Demócratas: donde dije digo...

Escrito por Michael Moore el . Publicado en Varios insolentes

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Estúpidos hombres blancos, (en inglés, "Stupid White Men") es un libro del escritor y cineasta estadounidense Michael Moore, publicado en 2001. Es una crítica en tono satírico de la sociedad de los Estados Unidos, las políticas gubernamentales del país y al gobierno de George W. Bush, centrándose principalmente en temas como el racismo, la xenofobia y las acusaciones sobre incompetencia del presidente Bush.

Firmó un proyecto de ley para que se distribuyeran fondos federales a organizaciones caritativas «de carácter confesional».

Amplió a un total de sesenta el número de crímenes por los que puede aplicarse la pena capital.

Firmó un proyecto de ley para prohibir los matrimonios de homosexuales y pagó cuñas propagandísticas en emisoras cristianas de radio para pregonar su oposición a cualquier forma de emparejamiento legal entre personas del mismo sexo.

En un corto período, dejó a diez millones de beneficiarios -de un total de catorce millones- sin asistencia social.

Prometió a los distintos estados «fondos federales extra» si se mostraban capaces de reducir aún más el número de subvencionados. A la vez, facilitó la obtención de dichos fondos al no exigir a los estados que ayudasen a conseguir trabajo a los antiguos beneficiarlos de la asistencia social. Introdujo un plan que negaba cualquier tipo de ayuda a adolescentes con hijos en el caso de que abandonasen la escuela o la casa de sus padres.

Aunque se encargó de que nadie se diera cuenta, apoyó muchas de las disposiciones del «Contrato con América» pergeña­do por el republicano Newt Gingrich, entre ellas la rebaja del impuesto sobre plusvalías.

A pesar de las llamadas por parte de gobernadores republicanos como George Ryan, de Illinois, para apoyar una moratoria sobre la pena capital, rechazó todos los esfuerzos para reducir el número de ejecuciones, incluso después de desvelarse que hay docenas de inocentes en los corredores de la muerte.

Suministró fondos para que los municipios contratasen a más de mil nuevos agentes de policía y propugnó nuevas leyes que permitían encarcelar a perpetuidad a personas que habían cometido tres delitos, incluso si se trataba del hurto de cuatro naranjas.

Actualmente, hay más gente en Estados Unidos sin seguro médico que cuando asumió el cargo.

Firmó órdenes que prohibían cualquier tipo de asistencia médica a inmigrantes ilegales.

Apoyó la prohibición de abortos de última hora y prometió firmar un proyecto de ley que únicamente incluyese la despe­nalización en el supuesto de que la vida de la madre corriese peligro.

Firmó una orden que prohíbe mandar fondos federales a países donde pueden emplearse para prácticas abortivas.

Firmó una orden de un año de validez que prohibía que fon­dos federales de Estados Unidos se enviasen a países extranjeros donde las agencias de planificación familiar mencionan el aborto como una opción viable para mujeres embarazadas.

Se negó a firmar el Tratado de Prohibición Total de las Minas Antipersonales ratificado por 137 países (entre los no firmantes se encuentran Irak, Libia y Corea del Norte).

Saboteó el Protocolo de Kyoto al insistir en que las tierras de cultivo y los bosques se contaran en el porcentaje de reducción de emisiones por parte de Estados Unidos, lo que convertía en una broma el acuerdo (concebido ante todo para reducir la polución provocada por el dióxido de carbono procedente de coches y fábricas).

Aceleró las prospecciones de gas y petróleo en tierras de propiedad federal a un ritmo que igualaba, y en algunas zonas superaba, el nivel de producción registrado durante la era Reagan.

Aprobó la venta de un terreno petrolífero en California, lo que constituía el mayor acuerdo de privatización en la historia de Estados Unidos, a la vez que abrió la Reserva Nacional de Alaska a las prospecciones petrolíferas (algo que ni siquiera Reagan se atrevió a hacer).

Y se ha convertido en el primer presidente desde Richard

Nixon que no ha obligado a los fabricantes de coches a reducir el consumo de gasolina, una medida que ahorraría millones de barriles de petróleo al día.

