teniendo repercusiones hoy día, nunca llegaremos a limpiar el alma de nuestro país de su mancha más grasienta.

En 1992, el día siguiente al estallido de los disturbios de Los Ángeles, cuando el caos se había extendido hacia los barrios cercanos a Beverly Hills y a Hollywood, los blancos activaron la alarma y abandonaron la ciudad en tropel, mientras muchos otros se parapetaban en sus propiedades armados hasta los dientes. Era como si la hecatombe racial que muchos habían temido hubiera sobrevenido efectivamente.

Yo me encontraba trabajando en un despacho de la Warner Bros., en el Rockefeller Center de Nueva York, cuando se nos comunicó por megafonía que había que evacuar el edificio antes de las 13.00. Se temía que los negros de Nueva York se contagiasen de la «fiebre destructiva» generalizada en California y se desquiciaran. A la una en punto salí a la calle y espero no volver a contemplar jamás aquel espectáculo: decenas de miles de blancos corrían por las aceras para alcanzar el próximo tren o autobús que los pusiera a salvo. Parecía una escena d2 la película Como plaga de langosta: un hervidero de seres humanos presas del pánico bullía como un solo organismo, temiendo por su vida.

Media hora después, las calles estaban desiertas. Vacías. Resultaba sobrecogedor. Eso era Nueva York, en mitad del día y de la semana, y parecía que fueran las seis de la madrugada de un domingo.

Me encaminé hacia mi barrio, sin otra preocupación que la de haberme quedado sin tinta. Pasé por la papelería de enfrente de casa, que era uno de los pocos comercios que seguían abiertos. Compré un par de bolígrafos, algo de papel y fui a pagar. En el mostrador, delante del anciano propietario, había un bate de béisbol. Le pregunté para qué lo quería.

-Por si acaso -respondió, desviando la mirada hacia la calle.

-¿Por si acaso qué? -Inquirí.

-Ya sabe, por si deciden amotinarse por aquí también.

No estaba refiriéndose a que los alborotadores de Los Ángeles fuesen a saltar desde aviones para arrojar cócteles molotov por toda la Gran Manzana. Lo que tenía en mente -como todos que salían despavoridos para alcanzar el último tren ha­los barrios residenciales blancos- es que nuestro problema nunca ha acabado de solventarse y que la América negra sigue abrigando mucha rabia contenida por la tremenda disparidad existente entre su estilo de vida y el de los blancos en el país. El bate sobre el mostrador expresaba perfectamente un temor mental que todos los blancos callan: el de que, antes o después, los negros se alcen y vayan a por nosotros. Sabemos que estarnos sentados sobre un polvorín y que conviene estar listos a cuando las víctimas de nuestra codicia llamen a la puerta.

¿Y por qué esperar a que suceda? ¿No sería mejor arreglar el problema en lugar de tener que huir mientras arden nuestras casas? Pensando en todo ello, he elaborado una lista de consejos fáciles de seguir que le pueden ayudar a poner su culo a salvo. Tarde o temprano -como bien sabemos- nos rodearán millones de Rodney Kings, y esta vez no van a ser ellos los que reciban la paliza. Si no estamos dispuestos a tomar medidas serias para corregir nuestros problemas raciales, es bien posible que acabemos viviendo en un barrio cercado con alambre, armados con fusiles automáticos y protegidos por fuerzas de seguridad privadas. ¿Les gusta el panorama?

CONSEJOS DE SUPERVIVENCIA PARA LA AMÉRICA BLANCA

1. Contrate sólo a negros.

A partir de hoy no contrataré a ningún blanco más. No tengo nada contra ellos, claro está. Son gente fiable y trabajadora. Los que colaboraron conmigo en mis películas o programas de televisión son personas fantásticas.

Pero son blancos.

