Bonito planeta; ¿hay alguien ahí?

Escrito por Michael Moore el . Publicado en Varios insolentes

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Estúpidos hombres blancos, (en inglés, "Stupid White Men") es un libro del escritor y cineasta estadounidense Michael Moore, publicado en 2001. Es una crítica en tono satírico de la sociedad de los Estados Unidos, las políticas gubernamentales del país y al gobierno de George W. Bush, centrándose principalmente en temas como el racismo, la xenofobia y las acusaciones sobre incompetencia del presidente Bush.

Me gustaría empezar este capítulo revelando la identidad de las mayores amenazas para el medio ambiente.

Soy yo: una pesadilla ecológica andante.

¡Soy la madre de todas las catástrofes medioambientales!

Empecemos por lo primero: yo no reciclo.

Considero que reciclar es como ir a la iglesia. Basta con pasarse por ahí una vez por semana para sentirse bien y poder refocilarse de nuevo en las delicias del pecado.

Déjenme preguntarles esto: ¿saben ustedes adónde van a parar todos esos periódicos después de dejarlos en el centro de reciclaje o adónde se llevan sus botellas de cerveza después de que las deposita en el contenedor azul? ¿A las plantas de reciclaje? ¿Quién lo dice? ¿Alguna vez ha seguido al camión que recoge los contenedores para ver adónde va? ¿Le importa? ¿Basta con  separar el cristal del plástico, el papel del metal y cargar a otros con la responsabilidad de seguir la operación?

Nunca dejará de asombrarme la naturaleza aborregada del ser humano, nuestra obediencia ciega a la autoridad. Si el rótulo dice «recicle», así lo hacernos, dando por sentado que todo lo que depositemos allí será efectivamente reciclado. Si el contenedor es azul, ¡los figuramos que eso representa una garantía infalible de que los recipientes de cristal que arrojemos en él acabarán aplasta dos, fundidos y convertidos en nuevas botellas de Budwclscr.

Ya.

Una noche que salí tarde del trabajo, fui testigo de cómo los basureros vertían el contenido del depósito azul en las entrañas del camión junto con el resto de la basura. Le pregunté al chico que trabaja en nuestro edificio si eso era lo habitual. «Tienen mucha basura por recoger -respondió-. A veces no hay tiempo para separarlo todo.»

Me asaltó la duda de si aquello era una anomalía o, más bien, la norma. Y averigüé unas cuantas cosas.

A mediados de la década de los noventa, ecologistas de la India descubrieron que la Pepsi estaba causando un grave problema de acumulación de residuos en su país. El plástico de botellas de Pepsi recogidas en Estados Unidos se enviaba a la India para que lo reconvirtiesen en botellas nuevas o envases de otro tipo. Sin embargo, el director de la planta de las afueras de Madrás donde se vertía la mayor parte de los residuos admitió que buena parte de los mismos jamás se reciclaba. Para empeorar las cosas, por la época en que se desveló la verdad, la empresa anunció que iba a abrir una fábrica en la India que produciría envases no retornables para exportar a Estados Unidos y Europa, aunque los derivados tóxicos se abandonarían en el subcontinente indio. De modo que mientras la India carga con todo el lastre higiénico y medioambiental, los consumidores de los países industrializados siguen utilizando productos plásticos sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Entre tanto, todos nosotros separamos la basura feliz y plácidamente, convencidos de que ayudamos a mejorar el entorno mediante el «reciclaje».

Otro caso: una revista de San Francisco contrató los servicios de una planta recicladora para que ésta recogiese cada mes todo su papel blanco residual. Cuando un empleado decidió seguir la pista del material, se encontró con que el papel para reciclar se mezclaba con envoltorios de McDonald's y vasos de Starbuck's. Cuando se interrogó a los responsables de la planta recicladora, lo negaron todo.

En 1999, una investigación sobre lo que sucede con los des­perdicios generados en el Congreso (aquí puede insertar su propio chiste) descubrió que el 71 % de las 2.670 toneladas de papel usado aquel año por la rama legislativa no se reciclaba porque se había mezclado con residuos alimenticios y otros materiales no procesables. Aquel mismo año, 5.000 toneladas de botellas de cristal, latas de aluminio, trozos de cartón y otros materiales reciclables procedente del Capitolio fueron arrojadas sin más a un vertedero. Si el Congreso hubiera reciclado debidamente toda habría ahorrado 700.000 dólares a los contribuyentes.
El mismo caso se  repite una v otra vez. Casi nunca se recicla: nos estafan

Por eso dejé de reciclar. Llegué a la conclusión de que no hacía más que engañarme a mí mismo. En la medida en que cumpliera con mi deber de separar el papel del metal y del vidrio, ya no hacía falta que me preocupara de salvar el planeta Tierra. Una vez que mis       botellas, latas y periódicos fueran depositados en sus contenedores debidamente coloreados, podía quedarme con la conciencia tranquila, confiado en que otros se encargaran del resto.

Y así iba yo, despreocupado y ajeno a todo, al volante de mi monovolumen, que traga gasolina como un poseso.