En vista de todo lo anterior, sí, no hay duda de que Bill Clinton ha sido uno de los mejores presidentes republicanos que hemos tenido.

Somos muchos los que nos hemos estado arañando el rostro desde que George W Bush accedió al cargo. La buena gente y los progres se mostraron horripilados ante la perspectiva de que un hijo de Bush hiciese estragos en el medio ambiente, diera marcha atrás en los derechos de la mujer y nos tuviera a todos recitando plegarlas en la escuela y ante los semáforos. No les faltaban motivos para estar preocupados.

Sin embargo, Bush no es más que una versión algo más repugnante y malvada de lo que ya experimentamos a lo largo de los años noventa, con la salvedad de que, por entonces, todo eso vino envuelto en la encantadora sonrisa de un individuo que tocaba el saxo y nos llegó a contar cómo era la ropa interior que llevaba (y la que llevaban sus becarias). Su forma de ser nos gustaba. Daba impresión de normalidad. El tipo era capaz de cantar el Himno Nacional Negro. Salía de fiesta con Gloria Stelnem. Veía mi programa y me caía bien.

A todos nos alivió que la era Reagan/Bush hubiera terminado y molaba tener a un presidente que había fumado hierba en su Juventud y que se presentaba como el «primer presidente negro de Estados Unidos,. Con tales virtudes, decidimos hacer la vista gorda ante gestos como su veto de las disposiciones clave del Protocolo de Kyoto, unas semanas antes de las elecciones de noviembre de 2000.

No queríamos saberlo. Después de todo, ¿cuál era la alternativa? ¿El niño Bush? ¿Pat Buchanan? ¿Ralph Nader?

Oli, por Dios, Ralph Nader no. ¿Por qué querríamos votar por alguien con quien estamos plenamente de acuerdo? Qué rollo.

Nader es ahora la víctima de la ira personal y reconcentrada de la generación de la posguerra, que lo culpa de la derrota de Al Gore (aunque Gore no perdió). Miro a estos individuos de entre cuarenta y cincuenta años y me pregunto por qué Nader les parece tan amenazador.

Mi impresión es la siguiente: Nader representa todo aquello que fueron pero ya no son. Él nunca cambió. Nunca perdió la confianza, nunca cedió ni abandonó. Por eso lo odian. No se mudó a los suburbios residenciales blancos para proyectar su existencia alrededor de las expectativas de acumular todo el dinero del mundo. No se vendió para acaparar poder y no es de extrañar que millones de alumnos de secundarla y universitarios lo adoren. Es lo contrario de sus padres, que los criaron entre­gándoles una llave de la casa, instalándoles una línea de teléfono independiente y poniendo un televisor en su dormitorio. Nader no se pasó de los Beatles a Richard Clayderman. Lleva la misma ropa arrugada de siempre. Los que tanto lo critican son los clásicos chulos de instituto que no cesarán de acosarlo hasta que vista, piense y huela como ellos.

Lo sentimos. Nader no tiene intención de cambiar. De modo que ahorren su saliva, aumenten su dosis de Prozac y concierten una consulta semanal con un terapeuta. O simplemente relájense y siéntanse agradecidos porque aún existan personas como él. Pueden seguir sorbiendo su martini mientras Nader hace el trabajo suelo en su lugar.

Ya sé que es una píldora difícil de dorar: levantarse cada mañana para alimentar al monstruo financiero, estar en la nómina de unos gánsters y tener que poner ambas mejillas cada vez que ellos se preparan para propinarle una bofetada.

Pero en alguna de las circunvoluciones más recónditas de su cerebro se activa una terminación nerviosa por unos breves instantes. Se trata de su banco de memoria, que le recuerda los tiempos en que era joven, cuando creía en la posibilidad de cambiar el mundo, antes de que las hordas de adultos lo reprogramasen para que volviese al redil bajo la amenaza de dejarlo al margen del festín de los años ochenta.