¿Cómo puedo sostener lo que he escrito aquí si no hago nada o casi nada para corregir el problema en mi propia parcela? Claro que podría ofrecerles mil excusas acerca de los motivos por los que es tan difícil encontrar afroamericanos en este negocio..., y serían todas ciertas. ¿Y qué? Vale, es difícil, ¿me absuelve eso de mi responsabilidad? Debería encabezar un piquete contra mí mismo.

Al ofrecer trabajo a blancos -para muchos de ellos, el primero en este medio- les he dado la oportunidad de progresar y labrarse carreras exitosas en programas de prestigio como Politically Incorrect, Dharma and Greg, David Lettermans Show, The Dally Show with Jon Stewart y otros. Hay una docena de ex miembros de mi equipo que han logrado hacer sus propias películas. Uno llegó a ser directivo de Comedy Central y otros dos crearon sus propios programas para esa cadena. Algunos de nuestros montadores han trabajado en HBO, y uno de ellos ha montado muchas de las películas de Ang Lee (Tigre y Dragón).

Me alegro por todos ellos, pero una duda me reconcome por dentro: ¿y si hubiera hecho lo mismo por cientos de escritores, montadores, productores y cineastas negros en mis proyectos de todos estos años? ¿Dónde se encontrarían hoy? No me cabe duda de que estarían aportando su talento a cientos de programas o películas y haciendo oír sus voces. Por el bien de todos.

Cuanto más pienso en ello, más me convenzo de que los empleados blancos pueden ser un engorro. Ahora mismo, el blanco que tengo en el despacho contiguo al mío está escuchando un CD de los Eagles. Hay que echarlo. Y también pueden ser un hatajo de vagos, especialmente los que crecieron con mucho dinero y fueron a las mejores universidades. Son los que derraman porquerías por la moqueta y dejan el mobiliario rayado. Su sentimiento de privilegio, impreso en su código genético, les dice que siempre hay alguien (¿un negro?) que recogerá todo. Otro empleado acaba de entrar porque quiere pedirme que le dé el viernes libre «para ir a Hamptons». Claro, y ya que estás en ello, ¿por qué no te tomas el resto de tu vida libre?

Así que fuera todos. De ahora en adelante, no más blancos.

Supongo que algún departamento gubernamental deseará e una visita al respecto, ya que me está prohibido negar  leo a una raza entera. No me importa. ¡Adelante! Y mejor no mandéis un blanco porque lo pondré a repartir hamburguesas y a limpiar letrinas.

Así que si eres afroamericano y quieres trabajar en este mundo ya estás en él pero no has podido salir del mostrador de recepción, te aliento a que me mandes tu currículum y una nota de presentación.

Nuestro recepcionista blanco estará encantado de atender a cualquier pregunta.

2. Si tienes un negocio, paga un salario digno, facilita un servicio de guardería y asegúrate de que tus empleados tengan seguro médico.

Este consejo de supervivencia es para quienes se consideran conservadores y son entusiastas confesos del sistema capitalista. Si el conservadurismo consiste en la pretensión de ser el número tengo una idea simple, pero radical, que le garantizará más beneficios, una fuerza de trabajo más productiva y ningún problema laboral.

Los ciudadanos negros de este país son, con indiferencia, los pobres. No obstante, si ellos no hicieran todo el trabajo duro, la sociedad blanca quedaría paralizada. ¿ Quiere que trabajen más y que le ayuden a ganar más dinero? Esto es lo que debe hacer:

Asegúrese de pagarles lo suficiente para que puedan costearse su propia casa, medio de transporte, vacaciones y educación para sus hijos.

¿Cómo puede ser que pagando más a los empleados, éstos me resulten más rentables?

