Somos los mejores

Escrito por Michael Moore el . Publicado en Varios insolentes

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Estúpidos hombres blancos, (en inglés, "Stupid White Men") es un libro del escritor y cineasta estadounidense Michael Moore, publicado en 2001. Es una crítica en tono satírico de la sociedad de los Estados Unidos, las políticas gubernamentales del país y al gobierno de George W. Bush, centrándose principalmente en temas como el racismo, la xenofobia y las acusaciones sobre incompetencia del presidente Bush.

El titular no podía ser más claro: «Todos los países menos Estados Unidos firman el Protocolo de Kyoto contra el calentamiento global.»

Nada nuevo: el mundo entero nos execra.

Todos están encantados de odiarnos, pero ¿quién puede reprochárselo? Nosotros mismos nos despreciamos. ¿Cómo si no puede explicarse que llamemos «presidente» a George W? En los viejos tiempos, ya habrían clavado su cabeza como adorno en un puente sobre el río Potomac. Ahora, sin embargo, el mierda anda pavoneándose por ahí como autoproclamado «líder electo», mientras al resto se nos pone cara de tontos y el mundo entero se ríe de nosotros.

Es triste, pues no hace tanto tiempo disfrutábamos de un periodo de cierto prestigio internacional. Mediamos con éxito en el primer tratado de paz de Irlanda del Norte. Conseguimos que las facciones beligerantes de Israel y los territorios ocupados se sentaran a charlar (y por vez primera se concedieron tierras a los palestinos). Reconocimos finalmente la existencia de Vietnam (aunque todavía no nos hemos decidido a pedir perdón por haber liquidado a tres millones de vietnamitas: Alemania dejó el listón muy alto en su momento, y nos quedamos cortos en varios millones). La presión estadounidense sobre Suráfrica forzó la liberación de Nelson Mandela, encaminó al país hacia la democracia y permitió que el propio Mandela fuera elegido presidente.

Finalmente, devolvimos al pequeño Elián a Cuba con su padre y, por primera vez en mucho tiempo, evitamos que una banda de fanáticos radicados en Miami dictara nuestra política exterior en este hemisferio.

A los ojos del mundo las cosas pintaban bien para el Tío Sam..., hasta que ese mendrugo, que no había cruzado el charco en su vida, se puso al timón en el 1.600 de la avenida Penrisylvanía.

Durante sus primeros cuatro meses en el cargo, así es como se comportó George W Bush con el resto del mundo:

  • Incumplió nuestro acuerdo con la Comunidad Europea para reducir las emisiones de dióxido de carbono.
  • Declaró una nueva guerra fría, esta vez con China, al abatir uno de sus aviones, provocando la muerte del piloto.
  • Permitió que se desmoronara el proceso de paz en Orien­te Próximo, dando lugar a una de las peores carnicerías a las que hemos asistido entre israelíes y palestinos.
  • Reanudó la guerra fría con Rusia al violar los tratados de misiles antibalísticos de la década de los setenta.
  • Amenazó con reducir unilateralmente nuestra presencia en la ex Yugoslavia, lo que desembocó en el resurgimiento de conflictos violentos entre grupos étnicos de la región.
  • Desafió los acuerdos sobre derechos humanos de la ONU, ocasionando la salida de Estados Unidos de la Comisión de Derechos Humanos de dicho organismo.
  •    Al igual que había hecho papi, bombardeó a civiles en Irak.
  •   Intensificó la narcoguerra en Suramérica. De paso, Estados Unidos ayudó a los colombianos a derribar un avión repleto de misioneros estadounidenses. Entre otros, murieron una mujer del estado de Michigan y su hija.
  • Cortó cualquier hilo de esperanza de reducir tensiones con Corea del Norte, garantizando no sólo la hambruna masiva del país, sino que el cinemaníaco Kim Il Jong se quedara con todos los vídeos que había alquilado en Blockbuster.
  • Se enajenó las simpatías de prácticamente todo el mundo al anunciar la prosecución del demencial sistema de defensa conocido como «Star Wars». 