Así fueron las cosas. Aprendió a renunciar a sus valores creyendo que los seguía preservando («sí, tengo un cuatro por cuatro para gozar mejor de la naturaleza»). Aprendió a aplacar su conciencia respecto de su trabajo de mierda, por miedo a la única alternativa que se le ocurría: una vida de privaciones y miseria. Interiorizó la naturaleza opresiva de su iglesia porque Jesús dijo cosas tan valiosas como «ama a tu enemigo», de modo que si el dinero que dona a la beneficencia acaba en manos de un club homófobo, ¿qué le vamos a hacer? Aprendió a callar cuando amigos o colegas hablaban en velados términos racistas porque sabe que usted no es racista y que, en el fondo, ellos tampoco. En cualquier caso, está bien que cada cual se quede en su barrio.

Y -¿cómo no?- siguió votando a los demócratas. De he­cho, ellos dicen que llevan sus esperanzas en el corazón..., y usted les cree. Además, ¿quién puede ser tan inútil como para votar al candidato de un tercer partido? ¿Por qué molestarse en revivir su juventud, esa época en que estaba dispuesto a que le abrieran la cabeza por luchar en favor de aquello que le parecía justo? En e) mundo adulto es mejor olvidarse de lo que es justo: hay, que ganar. Ganar es lo que importa, bien se trate de sus ac­ciones, sus fondos de inversión o el talento de su hijo respecto del de sus compañeritos.

Hacer lo correcto? ¡Bah! Hay que sumarse a las filas del ganador, por más que éste (Clinton) respalde la ejecución de personas, no prohíba las minas antipersonas, dicte órdenes de restricción de la información, impida la financiación de clínicas abortistas, eche a los pobres a la calle, duplique la población carcelaria, bombardee países, mate a inocentes (en Sudán, Afganistan, Irak y Yugoslavia), permita que unos pocos conglomerados controlen casi todos los medios de comunicación (antaño repartidos entre casi un millar de empresas) y no deje de aumentar los presupuestos del Pentágono. Todo eso sigue siendo mejor que... que... bueno, que algo muy malo.

¿Cuándo vamos a dejar de engañarnos? Clinton y la mayoría de los demócratas de hoy en día no han hecho ni harán lo que se supone que es mejor para nosotros ni para este mundo. Nosotros no pagarnos sus facturas, lo hace el 10 % más rico de la población, v está visto que así debe seguir. La mayoría de ustedes ya lo saben, pero no se animan a reconocerlo porque la alternativa tiene cara de Dick Cheney.

Antes de que los benditos demócratas empiecen a conjeturar la temperatura a la que arden los libros, permítanme que deje algo muy claro: George W Bush es peor que Al Gore o Bill Clinton.. De eso no cabe la menor duda.

Pero ¿qué significa eso exactamente? Si uno se encuentra frente a dos humanos y alguien le pide que escoja al peor de los dos, se decantará seguramente por el más cabrón. Hitler era «peor» que Mussolini, un Chevrolet es «peor» que un Ford y yo soy sin duda peor que mi esposa. Esas distinciones son un juego de niños. La verdad es que la elección entre el « conservadurismo compasivo» de Bush y el clintonismo no tiene mucho más sentido que elegir entre el aceite de ricino y el jarabe para la tos. La administración del pimpollo Bush empezó por revocar una serie de órdenes eje­cutivas de Clinton. Acto seguido, los demócratas lo pintaron como una especie de bestia negra. Simbólicamente, era un mo­mento importante para ellos. Necesitaban que el pueblo creyera que Bush estaba envenenando el agua con arsénico para matarnos a todos. Querían que todos pensásemos que Bush iba a asolar los bosques del país, recortar los fondos destinados a planificación familiar y desertizar Alaska porque sólo estaba interesado en deshacer las cosas buenas logradas por Clinton.

Lo que jamás se mencionó es que Clinton había pasado ocho años sin intervenir prácticamente en tales asuntos y, entonces, cuando le quedaban pocas horas al mando, decidió retirarse del cargo luciendo su mejor palmito para hacer quedar a Bush como un corsario. La treta funcionó estupendamente.