Sí, tengo un monovolumen. Consume un litro por cada 6 kilómetros, casi medio litro más de lo que debería. Me encanta mi vehículo. Es espacioso, se conduce bien, y supera en más de un palmo la altura de los coches normales, lo que me permite gozar de una vista privilegiada.

Ya sé que algunos dicen que los americanos estarnos malcriados por el bajo precio de nuestra gasolina comparado con el del resto del mundo, que llega a pagar hasta el triple que nosotros. Pero bueno, esto no es Bélgica, que se puede cruzar entera en un cuarto de hora. Vivimos en un país inmenso. ¡Y nos movemos mucho! Tenemos sitios a donde ir, cosas que hacer. Y el resto del mundo debería comprender las bondades que comporta nuestra capacidad para ir del punto A al punto B. De otro modo, ¿cómo harían si no los atareados americanos para desplazarse de su trabajo matinal a su segundo trabajo nocturno, tan necesarios para el bien de la sacra economía global?

Miren, yo vengo de Flint, Michigan, la capital del vehículo, que no hay que confundir con Detroit, capital del motor. Estamos a una hora al norte de esta última, y antaño los Buick se fabricaban allí. Pero ya no.

Cuando creces inmerso en la cultura del coche, tu Vehículo acaba siendo una extensión de ti mismo. Tu automóvil es tu sala de música, tu comedor, tu dormitorio, tu despacho, tu sala de lectura y el primer lugar donde haces todo lo que tiene sentido en la vida.

Cuando alcancé la mayoría de edad, decidí que no quería un coche de General Motors porque se estropeaban muy a menudo. De modo que me decanté por modelos de Volkswagen y Honda, que conducía orgullosamente. Si alguien me preguntaba por qué no compraba coches americanos, yo les hacía abrir la capota de sus vehículos para que me mostraran la placa del motor donde se leía MADE IN BRAZIL, el MADE IN MEXICO de su cinturón de seguridad y el MADE IN SINGAPORE que aparecía en la radio. Aparte de la placa MADE IN U.S.A. del salpicadero, ¿qué más podían señalar del vehículo que procurara trabajo a un ciudadano de Flint?

Mi Honda Civic no se estropeaba nunca. Durante ocho años y 200.000 kilómetros no lo llevé al taller más que para revisiones de mantenimiento. El día en que murió yo estaba arruinado, desempleado y clavado en mitad de la avenida Pensilvania, a cuatro manzanas de la Casa Blanca. Salí, lo empujé hasta la acera, le quité las placas de la matrícula y me despedí.

No compré otro coche en nueve años. Como trabajaba casi siempre en Nueva York no lo necesitaba, gracias al óptimo sistema de transporte metropolitano y a un servicio de taxi fiable. Pero como también pasaba temporadas en Flint, me harté de alquilar coches en Avis y acabé comprando un monovolumen Chrysler. Ya nunca más me verán encajonado como una sardina en conserva.

El motor de combustión interna ha contribuido más al calentamiento global del planeta que cualquier otro factor. Casi la mitad de los elementos contaminantes de nuestro aire procede de lo que vomitan nuestros vehículos, y la contaminación del aire causa alrededor de 200.000 muertos al año. El calentamiento global hace aumentar la temperatura del planeta año tras año, lo que puede producir un incremento del riesgo de sequía en algunos países y tener efectos tremendamente perniciosos en la agricultura y la salud. Si no encontramos la manera de reducir el calor, estaremos al borde de una calamidad espantosa.

COMO GASTAR MENOS GASOLINA

  • Haga autostop: es gratis, puede uno conocer gente nueva y mantener interesantes conversaciones. Ventaja adicional: hay grandes posibilidades de que acabe apareciendo (en un papel secundario) en los criminales más buscados de EEUU o en un telefilme del tipo Mujer en peligro.
  • Viva en una ciudad con un buen sistema de transporte público: pero por favor no venga a Nueva York. Estamos completos. Múdese a alguna otra ciudad estadounidense con una buena red de transporte público como… bien… Vaya, olvídelo, vena a Nueva Cork Me sobra una habitación: puede quedarse en casa.
  • Succione gasolina de los coches aparcados en los aeropuertos: no van a ninguna parte. Es una vergüenza desperdiciar toda esa gasolina en estos tiempos de conciencia contra el despilfarro. Además representa un auténtico peligro: imagina lo que sucedería si un avión se estrellara contra uno de estos aparcamientos con miles de coches rebosantes de combustible. Procure no tragar.
  • Conduzca detrás de grandes camiones para reducir la resistencia del viento: Es posible que los expertos en seguridad viaria le desaconsejen esta práctica, pero funciona. Puede mantener el coche una determinada velocidad de crucero y gozar del paisaje. Inconveniente: corre el riesgo de recibir una paliza den una remota parad de camiones a manos de un bruto con el lema “Búscame” tatuado en la frente.
  • Viva en su despacho o lugar de su trabajo: De este modo eliminará sus costos viajes de ida y vuela además del fastidioso alquiler mensual. Ventaja adicional: impresionará al jefe por ser siempre el primero en llegar y el último en marcharse.