Funciona así: cuanto más paga a sus trabajadores, más gastan ellos. Recuerde que no sólo son sus trabajadores, sino también sus consumidores Cuanto más dinero gasten en sus productos, más beneficios obtendrá usted. Además, cuando los empleados disponen de suficiente dinero como para no preocuparse constantemente por caer en la miseria, suelen concentrarse más en su trabajo y ser más productivos. Al tener menos problemas y menos estrés, pierden menos tiempo durante la jornada laboral y, por tanto, le resultan más rentables. Págueles sufi­ciente como para que se puedan permitir un coche decente, y no llegarán tarde al trabajo. Si saben que serán capaces de procurar una mejor vida a sus hijos no sólo tendrán una actitud más positiva, sino también esperanza y un incentivo para dar lo mejor de sí en el trabajo, visto que cuanto mejor vaya la empresa, mejor estarán ellos.

Naturalmente, si la suya es como la mayor parte de las compañías actuales, que anuncian un número récord de despidos después de haber presentado una cifra récord de beneficios, entonces ya habrá ininado la confianza de los empleados que le quedan, y éstos se enfrentarán a sus obligaciones en estado de constante paranoia. La productividad caerá, arrastrando las ventas consigo, y usted acabará sufriendo. Pregunte en Firestone: la Ford ha alegado que la empresa de neumáticos despidió a sus trabajadores sindicados de toda la vida para reemplazarlos por esquiroles sin formación que acabaron produciendo miles de neumáticos defectuosos. Doscientos tres clientes muertos después, Firestone está en la cuerda floja.

Abra una guardería para empleados que tengan niños de entre dos y cinco años.

Ya imagino su reacción inmediata: «De ningún modo voy a permitir la invasión de una manada de mocosos: esto es un centro de trabajo.» Ya lo entiendo. Los críos pueden distraer mucho, especialmente cuando está usted tratando de cerrar un acuerdo con un banco alemán y aparece la pequeña La Toya arrastrando a Kasheeem del pelo cono si fuera un animal de peluche.

Pero hay otra distracción más grande que tener en cuenta: si sus empleados pasan la jornada laboral preocupados por sus niños  no rendirán al, máximo de sus posibilidades. Por lo general, a padres les importan más sus niños que su trabajo. Es la natura humana. ¿Y los padres o madres solteros? Están solos en este mundo. Cuando alguien se ve obligado a abandonar el trabajo recoger a su niño enfermo de casa de la canguro o necesita e en cuanto dan las cinco porque la guardería penaliza a los que llegan tarde, esta gente no tiene más remedio que dejar e está haciendo a medias. Imagine que sus trabajadores no tuvieran que preocuparse de sus hijos, y se concentraran al cien por cien en hacerle ganar dinero; que no tuvieran que faltar al trabajo sólo porque la canguro fallo a ultima hora y que pudieran dedicarse en cuerpo y alma a su negocio.

Una guardería en el lugar de trabajo no resulta muy costosa, y en su mayoría, los padres estarían dispuestos a compartir los para ellos una mayor tranquilidad respecto a su progenie. Piense en lo relajados que estarían sabiendo que sus hijos están allí mismo, sanos y salvos. Trabajarían como posesos.

Y todo esto se traduciría en una sola cosa: más pasta para usted.

Proporcione un seguro médico a todos y dé a los empleados los días de baja por enfermedad que les correspondan

¿Hay necesidad de explicarlo? ¿Cuánta eficacia se sacrifica cada año a causa de los empleados que van a trabajar enfermos porque no pueden permitirse ir al médico o evitan hacerlo hasta están al borde del colapso? Al sentirse sin otra salida, acuden con sus virus al trabajo e infectan a todos a su paso. Resulta mucho más rentable pagar el seguro médico de sus trabajadores, de mod o que puedan recuperarse antes y ponerse a currar a todo tren en beneficio de usted. Una fuerza de trabajo sana es una fuerza de trabajo productiva. Con un seguro médico, el empleado se toma una tarde para ver al médico, conocer el diagnóstico y conseguir una receta, más un par de días de convalecencia en cama y... ¡listo! Vuelve al trabajo de inmediato, en lugar de tener que arrastrarse durante una o dos semanas hecho un guiñapo.