En realidad, George W Bush ha hecho poco más que proseguir con la política de los ocho años de la administración Clinton/Gore. Durante ese período, el dúo desestimó todas las recomen­daciones para reducir la cantidad de dióxido de carbono en el aire y la de arsénico en el agua. Un mes antes de las elecciones de 2000, el líder demócrata del Senado Tom Daschle y otros dieciséis representantes del mismo partido consiguieron detener cualquier tentativa de reducción de arsénico en el agua. ¿Por qué? Porque Clinton y los demócratas se debían a los capullos que habían financiado sus campañas y a los que no les convenía ver reducidos los niveles de arsénico en el agua.

Basta recordar que el equipo Clinton/Gore fue la primera administración en veinticinco años que no impuso a las tres grandes firmas automovilísticas normas más estrictas de consumo energético. Con su beneplácito, millones de barriles adicionales de petróleo fueron innecesariamente refinados para contaminar el aire. Aquel gran icono del conservadurismo llamado Ronald Reagan obtuvo mejor nota en ese campo, pues su administración mandó que los coches consumieran menos. Posteriormente, Bush I estableció normas más severas. Clinton no hizo nada. ¿Cuánta más gente morirá de cáncer y hasta qué punto se acelerará el calentamiento global gracias a la camaradería de Bill y Al con Andrew Card, uno de sus mayores clientes? Se trata de uno de los activistas más aguerridos de los grupos de presión de la industria automovilística que, curiosamente, es ahora jefe de gabinete del sucesor natural de Clinton, George W Bush.

¿Hay diferencia entre republicanos y demócratas? Los demócratas dicen una cosa («salvemos el planeta») y hacen otra, estrechando entre bastidores la mano de los sinvergüenzas que han hecho del mundo un lugar más sucio y cruel. Los republicanos se limitan a habilitar un despachito para esos sinvergüenzas en el ala oeste de la Casa Blanca. En eso radica la diferencia.

Prometer tu protección a alguien para luego robarle es peor que atracarlo sin más preámbulos. El mal al descubierto, el que no se esconde bajo una piel de cordero, puede resultar bastante más fácil de combatir y erradicar. ¿Preferimos una cucaracha a la que vemos pasear regularmente por el baño o una casa repleta de termitas ocultas tras las paredes? Las termitas nos llevan a pensar que tenemos la sala de estar más acogedora del mundo hasta que la estructura entera se desmorona y nos sepulta bajo el serrín.

Bill Clinton esperó hasta sus últimos días en la presidencia para firmar un montón de decretos y normas, muchos de los cuales prometían mejorar el medio ambiente y crear condiciones de mayor seguridad laboral. Fue la expresión última de su cinismo irrefrenable: esperar a las últimas 48 horas de mandato para hacer lo debido, de modo que todos volviésemos la vista atrás y dijéramos «él sí que fue un gran presidente». Pero Bill sabía que estas disposiciones de última hora durarían lo que tardara la nueva ad­ministración en asumir el poder. Ninguna de ellas llegaría a hacerse efectiva.

No era más que un truco de imagen.

¿Siguen creyendo que Clinton limpió nuestra agua de arsénico? No sólo no hizo nada en ese sentido en los últimos ocho años de su legislatura, sino que estipuló que no se eliminase el arsénico del agua hasta el año 2004. Ahí lo tienen. El gran gesto ecológico de Clinton garantizaba que seguiríamos bebiendo los mismos niveles de arsénico que habíamos estado tomando desde 1942, año en que un demócrata serio tuvo, por última vez, las agallas de enfrentarse a los intereses de las industrias mineras para reducir el nivel de veneno al que nos exponemos. Los canadienses y europeos ya tomaron medidas hace tiempo, pero Clinton hizo caso omiso de la ley que lo obligaba a seguir el mismo camino. Ello condujo a una querella contra su administración promovida por el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales. En su última semana, Clinton cedió, pero no antes de modificar el enunciado de modo que postergase cuatro años más la aplicación de la ley. De este modo, oficializó los niveles de veneno que beberíamos durante toda la legislatura de Bush.

¿Y las regulaciones sobre las emisiones de dióxido de carbo­no que Bush 11 anuló? De hecho, Bush no anuló nada. No hizo más que mantener el statu quo de Clinton. Básicamente, se limitó a decir: «Voy a contaminar el aire en la misma medida en que lo hizo Clinton, y ustedes beberán la misma cantidad de arsénico en el agua que durante su mandato.»