Pero tendrían que ver cómo tira el monovolumen. Y resulta tan silencioso... hasta que pongo a toda pastilla mi reproductor de CD con sonido envolvente emitido por ocho altavoces de la hostia. Puedo conducir durante 700 kilómetros con la música atronando, el aire acondicionado a tope y el teléfono móvil con manos libres listo para recibir la llamada del todopoderoso Rupert Murdoch para agradecerme el buen trabajo realizado en este libro y comunicarme que mi ejecución televisada se pasa al jueves para no interferir con el programa especial Videos de los tiroteos escolares más disparatados de América.

Detroit ha demostrado que cuenta con la tecnología necesaria para fabricar en masa coches que consumen un litro por cada, 20 kilómetros y camiones y camionetas que hacen 15 kilómetros por litro. El año en que las compañías automovilísticas presentaron sus mejores niveles de consumo -1987, bajo el reinado e Ronald Reagan-, un coche medio consumía un litro por cada 11 kilómetros. Sin embargo, después de ocho años de un Bill Clinton presuntamente sensible a las cuestiones medioambientales -prometió que los coches llegarían a consumir un solo litro por cada 17 kilómetros hacia el final de su mandato-, a media de consumo subió hasta los 10 kilómetros por litro. Quizá no esté de más decir que, en 1993, con ocasión de la toma de posesión de Clinton, General Motors celebró una suntuosa fiesta en Washington: evidentemente, habría sido grosero de su parte agraviar al anfitrión de una fiesta ofrecida en su honor.

El mayor regalo de Clinton a las tres grandes empresas automovilísticas consistió en eximir a los deportivos utilitarios de los requisitos de consumo que se imponían a los coches normales. Gracias a esta exención, esas máquinas de tragar gasolina consumen 280.000 barriles más de combustible cada día. Además, esa demanda es uno de los motivos por los que la administración Bush está presionando para poder practicar prospecciones en la Reserva Natural Ártica de Alaska. Según Bush, dicha disposición aportaría 580.000 barriles más de petróleo al día, lo que bas­taría para doblar el número de deportivos utilitarios que circulan por nuestras carreteras.

Si Clinton hubiera obligado a los fabricantes de esos vehículos a cumplir con los mismos requisitos de consumo que cumple mi monovolumen (una mejora que sólo implica unos pocos kilómetros más por litro), Bush no habría tenido justificación alguna para fantasear con tales prospecciones.

Con todos esos deportivos utilitarios en la carretera, ya no puedo ver por encima del vehículo que tengo ante mí. Son tan imponentes y rumbosos que parecen trállers enanos dopados. ¿A qué responde exactamente la existencia de los deportivos utilitarios? En principio, fueron creados para llegar hasta parajes dejados de la mano de Dios donde las carreteras propiamente dichas no existen. Entiendo que eso tiene sentido en Montana, pero ¿qué demonios hacen todos esos yuppies embistiendo taxis en medio de Manhattan?

En junio de 200 1, un consejo de científicos americanos punteros informó de que el calentamiento global era un problema real que empeoraba día a día. En su estudio, solicitado por la segunda administración Bush, el grupo de once máximos expertos en meteorología y climatología (incluidos algunos que hasta la fecha se habían mostrado algo escépticos respecto de la magnitud del problema) concluyó que la actividad humana es responsable en buena medida del recalentamiento de la atmósfera terrestre y que a resultas de ello, la situación es grave.

La publicación del estudio puso a George el Dormilón en el ojo del huracán él y otros miembros de su administración habían evitado intencionadamente el uso de la expresión «calentamiento global» y habían expresado repetidamente sus dudas acerca de que la contaminación estuviera aumentando peligrosamente la temperatura de la atmósfera. En Julio de 2001, Bush indigno a multitud de líderes internacionales al negarse a ratificar el Protocolo (le Kyoto, un acuerdo negociado originalmente por más de 100 Países (entre ellos Estados Unidos) y proyectado Para reducir dicho calentamiento.

Ahora, los propios científicos de Bush anunciaban que la Tierra iba camino de una catástrofe sin precedentes.

Quién sabe, quizás George el Joven lo tenga bien estudiado. Después de todo, yo prefiero estar calentito. Habiendo crecido en Michigan, tierra le inviernos brutales y de veranos que si te  he visto no me acuerdo, casi disfruto de este clima más templado. Pregunten a la gente si prefiere un cálido día en la playa o un invierno canadiense de los que te pegan la lengua a los dien­tes, y nueve de cada diez americanos ya tendrán listas las gafas de sol y la neverita portátil en el maletero. Y si uno necesita loción protectora solar de factor 125, pues para eso están las tiendas.