La buena noticia respecto de lo dicho es que todo ello redunda en su propio beneficio: no se trata de convertirse en un izquierdista de gran corazón. Preserve celosamente su condición de codicioso reaccionario, no me importa. Si eso significa que va a mejorar sensiblemente la vida de millones de afroamericanos que trabajan duramente por una paga indigna, sin prestaciones ni seguridad social, bastará para que estemos todos más contentos.

3. No compre un arma de fuego.

¿Qué sentido tiene guardar un arma en casa? Si es para ir de caza, basta con mantener el rifle o escopeta descargado y guardado en el desván hasta que empiece la temporada.

En caso de que piense comprar un arma para su protección, déjeme proporcionarle algunos datos estadísticos. Las probabilidades de que un miembro de su familia muera por una herida de bala se multiplican por 22 si tiene un arma de fuego en casa.

La idea de que contar con un arma es el único modo de ase­gurarse protección es un mito. Menos de 1 de cada 4 crímenes violentos se cometen cuando la víctima está en casa. Sólo el 2 % de los disparos que se efectúan durante un robo mientras el propietario del arma está en casa alcanzan al intruso. En el 98 % de los casos restantes, los residentes hieren accidentalmente a un familiar o a sí mismos, o bien los ladrones les arrebatan el arma y la dirigen contra ellos.
A pesar de todo, hay unos 250 millones de armas en nuestros hogares.

Los blancos adquieren -y por tanto introducen en la sociedad- la mayor parte de las armas de fuego que se venden en Estados Unidos. Cada año se efectúan unos 500.000 robos de armas de fuego, casi todos en casa de los mismos blancos residentes en los suburbios residenciales. Y la gran mayoría de esas armas en barrios conflictivos, vendidas a bajo precio o intercambiadas por bienes o servicios ilegales.

Estas armas han causado una gran cantidad de muertes y sufrimiento entre los afroamericanos. Las heridas por arma de fuego es la primera causa de muerte entre los jóvenes negros. Los negros de entre 15 y 24 años de edad tienen seis veces más probabilidad de morir acribillados que los blancos de la misma edad.
Ninguna empresa de armas es propiedad de afroamericanos. En su ciudad donde viven los afroamericanos verá armerías. La mayoría de los afroamericanos no puede permitirse pagar los cientos e incluso miles de dólares que, un arma de marca Glock, Beretta, Luger, Colt o Smith & Wesson. Ningún negro posee aviones que aterricen en el país cargados con armas de contrabando.

Todo esto lo hacen los blancos. Pero antes o después, miles adquiridas legalmente van a parar a manos de desesperada que vive en la pobreza. Introducir armas en entorno tan frágil -que no hemos hecho nada por mejorar- es un paso mortal.

De modo que si ustedes blanco y le gustaría reducirla causa principal de muerte entre los jóvenes negros, ésta es la solución: compre un arma. No guarde pistolas en casa ni en el coche. De este modo habrá menos posibilidades de que se las roben y vendan en barrios negros pobres. Viva usted donde viva, es seguro de que el índice de criminalidad está más bajo que nunca. Relájese, reclínese en su asiento y goce de la vida que un sistema injusto le ha regalado. Si está realmente preocupado por seguridad, compre un perro. A los chicos malos no les gusta lidiar con bestias enloquecidas de afilados colmillos.

No necesita un arma.

4. Olvide toda «preocupación» izquierdista por los negros.

De verdad. Los negros saben de qué va: saben que decimos y hacemos cosas para aparentar que se ha progresado. Ven nuestros esfuerzos por demostrar que no tenemos prejuicios. Olvídelo. No ha habido un progreso real. Seguimos siendo unos intolerantes y ellos lo saben.

Corte el rollo acerca de sus «amigos negros». Usted no tiene amigos negros. Un amigo es alguien que viene a cenar con regularidad, alguien con quien uno va de vacaciones, alguien a quien se invita a una fiesta de boda, alguien con quien se va a la iglesia los domingos, alguien con quien se habla a menudo para compartir los secretos más íntimos. Hablo de ese tipo de amigo.