Al igual que la demora de cuatro años establecida para la reducción del nivel de arsénico en el agua, las órdenes de Clinton respecto de las emisiones tóxicas especificaban que éstas no debían reducirse de inmediato. A mediados de noviembre, presintiendo la debacle electoral, anunció la estricta reducción de cuatro gases invernadero, entre los que se incluía el dióxido de carbono. Bonitas palabras, pero si uno iba más allá descubría que los nuevos niveles no entrarían en vigor hasta el año 2010. La guinda fue la introducción de una cláusula que impedía que se estableciese una nueva normativa durante los siguientes quince años.

EL LEGADO DE CLINTON: SUS REGULACIONES Y ORDENES EJECUTIVAS DE ÚLTIMA HORA

Clinton esperó ocho años antes de decidirse a hacer algo por nosotros. Poco antes de salir por la puerta, dispuso que:

  • Se protegieran 24 millones de hectáreas de bosque contra la industria maderera y la construcción de carreteras.
  • Se promulgasen reglas para reducir la siniestralidad laboral. Se incrementaran las normas de seguridad relativas a la cantidad de plomo en pintura, suelo y polvo; así como en el consumo de carburante de los motores Diesel.
  • Se dictasen nuevas normas contra la contaminación causada por grandes camiones destinadas a reducir en un 95 % el nivel azufre en el carburante.
  • Se obligase a los productores cárnicos a practicar comprobaciones bacteriológicas con regularidad.
  • Se forzara el ahorro energético en los acondicionadores de aire.
  • Se decretasen nuevas restricciones de consumo energético para las lavadoras.
  • Se instituyeran normas más estrictas para el ahorro energético en calentadores de agua.

Se protegiese a las nutrias marinas de la Costa Oeste,

  • Se endurecieran los requisitos para almacenar comida importada.

Se protegiese a los lobos marinos en Alaska.

  • Se obligara a los hornos de fundición de hierro, plomo y acero a que informaran al público acerca de sus emisiones si éstas superaban los 45 kilogramos al año, una reducción espectacular, respecto del margen de 11.000 kilos al año establecido anteriormente,
  • Se creara una reserva natural de 44 millones de hectáreas en los arrecifes de coral del archipiélago hawaiano.
  • Se promulgasen reglas más ¡estrictas relativas al etiquetado de las carnes.
  • Se prohibieran las motos de nieve en los parques nacionales.
  • Se establecieran normas de seguridad para los vehículos que transportan niños.
  • Se limitara la información que las mutuas médicas tienen derecho a facilitar sin permiso de sus pacientes,
  •  Se protegieran terrenos federales contra la minería en casos en que la actividad minera represente un daño irreparable para la Tierra.
  • Se permitiese a funcionarios federales denegar contratos a empresas que violan leyes medio ambientales, laborales, de empleo y consumo.
  • Se establecieran pautas contra el recurso a la fuerza y al confinamiento para los menores de veintiún años inter­nados en instituciones psiquiátricas.
  • Se propusiera la regulación de pesticidas bioquímicos,
  • Se destinaran 320 millones de dólares al sistema de transporte urbano de Chicago.
  • Se destinaran 7,5 millones a los estados para mejorar la seguridad infantil en los vehículos.
  • Se destinaran 18 millones a comprar tierras de cultivo californianas con un valioso potencial ecológico.
  • Se incrementara la protección de las tierras pantanosas del país.

La lista sigue. Clinton no hizo nada acerca del síndrome del túnel carpiano que afecta a los usuarios de teclados. La noche del 19 de enero, poco antes del fin de su carrera presidencial y mientras se dedicaba a perdonar a cuatro millonarios, decidió hacer algo por esas mujeres que se pasan todo el día sentadas ante el teclado y cuyas manos lisiadas acudieron a votarlo dos veces para convertirlo en presidente.