El verano pasado, sin embargo, sucedió algo levemente sobrecogedor. El New York Times informó de que, por primera vez en la historia, el Polo Norte se había... derretido. Un cargamento de científicos se plantó en la cima del mundo... ¡y ya no había hielo! Las noticias suscitaron una oleada de pánico tal que en pocos días el Times se vio obligado a rectificar para calmar los ánimos: no se había fundido realmente, sólo tenía la superficie un poco encharcada. Ya. Recuerdo la última vez que trataron de tranquilizarnos: fue en los años noventa, cuando dijeron que un gran asteroide se dirigía hacia la Tierra para impactar en algún momento de los siguientes veinte años. Tuvieron que tragarse sus palabras, pero deberían saber que no somos tan necios. El poder mediático nunca nos avisará cuando se acerque el fin, visto el riesgo de caos y la cancelación de suscripciones masiva que ello acarrearía.

La última glaciación fue el resultado de una variación global de la temperatura de sólo 4,5 grados. Ahora ya estamos a medio camino. Algunos expertos ya predicen un aumento de temperatura de 5 grados durante el siglo XXI. En Venezuela, cuatro de los seis glaciares del país se han derretido desde 1972. Las afamadas nieves del Kilimanjaro casi han desaparecido. En 1870, cuando se construyó el faro del cabo Hatteras, en Carolina del Norte, estaba a 500 metros de la orilla. Ahora la marea llega a casi 50 metros y el faro ha tenido que ser desplazado hacia el interior.

El derretimiento de los casquetes polares provocaría una subida del nivel del agua de unos diez metros, borrando del mapa todas las ciudades costeras y engullendo entero el estado de Florida (con colegios electorales incluidos). Soy consciente de que ciudades como Nueva York y Los Ángeles necesitan un buen fregado, pero tampoco tenía pensado recurrir a un maremoto.

COMO SOBREVIVIR AL CALENTAMIENTO GLOBAL

  • Identifique objetos de su vivienda que puedan servir como flotadores una vez que se derritan los casquetes polares. Preste especial atención a los, objetos de material sintético: tienden a. ser extremadamente resistentes al agua.
  • No se olvide de mirar en su, patio las sillas a prueba de agua que llevan posavasos incorporados flotan igual de bien en el mar que en su piscina. ¿Quién dice que el derretimiento catastrófico de los polos tiene que ser aburrido.
  • Examine mapas topográficos para determinar el punto más elevado del área en la que reside, y trace la ruta más rápida para llegar hasta allí. Haga simulacros de evaluación.
  • Acuda a la piscina de barrio más próxima para aprender a nadar. Practique bien la flotación vertical.
  • Vaya de vacaciones a Montana en vez de Florida. Dígales a los niños que trasladen su programa de borracheras en las playas de Daytona a la bonita ciudad de Billing.

Hablando de Florida, ese estado puede considerarse responsable también de toda esta chapuza. ¿Por qué? Pregunten al señor Freón. Antes de la existencia del aire acondicionado, Florida y el resto de los estados del Sur estaban escasamente poblados. El calor y la humedad eran insoportables. Un día a 35 grados a la sombra en Texas lo deja a uno demasiado agotado hasta para abanicarse. En Nueva Orleans el aire es tan denso que apenas se puede respirar. No es de extrañar que la gente del Sur hable con esa voz cansina. El clima resulta demasiado abrasador para vocalizar debidamente. También creo que este calor brutal y paralizante es el motivo por el que los grandes inventos, ideas y contribuciones para el avance de la civilización no nacieron en el Sur (con unas pocas excepciones: Lillian Hellman, William Faulkner y R. J. Reyno1ds, por ejemplo). Cuando el calor aprieta, ¿quién puede pensar, por no hablar de leer?

LO BONITO DEL SUR

Para equilibrar, mi retrato del Sur como tierra de paletos racistas y avanzadillas empresariales de última hora, se me ha pedido que enumere una lista de cosas que debemos agradecer al Sur. Aquí esta:

- La cecina -La limonada - Wal-Mart,  -Los bailes de gala:
Los buenos modales - La música country -La lucha con caimanes -La siesta en hamaca 
-Las reinas dé la belleza, -Míchael Jordan' - Walt Disney World  

Entonces se inventó el aire acondicionado y, de pronto, el Sur pasó a ser un lugar habitable. Brotaron los rascacielos por toda la región y los norteños, hartos de su enconado invíerno, empezaron a acudir a raudales. Uno podía conducir su coche con aire acondicionado, trabajar todo el día en un despacho con aire acondicionado y estudiar en una universidad debidamente acondicionada. Después, podía regresar a su casa igualmente fresca para planear la próxima quema de cruces en homenaje al Ku Klux Klan.

En un abrir y cerrar de ojos, el Sur prosperó y pasó a con­trolar el país. Hoy día, el pensamiento conservador nacido en el Sur confederado tiene al país en un puño. La obligatoriedad de colgar los Diez Mandamientos en espacios públicos, la enseñanza del creacionismo, la insistencia en instaurar la plegarla en la escuela, la prohibición de libros, la promoción del odio hacia el gobierno federal (del Norte), la reducción de los servicios sociales y gubernamentales, el belicismo, la resolución de los conflictos por medio de la violencia, todo ello constituye la seña de identidad de los legisladores del «Nuevo» Sur. Si uno piensa en ello, puede concluir que la Confederación ha acabado ganando la guerra de Secesión: una victoria largamente esperada, fruto de la afluencia masiva de yanquis incautos atraídos por el señuelo de aparatos acondicionadores de 5.000 frigorías y cubiteras incorporadas a las neveras.