Sus «amigos» negros saben que cuando usted sale de viaje es tan probable que deje a su hijo a su cuidado en su barrio como que les invite a viajar con usted.
He tenido la desgracia de escuchar a pobres pazguatos quejarse por tonterías como que «en la serie Friends no salen negros». Me gusta que no haya amigos negros en esa serie, porque en la vida real los chicos como ésos no tienen amigos negros. Se trata de una serie creíble y honesta.

Así que vamos a olvidarnos del sonsonete de que negros y blancos no son más que un parche más del tapiz multicultural que llamamos Estados Unidos. Nosotros vivimos en nuestro universo y ellos en el suyo, Y, nos guste o no, éste es el mundo al que nos hemos acomodado. Dicha realidad no sería tan grave si su mundo existiera en un plano social y financiero paralelo al nuestro. Si así fuera, podríamos mezclarnos como nos apeteciera, de igual a igual, tal como hacemos con otros blancos. Por ejemplo, yo no ardo en deseos de salir de fiesta con republicanos. Y no pasa nada, pues van a estar estupendamente sin mí, y mi decisión de no juntarme con ellos no afecta a su calidad de vida (de hecho, probablemente, la mejora).

¿No es mejor renunciara la ilusión de que estamos juntos en el mismo barco? ¿No sería mejor desenmascarar las falsas esperanzas que damos a los afroamericanos y dejar de engañarnos a nosotros mismos? La próxima vez que hable con uno de sus «amigos negros», en lugar de contarle cómo flipó con el último disco de Jay-Z, ¿por qué no le pasa el brazo por el hombro y le dice: «Te quiero, hermano, ya lo sabes, así que te voy a contar un secretito que tenemos los blancos: tu gente no llegará jamás a estar tan bien como nosotros. Y si te crees que trabajando duro y esforzándote por encajar en mi mundo vas a conseguir una plaza en el consejo de administración, vas listo. El puesto reservado para los negros ya está ocupado. ¿Quieres progreso e igualdad? Vete a Suecia.»

Cuanto antes empecemos a hablar de este modo, más sincera será la sociedad en que vivimos.

5. Mírese en el espejo.

Si usted es blanco y realmente quiere ayudar a cambiar las cosas, ¿por qué no empieza por usted mismo? Pase algún rato con sus amigos blancos hablando acerca de lo que pueden hacer para que el mundo sea un poco mejor tanto para los blancos como para los negros. La próxima vez que oiga a alguien hacer un comentario racista, póngalo a caldo. Deje de quejarse de la discriminación positiva. Ningún negro va a arruinar su vida por acceder al empleo que usted «merecía». La puerta siempre estará abierta para usted. Su único deber es dejarla abierta para aquellos que no cuentan con ese privilegio por el simple hecho de no ser blancos.

6. No se case con una persona blanca.

Si usted es blanco y no le gusta ninguna de las ideas mencio­nadas o considera que son poco prácticas, entonces existe un método infalible para ayudar a crear un inundo sin distinciones cromáticas: cásese con alguien de raza negra y tenga hijos. El hecho de que negros y blancos hagan el amor juntos -en lugar de la clásica jodienda de blancos contra negros- dará como resultado un país de un solo color (los hispanos y asiáticos también pueden jugar). ¿Quién es el padre? ¡Todos ellos!

Y cuando seamos todos del mismo color, no tendremos por qué odiarnos ni por qué discutir.. salvo para decidir a quién le toca pringar en el mostrador de recepción.

CONSEJOS DE SUPERVIVENCIA PARA NEGROS

1. Negro al volante.

• Si desea evitar convertirse en una diana fácil para las identificaciones raciales de la policía, coloque una muñeca blanca hinchable de tamaño natural en el asiento de atrás, Los polis pensarán que es usted un chófer y le dejaran en paz.