Amigos, les está engañando un puñado de «progres» de oficio que no movió un dedo en ocho años para deshacer estos entuertos. Y ahora no pueden dejar de atacar a Ralph Nader, que ha dedicado su vida a todas y cada una de estas causas. Qué cara más dura. Culpan a Nader de la victoria de Bush. Yo los culpo a ellos por haberse convertido en el mismo Bush. Maman de la misma tetina financiera, apoyando acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que, según el Sierra Club, ha duplicado la contaminación a lo largo de la frontera mexicana gracias a las fábricas estadounidenses que se trasladaron allí.

Si Clinton hubiera hecho aquello por lo que lo votamos en 1992, no nos encontraríamos con estos problemas. Habría bastado con que en su primer día de ejercicio ordenara la reducción de los niveles de arsénico en el agua potable para que los americanos bebiésemos agua más limpia y sana durante los últimos ocho años. Dado el caso, habría sido imposible para Bush decir: «Queridos conciudadanos, ya llevan demasiado tiempo bebiendo agua limpia y es hora de regresar a los tragos de arsénico para todos.» No se hubiera atrevido a dar marcha atrás. Pero dado que Clinton esperó hasta el último minuto para hacer lo que debía, su decisión no contó con apoyo político ni popular y Bush lo tuvo extremadamente fácil para revocarla. Dio por sentado que nadie iba a echar de menos algo de lo que jamás había gozado.

Pero Bush había olvidado algo: la mayoría de nosotros ni si­quiera sabía que, bajo el gobierno de Clinton, estaba bebiendo agua con los mismos niveles de arsénico que en 1942. Como Bush quiso darse aires en su primer día al cargo invalidando las decisiones de Clinton, todos nos enteramos de que nuestra agua estaba contaminada. Y ahora, debemos formular esta dolorosa pregunta: habida cuenta de que nunca conocimos ni denuncia­mos los elevados niveles de arsénico que padecíamos durante la legislatura de Clinton, ¿cree que Gore se hubiera molestado en resolver el asunto? ¿Por qué iba a hacer una cosa así? El pueblo nunca supo nada al respecto ni se quejó a la Casa Blanca. Además, las industrias responsables de buena parte de ese arsénico forman parte del entramado que financió la campaña de Gore. Por más que repaso todas sus declaraciones preelectorales, no he hallado una sola mención del problema.

Seamos francos: el mentado nivel de arsénico disminuirá úni­camente a causa de la metedura de pata de Bush. El asunto pasó a sumarse al cúmulo de preocupaciones de los ciudadanos y allí se quedó. Hay diecinueve congresistas republicanos que, al calor del debate y deseosos de aprovechar la oportunidad de cara al público, se han unido a los demócratas en la batalla contra el arséni­co) de modo que todos nosotros acabaremos bebiendo agua más limpia y segura. Estos diecinueve republicanos, junto a los demó­cratas, aprobaron un proyecto de ley que no sólo prohíbe a Bush revocar la orden de Clinton sino que lo insta a reducir aún más los niveles de arsénico. Clinton no lo hizo y -créanme- Gore tampoco lo habría hecho. Es triste decirlo, pero tener un pardillo en la Casa Blanca en lugar de un listillo fue lo que cambió las cosas.

Otro marrón que le cayó a Bush en sus primeros meses nació de su intención de donar dinero de los contribuyentes a las iglesias para sus «tareas de caridad». Menudo alboroto se armó. Mi pregunta es: ¿dónde estaban los grupos progresistas en 1996 cuando en el proyecto de ley para la reforma de la asistencia social de Clinton se empleaba exactamente esa misma frase? Las organizaciones confesionales han estado recibiendo fondos federales desde hace más de cinco años. ¿A qué viene todo el grite­río actual sobre la separación de Iglesia y Estado, si Bush no hace más que seguir la senda de su predecesor? ¿Quizás es que nos gustaba más la «fe» de Clinton? (Nadie le haría ascos a unas creencias tan maleables a conveniencia como las suyas.)

La prohibición de donar dinero que pueda ser utilizado para practicar abortos, decretada por Bush, nos tiene igualmente con­fundidos. Clinton, partidario de la libertad de elección, ya había firmado una orden que prohibía que se emplearan fondos nortea­mericanos para costear abortos en países extranjeros. Bush se limitó a endurecer la orden que retiraba la financiación a las asociaciones de planificación familiar que plantean el aborto como alternativa viable. Eso es peor de lo que ya teníamos, pero Bush pudo ampliar esa ley porque el presidente demócrata ya había sentado los cimientos de esta política restrictiva y derechista. A Bush le dieron la mano y quiso tomar el brazo entero.