COMO ASEGURARSE DE QUE SU AGUA ES REALMENTE POTABLE

  • Presione al Congreso para que el agua embotellada pase ser la bebida oficial del país.
  • Reconecte las tuberías del agua de su ciudad directamente a las fuentes de agua de manantial explotadas por las embotelladoras. Sí eso significa tender cañerías, hasta el otro lado del Atlántico para extraer agua de un manantial  alpino, pues que así sea. Si hay cables telefónicos que cruzan el océano, seguro que también puede haber tuberías.

Ahora el Sur es el amo indiscutible..., y si no lo cree, piense en los últimos cuatro presidentes. Si usted deseaba ganar, tenía que haber nacido allí o haber establecido su residencia en un estado sureño. De hecho, en las últimas diez elecciones presidenciales, el ganador (o el tipo designado por el Tribunal Supremo) era el más firmemente anclado al Sur o al Oeste. Ningún norteño parece elegible para gobernar el país.

Y todo por culpa del aire acondicionado. Ahora, tras abrirles la puerta a todos esos politicastros y aires sureños, parece que también exportaremos el clima meridional al resto del mundo abriendo un tremendo agujero en la capa de ozono. El agujero se halla ahora sobre la Antártida y su tamaño es dos veces el de Europa.

La capa de ozono nos protege de los rayos ultravioleta, que provocan cáncer y pueden ser letales. La brecha practicada en su tejido es consecuencia de los clorofluorocarbonos, sustancias químicas usadas comúnmente en aparatos de aire acondicionado y neveras, así como en algunos aerosoles. Cuando dichas sustan­cias son liberadas en la atmósfera y colisionan con ondas lumínicas de elevada energía como la luz ultravioleta, forman compuestos que destruyen el ozono. Pues bien, ¿cuáles son los mayores culpables de la reducción de la capa de ozono? Los aparatos de aire acondicionado instalados en vehículos, uno de nuestros juguetes favoritos.

Y esto me recuerda otro accesorio literalmente indispensable para los americanos enrollados y dinámicos: el agua embotellada. ¿Por qué beber agua del grifo o de la fuente cuando uno puede pagar 1 dólar con 20 por lo mismo y una botella de plástico que luego simularemos reciclar?

OTROS ADITIVOS QUE NOS GUSTARIA VER

Actualmente el gobierno añade flúor al suministro de agua, en tanto que muchas compañías decentes añaden cafeína, vitaminas, saborizantes  y microbios dañinos al agua embotellada. ¡Es que no tiene más imaginación? ¿Por qué no ir más allá cuando el dentista dice que es bueno para usted? Además, ya tenemos fluor en la pasta de dientes. Por qué no comercializar agua con sabores tan populares como:

- Chuletón, Tex mex, Prozac, Salsa picante, Soja, Barbacoa, ketchup.

En Nueva York, yo no solía beber agua embotellada. De hecho, me dejé llevar por la leyenda urbana de que la ciudad tiene una de las reservas de agua más limpias del planeta. Esa agua, según me enteré, está almacenada en 21 embalses construidos al aire libre en el área de Catskills, río Hudson arriba, y es conducida hasta la ciudad a través de un elaborado sistema de acueductos. Suena prístino.

Pero una noche, en la fiesta de un amigo, un conocido comentó que él y su familia se escapaban a su cabaña junto al embalse de Croton siempre que podían.
-¿Cómo es posible que tengas una cabaña a la orilla de nuestra agua potable? -pregunté yo.

-Oh, no está en la orilla, sino al otro lado de la carretera.

-¿Quieres decir que hay una carretera que rodea el agua que bebemos? ¿Qué pasa con todos los residuos que se producen, como vertidos de aceite o restos de neumáticos y demás?

-Todo se esteriliza una vez que el agua llega a Nueva York -me aseguró.

-No se puede esterilizar todo una vez que llega aquí -protesté-. Para cuando llega a Nueva York ya debe de haber arrastrado consigo todos los germicidas conocidos por el hombre.

Entonces, se puso a desgranar las delicias de sus paseos en barca por el embalse.

-¿Barca? -exclamé-. ¿Te pones a remar en mi agua potable?

-Claro, y a pescar también. El Estado nos permite varar la barca en la orilla.