• Trate de no llamar la atención. Mantenga las manos sobre el volante en la clásica posición de «las diez y diez». Abróchese el cinturón; mejor aún, abroche todos los cinturones, aunque vaya de vacío. Arranque cualquier adhesivo que diga «Orgullo negro» o algo parecido y cámbielo por otro con la frase «I Hockey».

• Evite alquilar coches con matrícula de New Hampshire, Utah o Maine, pues estos estados apenas cuentan con población negra, por lo que la pasma presupondrá que está conduciendo un coche robado, que trafica con drogas o que lleva armas. Aunque, la verdad sea dicha, los polis hacen las mismas presunciones acerca de conductores negros en estados con una población afroamericana considerable, Mejor viaje en autobús.

2. Negro de compras.

  • Si quiere evitar que lo sigan los guardas de seguridad que dan por sentado que usted está allí con el fin de robar o apuntarles con una pistola al tiempo que vacía la caja, la solución es muy simple: ¡catálogos y compra por Internet! Gracias a estos métodos, no tendrá que abandonar el confort de su casa ni esperar eternamente para aparcar.
  • Si tiene que entrar en una tienda, deje su abrigo fuera. De lo contrario, le volverán todos esos bolsillos del revés en busca de mercancía robada: está pidiendo a gritos que le arresten. Aún mejor, vaya de compras desnudo. Es verdad que se expone a que le registren alguna cavidad corporal, pero se trata de un precio razonable a cambio de ejercer su divino derecho como negro americano a consumir y contribuir de algún modo a los 572 billones de dólares que se embolsa al año la economía blanca.

El voto de un negro.

  • En vista de que los blancos han amañado las elecciones ase­gurándose de que las máquinas de recuento más viejas y escacharradas fueran destinadas a los distritos negros de la ciudad, no abandone el colegio electoral a menos que haya visto su papeleta marcada del modo en que deseaba y depositada en la urna correspondiente. Si utiliza una máquina de votar, pida a uno de los encargados que le eche un vistazo para asegurarse de que su voto sea debidamente computado.

Lleve usted consigo todos los útiles que le parezcan necesarios para cerciorarse de que su voto quede registrado: un lápiz del N° 2, rotulador negro, aguja de punto (para marcar debidamente la papeleta), lubricante, unos alicates, el resto de su caja de herramientas, una lupa, un ejemplar del código electoral local, una copia de su tarjeta del censo, otra de su partida de nacimiento, otra de su título de graduado escolar y cualquier otra prueba que certifique que está vivo.

Lleve también una cámara para grabar cualquier episodio sospechoso, un reportero local para mostrarle in situ que no bromeaba cuando decía que su cabina electoral estaba importada de Bolivia, cinta aislante, cuerdas, parafina un mechero Bunsen, liquido corrector, quitamanchas, un abogado, un sacerdote y un magistrado del Tribunal Supremo. Consiga todo eso y puede que su voto sea tenido en cuenta.

  • En las próximas elecciones al Congreso vote por el candidato demócrata o verde. Basta con que cinco escaños pa­sen a manos de los demócratas para que éstos controlen la Cámara de Representantes y diecinueve negros y mujeres congresistas presidan su comité o subcomité de la Cámara, en virtud de su antigüedad. ¡Diecinueve! (Allí donde los candidatos verdes tienen la posibilidad de ganar o en aquellos distritos donde los demócratas se comportan como republicanos, una congresista de los verdes puede unirse a los demócratas para lograr la mayoría.) No vaya a contar el secreto: la idea de una «Casa Blanca negra» pue­de espantar a muchos.