UN DIA EN LA VIDA DEL «PRESIDENTE.» GEORGE W, BUSH

8:00 El Presidente de Estados Unidos (PEU) se levanta y comprueba que sigue en la, Casa Blanca.,
8:30 Desayuno en la cama. Rumsfeld, le lee el horóscopo y las tiras cómicas.
9:00 Aparece el «copresídente» Chaney para ayudar a George a vestirse, repasa un poco la situación en Yémen y le recuerda que debe lavarse los dientes.
9:30 El PEU llega al despacho oval y saluda a la secretaria.
9:35 El PEU abandona el despacho oval para hacer algo de ejercicio en el gimnasio de la Casa Blanca.
11.00: Masaje y pedicura.
12:00: Almuerzo con el presidente de la Liga, de béisbol Bud Selig. Selig ratifica que todavía tic, hay plazas importantes disponibles.
1:00 Siesta.
2:30:             Sesión fotográfica con el «equipo, del día» de la Liga     Infantil de béisbol,
3:00 El PEU regresa al despacho oval para discutir la 1egislación con miembros del Congreso.
3:05 Se suspende el encuentro; los congresistas declaran a la prensa que «la reunión ha sido muy fructífera. El presidente nos ha dicho «aprobad algunas leyes y luego nos ha tenido jugando a la pelota en el jardín de atrás».
3:10 Cheney informa a George acerca de la política energética y le insta a escribir «notas de agradecimiento» a los presidentes de las compañías petroleras.
3.12 El PEU pide ver un mapamundi; parece sorprendi­do de «lo grande que se ha hecho el mundo».
3:40 El PEU ha memoriza las 191 capitales del mundo en menos de media hora.
3.44: Bush llama al primer ministro de ministro de Rumania no “porque puedo” le desafía adivinar la capital de Birmania. George habla en español y el primer de Rumania no entiende una palabra de lo que dice.
3.58:        El PEU acepta una llamada de, la cárcel de Austin, Texas. Sus hijas han sido detenidas por profanar un retrato de papá en la sede del gobierno del Estado. El PEU simula no oír lo que le dicen a causa de las interferencias, imita la voz de una mexicana y cuelga. Se le oye comentan «De tal palo tal astilla.»
4.00:        Termina su jornada laboral. El PEU se retira a sus aposentos para otra síestecilla.
6.00:       Cena oficial con jefes de Estado africanos. Le dice a Cheney que «ahora mismo no puedo pensar en África; es el "Continente Negro", ya sabes». Le pide al copresidente que ocupe su lugar.
6.05:        El PEU se zambulle para hacer unos largos en la piscina de la Casa Blanca.
7.00:        Llama a Laura al rancho de Texas (para asegurarse de que todo anda bien).
7.02:        El PEU se dirige al auditorio de la Casa Blanca para ver Dave: presidente por un día (otra vez); se queda dormido.
8.30:        Cheney despierta al PEU, lo lleva a la cama, lo arropa y le da las buenas noches.. El co-PEU baja al despacho y se concentra de nuevo en sus planes para destruir el planeta Tierra.

Todo ello en menos de 120 días, compaginándolo además con sus ímprobos esfuerzos por dinamitar la política interior, tal como hemos visto. Los que pensábamos que Junior era un inútil hemos quedado impresionados con su capacidad inventiva.

Ahora, el mundo vuelve a odiarnos. Se trata de una situación familiar, pero no deja de ser una pena. Por una vez, resultaba agradable que los extranjeros nos vieran como buena gente. La simpatía de Clinton permitió que pasaran inadvertidas muchas lacras de su administración: el incremento del trabajo infantil a cuenta de nuestras multinacionales en el tercer mundo, el vertido de productos tóxicos en países pobres y la exportación de películas cada vez peores.

De hecho, Clinton hizo muchas cosas al estilo de Bush, pero sabía disimular. Era un tipo encantador y perfectamente dota­do para enmascarar su vertiente sórdida. Durante años presentó una imagen tan buena que los ciudadanos de este país podíamos viajar por el mundo sin temor a linchamientos espontáneos por parte de los lugareños.