SE ACABO LA CARNE: COMO CONVERTIRSE EN HINDU

Abrazar el hinduismo requiero poco más que la aceptación de unas reglas de vida acordes con las creencias hindúes. Según una de ellas por ejemplo, ay venerar a la vaca como una madre gracias al valor nutritivo de la leche que nos da. La matanza de vas es, pues, sacrílega. Siga estos pasos para convertirse en hindú:

  • Únase a una comunidad hindú (puede encontrar una cerca de usted en www.hindu.org/temples)
  • Tome un curso en el que se compare el hinduismo con otras confesiones.
  • Discuta sus nuevas creencias con representantes de su religión anterior y, en caso necesario, obtenga un acta de apostasía.
  • Adopte un nombre hindú en una ceremonia de bautismo.
  • Publique un anuncio en su periódico local para explicar que ha rescindido su vínculo con su antigua fe y ha adoptado un nuevo nombre.
  • Obtenga un documento que certifique que un sacerdote hindú ha autorizado su conversión.

Fue entonces cuando empezaron a entrar en mi hogar cajas y más caías de Evian.

Naturalmente, lo malo de beber agua embotellada (aparte del gasto) es que, al igual que los contenedores de reciclaje, me evitan pensar en el estado del agua en el país. Mientras pueda vender suficientes libros como para permitirme mi agua de manantial «francesa», paso de preocuparme por la cantidad de BPC que la General Electric ha vertido en el río Hudson. Después de todo, hace cientos de años, los indios echaban sus residuos al Hudson y los primeros colonos blancos lo explotaban como su­midero de alcantarilla. ¡Y mira qué gran metrópoli nos legaron!

Manhattan también es un lugar fantástico para un buen bistec. Hasta hace unos años, no creo que pasara un solo día de mi vida adulta sin comer carne de vacuno (y, a menudo, lo hacía dos veces al día). Entonces, por ninguna razón en especial, dejé de comerla. Pasé cuatro años sin probar un bocado de carne, y fue­ron los cuatro años más sanos que he vivido (para la gente como yo, eso significa que no la palmé).

Quizá fue el hecho de escuchar a Oprah Winfrey decir en 1996 que el descubrimiento de la enfermedad de las vacas locas «le había hecho dejar las hamburguesas de golpe». Por entonces, Oprah tuvo que lidiar con una amenaza igualmente peligrosa: los ganaderos de Texas, que presentaron una demanda contra ella (y contra el ex granjero y miembro de un grupo de presión que apareció en su programa para hablar del peligro del mal de las vacas locas) por 12 millones de dólares. Adujeron que Oprali y Howard Lyman habían violado los estatutos de Texas que prohíben el falso descrédito de productos alimenticios perecederos (por favor, noten que fue Oprali quien dijo que había dejado de comer hamburguesas... No quisiera entrar en batallas legales). Oprali ganó el caso en 1998; entonces, sólo por fastidiar, declaró: «Sigo sin comer hamburguesas.»

Yo, por mi parte, recaí en la mala vida y de vez en cuando le pego cuatro mordiscos a la vaca Paca. No parece que haya aprendido la lección de mediados de los setenta, época en que me zampaba sustancias ignífugas en lugar de carne.

Al igual que millones de nativos de Michigan, pasé años ingiriendo BPB, la sustancia química utilizada en la fabricación de pijamas infantiles..., sin siquiera saberlo. Era uno de los ingredientes de un producto llamado Firemaster, fabricado por una compañía que también producía pienso para el ganado vacuno. Parece que acabaron por mezclar accidentalmente los contenidos de las bolsas y mandaron el componente ignífugo (etíquetado como «comida») a una central de distribución en Michigan que repartió el supuesto alimento por granjas de todo el estado. Así, las vacas pasaron a comer BPB... y nosotros, a nuestra vez, nos comíamos las vacas y bebíamos su leche, cargada de esa sustancia.

Uno de los grandes problemas del BPB es que el cuerpo no lo excreta ni elimina en modo alguno. La bestia permanece en tu aparato digestivo. Cuando estalló el escándalo -y se supo que el Estado había tratado de encubrirlo-, los residentes de Michigan fliparon. Cabizbajos, muchos políticos acabaron de patitas en la calle. Además, se nos dijo que los científicos no tenían ni idea del modo en que el BPB podía afectar a nuestra salud y que probablemente tardarían otros veinticinco años en averiguarlo.

Pues bien, esos veinticinco años ya pasaron y tengo buenas noticias: efectivamente, mi estómago no se ha incendiado. Pero sigo atenazado por el ansia, soñando con que algún día aparecerá un granjero para ordeñarme. No puedo dejar de pensar en Centralia, Pensilvania, la ciudad cuyos residentes hacían su vida mientras fuegos subterráneos ocasionaban estragos durante años. La ciencia no tiene respuesta para todo. ¿Van a desarrollar un tumor lanudo y estirar la pezuña millones de habitantes de Michigan? ¿0 simplemente perderemos todos la cabeza y nos encontraremos trabajando para un candidato incapaz de ganar pero que puede causar múltiples daños colaterales?

Ni yo ni nadie tiene la respuesta. Si conoce a algún nativo de Michigan (y le garantizo que tiene a uno muy cerca, gracias a la diáspora patrocinada por Reagan en los años ochenta), pregúntele acerca del BPB y fíjese en cómo palidece. Se trata de un sucio secreto que no queremos compartir.