Así que no se me quejen más de Bush el Menor. Los que desean que veamos en él una suerte de caricatura monstruosa quieren evitar que reparemos en su propia conversión acomodaticia. Claro que odian a Ralph Nader. Constituye un recordatorio inquietante de lo que sucedería en este país si eligiéramos a alguien capaz de representar al 90 % menos favorecido de la nación. Acusar a Nader a la vez que a Bush forma parte del mismo juego de mentiras para despistarnos y hacernos olvidar que el arsénico, tanto el republicano como el demócrata, es la misma asquerosidad que nos vemos obligados a tragar.

Pero Bush nunca será un maestro en el arte de escaquearse como lo fue Clinton. Necesita tomar cuatro lecciones de su manual de encanto y gracejo. Clinton sabía ganarse a la gente. Con independencia de lo que uno opinase de él, era agradable, listo, gracioso y espontáneo. Sabía que el pueblo americano desea desesperadamente creer en su presidente. Descubrió que decir algo equivalía prácticamente a hacerlo. Bastaba con proclamarse favorable a un medio ambiente impoluto, y ya no hacía falta hacer nada al respecto. Hasta podía llegar a contaminarlo un poco más y nadie notaría la diferencia. Podía decir que estaba por la libertad de elección y luego presidir el mayor cierre de clínicas abortistas desde la legalización de la operación. Así pues, vivimos en un país donde el 86 % de los condados no cuenta con un solo médico dispuesto a practicar un aborto. Clinton también aprendió que asumiendo posturas de cariz feminista podía apañarse para que ninguna dirigente del movimiento se escandalizase por la orden que firmó en 1999 para negar fondos federales a cualquier asociación extranjera que contemplara la posibilidad del aborto. Todos creen que se trata de una idea de Bush: Clinton era una gata zalamera y por eso se hizo con el apoyo de todos los grupos feministas.

Visto todo lo cual, cabe decir que nuestro verdadero problema, en definitiva, no es Bush, sino los demócratas. Bush se vería paralizado si los demócratas empezaran a comportarse como un auténtico partido de la oposición. Ni siquiera estaría donde está si un solo demócrata en el Senado hubiera osado desafiar el recuento de votos de las presidenciales. Pero nadie dijo nada.

Durante su primer año de mandato, los demócratas se han plegado a la voluntad de Bush y han sido sus compañeros en ese viaje hacia la demencia.

Basta citar la proposición de reforma de la Ley de Bancarrota, que habría dificultado mucho las cosas para los trabajadores que se ven obligados a declararse insolventes. En lugar de establecer la supresión de sus deudas, esta propuesta, aprobada por el Senado y por el Congreso, pero suspendida posteriormente, habría obligado a los que lo pierden todo a permanecer endeudados con los bancos y compañías de crédito. De haberse hecho efectiva esta reforma, millones de personas habrían perdido la esperanza de salir a flote en un mar de deudas.

Este proyecto de ley fue aprobado en el Senado con el apoyo de treinta y siete demócratas -incluidas todas las senadoras-, que se alinearon con la banca en lugar de hacerlo con las familias trabajadoras americanas. Curiosamente, fueron los grandes millonarios del Senado -los Kermedy, Rockefeller, Corzine, Dayton- quienes votaron contra esta legislación represiva.

Los demócratas han recibido con los brazos abiertos, uno tras otro, todos los proyectos de ley presentados en el Congreso por la Casa Blanca ocupada por Bush. El recorte de los impuestos propuesto por Bush fue aprobado con su apoyo abrumador, a pesar de que iba destinado a beneficiar al 10 % más rico del país.

Los demócratas también han respaldado a Bush en los bombardeos de Irak y su política agresiva hacia China. En agosto de 2001 asistimos al clímax de este idilio con la aprobación por parte del Senado de las prospecciones petrolíferas en Alaska. Treinta y cuatro republicanos se habían apeado del carro para anunciar que votarían contra su propio partido: buenas noticias para todos aquellos preocupados por el medio ambiente. Pero la alegría se desvaneció al efectuarse la votación y materializarse el apoyo de treinta y seis demócratas al descarrío de Bush.