Ahora, gracias a una política exterior de camionero, resulta mucho más difícil justificar el hecho de que nosotros, el 4 % más arrogante de la población mundial, acaparemos la cuarta parte de su riqueza. Si no andamos con ojo, todos esos extranjeros dema­crados y arribistas van a empezar a pensar que tienen derecho a teléfonos móviles y licuadoras. Y el cúmulo de desconfiados que abundan en países oprimidos quizá se entere de que los tres hom­bres más ricos de Estados Unidos poseen más activos que los sesenta países más pobres del mundo juntos.

¿Y si a la ingente población de Asia, África y Latinoamérica se le pasase por la cabeza la idea de que los mil millones de per­sonas que carecen de agua potable deberían tenerla? ¿Se imagina usted lo que eso costaría? ¡Por lo menos un 25 % de lo que nos costará el programa Star Wars!

¿Qué pasaría si el 30 % de la población mundial que sigue sin electricidad decidiese que le apetece enroscar una bombilla para ponerse a leer un libro? ¡Huy, qué miedo!

Mi mayor temor proviene del 50 % de nuestros queridos terrícolas que no ha hecho una llamada telefónica en su vida. ¿ Qué sucedería si de pronto todos quisieran llamar a casa en el día de la madre o empezaran a ocupar las líneas para pedir pizzas a domicilio? Hay que decirles que no hay más números disponibles.

Toda esta gente se siente ya bastante ultrajada, gracias a la lamentable actuación de Bush, así que no hay razón para seguir abochornándola. Además, hay otras cosas de que ocuparse.

¿De quién fue la idea de desoír la oferta rusa de hace quince años para desembarazarnos de todas las armas nucleares? ¿Ha olvidado el mundo que estaban dispuestos a desarmarse unilate­ralmente después de la disolución de la Unión Soviética? En 1986, en la cumbre de Islandia anterior al desmembramiento de la URSS, Mikhall Gorbachov puso sobre la mesa una propuesta de «eliminación final de las armas nucleares para el año 2000» (no pudo llegar a un acuerdo con Reagan por la negativa de éste a renunciar al desarrollo del programa Star Wars). Por si acaso Reagan no había oído bien la primera vez, Gorbachov reiteró la oferta a Bush padre en 1989: «Para mantener la paz en Europa, no necesitamos la disuasión por medio de las armas nucleares, sino el control de las mismas. Lo mejor sería la abolición de todo el armamento nuclear.»

Para entonces, ya llevábamos cuarenta años de amenaza inmi­nente de aniquilación nuclear. Y un buen día los rojos se evaporaron y la guerra fría terminó. Nos quedamos con 20.000 cabezas nucleares, y los ex soviéticos con 39.000: lo suficiente como para volar el mundo cuarenta veces.

Creo que la mayoría de los que pertenecemos a la generación de la posguerra crecimos pensando que no íbamos a llegar al fin de nuestras vidas sin que se produjese, al menos, el lanzamiento “accidental” de uno de esos misiles. ¿Cómo podía evitarse? Con este mogollón de armas listas para dispararse en cualquier momento, parecía inevitable que algún chalado pulsara el botón, que algún malentendido condujera a la guerra total o que algún terrorista accediera al material y se encariñara con él. Nos encogimos bajo un manto de terror, lo que afectó completamente a nuestro funcionamiento como nación: tratamos de aliviar el miedo construyendo más armas de destrucción masiva.

Al gastar todo ese dinero del contribuyente en tal cantidad de armas inútiles que esperábamos no tener que usar, permitimos que nuestras escuelas hicieran su particular descenso a los infiernos, dejamos a nuestros ciudadanos sin asistencia médica gratuita y empujamos a la mitad de nuestros científicos a trabajar para proyectos militares, impidiéndoles que se dedicaran a descubrir la cura del cáncer o cualquier otra cosa que mejorase nuestra calidad de vida.

Los 250.000 millones de dólares que el Pentágono planea gastar para construir 2.800 nuevos cazas de ataque conjunto sobrarían para pagar la matrícula de todos los estudiantes universitarios del país.

El incremento del presupuesto propuesto por el Pentágono para los próximos cinco años es de 1,6 billones (con be) de dólares. La cantidad calculada por la administración que haría falta para mejorar y modernizar todas las escuelas del país es de 112.000 millones.