Sin embargo, una amenaza bovina mucho mayor se cierne sobre nosotros: no conoce fronteras estatales ni regionales, y merece esa denominación digna de Poe que exhibe como un cencerro alrededor del cuello:

La vaca loca.

Se trata de la amenaza más espantosa a la que se ha enfrentado la raza humana. Peor que el sida, peor que la peste negra, peor que prescindir del hilo dental.
La vaca loca no tiene cura. No hay vacuna preventiva. Todos los que se ven afectados por el mal mueren sin excepción tras una agonía horrible y dolorosa.
Lo peor de todo es que se trata de una enfermedad creada por el hombre, nacida de la locura humana que llevó a convertir a vacas inocentes en seres caníbales. Así es como empezó todo:

Dos investigadores fueron a Papúa Nueva Guinea Para estudiar los efectos del canibalismo y el modo en que hacía enloquecer a muchos de sus practicantes. Descubrieron que los afectados sufrían una encefalopatía espongiforme transmisible (o EET). Los nativos la llamaban kuru. Lo que sucede en un caso de EET es que unas proteínas defectuosas -los priones- se pegan a las neuronas y las deforman. En lugar de degradarse en una proteolisis como Dios manda, estas proteínas se quedan ahí y desbaratan el tejido nervioso, dejando el cerebro agujereado como una loncha de Gruyere.

Resulta que en Papúa Nueva Guinea, estos priones se propagaban gracias al canibalismo. Nadie parece saber de dónde proceden originalmente, pero cuando penetran en el sistema causan estragos. Algunos opinan que una simple partícula de carne infec­tada-del tamaño de un grano de pimienta- basta para infectar a una vaca. Una vez que la carne ingerida libera a los cabroncetes, éstos se despliegan como un ejército de comecocos, dirigiéndose directamente al cerebro y devorando todo lo que encuentran a su paso.

Y aquí viene lo gracioso: no se les puede matar.. ¡porque no están vivos!

La enfermedad se incorporó a la cadena alimentarla en Gran Bretaña a través de las ovejas, luego pasó a las vacas por medio del pienso fabricado a partir de los restos de ovejas y de otras vacas. Por fin, la carne de vacuno enferma llegó al mercado británico. El mal puede permanecer latente durante treinta años antes de manifestarse y asolarlo todo, por lo que no fue hasta que diez jóvenes murieron en 1996 que el gobierno británico reconoció que algo olía mal en el suministro de carne.... algo que llevaban diez años sospechando.

La solución británica para erradicar la fuente de la enfermedad consiste en incinerar cualquier vaca sospechosa de padecer el kuru. Sin embargo, al quemarla, la amenaza no desaparece: como ya he dicho, no puedes matarla. El humo y las cenizas no hacen más que llevarse el mal a otro sitio para que vaya a parar al plato de nuevos comensales.

Los estadounidenses no son inmunes a esta enfermedad mortal. Algunos expertos estiman que unos 200.000 ciudadanos estadounidenses diagnosticados de Alzhelmer pueden, de hecho, estar infectados con esta proteína, en cuyo caso su demencia sería la manifestación del mal de las vacas locas.

Gran Bretaña y muchos otros países han prohibido desde entonces la alimentación canibalística del ganado. En las granjas no pueden utilizarse sobras de alimentos destinado a los humanos. El Departamento de Salud y Alimentación de Estados Unidos ha seguido la misma senda y ha prohibido los piensos de origen animal. Aun así, los productos canibalísticos siguen entrando en el mercado. Ojo: muchas medicinas y vacunas, incluidas las de la polio, la difteria y el tétanos, pueden contener, en teoría, productos que causen el mal de las vacas locas.

Tanto Gran Bretaña como Estados Unidos han reaccionado con parsimonia ante la amenaza. Si tiene que comer una hamburguesa o un bistec, asegúrese de incinerarlo bien antes de engullirlo. Cuanta menos carne quede, mejor para usted.

¿Y yo? Voy a dejar de comer carne de vacuno a menos que alguien me demuestre que todo el BPB que acarrean mis entrañas puede vaporizar a los parásitos de vaca loca devoradores de cerebros humanos.

He pensado en trasladarme a California y hacerme vegetariano. Pero California es un infierno. Hay un desastre ecológico a cada paso y en cada esquina. Cuando no se trata de terremotos, se trata de incendios forestales. Y lo que se salva de las llamas acaba sepultado por corrimientos de tierras. Si el estado no se halla bajo los efectos de una sequía terrible, son el Niño, la Niña o el Loco los que se encargan de sembrar el caos. La costa Oeste no está hecha para los humanos, y seguro que la naturaleza jamás quiso que nuestra especie se asentara allí. No es un entorno adecuado para nuestra supervivencia. No importa la cantidad de desierto que se haya logrado ajardinar ni cuánta agua se bombee desde el río Colorado a 1.500 kilómetros de distancia: no hay modo de engañar a la Madre Naturaleza. Y está visto que cuando lo intentas, su mosqueo tiene consecuencias devastadoras.