4. El negro echa unas risas.

  • Recupere aquellos letreros de «Sólo para blancos» de los años cincuenta. Cuando nadie mire, cuélguelos en las puertas de los negocios que no contratan a negros.
  • Como quien no quiere la cosa, coloque uno en un asiento de primera clase la próxima vez que suba a un avión.
  • Cuelgue otro en la sede de uno de los grandes equipos de béisbol o en cualquiera de los mejores asientos de un partido de la NBA.
  • Plante uno frente al Tribunal Supremo de Estados Unidos y, cuando Clarence Thomas pase por allí, levante los brazos y exclame: «¿Qué hace usted aquí?»

FICHAS COLECCIONABLES

FRAGMENTO DE LA LEY FEDERAL DEL DERECHO, AL VOTO DE 1965 (PARA PLASTIFICIAR Y LLEVAR EN LA CARTERA)

Artículo segundo: No debe: imponerse, requisito alguno para votar, ni establecer regla, norma o procedimiento en estado o subdivisión administrativa alguno, para denegar o, limitar el derecho de un ciudadano de Estados Unidos a votar por motivos de raza o color.

5. Respirar siendo negro.

Puede que haya llegado al extremo de no aguantar más el, la discriminación, el resentimiento, la sensación de no pertenecer a un país donde reina una intolerancia tan arraigada. Quizá le parezca que ha llegado la hora de largarse y trasladarse algún lugar donde los negros no sean minoría. Algún lugar e uno se sientan como en casa. ¿África? Piénselo dos veces.

Esto es lo que dice Amnistía Internacional: «Los conflictos, el desplazamiento masivo de la población, las torturas, malos tratos y la impunidad endémica siguen siendo moneda corriente en el continente africano.» El 52 % de los africanos subsaharianos viven con un dólar al día o menos. En 1998, la media del gasto mensual fue de 14 dólares per cápita. La verdad: es peor que vivir en Detroit.

La esperanza de vida en la zona es de 57 años si reside en Ghana. En Mozambique, uno ya es moribundo a los 37.

Si a esto sumamos las sequías y hambrunas crónicas, amén de un abrumador porcentaje del número de casos de sida en el mundo, de pronto se nos antoja mucho más fácil exhumar algunas viejas fotos del senador Trent Lott desnudo en un guateque sólo para hombres y forzar su admisión (servirían también fotos del senador Orrin Hatch, Tom DeLay, líder de la mayoría en el Congreso, y otros reaccionarios célebres).

Amy McCampbell, que se cuenta entre los numerosos afroamericanos que he contratado desde que empecé a escribir este capítulo (no estoy de coña: cinco de mis últimos cinco fichajes son negros), sugiere que para los que desean regresar a las «raíces negras» sólo existe un camino: el Caribe. Barbados es un paraíso tropical, los lugareños son gente pacífica y no hay criminalidad. La esperanza de vida se sitúa en la setentena. El 80 % de la población es de origen africano, ¡e incluso hablan inglés! Por si fuera poco, ¡el jefe de estado es la reina Isabel!

¿A que suena bien?

En cualquier caso, sería mejor si pudiéramos conseguir que Amy se sintiese como en casa en el país donde nació. Se aceptan sugerencias...

Estúpidos hombres blancos – Michael Moore


* Gap y J. Crew son marcas norteamericanas de ropa. (N. del T)

Serie televisiva satírica realizada por el propio Michael Moore, que se emitió entre 1994 y 1998. (N. del T)

Líder de la agrupación religiosa negra Nación del Islam, que en su día encabezó Malcolm X. (N. del T)

* El camionero blanco que fue arrastrado fuera de su cabina y apaleado casi hasta la muerte durante los alborotos de Los Ángeles en 1992.

Testigo policial en el caso de 0. J. Simpson, que se hizo famoso por su léxico racista. (N. del T)

Es el mes de febrero. (N. del T)

Magistrado negro de la Corte Suprema conocido por su tendencia política marcadamente reaccionaria. (N. del T.) Magistrado negro de la Corte Suprema conocido por su tendencia política marcadamente reaccionaria. (N. del T.)

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