Sí decidiéramos detener la fabricación del resto de los cazas F-22 solicitados por la Fuerza Aérea durante la guerra fría (que tanto Clinton como el Bush actual han insistido en financiar), el dinero destinado al proyecto -45.000 millones- serviría para costear el programa de escolarización primaria de todos los niños de Estados Unidos durante los próximos seis años.

A mediados de los años ochenta, sucedió otra cosa digna de reseña. Al anunciar que la Unión Soviética abandonaría las pruebas nucleares, independientemente de lo que decidiera Estados Unidos, Gorbachov estaba desafiando a Reagan a seguir su iniciativa. Fue un momento extraordinario, olvidado seguramente por la mayoría de los estadounidenses. Por primera vez en mu­cho tiempo concebimos esperanzas de que la raza humana renunciaría a achicharrarse por voluntad propia.

La carrera armamentística que nosotros empezamos y que los soviéticos se vieron forzados a seguir contribuyó notoriamente a la bancarrota de la URSS. Cuando los soviéticos construyeron su primera bomba A en 1949, Estados Unidos ya tenía 235. Diez años después, teníamos 15.468, mientras que la URSS iba muy por detrás, con «sólo» 1.060. Sin embargo, a lo largo de los siguientes veinte años, la Unión Soviética gastó muchos miles de millones en bombas -mientras su pueblo tiritaba de frío-, y llegó alcanzar nuestra cota. En 1978, ya contaban con 25.393 cabezas nucleares, en tanto que nosotros sumábamos 24.424 (aunque, eso sí, teníamos agua corriente).

Gorbachov heredó un país hambriento cuya población se desvivía por un rollo de papel higiénico. Pero incluso al borde de su disolución, en 1989 mantenía una increíble reserva de 39.000 cabezas nucleares. Las 22.827 del Pentágono bastaban y todos se reían. ¿Tenía Washington la misión de empobrecer al pueblo de la URSS hasta el extremo de provocar una revuelta? Gorbachov, que ya había echado cuentas, tiró la toalla..., pero era demasiado tarde. En 1991, la URSS dejó de existir.

Arrastrados por la euforia del momento, los nuevos líderes rusos y ucranianos, ansiosos por desmarcarse del antiguo régimen, se aproximaron a Estados Unidos cargados de ramas de olivo y palomas de la paz. Los ucranianos anunciaron que abandonaban la carrera armamentística y enseguida desmantelaron su arsenal, al tiempo que los rusos desprogramaban las coordenadas de sus misiles que apuntaran a nuestras ciudades. Luego, propusieron a Estados Unidos una eliminación conjunta de armas nucleares.

¿Cuál fue nuestra respuesta a una oferta de este calibre y sin precedentes?

Nasti de plasti.

Los rusos no se desanimaron y esperaron pacientemente, confiados en que finalmente nos sumaríamos a la propuesta.

También esperaban que mostráramos cierta compasión y mandásemos algo de comida, maquinaria, un par de bombillas, cualquier cosa que paliara su miseria. Suponían que haríamos por ellos lo que hicimos por Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial: un esfuerzo de reconstrucción que originó en la región un período de paz de más de cincuenta años, el más largo en siglos.

No hay duda de que los rusos se figuraron que la vida iba a ser mucho mejor y el mundo mucho más seguro.

Pero ya sabemos qué pasó: les dejamos pudrirse hasta que la mafia tomó el poder. Creció el descontento y la desesperación entre el pueblo. La ayuda prometida no llegó, la escasez de alimentos continuó, las infraestructuras se desmoronaron y el pro­letariado siguió con la mierda hasta el cuello. Su nuevo presidente, Boris Yeltsin, era un bufón harto de vodka. Además, visto que no querían convertir el país en una fábrica tercermundista de explotación para las grandes empresas americanas (como había hecho China), no hubo afluencia de dólares. Políticos de línea dura del lado oscuro de la administración rusa asumieron el poder, y la esperanza de eliminar sus 25.000 cabezas nucleares todavía operativas se desvaneció.

Actualmente, los nuevos líderes rusos ya hablan de fabricar más armas para venderlas a Irán y a Corea del Norte.