Los indios ya lo descubrieron hace tiempo. Algunos científicos dicen que había más contaminación en la cuenca de Los Ángeles cuando decenas de miles de indios vivían allí en sus campamentos que hoy en día, con ocho millones de vehículos circulando por sus autopistas. Llegó un momento en que la población nativa ya no podía tolerar que el humo de sus hogueras quedara suspendi­do en el aire sin disiparse jamás, atrapado entre las montañas. Así que cuando la tierra tembló y se abrió, captaron el mensaje y pusieron pies en polvorosa.

Nosotros no haremos lo mismo. California es nuestro sueño.

Treinta y cuatro millones de personas -una octava parte de la población estadounidense- viven apretujadas a lo largo de esta franja de tierra que se extiende entre el océano y las montañas Rocosas. Es como el maná para las compañías energéticas: treinta y cuatro millones de pardillos a los que sacarles jugo.

Bienvenidos al país de los apagones.

En los buenos tiempos, la electricidad en California era su­ministrada por monopolios regionales cuyas tarifas se establecían según la legislación del Estado. Luego, a mediados de los años noventa, la desregulación se presentó como la panacea para que las compañías eludieran los elevados costes de la construcción de nuevas plantas nucleares... y como una oportunidad para ganar muchísimo más dinero. Uno de los grandes defensores de dicha desregulación fue Enron, máximo contribuyente del Partido Republicano y de George W. Bush.

Esta desregulación se consumó en 1996, gracias a una ley que fue aprobada en sólo tres semanas y que proporcionaba un balón de oxígeno de 20.000 millones de dólares a las empresas californianas de servicios públicos (la mayor parte del cual se empleó en subsanar sus malas decisiones inversoras del pasado). Durante cuatro años, los precios quedaron congelados -a un nivel por encima de la media-, al igual que la competencia, que presuntamente habría debido incrementarse en un mercado desregulado. Se bloqueó la construcción de nuevas plantas energéticas, de modo que los residentes de California se hicieron Progresivamente más dependientes de proveedores de fuera del estado. Así, en los últimos tiempos han tenido que comprar la energía a precios escandalosamente inflados.

Hoy día, los consumidores no sólo pagan más, sino que se ven forzados a pasar parte del día sin electricidad. Y no es porque haya escasez energética. El Operador Independiente del Sistema, la agencia californiana que supervisa la transmisión de electricidad, tiene acceso a 45.000 megavatios: la cantidad necesaria para satisfacer la elevada demanda estival. Las compañías energéticas retienen 13.000 megavatios de la cantidad inicial mediante desconexión (y por motivos que no están obligadas a divulgar). En agosto de 2000, el Wall Street Journal informó de que se estaba reteniendo un 461 % más de capacidad energética que el año anterior. Y, naturalmente, un suministro más escaso trae consigo precios más elevados.

Pero esto no es así en ciudades abastecidas por empresas de servicios que son propiedad de la comunidad. La población de Los Ángeles y de otras áreas donde la energía sigue en manos de los ciudadanos no ha sufrido apagones. Otros estados del suroeste y del Pacífico tienen una producción suficiente para sacar a California del apuro, aportando el 25 % de su energía.

Mientras se desarrolla este drama hollywoodiense, junior y tío Dick no han dejado escapar el momento para asustar al personal con vistas a conseguir más apoyos que les permitan construir nuevas plantas nucleares, incinerar más carbón y perforar terrenos vírgenes en busca de petróleo. En otras palabras, quieren empeorarlo todo. Entre tanto, Bush ha construido un nuevo hogar en su rancho tejano que es el sueño de cualquier ecologista: todo funciona con energía solar, y sus aguas residuales se reciclan. La residencia del vicepresidente Cheney, a su vez, está equipada con lo último en dispositivos de ahorro energético, instalados en su día por el presidente en el exilio, Al Gore.

La energía limpia y renovable está muy bien para ellos, pero su política hacia el resto de nosotros está muy clara:

«¡Que conduzcan monovolúmenes y coman chuletones!»

EL RANCHO ECOLOGICAMENTE CORRECTO DE GEORGE W. EN TEXAS

Quizás al presidente Bush le traiga sin cuidado el medio ambiente del resto del mundo, pero, cosa rara, su nuevo rancho en Crawford, Texas, es de lo más ecológicamente correcto. Posee, entre otras instalaciones.

  • Sistemas de calefacción y enfriamiento geotérmicos que consumen un 75% menos de energía eléctrica que los dispositivos tradicionales.
  • Un sistema de bombeo de agua a 20°C desde una profundidad de 90 metros, para enfriar toda la casa en verano y calentarla en invierno. El sistema se emplea asimismo para calentar el agua de la piscina.
  • Un depósito de 100.000 litros que le que se recogen las aguas negras para reutilizarlas en el riego del jardín.
  • Un sistema de purificación de agua propio, que emplea agua reciclada para regar las flores y hierbas silvestres autóctonas que crecen en terrenos de la finca.

Estúpidos hombres blancos – Michael Moore

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