El espectáculo más triste de esta vergonzosa colaboración de los demócratas con el enemigo se produjo cuando aprobaron cada una de las candidaturas al gabinete presentadas por Bush. Al­gunos de los designados contaron con el apoyo unánime de los demócratas en el Senado y hasta los más controvertidos, como John Ashcroft, consiguieron el número suficiente de votos para ocupar el cargo. Ni un solo demócrata osó obstruir el proceso, tal como habría hecho cualquier republicano en el caso de que un presidente demócrata hubiera optado por un fanático como Ashcroft para la fiscalía general. No hay que olvidar que Janet Reno había sido la tercera opción de Clinton para el mismo cargo: los dos primeros de la lista fueron desestimados tras la algarabía or­questada por los republicanos al enterarse de que habían contra­tado a niñeras sin papeles.

Y ésa es justamente la diferencia: los demócratas son gente pusilánime, pronta a batirse en retirada. No hay nadie entre sus filas dispuesto a batallar por nosotros del modo en que tipos como Tom Delay o Trent Lott luchan por los republicanos. La gente como ellos no reposa hasta alcanzar la victoria, aunque dejen su camino sembrado de cadáveres.

Como los demócratas se han convertido en aspirantes a republicanos, propongo la fusión de ambos partidos. Así podrán seguir representando a los ricos sin rubor alguno y se ahorrarán dinero en personal y sede para consolidar una maquinaria imbatible en representación de ese 10 % de la población que está por encima de todo y de todos.

Una fusión de ese género permitiría a los trabajadores de este país fundar finalmente su propio partido, el segundo de nuestro sistema bipartidista, en representación del 90 % restante de estadounidenses.

Para acelerar el proceso, me ofrezco a pagar de mi bolsillo los gastos legales y el papeleo necesario para que la Comisión Electoral haga oficial el nuevo engendro: el Partido Demócrata-Republicano. Además, como gesto de buena voluntad, dejaré que los demócratas conserven a su mascota, el asno, que bien podría aparcarse con el elefante republicano para engendrar un nuevo animal fetiche.

Así que solicito que la noche del 31 de diciembre de 2001, los líderes del Partido Demócrata entreguen las llaves de su sede en el 430 de la calle Capital en Washington a quienquiera que desee hacerse responsable de ellas (yo no; las perdería). Somos unos doscientos millones los que queremos que se instituya un auténtico sistema bipartidista (o de tres o de cuatro partidos, el país da de sí), con uno de los partidos ocupado en que la pista de tenis desgrave en la declaración de renta y el otro batallando por el derecho a asistencia médica gratuita.

Si la actual dirección del Partido Demócrata no está dispuesta a entregarme las llaves, pienso presentar una querella por fraude en nombre de todos los que en alguna ocasión votamos por ellos. Al fin y al cabo, estos presuntos demócratas están haciéndose pasar por republicanos y, en consecuencia, engañando a los ciudadanos que les confiaron su dinero, su tiempo y sus votos. Obtendré una orden Judicial que les prohíba emplear la palabra «demócrata» sin la coletilla de «republicano».

Entre tanto, los demás podemos seguir con lo nuestro. El nuevo partido podrá llamarse los Nuevos Demócratas o los Demócratas Verdes o Democracia y Cerveza. Ya lo decidiremos en el comité.

(Los lectores dispuestos a ahorrarme el coste de este pleito deben prometer que echarán a todos los demócratas de boquilla y votarán por candidatos honestos y progresistas que luchen por lo contrario que los republicanos.)

Y para los cargos demócratas que pretenden sobrevivir a la escabechina política que se avecina, tengo un consejo: al enemigo, ni agua. Es mi última recomendación gratis a un partido que mandó a Vietnam a nueve chavales de mi instituto. Si no podéis limpiar vuestra mierda, que os den a vosotros y al asno.

Estúpidos hombres blancos – Michael Moore

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