Se nos ha ido al garete una ocasión única para finiquitar esta carrera armamentística demente y ganarnos un nuevo aliado en el mundo. La ventana de la oportunidad no estuvo abierta por mucho tiempo y la cerramos antes de que Clinton hiciera lo propio con su bragueta.

Monica Lewinsky. Así pasamos la segunda mitad de los años noventa: obsesionados por la mancha lechosa en su vestido azul. Nuestro Congreso dejó de lado asuntos tan nimios como la eli­minación de la amenaza nuclear en el mundo para debatir cómo insertaba nuestro comandante en jefe su puro en lo más íntimo de una becaria. En eso andábamos distraídos..., junto con la mala temporada de los Broncos, el estrangulamiento de las reinas de belleza infantiles y las citas nocturnas de Hugh Grant. Tuvimos en nuestras manos la llave para legar un mundo seguro a nuestros hijos, pero la codicia desenfrenada por la orgía de beneficios de Wall Street nos tenía demasiado ocupados. Esto es lo que pasa en un país de vagos y maleantes. Nos refocilamos alegremente en nuestra inopia como líderes del mundo libre.

Pero no desesperemos. Entre los veinte países más industria­lizados del mundo somos el número 1.

Somos número uno en millonarios.
Somos número uno en billonarios.
Somos número uno en gasto militar.
Somos número uno en muertes por arma de fuego.
Somos número uno en producción de carne de vacuno.
Somos número uno en gasto de energía per cápita.
Somos número uno en emisiones de dióxido de carbono (superamos a Australia, Brasil, Canadá, Francia, India, Indonesia, Alemania, Italia, México y el Reino Unido juntos).
Somos número uno en la producción de basura per cápita (720 kilos por persona al año).
Somos número uno en la producción de residuos peligrosos (unas veinte veces más que nuestro competidor más próximo, Alemania).
Somos número uno en consumo de petróleo.
Somos número uno en consumo de gas natural.
Somos número uno en menor cantidad de ingresos genera­dos por impuestos (como porcentaje del producto interior bruto).
Somos número uno en menor tasa de gasto gubernamental (como porcentaje del PIB).
Somos número uno en consumo diario de calorías per cápita.
Somos número uno en abstención electoral.
Somos número uno en menor número de partidos representados en la Cámara baja.
Somos número uno en violaciones (casi tres veces más que nuestro inmediato competidor, Canadá).
Somos número uno en muertos por accidente de carretera (casi el doble que Canadá, el segundo de la lista).
Somos número uno en partos de madres menores de veinte años (de nuevo, el doble que Canadá, y casi el doble que Nueva Zelanda, nuestro competidor más próximo).
Somos número uno en ratificación del menor número de tratados internacionales sobre derechos humanos.
Somos número uno entre los países de las Naciones Unidas con un gobierno legalmente constituido que no ratificaron la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño.
Somos número uno en cantidad de ejecuciones registradas por delitos cometidos antes de cumplir la mayoría de edad.
Somos número uno en muertes de niños menores de 15 años por arma de fuego.
Somos número uno en suicidios de niños menores de 15 con un arma de fuego.
Somos número uno en malas notas en los exámenes de matemáticas de octavo.
Somos número uno al habernos convertido en la primera sociedad en la historia cuyo colectivo más pobre son los niños.

Reflexionemos por un instante sobre esta lista. ¿No debería llenarnos de orgullo saber que los estadounidenses estamos en la cúspide de todas estas categorías? Casi hace sentir nostalgia por los tiempos en que Alemania del Este ganaba todas las medallas olímpicas. No es moco de pavo. Démonos una palmadita en la espalda y, hala, a seguir así.

Con el fin de ganarnos la simpatía del resto de las naciones, me gustaría hacer unas pocas sugerencias para lograr la paz mundial. Modestamente, lo he bautizado como «Plan global de Mike para la paz». Da igual si lo llevamos a la práctica por convicción moral o simplemente porque no deseamos acabar con un Bin Laden al acecho en cada uno de los aeropuertos del país. En cualquier caso, hay que poner un poco de orden en el mundo.

Yo empezaría con Oriente Medio, Irlanda del Norte, la ex Yugoslavia y Corea del Norte.

Estúpidos hombres blancos – Michael Moore

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